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Vida y milagros de los festivales musicales

Escrit el 27/05/2008 per Luis Hidalgo a la categoria Articles "Idees per la música", Festivals de música.
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  • Aquest article és part del llibre “Reflexions sobre gestió musical”. La resta del llibre i descàrrega en pdf aquí

Per Luis Hidalgo Periodista

Del amanecer a la más profunda oscuridad de la noche saltándonos mañana, mediodía, tarde y anochecer. En un plis plas. Esa es la brevísima historia de los festivales de música al aire libre en España, país que en 1.992 era un erial. Antes estuvo Canet y mucho después sólo el Espárrago Rock, en 1.989 adelantó el aluvión de propuestas “festivaleras” que estaban por llegar. Desde hace escasamente cinco años extraña la existencia de una localidad sin su correspondiente festival. Aquí nadie quiere ser menos que el vecino. ¡Bienvenidos a las verbenas del nuevo siglo!

En línea con ello, el punto de vista de la prensa ha evolucionado, o mutado cabría decir, con celeridad. Haceaún pocos años los festivales eran saludados como maná propiciado por el acercamiento de nuestro país a los estándares culturales del extranjero. Los festivales nos homologaban, nos acercaban a Europa, permitían que tanto artistas emergentes como consagrados incluyesen nuestro país en sus giras y abrían la posibilidad de enriquecimiento musical del público. Hoy en día lo más común es atribuir a los festivales los males más variados, hacerlos blanco de menosprecio y hastío, así como objetos de desapego. Esa es la tendencia, al menos entre la prensa especializada, para quien realmente no están pensados los festivales de verano. Otro plis plas. Que “guay” fueron cuando eran pocos y Benicàssim tenía lugar en aquel insólito velódromo. Espurios y excluidos. Sea por lo que fuere, España es un país de extremos.

No es este lugar para recordar cómo se pasó del Espárrago Rock hasta la actual situación. A pesar del fracaso de un festival como el Doctor Music, por cierto el único que observaba una intención generalista e invocaba directamente el modelo extranjero de festival al aire libre, los festivales se mostraron pronto como un reclamo para el público que curiosamente no veía satisfecha su curiosidad musical a través de los medios tradicionales de comunicación. Fue quizás el Festival Internacional de Benicàssim el que mostró cómo crecer gracias a un público inexistente para las grandes radios y canales de televisión del país. Compartía modelo con el Doctor Music, pero la audiencia a la que se dirigía estaba mucho más definida. Apeló a los excluidos. Casi de manera simultánea, el Sonar, cuya música tampoco sonaba en la radio, aportó un modelo de festival que hoy sólo comparte su originalidad y apertura de miras con el Periferias, ejemplar certamen multidisciplinar que se celebra anualmente en Huesca y que no exprime físicamente a su público alescampar su programa en dos semanas. El Sónar sí lo hace, como los demás festivales veraniegos, pero complementa su vocación lúdica con otras intenciones. Así, mientras casi todos los festivales destacan por su marcada vocación festiva, tanto el Sonar como Periferias ofrecen a su manera un encuentro entre los diversos vectores del negocio de la música, creaciones que no sólo afectan a ésta, absoluta apertura estilística, exploración y riesgo. Y ninguno de ambos se celebra al aire libre. A grandes rasgos, el resto de los festivales, descontado el caso del LEM barcelonés, un festival de exploración, de apego a un territorio —el barrio de Gràcia— y de originalidad tanto en contenidos como en la forma de ofrecerlos, mantienen el vector lúdico como ejeprincipal de su propuesta.

A ello ha respondido la prensa con cierto desdén hacia aquellos que deciden consumir el fasto a la brava, guiado por motivaciones espurias —intercambio de fluidos, acampar lejos de papá, emborracharse o ponerse literalmente hasta las cejas tal y como lo hizo Michel Houellebecq en Benicàssim 2000, donde a las 17:00h de la tarde estaba tambaleándose borracho hasta que la modorra lo fulminó sobre el césped pocos minutos después—. Según este conspicuo ángulo de análisis, a los festivales sólo se puede asistir movido por el escrupuloso interés archivístico. Sin duda no hemos llegado a entender de qué se trata. Por suerte Julian Temple sí lo comprende, como lo prueba el documental “Glastonbury”, un retrato emocional enfocado desde la perspectiva de la celebración. Esta última, siendo el gran motor de los festivales, es a menudo desdeñada por el analista local.

Aclarado este aspecto, no cabe olvidar que precisamente sólo desde la perspectiva emocional es cuando los festivales al aire libre adquieren todo su sentido. La combinación de ocio, libertad, cierto grado de aventura, contacto con amigos, estancia en una ciudad desconocida y horarios extremos complementan la oferta musical que atrae a cada persona a su festival. Resulta meridiano que en el plano estrictamente musical los conciertos se ven mejor de uno en uno, sin embotar ni saturar la capacidad de retención, concentración y disfrute. Y por lo general las salas acostumbran a estar mejor acondicionadas.

Pero es que un festival no es sólo música. De ahí su atractivo.

Y el que no sea solo música no quiere decir, como muchos afirman despechados, que la música no cuente. Al contrario, la música es el primer argumento a la hora de seleccionar un festival. No debe desprenderse de ello que el público sepa en todo momento a quien está escuchando, dónde nació la tipa que canta en ese instante o cómo se titula el último disco del cuarto grupo en actuar en el escenario Espuma Fijadora Enhiesta. El público acude atraído por la propuesta musical genérica de cada festival, y eso lo hace desde el burgués entrado en años que se pega un fin de semana en hotelito de montaña para ver en Pirineos Sur a La Tambura, como el “marinero” que acude al Sonar a meterse más pastillas que un jubilado con arritmias. La música mueve a ambos. Dineros de otros mundos. Claro que en un país dado a los extremos, la proliferación de festivales propia de los últimos años, ese sarampión súbito y voraz, está generando numerosos problemas, producto de una conducta que podría resumirse en la frase “nos estamos volviendo locos, no nos hemos dado cuenta y en el caso de haberlo hecho nos da igual”.

Los primeros que se han vuelto locos son los ayuntamientos, organismos que han encontrado en los festivales la manera de situar su localidad en el mapa. Estamos en la “Era de la Promoción”. Todo sea por salir en el cierre del telediario, cuando en medio de unas imágenes siempre iguales, unos comentarios siempre desatinados y una aproximación al tema propia de coger el rábano creyendo que se trata de una zanahoria, el presentador de turno citará el nombre de la localidad en cuestión. A eso se le llama impacto. También puede llamársele despilfarro que distorsionará el mercado, inflado por una disparatadaafluencia de fondos públicos, pero esta frase es más larga que “impacto”.

Así que nada que hacer. Menos aún considerando que la notoriedad es un bien en sí mismo.

No sólo los ayuntamientos han descubierto los festivales. Las marcas comerciales que tienen como objetivo el público que asiste a los mismos también han encontrado su vehículo promocional en ellos. Vale que no consiguen que Lorenzo Milá diga FIB Heineken, con o sin esa caída de ceja tan seductora, ni tampoco que La Vanguardia escriba el nombre comercial completo del Wintercase o del BAM, pero por razones de mercadotecnia que se le escapan a todos menos a los comerciales de estas marcas, las cerveceras, tabaqueras y demás firmas que quieren vender el mundo a los jóvenes insuflan millones y millones en los festivales. El último grito promocional ya consiste en inventarse las salas. Una vez explotados los festivales, Movistar ha creado su propia sala en Barcelona, una carpa que cuesta muchísimo sonorizar pero que a discográficas y promotores les va como anillo al dedo. Allí no cuentan los precios del mercado, sino lo que la firma patrocinadora esté dispuesta a pagar para luego contar que Fulanito o Menganito “confirmó su éxito en el Espacio Movistar”. ¡Viva la promoción!

Eso genera más inflación, más distorsión de mercado, una situación cada día más irreal y por contra un campo de tiro al pato para las agencias internacionales de contratación.

Sir Henry Morgan

Porque es en Inglaterra o Estados Unidos donde España suena a jauja. Hasta hace cuatro días aún pensaban que íbamos en taparrabos y sólo bajábamos de los árboles para ir a misa, mientras que ahora saben que también lo hacemos para acudir a los festivales. Como hay tantos como iglesias y vivimos en un mercado regido por la oferta y la demanda —la inmoralidad también juega, pero no viene al caso—, los agentes, y muy en especial los ingleses, en cuya sangre hay abundantes rastros de Francis Drake y Henry Morgan, sólo han de esperar que los festivales pujen hasta el sinsentido para acabar dando el plácet a quien haga la oferta más irracional. Y eso para que el grupo actúe por lo general una hora, porque ya se sabe que la duración de un concierto en un festival acostumbra a ser más corta. Más pormenos. Eso no lo predijo ni John Locke. Ahora mismo España es para los agentes internacionales algo parecido a una convención de simios hambrientos pugnando por la última banana del planeta. Y la tienen ellos. Otra característica de los festivales en España es su contumacia por agruparse en el calendario. Bien se sabe que España no es un país de circunstancias meteorológicas extremas, de manera que entre pongamos abril y bien entrado septiembre hay tiempo para abrigar un festival sólo bajo el cielo. Pues no, todos los festivales se han de concentrar en un par de meses, más que nada para aturdir al público, marear a los medios de comunicación y obligarlos a hacer eso que tanto les gusta: meter en un mismo paquete al La Mar de Músicasy al Viña Rock. ¿No son ambos festivales?

Y ojo al dato. Nuestros festivales suelen marcar unos períodos de exclusividad que obligan al artista a no actuar en la zona o el país en un período determinado antes y después de su actuación en el festival en cuestión. ¿Nadie se ha dado cuenta de lo difícil que es ver en una sala a los artistas de perfil independiente justo antes de un gran festival? Quien sale resentido por esta situación no es tanto el público, que sí, sino las salas de conciertos, verdaderas víctimas de la proliferación de festivales en España. Sí, es cierto que la crisis del disco ha alimentado la industria del directo, y eso ha disimulado que las salas tienen cada vez más complicado contratar artistas de cierto relieve. Desde luego, en la temporada veraniega ya se pueden ir despidiendo, porque si hay un festival en el mismo período tanto el artista como el agente desestimarán la sala. Las razones son varias: por un lado los festivales, en buena medida patrocinados bien por el sector público bien por una marca comercial, pagan mucho más al no estar tan obligados a calcular la rentabilidad individual de cada artista; por otro lado, es sabido que los festivales dimensionan al alza la asistencia a las actuaciones, de suerte que alguien completamente desconocido puede aspirar a tener ante sí un centenar de personas aunque actúe a las cuatro de la tarde, en el escenario más lejano e inhóspito y bajo un sol que para sí hubiese querido Ennio Morricone. La novia abandonada.

La cuestión es que de tanto huevo estamos matando a las gallinas. Porque aunque los festivales sean estupendos, permitan descubrir artistas nuevos, hacer amistades, intimar con estas amistades y luego hacer más amistades mientras se descubre a otro nuevo artista, la gallina que pone los huevos se llama sala de conciertos. Un mercado equilibrado es el que precisamente permite a sus clientes afrontar la forma de consumo que estimen más oportuna, optando entre otras cosas entre el consumo pausado de un concierto en sala y la atractiva barahúnda de un festival. Al fin y al cabo donde aún hoy siguen haciéndose los artistas no es tanto en los festivales como en las salas, espacios en los que miden su distancia con el público, apuran sus recursos y aprenden el abecedario elemental de su oficio. Si no hay espacios donde el oficio se aprenda, a la larga éste está condenado a desaparecer.

Es por ello llamativo que en otros países donde la oferta de festivales puede ser similar a la española, aunque no en su distribución geográfica, las salas siguen alimentando el circuito básico, pues es en ellas donde no sólo se forma el artista, sino también el público. Sólo España mantiene ese desaforado florecimiento que, además, sólo en nuestro país hace directamente la competencia a las salas. Es más, rizando el rizo resulta ser que algunas salas de conciertos juegan a las dos cartas, de suerte que la sala Apolo está tras el Primavera Soundy la sala Razzmatazz lo está tras el Summercase, Wintercase, Creamfieldsy Weekend Dance. Así las cosas, podría decirse, trazando un paralelismo con el comercio convencional, que los festivales son a los conciertos en sala lo que los supermercados son a las tiendas. En un festival puede uno sentirse como paseando entre los lineales de un “macro”, haciendo pequeñas catas de los productos expuestos y apuntando aquellos que han complacido para más tarde adquirirlos. Por el contrario, la sala ofrece el detallismo del pequeño comercio, ofrece un entorno más individualizado, promueve una relación más cercana entre artista y público y la variedad de lo programado resulta, aunque parezca lo contrario, mucho más amplia y variada. Porque los festivales, como los supermercados y el libre mercado, prometen variedad para finalmente acabar ofreciendo monopolio encubierto, homogeneidad.

Homogenizo, luego existo

Y es que un festival ha de ser homogéneo para atraer a su público. Probablemente una de las causas del fracaso del Doctor Music Festival fue que no ofreció un cartel orientado en la misma dirección. Tras una primera edición venturosa, el programa de las siguientes deparó mezclas insostenibles que acababan por descontentar a todo el mundo. Quien iba a ver a Extremoduro, no comprendía la presencia de Brand New Heavies en el mismo cartel. Tirios y troyanos, churras y merinas, Blur y Mojinos Escozíos. Sólo en festivales fuertemente dotados de personalidad, —véase el caso de Periferias nuevamente—, y que no concentran la oferta en tiempo y espacio, la apertura de criterio y una selección que abarque diferentes estilos y corrientes es comprendida como un elemento destacable por su interés. Sólo en festivales cuya personalidad se cimenta en la búsqueda, en la memoria y en la ausencia de prejuicios es factible una programación abierta.

Los demás, y conste que no es una recriminación, han de jugar la carta estilística. Lo curioso es que casi todos los festivales, o al menos los más reseñables, apuestan por similar registro y por un perfil de público muy similar. Es el público que no sólo compra discos por reyes o para agasajar a un amigo por el cumpleaños, sino que tiene una vinculación más estable con la música. Por eso muchos festivales optan por el sustrato independiente para dar forma a su personalidad. El resultado de ello es que apenas hay espacio para un buen montón de estilos musicales. Sin ir más lejos, sólo dos festivales en España prestan oídos a la música negra: el Sonar y Periferias. De nuevo ellos. Sí, la Mar de Músicas también lo hace, y Pirineos Sur, incluso la Groove Paradede los Monegros, pero en los dos primeros casos se trata de otro tipo de negros. Así llegamos a la paradoja de que lo que prometía diversidad acaba restringiendo la oferta.

Nada que resulte extraño, es al fin y al cabo el paradigma de nuestra sociedad. Si a un individuo le gusta la crema de mariscos elaborada por sopas Campbell nada mejor que comprársela al tendero de la esquina. Él la conseguirá y si conoce tus gustos y es buen profesional, garantizará que jamás te quedes sin ella. En el lineal de un super puede desaparecer porque Liebig ha hecho una mejor oferta de precio a la cadena y tu crema de mariscos se convertirá en sopa de pollo. Y más vale que te guste. Así pues la aparente diversidad resulta en ocasiones una realidad falseada, y la especialización alcanza niveles de surrealismo tales como la del Viña Rock, exitoso festival que reivindica el “arte nativo” apelando a un sentimiento autárquico francamente penoso.

Barcelona, ese sinsentido

Como corresponde a una ciudad vital como Barcelona, pionera en muchos de los campos asociados a la música actual —aquí se asentaron las multinacionales, aquí enraizó el jazz, aquí nació el Doctor Music Festival—, la extremada oferta festivalera vive sus situación más paradójica. Los festivales se multiplican y dada esa tendencia del ayuntamiento a considerar la música en directo como una fuente de problemas, todos se asientan en el mismo espacio. El Fòrum es la Disneylandia de los festivales, y desde Chenoa a Cat Power pasan por este espacio para ponerse en contacto con su público. Fiel a una capacidad de previsión cuyo límite se sitúa en la semana que viene, el ayuntamiento pareció haber olvidado que en breve se asentarán en las inmediaciones del Fòrum unos vecinos que habrán pagado una fuerte suma por un piso. Se habrá de convenir que a pagar la hipoteca no ayudan los berridos de Lemmy Killmister a eso de la medianoche. ¿Alguien quiere apostar por dónde se romperá la cadena? No hace falta, las autoridades ya se plantean regular los horarios para permitir que los vecinos descansen. Los festivales serán capados y la tijera desprenderá de los mismos eso que tanto atractivo les otorga: aquello imprevisible ligado a la desmesura. Esta Disneylandia ayuda a desdibujar aún más los contornos de los festivales que allí se alojan. Sí, Pluto tiene las orejas largas y lacias, mientras que Micky Mouse las tiene redondas y enhiestas, pero ambos habitan el mismo paraíso animado.

No debe olvidarse que los festivales también se distinguen por la personalidad de su entorno, por las condiciones de habitabilidad y por muchos otros detalles ligados a su ubicación espacial. Todo ello desaparece de un plumazo en el Fòrum, por otra parte enclave idóneo para cierto tipo de festivales. La cuestión es que quizás esta unificación de recinto-albergue no hubiese sido un problema cuando cada festival tuviese asentado su perfil, pero ahora, con muchos de ellos buscando su espacio vital, todo resulta un guirigay que conduce a olvidar en qué festival actuaron Air, Wilco o New Order.

Claro que eso sólo pasa en Barcelona, ciudad que acoge el grueso de los acontecimientos de este perfil.

Por cierto, que ni en la distribución geográfica los festivales han atendido las necesidades del público más alejados de los circuitos internacionales. Si Barcelona es una plaza fuerte y Bilbao otra, pues allá que van los festivales. Madrid ha quedado un poco al margen, pero su playa en Benicàssim les hace las veces de patio de casa. Aunque cada vez más orientado hacia los ingleses. Una de las ventajas de los festivales, ofrecer un compactado de artistas que de otra manera sería imposible ver en Murcia, pongamos por caso, se diluye al llover sobre mojado. Somos estupendos.

Póngame dos cañas, unas bravas y treinta conciertos

¿El futuro? A estas alturas es aventurado vaticinarlo. Cabría esperar que los festivales no repitieran modelo, estilo y, de forma muy especial, forma de poner en contacto público y artistas. Reformular el encuentro entre ambos es una de las asignaturas pendientes de los festivales, muy acomodados en su papel de catálogo anual, de pasarela de últimas tendencias donde el público sólo mira. En este sentido cabe señalar que ni tan siquiera el Sonar ha sido capaz de darle la vuelta al papel del escenario en la música, todo y que la electrónica prometía diluir la idea tradicional de artista y de representación. Aunque sobre el mismo no haya nada que mirar, un disc-jockey resulta tan plástico como un oficinista, el escenario sigue existiendo como centro concitador de atención. Por muchas lucecitas que haya en el hangar.

Con respecto a la pervivencia de los festivales sólo decir que en primero de economía deben explicar que la oferta desmesurada tiende a mantenerse poco tiempo, y que el mercado (ese ser invisible aunque determinado por el artículo) pondrá a cada uno en su lugar. En román paladino: que habrá alguien que se la pegue. Falta saber cuanto adelgazará el circuito de clubs, cuanto se reirán aún de nosotros los agentes extranjeros, cuantos medios conciertos nos faltan por presenciar y cuantas localidades tendrán su segundo de gloria en labios de Lorenzo Milá. Lo que está confirmado es que este verano volverán a haber puñaladas entre festivales, que de nuevo se disputarán fechas, localidades y artistas.

Lo que parece indudable es que España está destinada a ser la discoteca de Europa. Mientras nuestra estupidez no nos conduzca a cobrar las cervezas a precio de Campos Elíseos, que hacerse ya se hace, tendremos nuestro atractivo. Sol, buena comida, cierta permisividad —cada día más en entredicho— y los mismos músicos que les gustan a los guiris. Ese parece nuestro futuro, ser una verbena bajo el sol.

Y de nuevo malas noticias para los músicos locales, cuya ubicación en los festivales resulta cada día más complicada. O bien actúan a primera hora de la tarde, bajo el sol, con la digestión a cuestas y suspirando por una cerveza helada, o si el festival quiere cuidarlos los sitúa en horarios estelares, con lo que la ausencia de extranjeros, cuya presencia en los festivales es cada día más notable, dejará al artista en mantillas, sólo apoyado por el público local. La solución no parece fácil.

Pero este y otros problemas habrán de ser resueltos antes de que finalmente las grandes multinacionales del espectáculo dominen todos los resortes del negocio. Ya existen empresas que dominan a los promotores, a las salas más importantes y a los festivales. Tener bajo control al artista parece ya una nimiedad. Es por ello que los festivales no dejan de ser, al menos en España, la punta del iceberg de una industria, la musical, que nunca ha tenido los pies asentados en la tierra. Sólo así se explica que en apenas cinco años hasta en los telediarios se hayan enterado de que los festivales musicales existen.


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