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Entrevista a Miguel Noguera

Escrit el 06/05/2011 per Martí Farré a la categoria ENTREVISTES, Entrevistes a escriptors.
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Ideas para una cotidianidad deformada

Per Martí Farré. Fotografia: Albert Marín.

Entre Kafka y Krahn, Carlos Pumares y el Profesor Franz de Copenhague, el mitin y el microrrelato, la provocación y la ternura, el costumbrismo y el surrealismo, el delirio y la telepredicación. Se llama Miguel Noguera, nació en Las Palmas de Gran Canaria hace 32 años y es un rara avis, un outsider que ha hecho de la cotidianeidad una realidad hilarante, una manera poética de expresarse. Showman, escritor, humorista por accidente, relata situaciones, propuestas tal vez absurdas pero de una lógica aplastante, que ha venido en llamar “ideas”. Su verbo afilado se puede apreciar en vivo a través de un espectáculo titulado Ultrashow, que representa desde hace dos años. De mirada penetrante, frente despejada y barba completa, Noguera acostumbra a anotar y a dibujar en un cuaderno los acontecimientos que luego convierte en el material deformado, quizás retorcido, antesala de un particular universo de crucifijos-nave, lavabos sin salida, viejas que se intoxican con el café o ateos dormilones. Ideas que recoge también en el volumen Ultraviolencia (Blackie Books), publicado recientemente.

¿A qué viene esa apelación a la violencia en el título del libro?

A nada, en realidad era para poner un título comercial y, como no se nos ocurría ninguno y tenía un web que se llamaba así, le pusimos Ultraviolencia.

Yo creía que era por la mezcla de crueldad y angustia que se desprende del contenido de la obra.

Podría ir por allí, pero tampoco me importa mucho. El título en realidad era para poner algo.

¿Por qué llamas ideas a las situaciones que narras en Ultraviolencia?

Para distinguirlas de los microrelatos, para que la gente no busque un chiste donde no lo hay. Puse ese nombre de forma muy inconsciente. Al principio, las llamaba puntos, creo, porque las tenía apuntadas en una libreta y eran puntos de esa libreta. Luego las llamé ideas, no sé si porque hubo alguien que me lo sugirió, pero realmente las llamé así más por defecto, por definir lo que no son. Porque en sí, claro, no son tampoco ideas siempre, sino situaciones, una mezcla de cosas que a mí me gusta explicar.

Por la forma y los temas que tratas, uno podría pensar que tomas muchas referencias del cine y el cómic.

Pues no, yo no miro casi cine, y cómic leo poco. Me baso más en el imaginario popular y en las cosas que le pasan a la gente. Son situaciones que, si salen de algo, es más bien del arte contemporáneo.

¿Por eso ilustras tus ideas con dibujos realizados por ti?

Los dibujos salen porque suelo anotar las ideas con un dibujo para acordarme mejor. Es algo bastante natural. De hecho, en el libro hay bastantes dibujos en parte para darle ese tono de que quería ilustrar algo. No quería un libro solo de texto porque no me veía capacitado. En realidad, el libro es de situaciones cotidianas, y los dibujos están porque tengo una vena artística, estudié Bellas Artes y me gustaba el cómic cuando era joven.

¿Te hubiera gustado servir una chistorra a Aznar, como cuentas en una de las ideas del libro?

Eso es real. Yo era camarero de un restaurante muy caro de Madrid y un día el Presidente estuvo allí invitado por Esperanza Aguirre. Y sí, le serví chistorra. De hecho, es un ejemplo claro de que la experiencia real es esa y luego todo el resto viene a ser una suposición que podría ser también real: que si hipnotizaran a Aznar, yo no sé hasta que punto se acordaría de mi cara.

¿Sabes si ha habido alguna reacción por parte de algún miembro del PP?

No lo sé. Nadie me ha dicho nada, pero, aunque se lo haya leído alguien del PP, no creo que se sintiera ofendido, porque realmente no acaba de ser una ofensa. [Aznar] está ahí, como podría haber estado Zapatero. Justamente de esa idea, por suerte, aunque la lean los del PP no creo que digan nada.

Del cuento de la chistorra no lo sé, pero de los crucifijos-nave que sacas en tu libro supongo que sí. Por cierto, ¿a qué viene esa obsesión con la religión?

Bueno, a que me hace gracia todo el imaginario religioso sencillo. Hay determinadas cosas que me gustan, no en el sentido de investigarlas ni nada de eso, sino de verlas. En cómo está Cristo en la cruz, veo unas posibilidades escultóricas cómicas.

Me gustan las cosas antiguas, góticas, románicas. También me gusta mucho el lenguaje religioso, que es muy jerárquico y se ordena bajo unos determinados significantes muy fuertes. Es muy gracioso cuando eso se altera de algún modo, que no es irónico sino que es formal. En cierta medida salen de ahí cosas, sentidos, que tampoco es que vayan en contra ni a favor [de la Iglesia], simplemente son diferentes.

¿Y ese tono de cabreo que empleas en tus actuaciones?

Es de predicador. Es como una especie de demencia a la hora de explicar un contenido que me interesa mucho, un poco al estilo de: “el quid de la cuestión es este, me he emocionado mucho al decirlo”, igual que hace un predicador cuando habla. Me veo muy cercano a esa figura, en el sentido energético.

¿A la del predicador americano?

A la del predicador sudamericano, porque realmente es alguien que tiene mucha fe en un contenido determinado e intenta imponerlo con una gran energía en el discurso, que es prácticamente lo que me ocurre a mí. En un momento dado, puedo creer en esa idea que cuento, me puede parecer una gran idea, me puede entusiasmar mucho decir eso, me da mucha energía y el discurso se transforma en una especie de demencia caricaturesca.

¿Tienes la sensación de estar violentando al público?

No, a mí nunca me ha gustado el espectáculo interactivo o coral, en el que el público intervenga. Siempre me ha dado bastante palo ir a espectáculos en los que sabes que te pueden sacar o señalar, o pedirte que participes. Incluso las clases interactivas nunca me han gustado, siempre he preferido la conferencia. Puede parecerlo, pero en realidad nunca me meto con el público. A veces puede haber alguna mención a algo que ocurre, pero no está en el programa. Lo mío es un personaje que parece que esta loco, que surge y que creo que va bien para contar mis ideas.

Acostumbras a actuar en solitario, es decir, en forma de monólogo. ¿Cómo ves esta moda de los monólogos humorísticos en España?

Lo entiendo como una cosa comercial que, de no ser así, realmente tendría problemas, porque no hay tanto público para llenar tantos teatros si no hablas de algo que todo el mundo entienda. El Club de la Comedia no es que sea malo, hay actores muy brillantes, pero en América por lo visto la tradición de los monólogos es mucho mejor, porque de hecho son como una especie de versión pálida de lo que hay allí. En España, en cambio, los monólogos se tratan, digamos, de una especie de velocidad de crucero del humor, con un personaje entre neurótico y sensato que todo el rato se extraña ante el mundo. No hay nadie que venga a decir: “yo soy tal y esto es lo que a mí me obsesiona, me gusta y es lo que quiero decir”. De todos modos, en España realmente hay grandes monologuistas. A los de El Club de la Comedia, por ejemplo, los encuentro bastante profesionales en lo suyo, y es comprensible que hagan este tipo de humor.

¿Te ves trabajando alguna vez en espectáculos de este tipo?

Hombre, lo mío, si lo tienes que llevar de gira por España, teniendo en cuenta la cantidad de público que viene y el target que tienen este tipo de espectáculos, habría porciones de público que no se reirían y se enfadarían, o algunos se indignarían. Seguro que habría mucha gente que se reiría, porque al fin y al cabo lo mío tampoco es tan distinto de los monólogos tradicionales, pero sí que es cierto que habría más problemas porque el contenido es un poco más “incorrecto”. En España no hay tanta tradición de decir cosas que se supone que no son políticamente correctas.

Pero tú sales cada semana en Catalunya Ràdio, en un programa de máxima audiencia. ¿Gozas de la misma libertad que en tus espectáculos?

Mientras no sea algo que clame al cielo, que esté claro que van a llamarnos, sí. El problema, en todo caso, de salir por la radio es que en parte no puedo prolongarme porque dispongo de muy poco tiempo, no puedo enseñar imágenes, no puedo gesticular, es en catalán, que me cuesta, en un horario protegido,… Al final, se queda en las cuatro o cinco ideas que he escrito. No es un medio que me dé mucha visibilidad, es el lugar donde menos gente me escucha, auque me oigan miles de personas. Saco un buen dinero, me hace gracia, es fácil, hago currículum, pero en realidad son cinco minutos a la semana, y estoy allí porque a Manel Fuentes le gusta.

¿Cuándo decidiste que querías ser showman –o “idealista-”?

No lo decidí nunca. Hace seis años empecé a hacerlo y, a fuerza de hacerlo, se ha ido convirtiendo en lo que es. Todo fue muy improvisado: un amigo me pidió que leyera unos textos y luego lo hice unas cuantas veces más, sobre todo en un contexto artístico.

¿Conoceremos algún día al Miguel Noguera artista plástico?

Sí, de hecho soy dibujante y participaré pronto en una exposición colectiva. Si a mí me piden dibujos originales para vender, los hago un poco más currados, los meto en un marco de Habitat y ya está. Y si me piden participar en una peli, pues lo mismo, dentro de lo posible, porque, aunque estudié un poco de teatro, nunca me ha gustado actuar. No sé actuar.

Pues para no saber actuar, en un corto haces una parodia desternillante basada en el personaje de Jordi Hurtado. ¿Qué tienes contra él?

Nada en concreto. Bueno, todo el mundo tiene algo en concreto con Jordi Hurtado. Todo el mundo tiene algún tipo de vínculo especial con él. Es un bien cultural, un personaje muy curioso.

¿Algún otro personaje de este estilo?

Raphael, Camilo Sexto, Anthony Blake, Chiquito de la Calzada, Pumares, Manolo Otero. Son el típico personaje español, cantante o humorista, que me hace mucha gracia. Hay personajes públicos que han pasado por ahí como superficiales pero que realmente tenían algo que era bastante singular. Eugenio, por ejemplo, me parece un personaje espectacular; Rubianes, lo mismo. Eran gente muy singular, con un sistema muy propio.

De todos modos, los sujetos que pueblan tus ideas son personajes anónimos…

Son gente que normalmente no conozco, que igual veo en una cafetería cada día o por el barrio, y que me baso en algún aspecto que me llama la atención. Se trata de una observación constante. Por ejemplo, veo a alguien, sentado en una cafetería que lee un libro de matemáticas, pero que en realidad no está leyendo el libro sino que esta observando la calidad del papel todo el rato, durante horas. Y sucede así, es verdad: está mirando las esquinas del libro, pero no está leyendo. Y eso pasa cada mañana en el sitio donde desayuno. A mí me hace gracia anotar eso: alguien que en realidad está intentando descubrir otro orden de cosas en el papel mismo. Lo anoto porque así siempre me acordaré de ese tío, e igual alguna vez sale en algún texto, o hablo de él a propósito de algo. Son singularidades. Luego al final igual te das cuenta de que este tío sí que lee.

Al menos para mí, gran parte de las ideas son constataciones, quizás deformadas, de algo que ya está casi dado.

¿Hay algo de humorista en tu obra?

Hombre… sí, en cierto modo hay una parte. Pero lo mío funciona en tanto que no busco una economía de la risa. No busco el “cómo puedo hacer que eso sea más divertido”, porque, si buscara eso, probablemente fallaría y me desviaría un poco del objetivo inicial, que es el de relatar un determinado pensamiento.

Si lo que hago se lo diera a un guionista podría sacar algo realmente divertido, por juegos de guión, y entonces mi libro se convertiría en una novela de humor. No busco que esa idea que he tenido sea más graciosa de lo que es. Las ideas hacen gracia por la forma de abordar el material.

Ciertas ideas que describes, y que provocan risa, tienen un punto de provocación, ¿consideras que el humor para tener sentido debe de ser transgresor?

No, el humor tiene que tener sorpresa, porque sino no te ríes. Hacer algo incomprensible, que deje perplejo, es muy divertido, pero mucha gente lo considera una agresión, y en cierto modo lo es. Cuando haces algo que es un exabrupto, mucha gente se ofende, porque lo considera un ataque a un cierto modo de pensamiento, aunque no haya connotaciones negras. Yo, particularmente, nunca he vivido como una agresión determinado humor negro, y creo que los que leen mi libro y van a mis espectáculos tampoco. Es gente que, si les hablas de la muerte, de un viejo o de un niño desnudo les da igual, porque no supone ningún problema. La gente que se escandaliza no es un público apto para eso, van por otros derroteros.

Martí Farré.


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