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El gamelán, música para regar los arrozales

Escrit el 16/09/2012 per Nando Cruz a la categoria El ruido de fondo, Música i societat, OPINIÓ.
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El gamelán balinés siempre ha causado gran fascinación en el oído occidental. Refinado y repetitivo, básicamente percusivo pero de una gran riqueza tímbrica, pese a su intrincada exquisitez puede inducir al trance. Además, se interpreta con unos sofisticados instrumentos que parecen haber sido diseñados, no ya en otra época (proceden, como mínimo, del siglo VIII), sino en otro planeta. Pero más allá incluso de su fascinante sonoridad, bajo el gamelán reposa una estructura social aún más desconcertante para el turista.

El encontronazo del occidental con una orquesta de gamelán alejada de los circuitos turísticos no sólo deslumbra por su musicalidad; también despierta infinitas incógnitas. Y hay gamelanes en cualquier pueblo de Bali. Sólo hay que afinar el oído, escuchar la llamada de ese enjambre de repiqueteos y acercarse. Lo más probable es que estén celebrando algo: una ceremonia de cremación, una fiesta de iniciación a la vida adulta, la inauguración de una casa… El forastero siempre es bienvenido. Eso sí, cualquier intento de comprender el papel que juega la música dentro de la comunidad es todo un desafío para la mentalidad occidental. El abismo, ya no sólo musical sino incluso sociológico, puede derivar en torpes diálogos como éste.

– Disculpe, ¿estos son los integrantes del gamelán de su pueblo?

– ¿Cómo dices? ¡No, no! El gamelán está ahí detrás: son todos aquellos instrumentos. Estos hombres son sólo los que los tocan.

– Ah, perdón. Aun así, ¿son vecinos de su pueblo?

– Hoy sí. Pero mañana las piezas que han de interpretar son más complejas, así que vendrán unos músicos de Ubud.

– ¿Y traerán sus instrumentos?

– No, no, tocarán este gamelán: ¡el de nuestro pueblo! En Bali, cada pueblo tiene su gamelán. Es como un tesoro, una de las posesiones más preciadas de cada comunidad. Bueno, los pueblos ricos suelen tener más de uno.

– ¿Dónde compraron estos instrumentos tan bonitos y costosos?

– En Ubud. Hay varios talleres. Pero todos los instrumentos deben provenir del mismo porque están construidos a la vez y con la misma afinación. Por eso es imposible que un músico llegue al pueblo con su kenong y pretenda incorporarse a nuestro gamelán. ¡Sonaría desafinado!

– Entonces, ¿cómo aprenden a tocar los músicos? ¿Ensaya cada uno en casa y cuando se unen al gamelán cambian de instrumento?

– ¡Nadie tiene instrumentos en casa! Para aprender debes practicar con el gamelán del pueblo: vas al local donde está guardado y ensayas con el resto de aprendices. Ensayar solo no tendría sentido: lo que toques no significará nada hasta que se entrelace con lo que tocan los demás. Y si no aprendes a integrarte en el entramado rítmico del conjunto no construyes nada.

– Entiendo. De hecho, estoy viendo instrumentos, como esa hilera de gongs con forma de fiambrera, que se tocan entre tres músicos.

– Exacto. Y si te quedas un rato verás cómo algunos músicos que aún no están tocando llegan para sustituir a los que estén cansados o a los que piden salir para fumar o comer. En teoría, todos los músicos deberían ser capaces de tocar cualquiera de los instrumentos del gamelán.

– Sorprendente… Pensaba que el gamelán tendría una estructura similar a la de las orquestas occidentales, pero cada respuesta confirma lo contrario.

– ¿Ah, sí? Vaya. Tampoco todos los gamelanes son iguales. Hay grandes diferencias entre los gamelanes de Bali y los de Java, por ejemplo. Dicen que el balinés está tan arraigado a la comunidad porque los pueblos de interior desarrollaron un espíritu cooperativo hace siglos. Aquí siempre fue muy importante saber ponerse de acuerdo. Sobre todo, para regular la circulación del agua a través de los arrozales.

– De todos modos, lo que más me sorprende es ¡que nadie escucha! ¡Nadie aplaude! ¡Los músicos prestan más atención a la gente que la gente a ellos!

– ¡Ja, ja! Eso parece, ¿no? Es que el gamelán no es el centro de atención. Su misión es interpretar músicas que se adecúen a lo que está sucediendo; ya sea una danza o una cremación.

– ¿Usted no toca?

– ¡Ja, ja! ¡No! Es muy difícil. Yo no tengo mucha retentiva. Con las cuentas de la lavandería ya tengo bastante.

– ¿Y sus hijos?

– Tampoco. Es muy caro pagar a un profesor que venga a dar clases hasta un pueblo. Ahora la única forma que tienen de aprender es escuchar grabaciones, memorizarlas y practicarlas con el resto de chavales cuando se juntan. El proceso de aprendizaje ha cambiado. Dudo que el resultado sea el mismo.


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