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Pagar, ver, oír, callar y aplaudir

Escrit el 21/10/2012 per Nando Cruz a la categoria El ruido de fondo, Música i societat.
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Hace casi un año Josele Santiago actuó con Pablo Novoa en la sala Salamandra de L’Hospitalet. Además de tener que encajar un pinchazo en toda regla, el madrileño tuvo que lidiar con un público guasón. No se lo tomó a mal, sino que toreó las gracias del público como quien coincide en la tasca con unos colegas más faltones de la cuenta. Santiago los mantuvo a raya con su lúcida sequedad, pero fue una noche algo tensa, con un inusual grado de interacción que derivó, por fortuna, en un soberano bolo de autor. La presión del respetable le obligó a sobreponerse a la adversa situación.

Semanas después, detecté la misma interacción por parte del público en un concierto de José Ignacio Lapido en la gélida sala 3 de L’Auditori: la gente necesitaba intervenir en el desarrollo del bolo, gustase o no al rockero granadino. Meses después, percibí una actitud similar en otro concierto de Paul Collins, en Sidecar. El estadounidense, afincado en España durante años, hablaba bastante castellano para replicar las demandas de un público que se sentía autorizado para jalearlo y/o provocarlo. Y entonces recordé cuánto me había sorprendido comprobar, varios años atrás, cómo tuteaba el público a Bunbury, un artista presuntamente endiosado pero que también acarrea unas primeras filas nada respetuosas con el mito maño.

Atando cabos a la brava, detecté que todos estos artistas pertenecen a una generación, la de los años 80, en la que el público tenía voz y voto en los conciertos. Una época en la que se abucheaba al músico cuando se lo merecía. Una época en la que un concierto más rácano de la cuenta podía acabar en invasión del escenario y de las barras; así pasó con Motörhead en Zeleste. Sí, hubo una época en la que la sala de conciertos no era el púlpito del músico sino un espacio de diálogo en el que, como en cualquier otro rincón de la ciudad, si no había acuerdo podían saltar las chispas.

Pero en apenas una década se pasó de escupir a los grupos de punk a asumir con intelectualizada cobardía que un músico puede pasarse una hora en el escenario sin mirar más allá de sus Nike. Diría que el último músico expulsado de un escenario español fue Ramoncín, en plena campaña anti-SGAE; o sea, por razones estrictamente extramusicales. ¿Cuál fue la última vez que abucheamos a un grupo? Los pitidos ya sólo se usan si el concierto empieza más de 20 minutos tarde. Al artista ya sólo se le exige lo mismo que al tren: que aparezca a la hora.

Esta adulación ciega, llevada al extremo mediante ese tic tan popular que consiste en aplaudir al músico cuando se equivoca y debe volver a empezar la canción, es la actitud que se encuentran los grupos el 95% de noches. Aquella tensión que genera el tener que ganarse a un público ha desaparecido; especialmente, en esa generación indie tan sumamente adicta al consenso, al aplauso mecánico y al cómomola. El concierto ha dejado de ser aquel espacio de diálogo e incluso de conflicto, para convertirse en un ritual de adoración, más próximo a un sermón de iglesia; un monólogo al que nadie plantea objeciones. Hoy, los músicos que más trabajo tienen son los que pretenden ofender y contrariar. ¡Cuesta tanto irritar a la gente!

Intuyo que aquí todos tenemos parte de culpa. La sociedad actual ha asumido la armonía como el bien más preciado y el adocenamiento de la crítica musical también ha contribuido a formar un público que entra en la sala dispuesto a ver, oír y callar. O a endiosar a chavales presuntamente humildes y sin ambición por la fama porque es lo que se debe hacer cuando vas a un concierto. Porque cuanto más le adores, más orgulloso de ti estará el artista. Y porque cuanto más adores, más lleno de vida saldrás.

Estos hipotéticos argumentos parecen extraídos del cerebro de un fan de Justin Bieber, pero la actitud de ese público indie pretendidamente culto es similar. Hace unas semanas, programaron en BTV el concierto de The Drums en el Primavera Sound y creí ver en él un tráiler del apocalipsis que anuncian los mayas para el próximo 21 de diciembre. El planeta en llamas y miles de jóvenes adorando a cuatro pazguatos con peinados mongoloides gritando en éxtasis: forever and ever, forever and ever, forever and ever… El fin del mundo no era un estallido atronador: era el patético concierto de un grupo mediocre respaldado por una masa ciega de felicidad. Y en bucle infinito.

Postdata: Hace un mes preguntaban a la activista afroamericana Angela Davis por qué creía que Obama no cumplió su promesa de cerrar la cárcel de Guantánamo. Ella respondió: “Tenemos que reconocer que la primera razón por la cual no cerró Guantánamo es porque no salimos a la calle a reclamarlo”.


21 Respostes

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  1. Manel Cano says

    No soy partidario de abuchear. Si no me gusta el concierto, no vuelvo. Y diálogos con el músico los justos. El escenario no es un altar en el que idolatrar a ningún dios pero tampoco me parece un sitio para comunicarse con el artista (si todo el público tuviera algo que decir, no habría bolo). El concierto, como espectáculo, se resiente de demasiadas interrupciones. No sé…

  2. Jack says

    A propósito de esto último, Naomi Klein contaba una anécdota acerca del presidente Franklin Roosvelt, que no sé si será cierta o no, pero si no lo es se le puede aplicar aquel dicho italiano de “si non è vero…”. La cosa es que mientras era presidente, en pleno new deal, siempre atendía en la Casa Blanca a cualquier colectivo progresista o de izquierdas para que le explicara sus deseos, peticiones o intenciones. Podía estar rato escuchándolos, y al final siempre les decía algo así: “bien, os he escuchado y me parece justo. ahora salid a la calle y obligadme a hacerlo.” Pero, dejando de lado esto, quizá habría que hacer una de las preguntas al revés: si la gente se toma a los artistas como si fueran los horarios de los trenes, ¿no será porqué…? Y aquí que cada uno complete los puntos según su grado de desengaño o de lo que sea.

  3. Víctor Lenore says

    La división temporal “diálogo ochentero versus obediencia después” la veo bastante forzada (los ochenta fueron en gran parte una década de mitomanía enfermiza). Durante los noventa hubo muchas quejas por el mal directo de los Planetas. A Alejandro Sanz le pitaron bastante cuando saco a escena a Farruquito. En Madrid casi hubo un motín por un concierto demasiado corto de Marc Anthony en Vistalegre. Al Chaval de la Peca le acribillaron en el Viña Rock por motivos estrictamente musicales. A Bebe le pasó algo parecido, creo que en Boadilla. He visto mucha gente irse a mitad de conciertos de Antonio Vega (pirarse es otra manera de protestar). Todo el mundo que ha asistido a una sesión de dub actual sabe lo exigente que es el público con el sonido. En Madrid hay cientos de personas que ya no compran entradas en la Riviera por lo mal que suena. Dialogar desde la primera fila no es exactamente dialogar (falta la simetría de condiciones y además ya sabemos que siempre hablan los más borrachos o los más exaltados). Además, hay gente a la que no le gusta gritar, ni situarse en primera fila. Del artículo de Cruz me quedo con la denuncia (totalmente real) de que reclamamos poco nuestros derechos en caso de incumplimiento. Pero, vamos, en un festival con seis escenarios, ¿hay que ponerse a discutir con los Drums o mejor moverse a otro que programe algo más interesante? Lo que demuestra la historia de los Drums es simplemente que tienen muchos fans (algo nada raro viendo que el 80% de la prensa musical les tiene en un altar, por motivos que seguramente no nos convencen).PD: El salto del Primavera Sound a Guantánamo me parece bastante mortal. La falta de activismo político en EEUU (con ciertas causas) y el conformismo de los musiqueros en Europa son fenómenos muy distintos (en importancia, consecuencias y motivos que los explican).

  4. HangUp says

    ¿Ha ido el autor alguna vez a la ópera? ¿A un festival con conciertos de la mal llamada “world music”? Imagino que sí. ¿Está también lleno de indies meapilas? Por lo de “respetuosos” con la música, digo.

    La visualización del problema no está mal, puede ser acertada o no. Vale. Pero el diagnóstico creo que es tremendamente desacertado.

    A veces parece que hay ganas de cargar por cargar contra los “indies”, la “generación actual” y todo eso. Lo de The Drums, con eso de mongoloides, se te va de las manos. Lo mismo se podría decir de un concierto de salsa o techno (“el mundo desplomándose y la gente poniéndose hasta el culo en la Fabric”… un poco puritano, ¿no?). Por eso mismo está tan fuera de lugar. ¿Quizás esto tiene que ver con la nostalgia por otra época? ¿De aquella época en la que creció musicalmente, digamos, el autor del texto? ¿Añoranza? Me aventuro, no sé la edad de Nando Cruz. ¿Podría ser?

    Es extraño, pero últimamente, en relación a los conciertos, solo oigo quejas y más quejas sobre el ruido infernal de las conversaciones que, en ocasiones, se oyen más que al propio grupo/solista. Desde la prensa musical, digo. Todo lo contrario que lo que tú dices. ¿Nos ponemos de acuerdo?

  5. Víctor Lenore says

    ¿Quién abucheó a Tom Waits por la chusta de concierto a cien euros que dió en el Auditori del Forum hace unos años? ¿Hacía falta giritarle? ¿Podemos describir como mongoloides los peinados de los cuaretones gafapastas que acudieron? Algunos eran bien feos y cutrones :) Hay más motivo para hacerles reproches, ya que llevaban más años escuchando música y yendo a conciertos (además de que la mayoría crecieron en los ochenta).

  6. Jordi Oliveras says

    Un comentario un poco lateral. Me pregunto porqué un texto como este, con una leve referencia positiva al pasado, provoca reacciones contrariadas (pienso también en alguna leida en las redes sociales), y me digo que quizás no podemos soportar que se contradiga la creencia de que el progreso siempre avanza hacia un lugar mejor. Según esto quizás podriamos pensar en la fe en el progreso como otro de estos elementos de hegemonía cultural de los que habla Rubén Martínez en el texto vecino.

    • HangUp says

      Comentario a comentario lateral, por ¿alusión?:

      No creo que el progreso siempre avance hacia un lugar mejor. Para nada, para nada… Mi comentario venía a cuenta de esas pocas décadas que comenta Nando Cruz, en las que se ha pasado de “escupir a los grupos punk” al aplauso fácil. Esto… ¿perdón? Lenore lo apunta: ¿de verdad en los 80s había ese poco respeto al músico? ¿De verdad el público indie es tan fácil? ¿O al menos más fácil que el público más… “pureta”? ¿No tendrá todo esto que ver más con otras cosas? Con lo de los indies… pues mira que les dieron caña a Los Planetas, Sr. Chinarro, Le Mans y demás grupos ultra-indies… Creo que más que crítica al progreso, glorifica una época pasada sin mucha justificación y con poca precisión.

  7. Manel Cano says

    …el pasado no es moderno (hasta que lo pongan de moda).

    Y lo “no moderno” está muerto.

    Palabra de muerto.
    M.

  8. Víctor Lenore says

    No veo que ese sea el espíritu de los tiempos, Jordi. Ahora mismo hay más gente preocupada y protestando por la negrura del futuro que nunca, ¿no? Tradicionalmente se ha considerado reaccionaria la idelización del pasado, que es un rasgo muy típico de teóricos culturales de derechas, desde José Luis Garci (versión cutre) a Mario Vargas Llosa (versión Nobel). Una de las cosas que se le pasa a este texto (creo) es la enorme contestación que provocan las posiciones de artistas en las redes sociales. Se ha visto muy claramente con el movimiento antiSGAE y con las burlas que leemos todos los días en tuiter y Facebook a cualquier estrella pop. Para mí la generación de los setenta y ochenta es particularmente propensa a la mitomanía con divinizaciones irracionales de Dylan, Cohen, Tom Waits, Van Morrison, David Byrne….

    • Jordi Oliveras says

      Si, a esta consideración tradicional que considera reaccionaria la idealización del pasado me refiero, Víctor. A veces puede estar plénamente justificada, y en otras ocasiones quizás no. Cuando lo es en todos los casos, un hábito adquirido aplicado a todas las situaciones, quizás obedece a otra idealización: la del progreso.

      Por otro lado creo que la contemplación positiva del pasado no es patrimonio de los conservadores. También se buscan referencias en el pasado, por ejemplo, en el Manifiesto de los Comunes, y en todos los discursos que encuentran en la etapa pre-capitalista elementos de pasado comunal como referencia para imaginar nuevos futuros.

      Finalmente, si admitimos la hipótesis de la CT (Cultura de la Transición) según la cual -resumiendo- hay un uso cultural que nos ha contenido socialmente dentro de unos márgenes desde la transición democrática hasta la actualidad, se podría pensar que quizás hubo unos primeros momentos un poco más salvajes, antes de que esta se impusiera del todo. De hecho, sin pensar, ni mucho menos, que aquello fuera la pera, yo creo que fue así.

  9. Amós says

    Puedo dar fe de un auditorio dividido entre perplejos, esterilizados, esnobs y indignados en una actuación del grupo Obeses . Lo digo porqué un servidor constató insultos y algún que otro objeto lanzado hacia el grupo.

    Cabe decir , que una parte de la propuesta musical de la banda se basa en la provocación del público con la prepotencia como hilo conductor.

  10. Nando says

    Cuando hablo de diálogo no lo hago de forma literal: de que el músico haga preguntas a la gente y escuche su opinión. (Aunque recuerdo situaciones así, por ejemplo, en un concierto de The Evens, y fue muy enriquecedor para todos). Me refiero más a la idea de interacción: de ir a un lugar donde se pretende generar comunicación pero donde, a menudo, el artista entra y sale totalmente impermeabilizado y el público va sólo a escuchar y asentir.
    Yo tampoco veo tengo muy clara esa distinción por décadas y por eso mismo digo que até cabos “a la brava”. Pero sí he detectado que, con el paso de los años, el público (el indie y el no indie: todo) tiende a discrepar menos de lo que recibe en los conciertos y a asumir que su papel es simplemente engullir lo que suena y lo que el músico dice. ¿Cómo? Escuchando conversaciones dentro y, sobre todo, a la salida del concierto, en las que apenas oigo comentarios negativos. El consenso a favor es alarmantemente alto incluso en casos de timo flagrante. Es como si el concierto fuese un lugar donde vas “a estar de acuerdo con”.
    Irse e un concierto es una forma de quejarse, pero si la indignación es completa lo suyo sería pedir que te devolvieran el dinero . No te lo devolverán, pero el recado igual llega al destinatario. Un promotor de Barcelona me contó un día que al final de un concierto de Atari Teenage Riot fue al camerino a ver a Alec Empire y le dijo: “Toma, este es el caché que acordamos, pero sepas que el concierto me ha parecido una mierda”.
    PD: La mención a Angela Davis es sólo una extrapolación, más allá de la música, del viejo dicho que lo resume todo: quien no llora no mama.
    PD 2: Reciclo comentarios que me llegan por email. Un amigo apunta que él percibe que el grado de disensión es menor entre el público de música pop que en otro tipo de espectáculos (cine, teatro, circo…).

  11. Víctor Lenore says

    De los ochenta se ha subrayado mucho la espontaniedad, la explosión creativa y el desparpajo, pero muy poco la mitomanía, el culto al éxito mediático o la adopción de una mirada “artística” trasnochada (unos pensaban que Warhol era la cima del arte, otros hablaban de grupos de culto tipo Magazine como si fueran la verdad revelada y otros recitaban “Quiero ser un bote de Colón” ciegos de coca y seguramente eran los más sinceros y conscientes de lo que estaban viviendo). Me parece que los ochenta no necesitan revalorización sino el examen crítico que no han tenido hasta ahora.

    • admin says

      Yo supongo que en todas las décadas y lugares ocurren cosas de muy diversa índole.

  12. Isabel Ferrer Senabre says

    Jordi i Víctor,
    Després de llegir els vostres comentaris (i d’altres que corren pel twitter), m’animo a escriure. No crec que la memòria, o la nostàlgia, siguen patrimoni de cap ideologia. El seu poder resideix, just, en la seua capacitat d’adaptació a qualsevol orientació política. És evident que el conservadorisme que se li pressuposa a la dreta a priori hauria de tindre més tendència a la rememoració. Però no li és exclusiva, potser només perquè la mirada al passat és una aposta segura davant el caos i la multiplicitat d’expectatives, opcions i alternatives (polítiques, i de qualsevol tipus) que ens obre el futur (més o menys previsibles, però desconegudes). Íntimament relacionat amb això, m’ha encantat el qualificatiu de “fe en el progrés”. Justament, la meua opinió és que aquesta creença infundada en que “allò que vindrà serà millor” és un dels èxits discursius del capitalisme. És a dir, has de creure que efectivament eixe sistema et farà estar millor demà, quan en realitat t’està dient que el sistema ja et proporcionarà el camí per a que no hagis d’endreçar tu mateix les alternatives. Abans això ho feia la Divina Providència (que funcionà molt bé diversos segles), però el capitalisme també l’arraconà. Si a això li afegim una Gran Historiografia (llegiu qualsevol manual d’institut) que ens diu que “a partir de la revolució francesa, tot han sigut millores socials i tecnològiques”, i que “totes les generacions han viscut millor que els seus pares”, la nostàlgia esdevé quasi un divertimento recurrent: sabem de sobra que no tirarem trenta anys enrere (és impossible) i que res no serà igual, així que, “s’ha de tindre fe en el progrés del capitalisme per què, ¿quina altra alternativa proposes?”. Vista així, és força perversa la cosa.

    Pel que fa a l’article de Nando, no entraré a valorar si avui en dia es crida més o menys que als vuitanta. Segurament, si es crida menys, tingui gran part de culpa la domesticació d’algunes tipologies de concerts a base de traslladar-los a escenaris suposadament més respectables, amb els seus horaris, els seu parquet i les seues butaques, inicialment pensats per a albergar altres estètiques. Potser, el diàleg amb els artistes o la denúncia contestatària de la música s’estiga cercant en altres formats d’esdeveniment musical.

  13. Víctor Lenore says

    Isabel: no he dicho que la nostalgia sea de derechas, sino que “Tradicionalmente se considera” (y se pueden poner ejemplos) . Estoy de acuerdo en que todo depende de las cosas que te susciten nostalgia.
    Cuando Nando Cruz escoge a Los Drums en vez de a Dylan (por ejemplo) como paradigma de apreciación acrítica creo que se arriesga demasiado a que le tilden de viejuno (y no defiendo a los Drums ni el pitchfork rock). Máxime cuando arriesga a decir que la cosa ha empeorado desde los ochenta. Personalmente detecto más adoración acrítica y aborregamiento a la salida de Lou Reed, Van Morrison y David Byrne que a la salida Beyoncé o de cualquier grupo rock o hip hop de veinteañeros.Dicho esto, creo que la columna de Cruz es valiosa porque abre un debate interesante sobre cuáles son las formas de mostrar disenso frente a un concierto que te parece decepcionante. ¿Gritar? ¿No volver a la siguiente gira? ¿Desfogarse en twitter?¿Cancelar la suscripción a la revista que los pone bien por inercia? ¿Pedir qué te devuelvan el importe la entrada?

    • Isabel Ferrer Senabre says

      Víctor, coincidisc plenament amb tu que “la dreta” té tendència al reaccionarisme i, per tant, segurament fa un ús més accentuant de la nostàlgia. Amb la parrafada només volia deixar constància és un fenomen que pot ser utilitzat a voluntat. Per exemple, si seguim així, potser algun dia enyorarem l’estat del benestar, del qual hem criticat molt a sovint (m’incloc al pack) el seu funcionament.

      Desconec totalment el pitchfork rock (ara faré una consulta a Sant Google per a informar-me), per això en el meu comentari no entrava gens en els exemples de l’article (Ramoncín sí que sé qui és, però no cal que el comentem, no?). Ara bé, em sembla encertadíssim convidre que la reflexió final a que ens ha de portar l’article, com dius, és a esbrinar “cuáles son las formas de mostrar disenso frente a un concierto que te parece decepcionante”. La veritat és que necessitaria pensar-hi més a fons, però continue pensant que que es proteste o no “in situ” té a vore a) amb el format, però també b) nivell de passió/identificació amb l’artista. Seria molt descabellat, per a seguir pensant-ne, fer-ne una comparació amb un mal partit/carrera en esport?

  14. Víctor Lenore says

    A riesgo de monopolizar el debate, voy a explicar por qué me parece fuera de tono la mención a Angela Davis. Por mucho que nos empeñemos, no hay absolutamente ninguna conexión entre exigencia estética y exigencia política. Hitler ordeno a su ejército no bombardear Florencia porque era una ciudad muy bonita. Seguro que en Nueva York hay brokers que reclaman una acústica perfecta en la Metropolitan Opera y a la mañana siguiente arrasan África especulando con alimentos en el mercado de futuros. De hecho, no descarto que exista una relación directa entre exigencia estética y miseria ética, desde Nerón a Maria Antonieta, pasando por María Teresa Fernández de la Vega. Sería interesante que alguien se pusiera a investigarlo.

  15. Martha says

    Es que hoy en día, parece que cualquiera es: Artista. Tantas herramientas, tanta accesibilidad a masas sociales y con el cuento de “Yo soy así”. Se pierde un poco el talento de la disciplina, que se cambia por el arte de ser el más listo y QUIEN SE LO MONTA MEJOR!!!!! Me da la sensación que hay 2 tipos de artistas dentro de 2 clases de artistas.
    A. ENTRE LOS FAMOSOS:
    1 Los buenos, talentosos o currantes que se deben a sus público y lo respetan.
    2. Los Ultra-rrequete producidos: que tienen la bendición de hacer un grupo de fans dispuestos a manifestar, si es necesario. Es su público quién los hace a ellos!!!! ( suerte o inteligencia)
    B. ENTRE LOS no FAMOSOS:
    1. Los buenos, talentosos o currantes que se deben a sus público y lo respetan.
    2. Los Ultra-rrequete producidos: que tienen la bendición de hacer un grupo de fans dispuestos a manifestar. Es su público quién los hace a ellos!!!! ( suerte o inteligencia).
    En cualquiera de los casos los felicito. Así cómo también felicito a todos los que aún nos queda un poco de criterio para diferenciar entre opción A y B.

  16. Borja Duñó says

    Yo estoy bastante de acuerdo con el texto de Nando. Aunque no sé cómo era en los ochenta, en la actualidad sí que detecto cierta predisposición entre el público a que mole algo que de antemano ya se sabe que tiene que molar, porque lo has leído en un blog que está a la última, te lo ha dicho alguien que sabes que es guay, etc. De todas formas no creo que sea un fenómeno exclusivo de los indies o de los hipsters y se da de forma muy similar entre audiencias más maduras (como dice Víctor, en conciertos de vacas sagradas como Dylan, Waits, etc.) No es verdad que la postura siempre sea 100% acrítica, pero sí que parece la actitud mayoritaria o al menos la única que se expresa de forma abierta durante los conciertos. Por ejemplo, lo que más me sorprendió del concierto de Dead Can Dance en Barcelona fue este tipo de predisposición por parte del público, que compartía un consenso tan unánime que daba miedo. El concierto estuvo bien, cierto, pero para los seguidores más acérrimos parecía que no existiese otra posibilidad. ¿Vamos a los conciertos en busca de esta identificación colectiva? ¿Nos cortamos ante los músicos por educación? ¿Hemos asumido demasiadas reglas que hay que respetar y hemos convertido los conciertos en una especie de ritual cerrado en el que ya se sabe lo que va a pasar? Tampoco veo demasiada gente quejarse en los restaurantes, en las taquillas del metro, en los peajes (bueno, en los peajes algunos)… ¿Tendrá que ver todo esto con el papel sumiso que hemos adoptado como sociedad?

  17. Saul Ruiz says

    Diàleg públic-artista?… de veritat creieu que això existeix? No és un lloc comú ultraesgotat? 2.000 persones en un camp de futbol menjant frankfurts i amb la cara del paio de l’escenari a la samarreta, aquestes 2.000 persones, dic, constitueixen UN subjecte capaç de dialogar? Amb una voluntat única? Dient tots exactament el mateix i al mateix temps per què el de dalt de l’escenari (amb auriculars a l’orella per escoltar-se bé i no escoltar el soroll del públic) els entengui i els respongui? Per a diàleg entenc un altre cosa. En cap cas allò del cantant dient: HEY i el públic responent HEY HEY HEY. Un concert, un bon concert, és catarsi i conmoció. El diàleg ve després, amb les cervesetes, entre individus.



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