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El último príncipe

Escrit el 26/02/2013 per Marina Garcés a la categoria el sol ho encén tot.
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Traducción del texto "L'últim príncep"

Ahora que estoy en la raya de los 40, he soñado un príncipe. Era una figura esbelta y fina, translúcida. Una presencia incierta en un jardín, donde grillos y ranas cantaban de noche. ¿Una cursilada? Sí, señoras y señores. Una cursilada de las buenas. Pero desde entonces, un campo de olivos que cada semana atravieso a 300km/hora guarda un brillo, un rastro de sol atenuado.

Con todo, llega San Valentín y tengo la impresión de que a mi alrededor se desata una cruzada anti-romántica. La mañana del mismo día 14 de febrero, eldiario.es abre a toda portada-digital con un titular sobre los finales infelices del amor romántico, ilustrado con unas fotos acertadísimas de princesas cargadas de bebés mientras sus príncipes están “espachurrados” viendo la tele o tomando copas en el bar. Días después, un enigmático @sexo_hipster comienza a seguirme en twitter. Investigo un poco y descubro que unos conocidos míos proponen un proyecto de investigación y unas jornadas muy interesantes en Madrid sobre los imaginarios y paradigmas de la cultura amorosa hipermoderna. Todavía no sé qué quiere decir “hipster”, pero lo sitúo en continuidad con el proyecto Copylove de Zemos98 y me llega, como si mi asociación de ideas fuera una transmisión de pensamientos, la preciosa carta que el mismo día 14 @carolinkfingers escribió a sus hijas. Decía: Nada es blanco ni negro, pero aquí dentro en la carne se trata únicamente de la innata necesidad de amor que todos tenemos, mientras que ahí afuera nos dicen que se trata únicamente de que tengas una pareja estable y que vaya contigo de la mano por los prados.”.

La cruzada no se detiene, por si me quedaban algunas ganas de recordar el príncipe soñado. Me toca estar en un tribunal de trabajos de fin de máster en mi universidad y tres de los seis trabajos que se presentan son sobre sexualidades no normativas y sus formas de resistencia al dominio de la heterosexualidad obligatoria, santificada a través del amor romántico. Finalmente, hoy me llega el artículo de una amiga íntima, Brigitte Vasallo. Título: “La ruptura de la monogamia como apuesta política” (así que se publique pondremos el enlace). Lo bueno es que termina con unas palabras mías, que le sirven, muy acertadamente, para remachar el clavo de su argumentación. Así que me parece que me ha llegado la hora de tener que pensar algo con un mínimo sentido sobre todo esto.

La cuestión es que no puedo estar más de acuerdo con todos los argumentos que recojo de estos proyectos, artículos y trabajos. Me siento parte de aquellos que no creemos ni en la linealidad ni en la exclusividad de los amores; entre aquellas que no buscamos soluciones para siempre sino problemas que no acaben nunca, y que sentimos que el amor no es la expresión de una carencia sino de un exceso, que no es una demanda sino la expresión más alta del agradecimiento. Sabemos, por tanto, que la narrativa del amor romántico o bien nos encierra entre las paredes de una falsa felicidad familiar, o bien nos lleva a una secuencia de promesas frustrantes. PERO … Pero … ¿Qué decir después de este “pero”? No sé muy bien, pero hay que seguir un poco más allá. Tomar el riesgo de este “pero”.

El primer “pero” viene de una sospecha. Sospecho que la cruzada antiromántica llega tarde. Los códigos del amor romántico aún circulan y nos movilizan, pero se han convertido en cromos sin verdadero valor, en ilustraciones coloreadas de una sociedad que acepta, vomita y predica su miseria afectiva. Todos nos hemos hecho mayores: sabemos que los matrimonios no son felices, que las familias son espacios de tortura en la oscuridad de la intimidad, y que la liberación sexual es muy poco apasionante. Sabemos que no se puede empezar una relación diciendo “te quiero” sin abocarla a su más inmediato fracaso, que no se puede decir a alguien “te quiero volver a verte” sin que se sienta agobiado y atrapado, y que si a un desprevenido se le escapa un “te necesito” será rápidamente enviado al más profundo de los infiernos. Sabemos, sabemos y sabemos, sabemos muchas cosas, como que hay que gestionar tiempo, dedicaciones y proyectos personales, y que haciéndonos ligeros, superficiales e intercambiables, conduciremos con éxito nuestras pasiones y nuestros afectos personales. No quiero entrar a hacer sociología barata de los usos y costumbres contemporáneos, los conocemos demasiado bien y son muy aburridos. Vivimos en una sociedad que busca y teme desesperadamente el amor. En esta sociedad, el amor romántico ya no es el código del poder. Empieza a ocupar otras funciones, que yo situaría entre el folclore (toda tradición muerta se convierte finalmente folclore) pero también, por qué no decirlo, la de una nueva intempestividad.

Mi segundo “pero” nace de este “por qué no decirlo”, de una impertinencia de niña contestona y tozuda que no quiere llegar a saber tantas cosas y que cree que algo de lo que quiere expresar el amor romántico empieza a ser hoy interesante. Para no abrir una discusión teórica más articulada, que habría que desarrollar en otro contexto, pondré coma punto de partida una imagen. Mi hijo y mi hija, de 6 años ambos, juegan a hacer listas de “novios”. Son listas maravillosas, de número variable, donde entran niños, niñas, algún familiar cercano, incluso su padre y yo … personas de todas las edades y condiciones se convierten en príncipes y en princesas. Pienso, jugando con ellos, que el amor libre debe ser un amor-niño. No son listas arbitrarias. Creo que lo que recogen es lo que ellos perciben de extraordinario y de necesario en las personas que les rodean. Lo que recogen en estas listas son rasgos singulares que generan vínculos, presencias (una manera de reir, el olor de una melena, un tono de voz …) que son señaladas como diferentes e importantes. Presencias que por su singularidad dan forma a sus vidas.

Que tú (y tú y tú …) existas hace la vida diferente. Así, porque sí. Y para siempre. El sentimiento amoroso nos expone a lo insustituible, al valor o quizás al contra-valor de lo que no admite gestión posible, a la importancia de que otro, sin poder justificar porqué haya existido y deje una marca sobre nuestra vida. Esto es lo que simbolizan, paródicamente, los príncipes y las princesas de nuestros sueños. El sentido de lo extraordinario que desencadena un vínculo irreversible es el núcleo fuerte del amor romántico que no nos deberíamos dejar arrebatar, porque rompe todos los códigos, como las listas inclasificables de los niños. La antigua domesticación de los afectos convertía lo extraordinario en lo único y definitivo, y el vínculo en la obligación institucional del matrimonio. La actual neutralización de los afectos disuelve lo extraordinario en la indiferencia o en la continua e intercambiable novedad. Y la crítica anti-romántica que explora otras afectividades y sexualidades muchas veces deja perder ese sentido de lo extraordinario y del vínculo en los laberintos de un sofisticado análisis de las subjetividades y de sus siempre peligrosas relaciones de poder, de tal manera que parece que lo único que esté en juego sea finalmente nuestra capacidad de resistencia. ¿Y nuestra capacidad de amar? Sé que esta última afirmación merece más tiempo y más argumentos, pero, pero, pero, me parece imprescindible empezar a pensarlo … (To be continued).

Mientras, cuando paso por el campo de olivos, que no sé dónde será porque desde el AVE se pierde toda referencia geográfica aproximada y se convierten los paisajes en estampas fuera del espacio y el tiempo, me alegro de reencontrar el rastro de aquel sueño, aquella huella de sol atenuado. Y maliciosamente miro las nucas de los hombres que se sientan frente a mí en el tren, por si a alguno de ellos se le ve la cinta de la capa de príncipe, bajo la solapa de la americana. Entonces le haré un guiño y le desearé suerte y una larga lista de amores insustituibles.

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