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¡Mira, mira! ¡He escrito bien sobre ti!

Escrit el 11/05/2013 per Nando Cruz a la categoria El ruido de fondo, Periodisme musical.
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Semanas atrás se armó un considerable jaleo en el gremio teatral a raíz del estreno de “La dona vinguda del futur”. Una crítica negativa en un blog motivó la airada réplica de un dramaturgo no vinculado con la obra. Y esta, a su vez, encendió un amplio y jugoso debate al que se sumaron otros autores teatrales y críticos. Con debate no me refiero sólo al tiroteo de tweets a favor y en contra sino al cruce de opiniones largamente argumentadas. Incluso se reflexionó sobre la diferencia entre crítica profesional y amateur y sobre ese fenómeno, inarticulado por ahora en el ámbito de los conciertos, que es el hashtag postfunció.

Lo más grave que hacía la periodista en su crítica era preguntarse sobre la idoneidad de estrenar en un teatro público y no en uno privado aquella obra que ella consideraba bastante floja. El dramaturgo, que reconocía exponer en su web y en facebook las críticas positivas y obviar las que no le elogiaban, reflexionaba a partir de ahí sobre la utilidad de la crítica negativa. Días después las aguas volvían a su cauce, pero, como pasa siempre que hay riada, algún sedimento había cambiado de lugar, frenando un poco más el recorrido natural del agua. Uno de los troncos que marcó la dirección de aquel debate fue la utilidad de la crítica para el autor. Y si algo así se afianza en el lecho del río cualquier debate futuro en torno al papel de la crítica nacerá encallado.

Porque una crítica (y cualquier otro tipo de artículo) va destinada única y exclusivamente al lector. Esto te lo enseñan en primero de periodismo. El artista si quiere puede coleccionar críticas positivas, negativas y mariposas, pero el crítico no redacta críticas pensando que serán leídas y coleccionadas por el artista del que está opinando. El artista puede convertirse en lector de una crítica sobre él, eso es inevitable, pero el crítico nunca debe concebir al artista como un destinatario porque este jamás leerá la crítica como un lector más, sino como protagonista de ese texto. Y eso siempre implicará una lectura adulterada, una lectura interesada y, como es del todo humano, una lectura que encajará como algo personal.

Por otro lado, y aunque a veces lo parezca, sobre todo desde que discos, películas y demás productos culturales se valoran con puntuaciones, hacer una crítica no tiene nada que ver con corregir un examen. El crítico no es un tutor del artista; en tal caso, cobraría por ello. El crítico se acerca a una obra, da la espalda al artista y se dirige al público. Porque en cuanto el crítico asume que se está dirigiendo al autor está desviando la mirada de su verdadero destinatario y está empezando a traicionar su vínculo con el lector.

Una de las cruzadas que con más ahínco ha librado la industria cultural es la de hacer creer a los medios de comunicación que son parte de ese entramado y que deben contribuir a reforzarlo. En los primeros tiempos del indie español se acuñó la expresión “apoyar la escena”. Del mismo modo, cuando alguien lamenta que una crítica negativa ahuyenta al público de teatros, cines o salas de conciertos (tremenda obviedad) asume implícitamente que la función del crítico es atraer al público, fortalecer al gremio artístico… apoyar la escena.

Mantener una distancia prudencial respecto a la industria cultural (empresas y artistas) es una tarea más complicada cuantos más años llevas en el oficio, puesto que conoces a más gente y más gente y acabas absolutamente integrado en el engranaje sin querer o saber darte cuenta. De hecho, esa utópica equidistancia del periodista entre creadores y público resulta cada vez más engañosa puesto que un polo (la pequeña o gran industria que rodea al artista) siempre tirará con más fuerza hacia su lado, distanciándote irremisiblemente del otro polo (el del público).

Visto así, no quedaría más remedio que posicionarse abierta e inequívocamente del lado del público. Pero si, llegados a este punto, alguien se pregunta cómo detectar ese posicionamiento de la prensa musical, aquí no encontrará respuestas ni ejemplos. Y a eso vamos. Uno de los rasgos que caracteriza la evolución del gremio periodístico en estos últimos años, y en especial raíz del boom de las redes sociales, ha sido un descarado viraje justo en la dirección opuesta. Y no creo que esta vez podamos echar la culpa a la presión de la industria. Ha sido una decisión unilateral inducida, quizás, por el pánico: algo entre el instinto de supervivencia y el los otros también lo hacen.

Ahora que los medios de comunicación son tan frágiles y que la influencia de las cabeceras está bajo mínimos, revistas, periódicos, webs y firmas individuales practican el mismo juego autopromocional que el artista que sólo airea las críticas favorables. Los periodistas redactan textos que hacen llegar de inmediato al artista (puesto que son elogiosos) esperando que este corra la voz entre su público. Los medios se convierten en canales de lanzamiento de discos. Y artistas y sellos ensalzan el buen criterio del periodista o medio entre sus allegados para proporcionarle nuevos lectores. Total, que echas un vistazo en twitter y ya no sabes quién crea y quién informa, quién produce y quién valora. Todo es un ir y venir de abrazos, un infinito bucle de mensajes amistosos:

 

Yo hablo bien de tu obra y te lo hago saber.

Tú comunicas a los tuyos que yo hablé bien de tu obra y me lo haces saber.

Yo comunico a los míos que tú has comentado a los tuyos que yo hablé bien de ti… y te lo hago saber.

Tú agradeces mis bonitas palabras… con copia a los tuyos y los míos.

Y, una vez hermanados, avanzamos juntos de la mano hacia la escena.

 

Si alguna vez el periodismo musical español fue un campo de batalla (tal vez solo de egos) hoy apenas queda rastro de ello. Hoy nos comportamos todos como náufragos aferrados al mismo madero de la visibilidad. Del espero que ese grupo no descubra lo que he escrito sobre él hemos pasado al ¡mira qué bien he escrito sobre ti! Sin rubor y sin que nadie nos haya obligado a ello. Así, minuto a minuto, la crítica musical sigue sumando vicios, llenándose de espuma, convirtiéndose en un jacuzzi gigantesco en el que periodistas y artistas dispuestos en círculo retuiteamos con la mano derecha mientras con la izquierda enjabonamos la espalda del de al lado. Y las críticas de discos, en especial las de grupos españoles, se van asemejando cada día más a partidas de ajedrez con las tablas pactadas, a confortables alfombras de pétalos de rosa, eufemismos y análisis pormenorizados del vaso medio lleno que ayudan al artista a presentarse ante el público con el ego intacto, el expediente inmaculado y aspecto de endeble deidad.

Tampoco hay que ponerse exquisito a estas alturas del partido. La relación entre crítico y artista siempre estuvo viciada en mayor o menor medida. Ahora simplemente se muestra a cara descubierta. Pero el salto cualitativo está en explicitar mediante esa lluvia fina y persistente de tweets amorosos que, en efecto, escribimos pensando en el artista y que el lector pasa a ser un mero espectador de nuestras relaciones de trabajo. Así las cosas, no nos extrañemos si ese lector, ninguneado y relegado a un segundo plano, empieza a imaginarnos, a críticos y músicos, como perritos olisqueándonos mutuamente el trasero.



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