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Crisis, cultura, sector cultural y desobediencia

Traducción de Crisis, cultura, sector cultural i desobediència

El pasado viernes 10 de mayo participé en Interacció en una mesa redonda, con Lluís Pasqual, Jaume Antich, Jordi Pascual, Mercedes Giovinazzo, y moderada por Rita Marzoa, que llevaba por título “La sostenibilidad de la cultura: recursos públicos, recursos privados”. Antes de la charla publiqué unos apuntes en mi blog buscando contrastes para preparar la intervención. Ahora, una vez pasado el evento, reelaboro aquellas ideas incorporando algunas cosas surgidas de la experiencia.

¿Cuál es el problema?

La preocupación que parecía recoger el título de la mesa es lógica, la cuestión de la disminución de recursos para la cultura en los últimos años es un problema real que angustia a mucha gente (artistas, gestores, empresarios,…) y nos hace preguntarnos nos por la sostenibilidad de lo que había. Pero a la vez, tal como se presenta, parece asumir un par de supuestos engañosos que conviene atender antes de buscar respuestas:

Entender la cultura como algo consensuado. Cuando se habla de la sostenibilidad de LA cultura se da por hecho que la cultura es un bien o una actividad que todos entendemos igual, y sobre el que hay una visión compartida. En realidad creo que no todos pensamos lo mismo cuando decimos que nos preocupan la cultura y su sostenibilidad. Y tampoco creo que toda la actividad cultural se encuentre en las mismas dificultades materiales para desplegarse.

La crisis de lo público como fatalidad. La otra cuestión que parece aceptar el título es que hay que asumir el declive de los recursos públicos y buscar soluciones en los privados. Es un planteamiento discutible y discutido, no podemos considerar la llamada crisis como una especie de catástrofe natural sin responsables e irreversible. Negar esta premisa nos invita a pensar en respuestas diferentes. También cabe preguntarse si el entorno privado lucrativo es realmente la garantía de la cultura que queremos preservar.

Nos encontramos en crisis general, es cierto. Una crisis que también afecta al modelo de gestión y quizás de comprensión de la cultura. Lo que no es nada evidente es que esta crisis afecte de la misma manera a todos, ni que la solución favorable a todos los propósitos culturales esté en los recursos privados. En lugar de aceptar la idea de la cultura como un único bien común en crisis, deberíamos preguntarnos cuál es la cultura en crisis en el actual proceso (y cuál la favorecida). En lugar de aceptar la crisis como un proceso que nos obliga a renunciar a recursos públicos, puede ser conveniente plantearse el porqué de la crisis de estos, y quizá plantear actitudes resistentes a este proceso de expropiación.

¿Qué cultura?

Pero para aclararnos mejor quizás iría bien una breve reflexión sobre cómo miramos la cultura. Para mí hay algo raro cuando hablamos de “derecho a la cultura” o cuando decimos cosas parecidas a “sin recursos no hay cultura”. Aunque quede mal decirlo -alguien pensará que es un argumento peligroso-, a mí me parece que la cultura es algo consustancial a los hombres y las mujeres, y por tanto, de lo que no es posible privarnos.

Aunque quede mal decirlo -alguien pensará que es un argumento peligroso-, a mí me parece que la cultura es algo consustancial a los hombres y las mujeres, y por tanto, de lo que no es posible privarnos.

En lugar de hacer referencia a una hipotética desaparición de la cultura, creo que cuando decimos que tememos por la pérdida de la cultura nos podemos estar refiriendo a dos cosas diferentes: una, al riesgo de que determinadas opciones o expresiones culturales se pierdan, la otra, al miedo a que dejen de existir determinados recursos y oficios relacionados con el tema. No son motivos a menospreciar, nos puede preocupar, por poner ejemplos tópicos, que determinadas expresiones minoritarias no se pierdan, podemos pensar que el bagaje humanista debe conservar y transmitir,… y también podemos pensar que las estructuras estatales, industrias, artistas y otros trabajadores especializados en cultura son beneficiosos y hay que protegerlos, o incluso puede preocuparnos la supervivencia vital de los trabajadores culturales, independientemente de cualquier consideración teórica, pero en todos estos casos mejoraríamos el debate si especificáramos qué es lo que queremos preservar y habláramos de su necesidad, en lugar de escondernos en declaraciones globales y apocalípticas, o en la defensa de un sistema supuestamente neutro que en el fondo contiene muchas contradicciones y actuaciones contrapuestas.

Habría que revisar también cómo pensamos el proceso de producción cultural. Cuando hablamos de cultura solemos a referirnos a un extenso número de actores: artistas, gestores públicos y privados, industrias, personas, … y también a sus relaciones: se dicen cosas parecidas a “sin artistas no hay cultura”, “sin industria no hay creadores”… Estas últimas expresiones responden a un relato que pone en el centro de la diana cultural palabras como calidad y producción de riqueza y lo orienta todo alrededor de esto. Se supone que la industria es el motor de la cultura. Se da por hecho que hay cultura porque hay dinero a obtener. Que hay gestores que la hacen posible gracias a su trabajo planificado. Que los creadores pueden crear gracias a la profesionalización y expectativa económica. Que el “público” es necesario porque sinó no funciona toda esta maquinaria, e incluso que es necesario que este esté formado para que sea mejor consumidor, o, quien sabe, artista del futuro.

En la línea de lo que apuntaba, pensando que la cultura es consustancial al ser humano, este relato es obsceno. La cultura sólo tiene sentido en tanto que material simbólico que usamos las personas, y suele producirse y tomar sentido en nuestra actividad cotidiana, cuando amamos, cuando nos sentimos solos, cuando pensamos en la muerte, cuando nos preguntamos por el mundo, cuando sentimos dolor, cuando tocamos, olemos, miramos, escuchamos, cuando nos preguntamos por los demás, cuando trabajamos, cuando pensamos en el cosmos,… Por otro lado, incluso cuando nuestro rol es de espectadores de las expresiones artísticas, y en la línea de lo que explica la estética de la percepción, sólo podemos hablar de cultura cuando una propuesta se encarna en una persona que está escuchando, viendo, pensando, sintiendo, … haciendo suya una expresión, y en el sentido de que esta persona lo reciba (y no cuando capta “la interpretación correcta”, como piensan algunos).

Partiendo de ello, deberíamos entender los creadores como especialistas que trabajan el magma cultural en un proceso implícito de delegación social, y los gestores y estructuras de gestión -públicas o privadas- como instrumentos al servicio de estos procesos, y no a la inversa.

¿Sostener qué?

Así pues, cuando nos preguntamos por la crisis y sostenibilidad de la cultura, lo que hacemos es preguntarnos por la supervivencia de este modo concreto de desarrollarla en el llamado mundo occidental durante los últimos siglos, y en particular en el estado del bienestar, y no por la cultura en general.

Para mí identificar las actuaciones de todo el aparato cultural como un proceso de captura -consentida o no- de un saber y hacer comunes no es banal

A alguien le parecerá que esta vuelta reflexiva es innecesaria. Hay quien lo resuelve diciendo que hablamos de cosas diferentes y que la reflexión “teórica” ​​debe situarse en un lugar diferente de la “práctica”, llevando las propuestas a un encorsetado plan técnico que sólo hace referencia retórica a la reflexión general para dramatizar el tema, cuando sirve para justificar sus intereses. Hay también quien evita el conflicto diciendo que debe haber un poco de todo, para argumentar que la creación, la industria y la dimensión comunitaria de la cultura deben tener cada una su espacio, relegando el debate sobre sus conexiones a una especie de asignatura pendiente.

Para mí identificar las actuaciones de todo el aparato cultural como un proceso de captura -consentida o no- de un saber y hacer comunes no es banal, y nos invita a revisar nuestras relaciones -las de los ciudadanos- con todo este modelo, no necesariamente para destruirlo o aceptar con resignación su decadencia, sinó para pensar en su evolución en la dirección de una mayor re-apropiación de la cultura, y no en dirección contraria.

Visto así, entender que la supervivencia del modelo cultural debe venir de la transferencia de lo que hasta ahora se ha sostenido con recursos públicos a la dependencia de unos recursos privados que habitualmente se tienden a pensar como “grandes recursos privados” -es decir industria inmobiliaria, tecnológica, publicitaria, turística, … -, es equivalente a dar un paso más en un proceso de delegación que comenzó cuando el estado ya miraba en una dirección muy diferente al bienestar de las clases populares, y que concluiría en una mayor subordinación del sistema cultural al poder económico.

Las industrias creativas, la respuesta oficial.

El discurso que defiende esta mayor integración de la cultura en el mercado es el de las industrias creativas. Con los años, ha ido configurándose como discurso “oficial” de una generación de gestores culturales que a menudo han estado presentes tanto en las administraciones públicas como en algunas empresas culturales. Hace hincapié en la dimensión económica de la cultura como supuesta fuente de riqueza y como modelo de desarrollo urbano. Viene de lejos, pero la llamada crisis está sirviendo de empuje definitivo para convertirlo en hegemónico en la gestión pública, tanto a nivel de estado como en los actuales gobiernos de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, ​​reemplazando la mirada estatal clásica.

Uno de los principales teóricos y promotores de este discurso, Richard Florida, ha publicado recientemente algún texto poniendo en duda las ventajas económicos, políticos y morales de su propio modelo.

Es un discurso que no se adapta de la misma manera a todo tipo de expresiones culturales -acompaña mejor el mundo audiovisual, la moda, el patrimonio turístico, el diseño y las nuevas tecnologías que otras áreas-, conlleva implícitamente el sometimiento del contenido al discurso del poder económico, y responde a un modelo de desarrollo de la sociedad -dócil, centrado en el crecimiento,… – más que discutible.

También son claros los procesos de captura de capital simbólico. Determinadas expresiones provenientes de entornos sociales poco acomodados podían, pueden y podrán encontrar su espacio de expresión y desarrollo económico si asumen la sumisión a los canales y parámetros de los más poderosos. Esto ocurre, por ejemplo, de forma creciente en todas las alianzas entre la cultura pop y la publicidad, o también en su acomodación al poder político.

Uno de los principales teóricos y promotores de este discurso, Richard Florida, ha publicado recientemente algún texto poniendo en duda las ventajas económicos, políticos y morales de su propio modelo. Pero este retratamiento no parece afectar a nuestros gestores-los viejos y también algunos de jóvenes-, que consideran avanzado y renovador el planteamiento, con aquella pátina-poco justificada con resultados culturales y menudo, ni siquiera económicos- de ser “práctico y realista”.

De alguna manera, el hecho de que desde las instituciones públicas se apueste por este modelo es paralelo a todo el proceso de abandono del interés común desde el estado, en los últimos años. Aquel estado en el que algunos consideraron delegada la gestión de bienes comunes (no sólo la cultura, también la sanidad, la educación, las infraestructuras, el agua, el territorio, …) se ha ido aliando a unos intereses económicos que no se corresponden con los de buena parte de la población ni con el desarrollo de aquellas áreas de la vida social que no encuentran su mejor expresión en la relación económica.

Una gestión más comunitaria de la cultura

Es por ello que, en un tiempo de máxima ambición desde el poder económico, de abandono de la esfera pública desde el estado y de repolitización de amplias esferas de la sociedad, se habla de la gestión desde la ciudadanía de los proyectos culturales. Espacios culturales gestionados por colectivos ciudadanos, actividades financiadas a partir del mecenazgo colectivo,… En estos casos la viabilidad del negocio cultural no es el principal objetivo. Se piensa más en devolver las prácticas culturales a un ámbito autónomo, independiente del control político y del poder económico, que en el sostenimiento de un edificio cultural que es visto como ajeno.

Estos planteamientos no son nuevos, pero ahora toman nuevo vigor. De alguna manera es la recuperación de miradas que estaban muy vivas hace treinta años (por eso algunos viejos gestores los miran con el menosprecio de quien cree encontrarse con una fase ya superada), cuando había “tensión civil” sobre la gestión de la cultura. Planteamientos que mayoritariamente se dejaron de lado en los procesos de profesionalización de la gestión de la cultura y de delegación en el estado y el mercado.

Es por ello que, en un tiempo de máxima ambición desde el poder económico, de abandono de la esfera pública desde el estado y de repolitización de amplias esferas de la sociedad, se habla de la gestión desde la ciudadanía de los proyectos culturales.

Yo creo que es la dirección en la que hay que pensar y actuar, por lo que tiene que dar espacio a la cultura poniendo en el centro la gente en general, y vinculando la actividad de los “especialistas” a este centro. De hecho, si atendemos a los discursos de muchos gestores públicos, artistas, y de la propia industria cultural, todo el mundo parece lamentar de diferentes maneras la falta de implicación de la gente -unos lo llaman público, otros ciudadanía,…- lo cual quizás es un claro síntoma de que la delegación no es suficientemente aceptada.

Deberíamos pensar en la gestión comunitaria más allá de la gestión de espacios, como ya se está haciendo con iniciativas de editoriales cooperativas, programación y edición musicales, en Internet y de todo tipo. Deberíamos hacerlo buscando los parámetros que nos permitan diferenciar una economía social de la cultura, como la que buscamos, de modelos empresariales convencionales.

Un horizonte y una manera de hacer en lugar de un modelo

Pensar en esta dirección no tiene porque ser equivalente a convertirlo en un modelo a implantar. Los modelos pueden servir para pensar y para definir direcciones en las que trabajar, pero si hasta aquí nos hemos mostrado desconfiados con la tecnocracia y la estandarización de procesos también habrá que hacerlo cuando hablamos de esta apuesta por modelos más comunitarios.

Como modelo, la gestión comunitaria también puede tener algunos inconvenientes: limitaciones de escala -algunas propuestas, pueden pedir un nivel de gestión más delegado-, se podrían generar agravios comparativos, como alguien ya ha señalado, entre gente con mejor disponibilidad de tiempo y tranquilidad económica y gente con más dificultades, y tampoco es cuestión de renunciar a todo el conocimiento y experiencia acumulados por profesionales de todo tipo,…

Es aquí donde también puede tener tener sentido hablar de los recursos estatales, pero gestionados con perspectiva nueva, más dependientes del control ciudadano que los macro-proyectos económicos. Y probablemente en otras condiciones políticas diferentes a las actuales.

Así pues, quizás es preferible que se entienda la opción comunitaria como una apuesta por una manera de pensar la cultura y su gestión, antes que como una receta a aplicar en todos los casos. La misma idea de desapropiar y devolver la cultura en torno a la cual estamos reflexionando debe suponer una resistencia a cualquier receta.

Es aquí donde también puede tener tener sentido hablar de los recursos estatales, pero gestionados con perspectiva nueva, más dependientes del control ciudadano que de los macro-proyectos económicos. Y probablemente en otras condiciones políticas diferentes a las actuales.

Hace unos años me contaron como la concesión de licencias a salas de concierto en no recuerdo qué país europeo -creo que Inglaterra- no respondía a unas normas fijas, aplicadas en todos los casos de la misma manera, sino que respondía a un pacto ad hoc para cada caso, en el que participaban todas las fuerzas implicadas (por ej. la propiedad, los programadores, los sindicatos de artistas, los bomberos, la policía, los vecinos, …) para definir el “contrato” que regía este sala.

Extrapolando esta lógica, creo que deberíamos ser prudentes con todas las macro políticas y tendencias uniformadoras y trabajar en procesos que realmente vayan de abajo arriba, de los pequeños acuerdos a macro-acuerdos, para definir las cosas.

Desobedecer y otras propuestas finales

Para terminar, recogiendo algunas cuestiones expuestas, resumo algunas ideas en forma de propuestas:

Desobedecer. La crisis no es una crisis real de recursos sino una crisis financiera. Sabemos que el principal problema es financiero y proviene de que se están invirtiendo recursos públicos para compensar lo que, en la más benevolente de las interpretaciones, son malas prácticas del sector bancario. Ante esto hay propuestas que reclaman la desobediencia a la deuda. Más allá del planteamiento global, sería bueno que pensáramos desde ámbitos más específicos como se transmite este desacuerdo con una crisis que no es nuestra. Quizás es cuestión de decir no a determinadas acciones y propuestas, quizás de oponerse a algunos presupuestos, … En el sector cultural tenemos unos hábitos muy obedientes, convendría ponerlos en cuestión.

Invertir la pirámide. Partiendo de la mirada sobre el hecho cultural que proponíamos, poniendo más atención sobre el hecho de que ya somos culturales, que la cultura no es algo que tenemos pendiente de incorporar sino parte de la vida en sociedad, y poniendo en el centro de las acciones culturales la ciudadanía, hay un montón de gestos habituales en gestión cultural a poner en cuarentena. Descubrimos los mismos.

Gestión comunitaria y control de los recursos públicos por parte de la ciudadanía. Ahora más que nunca, en tiempos de recortes, resulta necesaria la transparencia y el acceso público a las decisiones en cultura como en todos los ámbitos.

El lenguaje también construye futuros. Los de la cultura deberíamos tener clarísimo. Cuando se habla de calidad, innovación, emprendimiento, formación de públicos y demás se dibuja un futuro que, desde la perspectiva de este texto, no nos parece el ideal para la cultura. Afrontar la crisis también supone poner atención a este lenguaje, y dibujar futuros diferentes.

En definitiva, he intentado responder a la pregunta “¿Qué hacer ante la crisis?”, desde una mirada crítica sobre el carácter de esta crisis, evitando la respuesta ciega que sólo plantearía la búsqueda de recursos para mantener lo que ya se hace, y proponiendo actitudes resistentes a los abordajes que estamos recibiendo, y transformadoras hacia la propia cultura en una dirección más centrada en los bienes comunes.

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