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La música de los otros

Escrit el 14/07/2013 per Nando Cruz a la categoria El ruido de fondo, Música i societat, Periodisme musical.
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El 4 de mayo el músico catalán más internacional del momento actuó ante 5.000 personas en Badalona. Solo un diario generalista cubrió el evento. ¡El músico catalán que más vende en todo el mundo! Juan Magán actuaba en el Palau Olímpic y, ni tratándose de un artista de éxito internacional que iniciaba gira en la ciudad que le vio nacer, TV3 decidió informar de tan especial y concurrido evento.

Esa noche los cronistas musicales se debatieron entre ir a la sala Apolo (donde actuaba Eric Burdon, de The Animals) o al CCCB (donde actuaba Robert Forster, de The Go-Betweens). El autoproclamado rey del electrolatino tuvo la desgracia de coincidir con sendas glorias y aunque en los medios generalistas la asistencia de público es un factor clave a la hora de cubrir o no de un evento y Magán reunió a más del doble de espectadores que Burdon y Forster juntos, su triunfal regreso a Badalona palideció informativamente. No interesaba.

De acuerdo, Magán nunca lideró el más ardiente grupo de blues-rock inglés de los años 60. Y tampoco fundó la banda australiana de pop más elegante y fresca de los años 80. Pero si el presente debe ser algo más que el regreso de sabias leyendas o grupos jóvenes reinterpretando música añeja, esa noche nadie representaba más la música de 2013 que Magán. Había que estar allí. Ya fuese para denunciar su escasa paleta de recursos o para reconocer que su mezcla de géneros caribeños y ritmos electrónicos depara momentos irresistibles. Ya fuese para resaltar que su puesta en escena era bastante cutre o para constatar su eficacia como discjockey.

No debe existir artista más atronador al que se le dispense mayor silencio mediático más allá de las emisoras de la música comercial de baile. Seguramente, porque en él convergen los dos géneros más denostados y estigmatizados: el poligonero y lo latino. Magán es carne de recopilatorios de “Gran hermano” y “Hombres, mujeres y viceversa”. Nos ha acribillado hasta la saciedad con la ubicua “Te voy a esperar” y se ha juntado con tipos como Don Omar y Daddy Yankee. Si “Ella se vuelve loca” sonase en el Sónar los extranjeros la bailarían despendolados, pero el melómano español percibe lo de Magán como música cutre para otra gente. Una percepción que los medios refuerzan con decisiones como, por ejemplo, no cubrir su inicio de gira.

Magán no es una excepción sino un ejemplo más. Jordi Bianciotto se refería en esta columna a cómo el heavy es sistemáticamente despreciado por los medios generalistas. No es el único género al que se dispensa un escaso seguimiento informativo: el hip-hop, el rock urbano, la canción melódica aflamencada o cualquier género latino también reciben menos atención de la que aconsejaría su implantación social. Casualmente, son estilos consumidos por las clases más populares. Casualmente, artistas mucho menos exitosos, quizá más selectos, gozan de mayor atención por parte de los medios generalistas. Es así como el interés informativo por unos géneros y el desinterés por otros perfila la percepción de qué música es más relevante. Así se inocula el elitismo cultural.

Si repasamos la agenda de conciertos encontraremos otros elocuentes ejemplos. El 5 de octubre de 2012 coincidieron en Barcelona Lady Gaga y Extremoduro. Los de Robe Iniesta sumarían 35.000 espectadores; el doble que Lady Gaga. Sin embargo, la prensa en bloque decidió cubrir el show de la estrella estadounidense. Algo similar pasó el 1 de marzo de 2013: Julieta Venegas y Tote King & Shotta coincidían en Barcelona. La gran mayoría de prensa fue a ver a la mexicana a L’Auditori. Mientras, la sala Apolo estaba abarrotada de jóvenes ya habituados a ver cómo el hip-hop nacional apenas asoma en los diarios.

Ningún medio generalista se sentirá culpable por no haber cubierto el inicio de gira de Magán, pero ninguno se plantearía dejar de cubrir uno de Els Amics de les Arts. Ni un concierto de Julio Iglesias en el Castell de Perelada, a 145 quilómetros de Barcelona. Ni otra actuación de Tindersticks. Son ejemplos al azar, pero sumados y ampliados con más casos invitan a pensar que el próximo día que The Divine Comedy actúe en Barcelona (aunque sea en La 2 y ante apenas 200 fans) la prensa local le dará más cancha informativa que a, pongamos, el bachatero Romeo Santos. ¿O no? Quizá sean paranoias. Quizás sólo habría que analizar durante un año la presencia de cada estilo en los medios generalistas para probar que, por ejemplo, el pop-rock blanco de raíz anglosajona no tiene una desproporcionadísima visibilidad.

Al Palau Reïal o a La Farga

Mientras llega ese estudio, el destino quiso que a finales de junio volviesen a coincidir en Barcelona dos artistas que representan, desde sus respectivos extremos artísticos, la exquisitez y la vulgaridad: Antony and the Johnsons actuaba en el festival Jardines de Pedralbes y Daddy Yankee lo hacía en La Farga de L’Hospitalet. Afortunadamente, aquí no hubo incompatibilidad: el inglés actuó el viernes y el reggaetonero, el domingo. Antony protagonizó un concierto excepcional y con momentos escalofriantes convenientemente reseñados por la prensa 48 horas después. Una vez cumplida la tarea, era hora de ir a La Farga. Allí esperaba nada menos que el rey del reggaeton, el jovencísimo príncipe de la bachata Prince Royce… ah, y seis o siete mil personas más.

¿Y? Nuevo vacío de la prensa diaria barcelonesa. Sólo Luis Troquel (el mismo periodista que cubrió el concierto de Juan Magán; el mismo que en su día reivindicó con gran pasión a Camela) escribió, en El Periódico de Catalunya, sobre un triunfal doble programa latino que, una vez más, sumó más del doble de espectadores que Antony en Pedralbes. Un responsable de la organización con experiencia en un sello multinacional comentaba días después: “El rechazo a este tipo de evento latino me ha sorprendido muchísimo. Era la primera vez que trabajaba la comunicación de un evento de este estilo y la respuesta de algunos medios me dejó parado”. De nuevo, el silencio de los medios generalistas había sido prácticamente absoluto.

En teoría, cada empresa toma su propia decisión a la hora de decidir qué eventos cubre y cuáles no. Pero al observar con perspectiva es fácil detectar ciertos automatismos generalizados que no sólo no son cuestionados sino que se han afianzado que hasta nos parecen de lo más normal y razonable. Y en casos tan flagrantes como las giras de Juan Magán y Daddy Yankee, llaman aún más la atención. Porque, ¿qué diario se hubiese atrevido a no cubrir un concierto de Rihanna?

Música de presencia o de progreso

En una conferencia sobre la cumbia mexicana, DJ/Rupture introducía el término ‘música de presencia’ frente a ‘música de progreso’. Planteaba, interpreto, reconsiderar el valor cultural que otorgamos a la música, a partir principalmente de su capacidad innovadora, y valorar también su impacto social en el entorno. Aplicando esta pauta podríamos deducir que el “Aserejé” de Las Ketchup tiene más peso cultural que 12Twelve (algo difícil de negar), pero no es necesario hilar tan fino. Basta recordar el ninguneo orgulloso y generalizado hacia Camela, el grupo español que forjó el sonido más genuino y vendedor de los años 90, justo en pleno boom del indie angloclónico.

La sedimentación de prejuicios en los medios de comunicación hace que cada año se rechacen con más vehemencia y rapidez estilos y artistas a cuyas propuestas se les otorga el calificativo de música de mal gusto o baja calidad sin intentar entender y valorar su impacto social. Al menospreciar la electrónica poligonera, los ritmos latinos, la canción flamenquita y tantos otros géneros aparentemente fuera de la órbita de las secciones de cultura, resistiéndose a comprender los géneros que más arrasan en España los medios aplican a menudo el mismo veto moral que en los años 50 se ejercía contra el rock negro. Hablaban entonces y hablamos ahora, de músicas con letras simplonas y ritmos repetitivos que apelan a los instintos más básicos y que son consumidas por inmigrantes y jóvenes de barrios humildes.

Seguimos aferrados a la convicción de que nuestro pop-rock blanco (adulto o incluso geriátrico), y su versión bibliotecaria en manos de jóvenes replicantes, es el heredero natural aquel rock’n’roll rebelde cuando ya solo es su recreación museística. Mientras, estas frenéticas, explícitas y melosas canciones de amor y sexo son el auténtico equivalente a la música popular que la industria del disco reconvirtió en producto de consumo masivo. Los miles de electrobachatas, merengues electrónicos y reggaetones cortados por el mismo patrón son lo más parecido a aquellos miles de rocanroles clónicos que escandalizaban las mentes reaccionarias de los años 50 y de los que solo uno de cada cien se convirtió en clásico. Y, ya puestos, ¿acaso las discotecas de polígono (makinero o latino) no equivalen más al sórdido ambiente de los antros de suburbio donde se reunían a bailar los negros que estos impolutos auditorios y legisladísimas salas de rock que frecuentamos?

Nuestra telaraña de prejuicios, esa en función de la cual otorgamos más atención a unas músicas que a otras, se hace más y más tupida con la edad: se solidifican los prejuicios estéticos, generacionales, raciales, de clase… Respecto a estos últimos, Owen Jones regala el siguiente consejo en su libro “Chavs. La demonización de la clase obrera”: “Todos somos prisioneros de nuestra clase, pero eso no significa que tengamos que ser prisioneros de nuestros prejuicios de clase”. Lo advierte justo después de señalar lo difícil que es para la clase obrera de su país acceder al oficio de periodista y de apuntar que en un gremio copado por la clase media no es casual que la mirada informativa sea marcadamente de clase media.

Da igual que Juan Magán y Daddy Yankee no sean los artistas más interesantes de la música latina actual. Invisibilizando fenómenos que arrastran tal cantidad de público y géneros tan ampliamente implantados en la sociedad catalana, los medios les otorgan una apariencia de manifestaciones exóticas cuando son todo lo contrario. Nadando tan contracorriente no solo se falsea la realidad y se pierde contacto con esta, sino que se renuncia a comprender su calado en nuestro entorno. Y el periodismo cultural también es eso.

Señalando en twitter el extraño desinterés que mostraron los medios por aquel concierto de Magán en Badalona alguien me soltó: “Los que fueron al concierto no leen sobre música y a los que leemos sobre música no nos interesa Juan Magán”. No hay frase que resuma mejor este desprecio, ya no estético sino llanamente clasista. Nos habla de una barrera que separa a los que no leen sobre música de los que leemos sobre música. Como si la música fuese solo una: la nuestra, la buena… He aquí una prueba de cómo el desinterés mediático por ciertas músicas acaba reafirmando en el público la sospecha de que son, en efecto, músicas despreciables. He aquí una consecuencia cultural de silenciar determinados géneros y artistas: no nos hace más ilustrados sino muchísimo más catetos.


15 Respostes

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  1. Carles says

    Gran article!

  2. Natxo says

    Como siempre, un artículo que da qué pensar, lo que es muy de agradecer. Ahora, un matiz que es más bien una pregunta: aunque entiendo que un periodista musical debería estar lo suficientemente atento a su entorno y mantenerse abierto a toda manifestación artística como reflejo de una realidad social (creo que ese sería a grandes rasgos el tema del artículo), apoyando de paso la frescura y la renovación y las mezcolanzas, ¿qué pasa si la música o el artista a tratar son realmente poco interesantes? Es decir, vale que no está bien caer en automatismos y dejar cosas de lado sin pestañear y con mueca altiva, pero me pregunto yo si, por mucho éxito popular que tengan, géneros musicales como el reggaetón, o personajes como los mencionados, con su ensalada de ritmos facilones y letras vulgares (por no meterme en los pantanos de los roles de género, el machismo y la heteronormatividad) son realmente dignos de atención. Es un debate interesante que implica nociones de clase, de gusto, de norma… Mi opinión es que aspirar a encontrar creadores con un cierto afán de excelencia, vengan de donde vengan, también es importante, y que ciertos otros… Pueden ser interesantes como fenómeno sociológico, pero que no sé hasta qué punto debemos hacerles caso por mucha gente que congreguen.

    • Marc says

      Creo que otra cosa que Nando plantea (aunque no la desplegue del todo) es que la música (la cultura) es una manera de conocer y aproximarse a muchos sectores de gente generalmente desplazados mediáticamente. En este sentido, más allá de la noción estética o de gusto, estaría la mera cercanía e interés por saber qué pasa en esos mundos. Los periodistas culturales deberían estar interesados en ello. Por otro lado la idea de gusto o calidad son tan subjetivables y normativizados por la clase media que igualmente costaría que nos pusieramos de acuerdo. A mi, por ejemplo, me parece más interesante, estéticamente, Daddy Yankee o Don Omar que muchos grupos indies que salen reseñados en periódicos y revistas especializadas.

  3. Elisabet Roselló says

    Por lo que yo entiendo, aunque sí que es cierto que tampoco un diario o un medio de comunicación puede tener la capacidad de la omnipresencia en todos los eventos, deben quedarse con una selección corta porque el espacio es limitado, pero la crítica está en que “casualmente” siempre se hacen crónicas o publicidad del mismo tipo de eventos: de lo culturalmente “aceptable” por una curiosa crítica, y de lo megacomercial. Nunca lo “vulgar”, o alternativísimo, o multicultural, o trangresor -que conste que no soy muy amiga tampoco del reggaeton en lo personal.

    Esto ya se ha hablado muchas veces, pasa en la música, pero también con el teatro, y la danza ya ni contar, y en otros campos de artes, y de cultura en general, ya es suerte que se hable algo de ello. Es cultura, nos guste o no. Sea sostenible o no. Si está, si existe, algo quiere decir, aunque nos pueda parecer negativo.

    Como insinuaba Jordi en su facebook, esta crítica puede tener relación también con esa visión de la censura a algunas áreas culturales, y la potenciación de otras, bajo el lema “esto es cultura, esto no”, lo cual me parece siempre absurdo, además de perverso. Es decir, si decimos que el reggaeton no es cultura, es como decir que el carbono 14 no es del campo de la química, para decir algo que me parece igual de absurdo…

    Pero esto ya es para crear aun un extenso debate incluso un tanto off-topic, pero muy propicio para conversar :)

  4. Cristina F. says

    El qui calla otorga… En aquest cas el silenci periodístic otorga un valor, qualitat, encert o la mandanga que sigui en deixar valer només l’opinió dels 5000 assistents al concert. La possible opinió de la resta de milions d’habitants de BCN i altres terres de Catalunya és enmudida per una estúpida altivesa. Una crítica musical no serà mai crítica des del silenci ja que li manca l’argument… Potser hi ha temor a anomenar les idees destructives que provoca aquesta música a les ments més altives… Sempre serà millor generar polèmica que silenci.

  5. Joni says

    Gran article del periodista qui, des del seu espai a El Periódico, va dir-li al responsable de promoció d’un segell discogràfic català, amb molt bones paraules, òbviament: “No m’envieu més els vostres discos perquè res del que pogueu fer m’interessarà mai”… La veritat és que ens alegrem molt del teu canvi de parer i que hagis deixat els prejudicis de banda, o si més no, que siguis capaç de reconèixer el teu error… Que bé que estaríem si tothom fes com tu… Salut

  6. Miquel says

    Aquest article em recorda una polèmica de fa uns mesos respecte a unes declaracions d’un responsable de la Generalitat en la mateixa línia: http://www.elmundo.es/elmundo/2013/05/16/barcelona/1368703017.html

  7. __u says

    Quan es parla de classe en revistes de cultura sempre salten espurnes. I és que La Cultura és molt sovint un sistema de control, no explicit ni intencionat, però sí eficaç. Últimament Nativa sona a escola de Francfurt.

  8. Lucia Lijtmaer says

    Fantàstic article. Afegeixo que sí, el periodisme musical ha de replantejar el focus , però algunes àgores selectes també: no deixa de ser curiòs que molta gent que aplaudeix aquest text reia molt davant la idea de portar a Juan Magan al Santa Mònica. Què és “museizable” i què no? Unes músiques més que d’altres? Més debat. Vull pensar que reien de les declaracions del polític, i no del músic, oh, tan poc cool.

  9. Tuli Márquez says

    Bones, Nando. Enhorabona per la peça, uan more time. Fins aviat

Continuant la discussió

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