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Los tacones de aguja de Genís Segarra

Escrit el 02/12/2013 per Aida Sánchez de Serdio a la categoria En grau de temptativa.
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Traducción del original Els talons d’agulla de Genís Segarra 

Pongo manos al teclado para escribir esta primera columna para Nativa y, como voy pensando ya hace días, creo que la tengo que dedicar al hecho mismo de escribir una columna. Está claro que esto tiene algo de maniobra de dilación (la metaescritura siempre va bien para darse margen), pero la decisión también es fruto de la necesidad de repensar qué es esto de escribir y en qué condiciones lo hago. Digamos que no puedo separar lo que escribo del cuándo, dónde y por qué lo hago. Y esto, que parece una obviedad -y, dicho así, seguramente lo es-, para mí en estos momentos tiene consecuencias importantes.

Hasta hace poco yo trabajaba en la universidad. Las circunstancias en que la universidad y yo nos hemos separado tras una escalada de maltratos seguro que darían para llenar otra columna, pero lo que quería decir ahora es que he trabajado un tiempo suficientemente largo como para que la escritura académica haya monopolizado casi toda mi producción de pensamiento escrito. La actual campaña de evaluación sistemática y continua del profesorado temporal, tan centrada en las publicaciones en revistas de “impacto” y editoriales “científicas”, hace casi imposible crearse a una misma un espacio mental distinto del académico. Y así me he encontrado todo este tiempo practicando, de mejor o peor manera, el difícil arte de combinar las rigideces de estos formatos con la necesidad de decir cosas que me parecían importantes, y que a la vez creía que podían tener sentido para las personas con las que comparto espacios de trabajo y discusión. Esta necesidad de sentido ha hecho también que mi producción académica haya sido relativamente escasa o al menos no selvática. En cualquier caso, y ahí está la cosa, en un contexto académico el discurso circula por vías más o menos claras y establecidas, nos gusten o no, y, por tanto, también la interlocución, el reconocimiento, la legitimidad…

 Y así me he encontrado todo este tiempo practicando, de mejor o peor manera, el difícil arte de combinar las rigideces de estos formatos con la necesidad de decir cosas que me parecían importantes

En cambio, ahora que me encuentro con la posibilidad, inquietante y emocionante a la vez, de escribir prácticamente sobre lo que quiera, dirigiéndome a lectores que desconozco, no puedo evitar preguntarme por la legitimidad de esta relación. ¿Qué es lo que me cualifica para distribuir generalmente mis simples ocurrencias o reflexiones profundas? Y no quiero decir que la pregunta no nos la hubiéramos de hacer también en la universidad, pero en aquel contexto suele tener una respuesta más codificada por la posición que se ocupa en la estructura. En el caso de una escritura lanzada al mundo en abierto, he de suponer que la legitimidad proviene de la valía de la propia mirada o de las ideas que se elaboran sobre este mundo. Y yo me pregunto: ¿de verdad tengo tantas cosas interesantes que decir? Quiero decir: ¿siempre?

Según las temporadas todo lo que pasa alrededor de la cultura o de la educación, que se supone que son “mis temas”, me sume en un estado de desconcierto. Esto no quiere decir que no me merezca una opinión (como decía aquel, las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una), pero tardo un tiempo en construirme me una interpretación que me parezca digna de compartir. En estas condiciones, ¿qué puedo producir que no sea un ensayo, una posibilidad, una tentativa? Por otro lado, buena parte de mi pensamiento es producto del diálogo. No me refiero sólo a la constatación de que todo pensamiento es necesariamente colectivo, sino a la experiencia más concreta y literal del descubrimiento y afinamiento de las propias ideas en conversación o en polémica. Es por eso que me imagino mis palabras siempre acompañadas de la nube de acotaciones que reconocen la colaboración de amigos y antagonistas en su creación (solución totalmente impráctica en una columna de opinión, más allá de la inclusión elegante de alguna cita). Y a pesar de todo, por el simple hecho de estar escribiendo esto ahora mismo, acepto el reto de producir entre 4000 y 6000 caracteres cada mes sobre algo que potencialmente interese a alguien más que a mí misma, hacerlo con responsabilidad y con una voz, si no firme, al menos sí creíble y que sea capaz de atrapar al lector en el acuerdo o de invitarlo al debate. En todo caso, una voz que pueda ser identificada como “mía” (?).

Escribir esta columna me exige también a mí subirme a tacones de aguja para evidenciar que esto no es producto sólo de una necesidad expresiva o de una invitación

Todo esto no pretende ser un ejercicio de falsa modestia, ni una estrategia para rebajar expectativas y no salir tan mal parada del trance. Más bien lo que quería era empezar esta colaboración con Nativa interrogando algunas de las implicaciones que me parece fundamental tener en cuenta cuando despliego un discurso en la esfera pública. En una entrevista a Astrud, que no he sido capaz de volver a encontrar y que espero no recordar de manera deformada (hay otras conversaciones donde ha dicho cosas parecidas), Genís Segarra hablaba de su costumbre de actuar con tacones de aguja como una forma de desnaturalizar la actuación misma. Subir al escenario es una performance, y tropezarnos con un montón de gente que nos escucha no es producto de un encuentro espontáneo, sino de la cuidadosa producción del espectáculo. Los tacones de aguja, inestables y precarios, le obligaban a mantener un continuo estado de incomodidad y de extrañamiento ante esta situación. Escribir esta columna me exige también a mí subirme a tacones de aguja para evidenciar que esto no es producto sólo de una necesidad expresiva o de una invitación, sino de la aceptación de tomar parte en la performance que es la construcción de una voz pública.

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