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Sé creativo, come mierda

It’s not just a vicious cycle but an unsustainable one – economically, politically, and morally

Richard Florida

Cuando en el año 1998 Chris Smith capitaneaba el Ministerio de Cultura británico se jactaba de que las “industrias creativas”, como concepto de política cultural, era tan innovador que se trataba de “non evidence based set of policies”. Es decir, un conjunto de políticas públicas no basadas en datos empíricos sino en una suposición teórica: la creatividad y la cultura podían llegar a devenir motores económicos de la nación.

La apuesta era fuerte y sirvió para cambiar de forma radical la forma de financiación de la cultura en el Reino Unido, promoviendo el crecimiento de empresas culturales, externalizando parte de la gestión pública e impulsando modelos mixtos de financiación. No faltaron estudios, producidos generalmente por DEMOS u organismos cercanos, que demostraban la fortaleza de esta tesis, realizando estimaciones de crecimiento de este nuevo sector que lo situaban muy por encima de otros modelos industriales que aparentemente habían quedado obsoletos. No tardaron en aparecer cheerleaders y bufones como Richard Florida que hicieron toda una carrera a base de repetir el mismo mantra. Si repites suficientemente una idea, la idea acaba materializándose. O no.

No tardaron en aparecer cheerleaders y bufones como Richard Florida que hicieron toda una carrera a base de repetir el mismo mantra

Los datos empíricos, que son muy cabrones, nos decían que la realidad se presentaba diferente. Demasiados indicios de que las estimaciones de crecimiento no se estaban realizando, que las industrias creativas propiciaban formas de desigualdad, que la expansión del copyright no estaba generando plusvalías a creadoras y creadores, que las industrias creativas estaban introduciendo formas de discriminación laboral ya extintas en sectores más consagrados, que estas microempresas no lograban crecer en escala, que se producía un crecimiento regional muy desigual concentrándose en capitales pero con escaso impacto en zonas rurales o menos pobladas, que las industrias creativas eran afectadas por las crisis y no eran tan resilientes como se pensaba, y de forma más significativa, que las industrias creativas tan sólo lograban generar formas de autoempleo marcadas por la eventualidad, inestabilidad y precariedad. En definitiva, si tenemos que medir el éxito de una política o institución pública por su capacidad de ofrecer un servicio público, todo el aparataje construido alrededor de las industrias creativas dejaba mucho que desear. Pero esto es lo sabido, ni los máximos defensores de este modelo tienen herramientas, argumentos o ganas de seguir defendiéndolo.

Frente a esta situación en el pasado foro Indigestió vimos cómo se contraponían dos posibles modelos de política cultural, uno basado en la promoción de una gestión común de la cultura, empoderando a ciertas comunidades y evidenciando el carácter cooperativo que tiene la producción cultural. El otro, basado literalmente en “dejar que la gente se gane la vida” y en repetir ciertas fórmulas que ya sabemos caducas y por lo general ineficientes. Varias cosas me llamaron la atención y que considero debemos seguir comentando, las enumero a continuación:

a) la certeza que el paradigma de las industrias creativas está extinguido.

b) pese a esto, la falta de creatividad política y de una visión en torno al futuro de las políticas culturales.

c) la necesidad de rearticular la noción de servicio público como base de las políticas e instituciones públicas.

d) la urgencia de plantear los límites entre la denominada innovación social y la gestión común de la cultura

Llevo tiempo alternando mi trabajo académico con la militancia en colectivos e iniciativas en pro de la cultura libre, es desde esta trayectoria que me apetece contribuir a este debate. Si bien es cierto que el paradigma de las industrias creativas en estos momentos resulta obsoleto, no es menos cierto que vivimos en un momento de transición hacia nuevos modelos de política cultural. Recientemente el propio Chris Smith se lamentaba de la deriva que había tomado el modelo que él impulsara hace 15 años, proponiendo como alternativa (muy en la línea del Big Society de Cameron) que sea la ciudadanía en general la que se transforme en mecenas de la cultura. Microdonaciones generalizadas para mantener la cultura. Efectivamente, contrastar la decadencia intelectual de una persona es triste. En Catalunya el conseller Mascarell enfoca la mirada hacia atrás y se deja inspirar por el Noucentisme en un giro nostálgico y lamentablemente improductivo.

Conciliar producción colectiva de conocimiento y cultura con modelos de gestión que permiten formas de riqueza más distribuidas no es una quimera

Por suerte también estamos frente a iniciativas clarividentes de las que podemos aprender. El Digital Public Space de la BBC es una de ellas. El reto es digitalizar y facilitar el acceso público de todo el archivo de la BBC sin impedir que empresas y organizaciones puedan diseñar mecanismos para extraer lucro de este archivo. Conciliar el servicio público con la rentabilidad económica, un debate que ahora mismo afecta a gran número de archivos públicos e instituciones dedicadas a preservar nuestro acervo cultural. En Ecuador hace poco se ha impulsado un proyecto denominado FLOK Society, una plataforma para diseñar de forma colectiva políticas públicas con el objetivo de hacer del saber y el conocimiento bienes públicos que sirvan para un desarrollo y crecimiento colectivo. En el Estado español surgen iniciativas como la Fundación de los Comunes que nacen con el objetivo de articular proyectos autónomos de todo el Estado y producir saberes y conocimientos de forma colectiva, creando a su vez articulaciones en red con el fin de monetizar el valor producido. En el entorno académico hemos vivido la revolución del Open Access, es decir, de publicaciones científicas que han optado por publicar en abierto y poner en jaque el monopolio existente (y su infame modelo de negocio). También hemos podido constatar magníficos ejemplos de gestión ciudadana de centros culturales autónomos como puede ser la Casa Invisible de Málaga o Can Batlló en Barcelona por mencionar los más destacados. Conciliar producción colectiva de conocimiento y cultura con modelos de gestión que permiten formas de riqueza más distribuidas no es una quimera. En definitiva, no faltan referentes y pistas que nos ayuden a salir del impasse actual.

Muchos de estos modelos implican empoderar a la sociedad civil. Implican confiar en la madurez de ciertas comunidades. Implica que los mecanismos de control, que aun no se han establecido para controlar a la clase política, también se diseñen para garantizar que los compromisos se asuman y que no se reproduzcan ciertas tendencias hacia la opacidad y la corruptela que tanto abundan en el contexto político actual. También implica poner en crisis ciertos marcos de representatividad que se han anquilosado. Puede que se evidencie que ciertas asociaciones culturales u organizaciones, pero de forma más importante, entidades de gestión colectiva, no representen más que a sus propios intereses. No trabajen por el bien común sino por intereses muy particulares (los recientes escándalos económicos de la SGAE contribuyen a corroborar esta hipótesis). Apostar por estas formas de empoderamiento ciudadano implicaría romper con ciertas vinculaciones y enfrentarse a lobbies de poder. Esto requiere una voluntad clara de prestar un servicio público.

favorecer que unas pocas personas puedan montar empresas culturales no es mejor que favorecer que las propias comunidades se empoderen y trabajen de forma activa en la producción de un contexto cultural rico y común

Es por esta razón que considero que pensar en la idea de servicio público nos puede ayudar a marcar objetivos. El servicio público o su falta nos pueden ayudar a evaluar el trabajo que realizan instituciones públicas. Nos puede ayudar a centrar un debate que en estos momentos está disperso y demasiado dicotomizado. ¿Constituye un servicio público que una administración dé dinero a una microempresa para que produzca un bien cultural que se venderá en un mercado privado? ¿Hay formas más efectivas de contribuir al bien público? En un documento de recomendaciones para la política pública europea (en cuyo redactado participé) presentamos un conjunto de medidas que considero pueden ser útiles en este sentido, entre otras, que aquellos proyectos o propuestas culturales que reciban dinero público deban de producir bienes públicos que puedan ser accedidos y aprovechados por las comunidades. En ese sentido hemos de saber diseñar indicadores del impacto social y cultural de ciertas propuestas, para medir el servicio público que prestan las iniciativas financiadas con fondos públicos. Esta ambición, que las instituciones y administraciones públicas obren para producir un servicio público puede parecer casi redundante, pero en el actual panorama no lo es. El neoliberalismo ha contribuido a forzar la deriva privatizadora de las administraciones. Es buen momento para evaluar los resultados obtenidos y replantearse que efectivamente, favorecer que unas pocas personas puedan montar empresas culturales no es mejor que favorecer que las propias comunidades se empoderen y trabajen de forma activa en la producción de un contexto cultural rico y común.

Obviamente existen numerosos e importantes debates en torno al  empoderamiento de ciertas comunidades para asumir roles activos en la gestión común de la cultura que aun debemos tener. ¿Cómo hacerlo escapando de su instrumentalización? ¿Cómo hacerlo para que no constituya un paso progresivo hacia la neoliberalización de las administraciones públicas (como en su momento pasó con el denominado tercer sector)? ¿Pueden y deben las comunidades asumir un servicio público o nos enfrentamos a un mosaico de intereses discretos puestos en red? ¿Cómo diseñar mecanismos de control desde y de las propias comunidades? ¿Cómo evitar que la gestión común erosione lo público estatal? Claro, esto implica complejidad, pero por eso mismo es necesario probar y alentar este debate. En definitiva, es hora de dejar el cinismo político atrás y asumir que hay un paradigma del que es necesario huir. Para explorar nuevos caminos, nuevos modelos, hace falta valor y visión política, dos bienes escasos, que tan sólo se pueden compensar con la creatividad e imaginación colectiva. ¿Asumimos el reto?

 

(gracias a @abrelatas por el magnífico titulo que me regaló y a Jordi, Rubén y Jordi por el debate que me ha servido de base para garabatear estos apuntes)

 

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13 Respostes

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  1. Pedro Jiménez says

    Venga, va… lo asumimos. ;)

  2. Ricardo_AMASTE says

    Aupa Jaron.
    Algunos comentarios breves.
    a) Si nos fijamos en el panorama estatal, el paradigma de las industrias creativas, lejos de extinguirse está ahora mismo siendo adoptado (salvo quizá las catalanas, que es que sois muy europeas). Como es habitual, aquí nos llegan el resultado del teléfono estropeado y confundimos la resaca con la borrachera, los rescoldos con las primeras brasas, el meconio con la mierda seca. Yo diría que por aquí nos queda mucha mierda con la que lidiar.
    b) Cierto, pero a los propios agentes tampoco es que nos sobren las ideas, la verdad. Más allá de ejemplos significativos, que en la mayoría de los casos no pasan de prototipos en beta, la cosa no da tanto de sí como a veces decimos (digo en cuanto a ideas, de generar economía… ni hablamos). No sobra creatividad y la poca que hay, en parte se invierte en imaginar que eso que comemos, parece mierda, huele a mierda, sabe a mierda… pero no es mierda.
    c) FUNDAMENTAL! Pero aquí también tenemos un trabajo añadido desde el ‘sector’, de restitución o resignificación de eso que la cultura es o podría ser. Y es que para la mayoría de la ciudadanía la cultura, lejos de ser un derecho, un servicio público es un lujo, un ámbito de consumo o lo que es peor, algo inutil e incomprensible… Una mierda, vamos.
    d) Sobre está cuestión de los límites entre innovación social y la gestión común de la cultura, no he entendido una mierda… ¿A qué te refieres?

    • jaron says

      Buenas Richi,
      a) tienes razón, creo que en muchos lugares sigue asomando la cabeza el discurso, pero en realidad creo que no es por convicción ni porque representantes políticos crean que realmente es una apuesta fuerte, sino más bien porque no hay mucha idea de qué va después. es estirar algo que no funciona mucho por miedo a no tener otra cosa. pero realmente creo que la manera en que se implementa y articula el discurso ahora poco tiene que ver con cómo se hacía tan sólo hace 5 o 6 años.
      b) bueno, yo diría que se están imaginando/proponiendo/experimentando cosas pero de momento no tienen mucho respaldo institucional. el problema es cómo haces un programa cohesionado con todas estas intuiciones, cómo lo artículas como un discurso aprehensible y articulable
      c) sin duda, parafraseando a rub la cultura ha pasado de ser un derecho, un recurso y ahora un problema. si, es necesario ver cómo se transforma en servicio público. tenemos temazo.
      d) hay una línea fina y sutil entre los proyectos de gestión autónomos y los mecanismos institucionales que fomentan cierta “participación”, que al final es una forma de externalziación social de competencias públicas. esto que se viene a llamar innovación social puede ser tanto lo que se presentaba en las jornadas de Destrucción Creativa como planes cercanos al Big Society. Ser capaces de diferenciar una cosa de la otra, de ver dónde se produce autonomía y dónde se produce cooptación es importante. supongo que rub puede ahondar más en esto (mira el link que he puesto a su texto)
      gracias por los coments!

  3. Ricardo_AMASTE says

    a) Algún día te hago una visita guiada… Ten encuenta que yo vivo allí donde el Modelo Barcelona se transformó en el pantragruélico Efecto Bilbao, mucho más internacionalizado.
    b) Nos escudamos en la cierta falta de respaldo institucional (esas instituciones que queremos cambiar), pero lo que no terminamos de tener es el respaldo de la ciudadanía, el deseo y el compromiso.
    c) Ya que estamos, me quedo con lo de bien común antes que servicio público.
    d) La línea a veces es tan sutil que yo no me voy a poner a hacer de policía, de sexador de pollos, de verificador castante. Hay ejemplos claros de cosas que aparentan y se les rinde pleitesía y también al contrario. Por ahora prefiero mantenerme abierta a ser afectada-contaminada, moverme por terrenos intersticiales atendiendo a las personas y seguir buscando en la basura. El futuro está en el compost!
    Abrazos y mucha mierda!!

  4. Vicens Jordana says

    Necesitamos nuevas formas de medir la riqueza en nuestra sociedad. El dinero parece ser la única, y las consecuencias de ello producen errores flagrantes en las políticas sociales. Si yo construyo una silla y te la vendo, es fácil de medir la riqueza que he creado en terminos monetarios, pero si construyo la silla y, en vez de venderla, la pongo bajo el árbol que hay delante de mi casa para que los transeuntes se sienten los días calurosos… ¿como se mide la riqueza creada en esa situación? es obvio que es superior a la otra, sin embargo ¿como se construye una matemática con esa riqueza para que los economistas puedan operar con ella? si seguimos utilizando la moneda para varemar la riqueza, los errores se seguirán produciendo.

    • Jaron Rowan says

      Hola Vicens,
      estoy de acuerdo contigo. Uno de los grandes problemas que han acompañado el crecimiento de las industrias creativas es que han introducido el valor económico como valor hegemónico de la cultura. Esta realidad ha neutralizado debates en torno a cómo valorar la cultura o cómo comprender las diferentes esferas de valor en la que opera. Desde la política pública han aparecido algunos informes relevantes en este sentido, el de Holden me parece muy útil http://www.demos.co.uk/publications/culturalvalue, después toda la noción de externalidades que empezaron a explorar personas cercanas a la revista multitudes http://www.traficantes.net/libros/capitalismo-cognitivo-propiedad-intelectual-y-creacion-colectiva tb nos da algunas pistas de cómo entender esta realidad compleja. Si Rubén en su intervención argumentaba que no existe “una economía de la cultura”, creo que es nuestro deber pensar y apostar por estas otras economías de la cultura que conocemos pero que a veces no sabemos nombrar. Es necesario señalar de forma precisa los intercambios y esferas de valor en las que opera la producción cultural contemporánea. A mi me han interesado ciertos debates que situaban a parte de la producción cultural contemporánea en una suerte de laboratorio de I+D, cuyos resultados eran posteriormente integrados y disfrutados por otras esferas sociales. Producción de riqueza/as que surcan lo social.

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