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Facebook: la antiutopía social (2)

Escrit el 27/01/2014 per Daniel Sedcontra a la categoria ARTICLES, Ho deixo anar.
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Continuació de l'article Facebook: la antiutopía social (1)

La palabra-imago

Todo lo que uno cuelga en Facebook sufre su particular desviación y perversión. De hecho, nada puede ser posteado impune e inocentemente desde el momento que todo muro, propio o ajeno, es un escaparate. Uno decide postear cualquier cosa, y aunque esa decisión haya nacido de un impulso auténtico, al instante y a pesar de sí mismo se entra en el dominio de la inautenticidad y de lo falsario. Basta con pensárselo dos veces para no colgar la cosa en cuestión. ¿Para qué, por qué hacerlo? Si se quería comunicar, compartir cierta información, ipso facto la exhibición de lo compartido – y de sí mismo en ello – gana la partida: dejar ver, dejarse ver, autoafirmarse a través de esa visibilidad, gustarse y sentirse halagado según el feedback recibido son todo uno… El impulso original traicionado por todas las tentaciones del espacio virtual público. Una de las formas de desviación más comunes es la efectuada involuntariamente por los comentarios que siguen a un post o al primer comentario dejado en un post de otro: la frivolidad de turno o las ganas de lucirse traicionan al instante el contenido que se había tratado de comunicar, y fácilmente se degrada a medida que los comentarios se suceden hasta terminar por ser irreconocible. ¿Qué ha sucedido? El mensaje original, asociado semánticamente a la cadena de comentarios subsiguientes, ha sufrido de manera ineludible su particular via crucis, toda una dolorosa desvirtuación que lo ha acabado por convertir en una parodia de sí mismo. Y es que la red es el acontecimiento crucial por el que por primera vez se le proporciona al lenguaje literalmente un escenario en el que desenvolverse y hacerse ver, de suerte que a la palabra humana cada vez le resulta más difícil desligarse de su entrada en la escena de la pantalla. Las consecuencias de este cambio de paradigma son incalculables: una palabra que ya no quiere ser escuchada ni leída sino simplemente vista, y no precisamente con el detenimiento de una contemplación atenta sino a la manera de una ojeada que pasa por encima, cuya lectura en diagonal nada tiene que ver con el acto de leer y mucho más con la pasividad del vistazo distraído. En suma: una palabra cuyo ser consiste en visibilizarse y hacerse vistosa, en darse en espectáculo, en detrimento de su significado, de la voluntad de comunicarse y de transmitir contenidos. Palabra-imago que se mira obsesivamente en el espejo de la pantalla del ordenador, palabra especular que ya se pone a gesticular, fonética y gráficamente, en el teatro virtual de la red, a fin de llamar simiescamente la atención al máximo: se impone una mímica del discurso mediante la omnipresencia del lenguaje interjectivo y onomatopéyico, el exceso de lo enfático y del subrayado, el abuso de la interpelación, la inserción de extranjerismos en todos los idiomas (extraño falso plurilingüismo), o la abreviación y distorsión fonética de palabras.

Economía de la carencia

Siempre a la espera de la recompensa por venir, del balsámico y ansiado feedback. Pero la verdad de ese feedback es tan paupérrima como la de la botella con mensaje lanzada al agua por ese emisor: un abstracto click, una aprobación formal, a lo sumo una frase tan poco dispuesta a decir nada como la emitida. En la ausencia de mensaje propiamente dicho del náufrago digital puede descifrarse invariablemente siempre el mismo grito de auxilio. ¿Qué respuesta se va a obtener en la sociedad del “sálvese quien pueda” sino idéntico grito de socorro? Basta con la contabilización del número de lecturas, de aprobaciones y de comentarios. En suma, basta con la cantidad matemática, para que el internauta descanse en paz. Suspiro de alivio que dura lo que dura ese click. Enseguida una insatisfacción flagrante reactiva el mismo proceso: otro cartel en el muro, otra ocurrencia en la red social, otra fotografía de uno mismo o de los suyos que no le interesa a nadie, otra llamada de auxilio que no va a ser atendida más que del modo que el propio medio informático dicta, es decir, sesgadamente, para mantener viva la carencia a base de colmarla con lo que la agrava. Atrapados en la esterilidad de este circuito perverso, la desolación humana se profundiza de círculo en círculo, y las neurosis no hacen sino aumentar en la misma proporción.

El carácter enormemente adictivo de las redes sociales y de las diversas formas de comunidad digital tiene su fundamento en una explotación diríase que deliberada del concepto de deseo tal y como lo entiende Lacan: el deseo como perpetuo desplazamiento del objeto de deseo con cada pseudosatisfacción del mismo. Ahí es donde circula de manera más paradigmática el deseo de lo que no se tiene entre sujetos que han extraviado su identidad. La carencia, una carencia fundamental, fundacional, es la que lo anima y dinamiza todo. Sólo que no se quiere saber nada de ello y tratamos de encubrir esa falta abismal mediante su contrario: la fijación de la identidad subjetiva – de por sí móvil e inaprehensible – en su forma estereotipada y normativa; la exacerbación del deseo mediante objetos de deseo cada vez más pequeños, estúpidos e insignificantes. La red social viene a tratar de remediar esa falta, y lo hace ahondándola, empeorándola. Su imperativo categórico funda una auténtica economía de la carencia: “inmoviliza, anulándolo, todavía más tu yo (la foto, el triste avatar), y proyéctalo en objetos de deseo más inútiles, irrisorios e inofensivos (burgueses)”. El resultado de una navegación prolongada más de la cuenta: un indefinido malestar, un prurito incapaz ya de reposar en nada: el deseo circulando en el vacío, mordiéndose la cola, deseo de deseo. Quién no se ha visto por lo menos una vez atrapado en ese marasmo digital que es como el corazón de la herramienta; quién no se ha sentido encerrado en ese afuera adimensional, a fuerza de repeticiones estériles, de extraviarse en recorridos circulares, de lo mismo a lo mismo, caído en los automatismos mecánicos de su software, atascado en una especie de tartamudeo psíquico hecho de ansiedad en estado puro.

¿Una ética digital?

En vistas de todo esto, ¿qué actitud tomar que no sea inmediatamente traicionada por los imperativos del espacio colectivo? Pongamos que uno decide evitar los comportamientos más comunes, no por ánimo elitista ni de contrariedad sino por pura resistencia a las perversiones de la  herramienta. Pongamos que uno, firmemente decidido a no dejarse dominar por ella, se impone una especie de código ético: no caer en la broma ni en los juegos de palabras fáciles, no usar el lenguaje onomatopéyico ni abusar de las interjecciones, prescindir del retrato fotográfico, no colgar gratuitamente citas de libros cultos, no dar ningún dato autobiográfico, abstenerse de la crítica políticamente correcta de izquierdas, escribir de la manera más objetiva e impersonal posible… Ahora bien, el largo etcétera podría proseguir, de forma que la depuración acabaría reduciendo prácticamente a nada las posibilidades de intervenir en Facebook. Al final sólo quedaría una participación extremadamente lacónica, neutra y raquítica equivalente casi a una no-participación. Así que, si uno quiere estar dentro de ese submundo comunitario, hay que aceptar el precio de cierta dosis de traición y de prostitución. Lo máximo a lo que se puede aspirar es a cierto control de esa dosis: dejarse traicionar por la herramienta sólo hasta cierto punto y en determinado grado a partir del cual se rompería con ella.

Un sistema social de infierno

Pero puesto que la red funciona como entelequia de mundo y realidad paradigmática, enseguida comunica al mundo fáctico, por un movimiento inverso, sus estructuras: ya no del yo a la pantalla sino de la pantalla al yo. Las relaciones humanas se ven sobredeterminadas por todos esos modelos de comportamiento digitales. El aplauso vacuo, el “thumbs up” del “me gusta” en lugar de la opinión reflexionada y fundada en algún criterio, el click de amistad sobre las efigies y avatares que nos representan en lugar de relaciones de amistad real entre individuos de carne y hueso, la etiquetación de las personas a través de sus fotografías en lugar de la infinita interioridad subjetiva del otro, la exclamación, el emoticono simpático y el laconismo telegráfico en lugar del lenguaje y su discurrir (regresión a la onomatopeya y al balbuceo), el mecanicismo de unas relaciones articuladas informáticamente mediante las aplicaciones ofrecidas por las redes sociales en lugar de la libertad y la ausencia de reglas propias de la espontaneidad de toda relación. Todo ese complejo sistema de relaciones puramente formales basado en lo estadístico y lo numérico-cuantitativo (número de “amigos”, de visitas…) está siendo trasladado al mundo de las relaciones “reales” (= extravirtuales). Esa inoculación más rápida de lo que se cree es lo que está configurando un sistema social de infierno por el que la incomunicación se consuma y a la vez se disimula mediante el hecho de la intercomunicabilidad permanente de individuos cada vez menos capacitados y menos dispuestos a salir de sí. Ahora, afuera, en la intemperie donde se pone en juego realmente el trato entre las personas, se empieza a verificar un conservadurismo relacional que lleva el signo inequívoco de las relaciones virtuales convertidas en modelo. Relaciones en superficie, oblicuas, rápidas, en las que la conversación consiste en una vecindad de monólogos, donde se habla mayoritariamente de sí, erradicada la curiosidad por el otro, la atención dirigida a él, la escucha más elemental, donde el afecto verdadero es sustituido por efusiones de lo más vacías, y donde esa cosa indefinible que se llama amor queda relegada al cuarto trastero del yo a la espera de que se vaya pudriendo.

Pero también el amor –no podía ser de otro modo– se ha convertido en trending topic, ha sufrido su proceso de visibilización en la red y en otros medios, con el correspondiente achatamiento y vaciado de contenido, también él ha sido objeto de trivialización y domesticación por los gurús de la cultura in yel escaparatismo periodístico. La lógica es la de siempre, la de la engañosa compensación: cuando se habla tanto de algo es que no lo hay ni se practica, es más: es una forma de evitarlo, de omitirlo. Ruido, contaminación acústica en torno a la idea de amor – eso, nada más que una idea –, cuando habría que callarse y encarnarla discretamente en el anónimo día a día. Pero hasta decir eso corre el riesgo de ser absorbido por la estereotipia discursiva en cuyo favor tanto han contribuido las redes sociales. Quizá sea hora de recuperar aquella soledad que nos ha sido desapropiada y el silencio que le es inherente –lo que no pasa necesariamente por la desconexión, y menos por el aislamiento–. Sí, la soledad del fuero interno como valor y como acto, donde paradójicamente todavía es posible presentir al otro, la soledad del otro, íntegro, intacto, lejos de todo ese mundanal ruido que distorsiona su estimada imagen, para acompañarle, con la infinita consideración que nos merece, en la distancia. Una soledad acompañando a la otra, desprovista, absolutamente desprovista, como sólo puede estarlo la verdad.


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