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La amable burocracia

Escrit el 25/01/2014 per Lucia Lijtmaer a la categoria Una más y nos vamos.
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Sometimes I drive through. I just find
Myself driving through, going slow, simply
Roaming in my own darkness, pondering
What you did.

(Ted Hughes)

La Villa Minoux, ubicada en la localidad costera de Wansee es imponente. Erigida frente al lago del mismo nombre, tiene unas vistas espectaculares que, me cuentan, hacen de ella un marco inmejorable para disfrutar de un día soleado. Los berlineses acuden allí a nadar, hacer esquí acuático, remar o chapotear cerca de la orilla entre junio y septiembre.

No es el caso del día de hoy, en pleno enero. Hoy avanzamos entre una bruma justo a la hora azul, esa hora cuando el sol ya baja y lo tiñe todo del mismo color piedra. La casa, desde fuera, nos devuelve una imagen serena, adusta, llena de compostura. Cerca de allí se edificaron nuevas casas unifamiliares, y una serie de ellas tiene una peculiaridad: todas están hechas de cristal. Son cubos transparentes en los que uno puede comprobar la vida que lleva el que está en su interior: lo único que protege a sus acomodados visitantes es algún que otro biombo, colocado estratégicamente para preservar su intimidad. Desde fuera, aún así, podemos otear a una señora frente a una cocina de acero inoxidable pulido, un hombre mirando un cuadro caro, cosas así.

Foto: Regina de Miguel

Foto: Regina de Miguel

La finca y la localidad de Wansee son famosas, además de por su lago, por haber sido el escenario de una reunión que marcó el siglo XX. En esta casa quince representantes del gobierno de la Alemania nazi se reunieron para debatir el destino de una parte de la población europea. Tras las  medidas de segregación y trabajos forzados, se le otorgaron plenos poderes al Teniente General de las SS Reinhard Heydrich y los otros representantes para que plantearan en Wansee el exterminio de 11 millones de personas, bajo lo que se conoce como la Solución Final.

El atractivo narrativo de Wansee, como de la historia del partido nazi, es más que evidente. La casa modélica frente al horror de lo planteado. La rectitud de la iconografía frente a un gobierno que acabó por acuñar el exterminio aplicado a sus semejantes. No es un horror nuevo, ya lo sé.

El atractivo narrativo de Wansee, como de la historia del partido nazi, es más que evidente. La casa modélica frente al horror de lo planteado

Pero algo ocurre en el descubrimiento. Frente a la piedra, el jardín, la historia conocida, la dirección del centro de la villa -ahora transformada en un espacio de recuperación de la memoria histórica-, ha decidido, entre otras cosas, dejar al visitante por escrito el juicio de uno de los asistentes a esa conferencia, Adolf Eichmann. El testimonio de Eichmann- juzgado ilegalmente a todos los efectos en Israel-ofrece uno de los grandes hallazgos con respecto a qué se juega en el lenguaje de lo relatado. Qué se omite y qué se muestra. A diferencia de la casuística y los datos, el testimonio de Eichmann -que sirvió a Hannah Arendt para acuñar expresión ‘la banalidad del mal’-, golpea por lo plano. Y, como todo lo que parece plano pero no lo es, acaba por mostrar aquello que pretende ocultar, que se presenta, finalmente, con todo su esplendor.

Eichmann, juzgado veinte años después de los hechos, es el único testimonio que queda de todos los que estaban en aquella casa. Con el final del juicio, se revela aquello que pareciera no tener nombre. Preguntado por su participación en la deportación y exterminio de los judíos, él recapitula la historia:  “Tras las primeras victorias durante la guerra, el liderazgo estatal del momento sostenido por estas victorias con la presunción de una supuesta invencibilidad siguió adelante. Y por esta estrategia, que se probó como estúpida y sin sentido, se tomaron medidas sin restricciones que trajeron consigo una tragedia que nadie podía sospechar, incluido yo mismo. Ya que mi rango era menor y mi posición insignificante”.

De todo se ha dicho ya sobre este juicio y sobre el Holocausto. No aportaré nada que no sea ya evidente: al no poder rechazar el crimen, Eichmann rechaza la responsabilidad que hay tras él escudándose en el cumplimiento de una orden. Por otro lado, cuando uno ve el testimonio, y no se limita únicamente a leer las transcripciones, es capaz de aprehender algo que de otra manera podría pasar desapercibido: hay cierta incredulidad en el hombre, cierta imposibilidad de transmitir aquello que no puede justificar, enfrentado a un cambio de lenguaje. Enfrentado, en definitiva, a lo que para él es meramente un cambio histórico.

La presunción de un conflicto otorga, pues, validez y entidad a una disputa. Y eso no es cualquier cosa

Otro momento resulta también más que relevante, de nuevo, por lo que revela. Dispuesto a quedar como un burócrata amable -esta era la única estrategia posible de la defensa-, responde al resultado de la conferencia en sí: “Estoy satisfecho en mi autoexamen, ya que busqué alternativas pacíficas que fueran aceptables para ambas partes que no requirieran tanta violencia y un baño de sangre”.

Ambas partes. La presunción de un conflicto otorga, pues, validez y entidad a una disputa. Y eso no es cualquier cosa.

¿Y por qué hablar de esto, hoy? ¿Por qué aquí? Wansee y el testimonio de Eichmann han acabado significando, históricamente, la destilación del concepto de responsabilidad. El lenguaje, en flagrante contradicción con el hecho, se nos presenta y nos golpea, claro. Un acto así, enmascarado por el lenguaje, no puede quedar impune. Pero cuando se habla de la conferencia de Wansee  pocas veces se cuenta la historia de Georg Leibbrandt, alto cargo dentro del Ministerio de Territorios Ocupados. De todos ellos, fue el único que sobrevivió a los juicios, y murió por causas naturales en 1982. La pregunta es: ¿puede alguien que ha participado en una cumbre en la que se contabilizó a un pueblo y sobre el que decidió su aniquilación unánimemente no ser responsable? ¿De qué es responsable un gobierno y de qué son responsables cada uno de sus miembros

Cualquier paralelismo que haga con la Alemania nazi quedará desmesurada y desproporcionada. No es esa la intención. Sí, en cambio, extrapolar la idea de responsabilidad de todo aquel que forma parte de una decisión de represión y control. Mientras dejo atrás Villa Minoux, ya noche cerrada, veo los edificios acristalados y pienso en lo nuestro. Tras los cañones de sonido, las políticas de depauperación, la estafa y la falta de reconocimiento de las demandas sociales, quedarán las casas, los paisajes y el día a día. Y se recusará el principio de inevitabilidad y dejaremos de lado este lenguaje de burócratas amables.


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