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Palabras

Escrit el 15/01/2014 per Marta Vallejo a la categoria Postals de Yakaar.
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Las personas que leen mucho son peligrosas. Porque todo lo leen. Leen historias dónde hay anécdotas. Leen amores dónde hay deseos. Leen revoluciones dónde hay puteos. Leen vidas dónde hay respiros. Leen metáforas dónde hay casualidades.

Por ejemplo, el otro día vi un naufragio. No, en serio, el otro día vi un naufragio. A media tarde de un día de viento, entró un barco a la bahía de Alejandría. Un barco suficientemente grande para no ser una barca, pero suficientemente pequeño para imaginar el nombre y los apellidos del propietario, la cantidad de hijos que tiene y el barrio dónde vive con su señora y sus suegros. Y eso, que soplaba el viento en la bahía y aun así parecía que estábamos todos a buen recaudo mientras esperábamos que el jueves se convirtiera en viernes.

Las personas que leen mucho son peligrosas. Porque si por mi fuera, ahora os explicaría que una especie de silencio pastoso corría por los despachos y que algo indescifrable nos empujó a levantarnos de la silla y salir a fumar un cigarro al balcón. Diré solamente que al encender el cigarro vimos las olas chocando contra el paseo marítimo, lamiendo los coches e inundándoles las bocinas. Y vimos como un barco que no era una barca daba tumbos a pocos metros de partirse la crisma contra las barandas del paseo. A muchos metros de hundirse hacia lo más azul del Mediterráneo.

Las personas que leen mucho son peligrosas. Porque leen hasta lo que no está escrito.

barco

Foto: Corinne Grassi

Yo leo entre bastante y mucho dependiendo de las estadísticas que tomemos como referencia. Y ante un barco a la deriva, antes de distinguir los cuerpos de la tripulación dentro de la nave, vislumbré una metáfora. Un barco dando tumbos a pocos metros de tierra. Un grupo de pescadores egipcios que salen cada día al mar a pescar el pan para su gente. Un grupo de pescadores egipcios que vuelven cada día a tierra para constatar que en tierra firme el poder sigue tan firme como antes. Un barco como una sociedad entera, un mar revuelto como una revolución por fascículos, un puerto como un desgobierno, unos mirones como una audiencia impasible, unos socorristas improvisados como una resistencia endeble. Un naufragio como un país. Un barco que no es una barca lleno de pescadores que no son una metáfora, sino un grupo de gente en riesgo de ahogarse.

Los marineros fueron saltando uno a uno desde la cubierta, por las ventanillas, por la barandilla mojada. Saltaron a las rocas del paseo calculando el margen que les dejaría el barco entre tumbo y tumbo, intentando evitar que se les espachurrara el cuerpo entre la nave y el puerto. Su miedo, con palabras de por medio, parece arrojo. Visto su salto con palabras, las piernas rotas duelen menos. Su naufragio, dicho con palabras, puede ser un artículo a pesar de ser sobretodo una putada.

Las personas que leen mucho son peligrosas. Porque encuentran signos a cada paso y se afanan en descifrarlos. Y mientras tanto, la vida sucede. Y ante la vida a veces urgente, yo que leo, creo no tener otro recurso que las palabras. Unas palabras que organizo en frases e incluso en metáforas, a veces un poco mejores que la del naufragio. Pero cuesta decir responsablemente el oleaje que nos sacude cuando crees que apenas te salpica. Y ante el naufragio, organicé las palabras para generar un relato que conectara lo superficial con lo submarino, mientras asistía a la movilización callejera de paseantes al rescate de pescadores.

No sabría decir cuántos libros leen al año la gente que les echó un cabo a los naufragados. Atrapada en mi maraña metafórica, me maravillé de su eficacia. Vi como su inteligencia se activó rápidamente para hacer una cadena humana que iba desde la una farola de amarre hasta los brazos de los pescadores pescados. Y desde esos brazos, a los brazos secos de otros que les abrazaban para apaciguar el frío.

Y de tanto observar metáforas sin jersey, pillé un resfriado mucho más contagioso que la capacidad de hacer nombrando. Las palabras abrazan menos que los brazos y sólo abrigan a quiénes las leen. Y ésos, son peligrosos.

 


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  1. Silvia M. García | “Desde que te perdí” linked to this post on 03/02/2014

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