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Cartografía del asedio

Escrit el 04/03/2014 per Natxo Medina a la categoria Ho deixo anar.
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“Fins que els lleons tinguin els seus historiadors,
les històries de caçera glorificaran al caçador”

At Versaris

Los mapas suelen ser entendidos como una representación del mundo. Sin embargo, tal vez sería más correcto decir que los mapas SON el mundo. Ya lo dice Javier Calvo en “Los Ríos Perdidos de Londres”. Y aunque él escribía a propósito de la capital inglesa, sus palabras pueden aplicarse a toda representación de un lugar, físico o mental. El mapa: devenir, conflicto, narración. Representación de las luchas que han dado forma al territorio, de una victoria casi siempre desigual en un combate a muchas bandas, de la consiguiente imposición de una determinada lógica histórica y por lo tanto de una ideología. Un mapa: en definitiva, representación política del mundo. Cuando el dibujo de la Tierra era plano, la Tierra era efectivamente plana.

La Historia de las Ciudades es la Historia de sus mapas y las historias que estos cuentan. Es a través de ellos que los espacios urbanos y su identidad se hacen visibles y se afirman como realidad fuera de sí. Mapas, en plural, porque la representación de toda ciudad es en realidad una jerarquía, sobre la cual la lógica oficial suele hacer valer su fuerza. Sin embargo, los mapas que más nos importan, los que realmente definen las ciudades y su corazón y nos permitirían adentrarnos en la materia oscura y cambiante de su territorio, normalmente son más difíciles de visualizar pues no son tanto plano como palimpsesto. Y porque normalmente, de existir, tienden a ser menospreciados, invisibilizados.

Cuando uno se mueve hoy por las calles de Barcelona tratando de captar sus vibraciones, las claves de este magma en pleno proceso de brusca transformación, no puede evitar pensar en todas las representaciones heterodoxas que del tejido de la ciudad se han hecho a través del arte, la música, el cine, la literatura, la teoría social. Representaciones todas ellas que por su mera existencia reclaman su papel en la lucha contra la propaganda oficial, contra un intento de conquista del imaginario colectivo que cuando no se logra mediante las herramientas habituales (medios de comunicación, imposición de una cierta legalidad, control de los flujos de movimiento e información…), puede acabar fácilmente en represión violenta. Ya se sabe que lo que define a un Estado, y eso ya lo dijo Maquiavelo, es el haber conseguido legitimidad para usar la fuerza bruta contra quien se le oponga.

1.

28 de enero de 2014. Cines Aribau de Barcelona. El Primavera Sound presenta su line-up para 2014 en un lujoso evento, recogido por todos los medios de comunicación, con el aparente quórum que el festival siempre suscita. Simultáneamente, en la misma Barcelona y en su periferia, se llevan a cabo seis detenciones relacionadas con una supuesta agresión denunciada por miembros de la plataforma de ultraderecha “La España en Marcha”, que habría tenido lugar el 12 de octubre de 2013. Dichas detenciones conducirán el día siguiente, 29 de enero, a un despliegue cuasi militar de Mossos d’Esquadra en torno al Centro Social Okupado Can Vies, en la calle Jocs Florals de Sants, uno de los centros sociales autogestionados más veteranos y respetados del tejido asociativo de la ciudad.

Estos hechos, aparentemente aislados, nos hablan de puntos en el plano. En el mapa de esa Barcelona de 2014 que es una, pero sobre todo es muchas. Sobre él trata de imponer su orden la Ciudad Institución, la que es todo exterior, simulacro, y en última instancia, ficción. Una Barcelona-Holograma apuntalada por el márketing y el desarrollo tecnológico, pero intangible, casi mística si uno tiene que fiarse de los discursos febriles del Ajuntament. Bajo esa primera y deslumbrante capa de barniz, la Barcelona que un amplio porcentaje de sus ciudadanos conoce y vive, con sus problemas asociados, tan tristemente familiares. Creciendo en ella un hormiguero activo y bullicioso, el de la Ciudad Subterránea y sus iniciativas sociales en avance. Una nueva representación de lo real que se agita por debajo de estas capas externas, lenta, precaria y tal vez imparable

Para entender de qué manera se relaciona una con otra, hay que pensar en conceptos e imaginarios. En dos grandes narraciones, superpuestas y enfrentadas, y sus respectivas voluntades por consolidarse como realidad. La Barcelona Virtual maneja conceptos como “Economía del Conocimiento”, “Industrias Culturales” o “Branding”, usa eslógans como “BCN Inspira”, hace las cosas “mediterráneamente” y está llena de “barcelovers”. Sus iconos aparecen en cualquier guía turística.

La Barcelona del activismo a pie de calle maneja otro lenguaje, y escasos recursos en comparación con lo urbano oficial. Son otros sus conceptos: soporte mutuo, imaginación, cooperativismo, resistencia, horizontalidad, espontaneidad, humor, tesón… Otra es también su topografía. Calles y plazas y bares y salas de cine; bibliotecas, escuelas, hospitales; asociaciones de vecinos, solares, edificios recuperados; Y por supuesto centros sociales ocupados como el ya citado Can Vies, como la Flor de Maig o Can Masdeu,  u otros ya cerrados pero siempre presentes como La Carbonería, La Makabra, Barrilonia, La Rimaia…

Conforme la brecha social se profundiza, la distancia entre estas dos ciudades y sus imaginarios también se agranda, así como las dificultades de la élite para imponer su ideario. Y como decíamos, cuando el Estado no encuentra legitimación a través de la soberanía popular, el único recurso que le queda es la fuerza. Es por eso que opta por pacificar las calles a base de control policial y por eso que se atacan los centros de emergencia de cultura alternativa. Por eso que para desalojar La Carbonería el pasado 19 de febrero, pocos días antes de la inauguración de un Mobile World Congress cuyos asistentes han gozado de transporte público gratis, cortesía de los gentiles gestores de TMB, se desplegó un operativo policial digno de La Jungla de Cristal.  Por la capacidad que  estos lugares tienen para unir personas,  crear identidad, generar relato al margen. Por su potencial liberador al fin y al cabo.

El caso de Can Vies es paradigmático en este sentido. Radicado en Sants desde hace 17 años, consolidado como espacio de encuentro del barrio, la conflictividad social a su alrededor es nula, todo lo contrario. La relación con los Mossos, el ayuntamiento, la Generalitat y la todopoderosa ADIF (el centro está situado justo al lado de las vías de tren que salen de la estación de Sants), ya es harina de otro costal. Se juntan en este caso muchos intereses, conflictos, y heridas abiertas que a día de hoy sitúan a Can Vies en una posición extremadamente difícil. ¿El punto clave? A mi entender, el poder simbólico que un espacio como ese tiene para empoderar a los colectivos del barrio, sólo superado quizás por el cercano Can Batlló.

2.

Atacando este tipo de lugares y prácticas, y potenciando grandes citas internacionales, Barcelona se erige en ejemplo vivo de cómo los órganos del poder urbano imponen lo que el geógrafo David Harvey llama un “monopolio de renta” en la ciudad. El concepto trata de explicar cómo las urbes crecidas al calor del capitalismo financiero reproducen en su estructura profunda los mismos mecanismos de apropiación de capital que les dieron forma. Cuando hablamos de una ciudad que, como Barcelona, se postula como modelo de urbe creativa, hemos de entender por tanto que a pesar de que en ella el modelo económico dominante aspire a llamarse “del conocimiento”, no dejamos de hablar de lo que en esencia es una cadena de producción de capital, en la que hay obreros (esforzados machacas de la cultura, que no nos llamamos así porque no queda bien en nuestro perfil de Twitter) y hay patrones.

Es en ese punto en el que macroeventos culturales como Primavera Sound o Sónar se convierten en objetivos jugosos para la gran inversión. De ellos puede extraerse réditos económicos en forma de afluencia turística, aumento de precios de consumo, publicidad exterior… Una ganancia que rara vez redundará, sino de forma muy tangencial, en el magma creativo y humano que alimenta día a día el alma de la ciudad y le da ese “no sé qué” que los trendsetters buscan como sabuesos a sueldo. El monopolio de la renta vendría a ser este proceso por el cual las grandes fuerzas de la ciudad construyen mecanismos para conducir las plusvalías generadas por la masa ciudadana (riqueza cultural, artística, identitaria) y absorber la mayor parte de estas. La violencia de esta brillante Barcelona de la Creación no es en definitiva nueva, sólo una nueva evolución en las diversas diversas dinámicas del capitalismo postfordista, volcada en este caso en la capitalización forzosa de lo humano, a través de la construcción de identidad cultural.

En el mismo corazón de esta estrategia, vive el miedo de la Institución a perder la autoridad sobre la producción de cultura y que ésta vuelva a ocupar su lugar legítimo: las calles, la vida. Por eso aquella se ve obligada a reclamar para sí la exclusividad para producir y proveer. Sin embargo podríamos decir, como apuntaba Helena Ojeda recientemente en esta misma publicación, que siendo la Administración de carácter público, y por tanto un reflejo de los anhelos y necesidades ciudadanos, “no le corresponde el papel de ‘proveedora de cultura’, sino la redistribución de los recursos que generamos a través de la autogestión comunitaria”. Una reivindicación muy lógica que sólo empieza a parecer ingenua en el momento en el que nos situamos (cosa que deberíamos considerar más a menudo, para empezar a perderle el miedo al término) en el terreno de la guerra ideológica.

3.

Recientemente pasé unos días juntos a unos compañeros trabajando en nuestro propio mapeo de la ciudad. Buscábamos recopilar iniciativas ciudadanas que nos dieran las claves de procesos de transformación urbana colectiva que a día de hoy están teniendo lugar en Barcelona. Lo primero que me chocó fue la cantidad y la diversidad de casos que encontramos. Eso me hizo pensar en la importancia de dar visibilidad a lo que ocurre pero no es visible, y por tanto, daría la sensación de que no existe. Dar un sentido, no sólo topográfico sino también de unidad simbólica, a la capacidad imaginativa de quien resiste sea ocupando un huerto, formando un colectivo, okupando una vivienda. Conectar los puntos en el nuevo mapa, para saber  que no luchamos en el vacío. De pronto, al ver la multiplicidad de lo real, a uno se le llenaba la cabeza de posibilidades. Son ese tipo de mapas los que necesitamos.

La confección de estas nuevas cartografías incumbe no sólo a geógrafos y urbanistas sino a todas las áreas del conocimiento y al conjunto de mitologías cotidianas, las que dotan de sentido al día a día, y crearlas es prioritario, sobre todo como punto de apoyo en la tarea de fortalecer a aquellos grupos sociales que necesiten sentirse legitimados en sus luchas. En el fortalecimiento contra una Barcelona del consenso que no es tal. Recordar que de hecho, consenso y ciudad son dos conceptos no especialmente compatibles.

Manuel Delgado distingue entre la ciudad (el espacio físico, ordenado y ordenable) y lo urbano (la actividad necesariamente caótica que generan los habitantes de la ciudad). Según él, aunque se intente repetidamente gobernarla, la esencia de la ciudad es precisamente ser ingobernable. Pero es más, una comunidad urbana necesita del conflicto y el desorden para conformarse dentro de él. Necesita madurar a base de incertidumbre para estar viva y ser fuerte, y crear una narrativa personal, como afirmaba Richard Senett en su “Uses Of Disorder”. O en palabras del propio Marx: “Ser libre en un mundo post-revolucionario significa trascender la necesidad de orden”. Que para ello se necesite un mapa puede parecer una paradoja. Y sin embargo, incluso los piratas los necesitaron para reclamar su autoridad sobre los siete mares, y ser finalmente libres.


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  1. Horacio Espeche says

    estupendo artículo.



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