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Tu cultura es algo ordinario

Escrit el 13/07/2014 per Rubén Martínez a la categoria Lotería de palabras.
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Hace algunos años, un reputado violinista estadounidense interpretó varias piezas de música clásica en el metro de Washington. Fue en la estación l’Enfant Plaza, en el barrio Southwest Federal Center de Washington D.C, un distrito comercial repleto de oficinas del gobierno estadounidense.

Nadie lo sabía, pero a las 7:50h de la mañana y durante una hora, la gente que se dirigía apresuradamente a su trabajo se iban a cruzar a «uno de los mejores intérpretes de música clásica en el mundo tocando algunos de los temas más elegantes de la música jamás escritos con uno de los violines más valiosos jamás construidos». El músico era Joshua Bell, los temas eran de Johann Sebastian Bach y el violín era un Stradivarius tasado en 3 millones y medio de dólares.

El tinglado estaba organizado por The Washington Post y fue narrado como un “experimento social” con el objetivo de contestar la siguiente pregunta: En un momento inoportuno y localizada en un escenario banal, ¿trascendería la belleza? En un contexto incongruente, ¿podría la gente común reconocer a un genio?. Y, Oh sorpresa, resultó que no.

El artículo que incluía la noticia y recogía los resultados no tiene desperdicio. Como apenas nadie se paró a escuchar al violinista, las personas que pasaron por delante del virtuoso se convirtieron automáticamente en una masa adocenada. Gente gris incapaz de degustar la belleza, imbuida en sus teléfonos móviles «en una danza macabra e indiferente; la inercia y lúgubre prisa de la modernidad» Más allá de algunas disquisiciones sobre la importancia del contexto, el Washington Post olvida algunos detalles, elementos importantes que conocemos porque pertenecen a nuestra base empírica diaria.

En primer lugar, sabemos que el supuesto impulso espiritual por degustar la belleza está determinado por una necesidad bastante más palpable: hay que trabajar para comer y no podemos elegir dejar de hacer ni una cosa ni la otra. En segundo lugar, otro detalle no menos importante: sabemos que el gusto es algo socialmente construido y que uno no va a degustar algo que desconoce y que el contexto no invita a contemplar en un momento donde su elección está altamente determinada. Si la gente que pasaba a esa hora por el metro se hubiera encontrado a Justin Bieber tal vez hubiera llegado tarde al trabajo. Pero seguro las preguntas serían otras y el “experimento social” no pretendería hablar sobre la crisis moral de la modernidad ni de una belleza universal e intemporal que pasa desapercibida a paladares descafeinados. Más bien, hubiera servido para hablar de la vulgaridad del fenómeno fan más despreciable, un fenómeno cultural que, al parecer, invita a ser ridiculizado. De hecho, Joshua Bell evitó tocar melodías populares cuya familiaridad podrían haber atraído a mucha gente. No deja de ser gracioso que el músico optara por cambiar sus signos de distinción corporales (me refiero a su ropa, vaya) y vistiera con unos tejanos y gorra de béisbol. La propuesta, en definitiva, parece insinuar que el acceso al goce estético que custodia la Alta Cultura necesita un capital cultural que no posee cualquiera o, como mínimo, un contexto determinado parecido a las salas de música clásica que no todo el mundo está dispuesto o tiene la posibilidad de visitar.

El tratamiento de la noticia en medios nacionales hace mayor hincapié en esa idea de fondo hasta llevarla a la caricatura: que la belleza es monopolio de la música de cámara y que la sociedad es incapaz de detectarla en su vida ordinaria. El Mundo lo titulaba: un virtuoso del violín, ignorado al tocar en el metro de Washington. El País optaba por la belleza pasa desapercibida. Un medio digital subrayaba la incapacidad por valorar a un músico que el día anterior había llenado un teatro con butacas a 100€.  The Guardian, en el que tal vez sea el tratamiento más clasista de la noticia –algo que sobrevuela de principio a fin el “experimento”– lo titulaba Joshua Bell: no es el típico músico ambulante.

Más allá de sus objetivos, lo verdaderamente preocupante es que esta broma con cámara oculta (perdón, “experimento social”) lleva a los típicos relatos que ven la cultura como algo extraordinario, algo único y especial que se manifiesta delante nuestro en momentos contados y que debemos ser capaces de captar. Es decir, se da a entender que la producción cultural es algo completamente espiritualizado, una perspectiva que reproduce los patrones normativos de la estética idealista. El Arte y la Cultura, aquellas expresiones estéticas verdaderas, no tienen que ver con nuestras mundanas formas de vida, sino con la persecución de un absoluto que las trasciende. Un hecho cultural incoloro, objetivamente bello y, por momentos, la verdad es que bastante aburrido.

Ya hace más de medio siglo, Raymond Williams se enfrentó a estas y otras posiciones que o bien entendían la cultura como un hecho trascendente (estética idealista) o que la entendían como algo poco relevante para entender o empujar el cambio social (marxismo estructuralista).

Por un lado, para Williams la cultura no es simplemente algo que consumimos o un proceso espiritual que nos revela una verdad absoluta que nuestro corto entendimiento no logra descodificar. Decía Williams que «no hay una clase social ni un grupo de personas especiales que sean las únicas implicadas en la creación de significados y valores, ni en sentido general ni específicamente en el del arte y las creencias».

Por otro lado, Williams no aceptaba la posición más economicista del marxismo que relegaba los fenómenos culturales a un estatuto secundario. Para Williams la cultura no es simplemente el reflejo de las condiciones materiales bajo las que vivimos en sociedad sino que la cultura es constitutiva de lo social. No separar la cultura de su base material no significaba para Williams entenderlo como algo meramente determinado por las fuerzas económicas. Que lo económico tenga una capacidad objetiva de ordenar lo social, no significa que no tengamos capacidad de acción en una vida altamente economizada. Nuestras formas de vida producen y están constituidas por procesos culturales dinámicos que nos configuran como comunidad y que tienen capacidad para cambiar las formas de organización social.

Decía Williams que la cultura es algo ordinario. Algo que ocurre y se produce cotidianamente de manera altamente compleja. Es el conjunto de descripciones disponibles –históricamente construídas y continuamente transformadas– con que la gente damos sentido y reflexionamos acerca de nuestras experiencias y prácticas comunes. La cultura también es algo que se produce en nuestros quehaceres cotidianos, como acumulación de signos y valores que pueden ser contradictorios, ampliamente compartidos o, en sociedades culturalmente vivas, en continua disputa. También, aunque no guste reconocerlo, la cultura está imbricada en todas las prácticas sociales, incluso las más consumistas. La cultura no es algo que ocurre, sino que nos ocurre. La cultura no es algo que simplemente producimos o consumimos sino algo que nos constituye y que, como parte de seres reflexivos, es un proceso cambiante y conflictivo.

No deja de ser sorprendente que estas aportaciones del materialismo cultural siempre se ignoren, sobre todo cuando se quiere reificar la existencia de una cultura que escapa a lo ordinario y que contiene una belleza originaria del tal magnitud que incluso pasa desapercibida a nuestros ojos.

La única constatación más o menos creíble que contiene la performance del violinista Joshua Bell es que, si podemos mantener al margen la importancia de nuestro capital cultural, el contexto de recepción importa. Pero la verdad es que para ese viaje, no hacían falta tan distinguidas alforjas: que el contexto importa es una obviedad tremenda. En cambio, una propuesta a ensayar por el equipo de sociología cultural del Washington Post podría ser que, en lugar de acercarse a la muchedumbre con acciones matutinas en el metro, Joshua Bell diera acceso gratuito a sus conciertos de 100€. Afortunadamente, algo parecido ya se hace periódicamente en muchas redes de museos. El resultado deja bastante en evidencia todas las simplonadas clasistas que suelen lanzar algunos medios cuando hablan de esa “cultura”.


10 Respostes

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  1. victor lenore says

    Hay un experimento parecido: en 2010 Rage Against The Machine llamaron a Michael Moore para grabar el clip de “Sleep Now In The Fire” en las escaleras de la Bolsa de Nueva York. Ojo al broker emocionado en 1:12. https://www.youtube.com/watch?v=w211KOQ5BMI No sé si rebeldía latente o disonancia cognitiva, pero aquí funcionó un rato. Dicho esto, gran artículo. Raymond Williams, hay que decirlo más.

    • Rubén Martínez says

      Fantástico. No lo había visto. Lástima que tenga tanta producción (pre y post) porque un documento más “limpio” sería interesante tenerlo. Aunque, hacer conciertos con Michael Moore a plena luz del día y en la bolsa de Nueva York, es trampa! ;)

      • ssn says

        También sale un tío con un cartel de Trump for President (min 1:04)

  2. Josep says

    Quan la lectura política és una banalització…
    El que fa Williams, malgrat el sensacionalisme dels titulars, és explorar la complexitat del modern concepte de cultura. Des de la definició antropològica (cultura entesa com un estil de vida) del “tot és cultura”, a la definició implícita en “Ministerio de Cultura” o “alta cultura”, sovint associada a la concepció essencialista que diu que “la cultura ho és tot”. I ambdues existeixen i persisteixen a la nostra societat.
    “Culture is ordinary: that is the first fact. Every human society has its own shape, its own purposes, its own meanings. Every human society expresses these, in institutions, and in arts and learning. The making of a society is the finding of common meanings and directions, and its growth is an active debate and amendment under the pressures of experience, contact, and discovery, writing themselves into the land. The growing society is there, yet it is also made and remade in every individual mind. The making of a mind is, first, the slow learning of shapes, purposes, and meanings, so that work, observation and communication are possible. Then, second, but equal in importance, is the testing of these in experience, the making of new observations, comparisons, and meanings. A culture has two aspects: the known meanings and directions, which its members are trained to; the new observations and meanings, which are offered and tested. These are the ordinary processes of human societies and human minds, and we see through them the nature of a culture: that it is always both traditional and creative; that it is both the most ordinary common meanings and the finest individual meanings. We use the word culture in these two senses: to mean a whole way of life–the common meanings; to mean the arts and learning–the special processes of discovery and creative effort”
    Raymond Williams “Culture is ordinary” a N. McKenzie (ed.), Convictions, 1958
    Millor llegir això mateix en tota la seva riquesa i complexitat a Raymond Williams, Cultura i Societat (1780-1950), Barcelona: Laia, 1974.

    • Rubén Martínez says

      Gràcies Josep, encara que no entenc massa bé el teu comentari, és una mica borrós. Que l'”alta cultura” està associada a “la cultura ho és tot” és una mica extravagant, no?

      A “Culture is ordinary” Williams s’enfronta a l’estètica idealista i al marxisme estructuralista. Aquest és el seu objectiu principal. Ell està influenciat per totes dues tradicions, especialment per la segona. La complexitat inicial de la seva recerca sobre cultura prové d’entendre que no pot haver-hi una anàlisi materialista de la cultura que trenqui amb la idea d’una producció transcendent (i elitista) sense acceptar abans allò que ell considera un falta de mires del marxisme. Williams defensa que sota les nocions de base-superestructura s’amaga un determinisme economicista que no deixa espai a la producció de subjectivitat com a forma d’emancipació social.

      El més interessant i alhora bàsic de Williams és que entenia la cultura, les formes de vida que es produeixen en comunitat (cultura comuna, ho anomenava), com una forma de fer política. Si llegeixes la crítica que Williams fa als Salons de te és exactament igual que el relat que va sortir als medis sobre el violinista al metro de Washington. Un relat absolutament meravellós.

      • Jordi Oliveras says

        No estic segur de si entenc prou bé el debat, però el que jo no interpreto a partir de la cita de Williams que reculls, Josep, és que l’espai per la cultura com a part de la comunitat sigui el corresponent al “contingut antropològic”, i el reservat a l’exploració i innovació es refereixi a les arts i l’alta cultura. Crec que hi ha llenguatge comú en els dos àmbits i hi ha exploració i innovació també en els dos, i entenc el que diu el text que cites des d’aquí.

        Pel mateix motiu, no entendria que descartéssim la música del violinista del nostre àmbit d’interès. Són materials que han tingut i tenen sentit per uns grups socials i que probablement són re-apropiables i susceptibles de noves lectures en nous contextos socials, històrics, i també subjectius. En aquest sentit, entenc que la re-contextualització espacial que ha assajat el Washington Post no ha aportat gaire sentit a ningú, excepte als observadors de l’experiment, però la proposta final del Rubén d’apostar per l’entrada gratuïta als concerts tampoc m’entusiasma, ja que crec que tampoc fa gaire per una ressignificació que, ja posats en el tema, a mi em semblaria interessant d’assajar.

  3. Rubén Martínez says

    Molt d’acord Jordi. Tampoc descartaria en absolut la música del violinista (si és això el que es desprèn del text, m’he explicat molt malament, espero que no!) El que assenyalava era la intenció que hi ha darrere d’una proposta com aquesta del WP i l’esbiaix de les conclusions que van extreure els medis. En el fons, crec que les seves conclusions ja estaven escrites abans de l’ “experiment social” o, dit d’una altra manera, que és la idea de cultura i de societat més assumida pels medis. Ningú ha fet menció que la notícia és del 2007 i, de fet, crec que tots assumim que, estem al 2014, però els medis segueixen igual.

    El que comento al final no vol ser una proposta pròpia, sinó que volia mostrar de manera simplista que ja existeixen accions amb resultats que van en una direcció inversa a les conclusions del WP. El missatge final és com dir “si miréssiu amb més deteniment el que ja passa, pot ser, ho entendríeu millor”. No crec que l'”accés a la cultura” (una noció força grollera) es resolgui amb entrades gratuïtes ni que hi hagi una aposta de ressignificació inherent a aquestes pràctiques, encara que això és un debat moooolt llarg que està al cor de les polítiques culturals, com bé sabeu.

  4. Josep says

    Una salutació cordial a en Rubén. I un reconeixement a la seva capacitat de provocació intel·lectual.

    I si els del Washington Post haguessin volgut demostrar que oferir pública i gratuïtament el violinista Joshua Bell, tocant Bach, és com donar margalides als porcs?… I què n’hauria dit Williams?

    Raymon Williams, net de peó caminer i fill de guardavia(1) , contra tot pronòstic, va estudiar a Cambridge on es va jubilar com a professor d’Art Dramàtic (1974-1983).
    El seu origen social i la seva trajectòria el fan un intel•lectual singular. Capaç de desmarcar-se de les desqualificacions fàcils de la cultura comú i vulgar (de vulgus, poble). I en aquest sentit defensor de la cultura ordinària. Molt sovint basada en la tradició, però viva i, per tant, protagonista en el procés de construcció de la realitat social. Però també conscient del valor de la cultura “de difícil accés”, la virtut més important de la qual és el valor que atribueix a l’originalitat i la innovació, als codis de la qual tant li havia costat accedir (aprendre), contra la cultura intranscendent que segons quina indústria cultural havia dissenyat per al consum de la majoria . I que tan abusiu trobava que, sense reparar en el detall, fos etiquetada de burgesa, per desqualificar-la des d’alguns discursos crític, en ocasions generats per algun insigne i desencantat fill de la vella a burgesia.
    Raymond Williams trobava més l’efecte de la classe en el control de la distribució i l’accés a la cultura que en les mateixes manifestacions culturals. I aquest accés li semblava més restringit i opressiu en determinats salons de té de Cambridge (2) que en les aules de la Universitat.
    La finalitat de l’experiment de WP cal buscar-la dins de la lògica que els hi és pròpia, la mediàtica (que és la de l’espectacle i de l’audiència, d’una determinada audiència). Però, encara que sigui sense voler-ho, en recorda dues coses:
    1- La dimensió cultual (ritual) de la cultura. De tot tipus de cultura, però especialment d’aquella que es defineix com una cosa extraordinària, pròpia d’un àmbit de significació separat de la vida quotidiana.
    2- Les barreres a l’accés a determinades manifestacions culturals no es redueixen a les barreres físiques ni a les econòmiques (tot i la dificultat que representa dir això en mig de les super-retallades). Són molt més eficients les associades a la desigual distribució del capital cultural.
    Tant el gust per Bach com les circumstàncies socials en les quals cal apreciar-lo, són apreses. I la definició de porc i margarida, socialment construïts. Però que això no serveixi de pretext per que ens donin un mal pinso.

    (1) De quan els trens passaven pel mig de la ciutat i a cada pas a nivell hi havia un senyor, amb la seva família, vivint al costat de la via, encarregat de fer-la baixa cada vegada que passava un comboi.
    (2) Imagineu-vos un saló de té pensat per la mena de gent que freqüentava Cambridge, la decoració, els paraments de la taula, vaixelles, coberteria, l’actitud del servei, les expectatives que generava tot plegat en termes de modus i maneres per a un fill de guardavies.

Continuant la discussió

  1. Tu cultura es algo ordinario | LEY SECA linked to this post on 01/08/2014

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