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Un rey moderno

Escrit el 09/07/2014 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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Traducción de Un rei modern

Un rey moderno (retrato de aparato digital)

Los últimos días se ha escrito y dicho, muchas veces, rey moderno. ¿Qué es eso? Una fotografía en El Día, bajo el titular Felipe VI: un rey moderno con una misión muy difícil, nos ofrece algunas claves de lectura. Una imagen transparente como un vaso de ginebra desvela el oxímoron. Se trata de un retrato de aparato digital, quizá mecánico, en todo caso no pictórico, donde aparecen el rey y su familia.

foto família

Un hombre, una mujer y dos niñas sobre un fondo vegetal. Detrás de las plantas, asoma un muro de aparejo cerámico. No estamos en el bosque. La mujer es ostensiblemente más pequeña que el hombre. Su cabeza parece descansar sobre el pecho de él. Lo hace con cuidado, apenas lo toca (el esternocleidomastoideo está tenso como el cabo de un velero en plena ceñida). La caída del pelo no parece alterarse con el contacto de la americana a cuadros. Lo mismo pasa con las manos del hombre. La manga de ella parece arrugarse algo bajo la leve presión de los dedos. En realidad, es como si los dedos no la apretaran. Están juntos, antes que tocar, antes que magrear, los dedos la contienen. En la otra mano, los dedos se abren en abanico, como si la mano se apoyara sobre el hombro de la niña de la izquierda. Pero tampoco acaba de apoyarse, la mano. Colocada a una altura indefinida del brazo, entre el deltoides y el tríceps braquial, la mano bien podría no estar tocando a la niña. Tan solo conteniéndola.

Si las niñas y la mujer no estuvieran aquí y el hombre mantuviera la misma posición, aguantando así los brazos, en suspenso, no se cansaría más de lo que se cansa ahora.

A primera vista parece una familia burguesa… de la Moraleja o de Sant Gervasi. Sin embargo, si la familia burguesa se representa a sí misma desde la intimidad, la imagen apunta en otra dirección. Para empezar, el fotógrafo está con más gente. La dispersión de las miradas de los cuatro retratados nos indica que al otro lado, allá donde ahora estamos nosotros, hay cierto trajín, una corte.

El hombre mira al fotógrafo, es decir, a nosotros. El reflejo en sus pupilas nos lo confirma. Nos mira con una extraña sonrisa. Quizá supervisa la ejecución del fotógrafo. Sin dejar de ser amable (la mejilla de la derecha se arruga para dibujar una sonrisa), mostrando los dientes le recuerda que “tiene que disparar bien la cámara”. Antiguamente, la voracidad de los reyes conquistadores con frecuencia venía referida por leyendas sobre su dentadura. Se decía que Luís XIV nació con dientes, que tuvo que cambiar ocho veces de nodriza porqué les desgarraba los pechos. En todo caso, ahora basta con disparar bien la foto. A los reyes o se les pinta (como Manolo Valdés, Ricardo Macarrón y Antonio López) o se les dispara.

La mujer, con la cabeza a 30o respecto de la vertical, forzosamente tiene que ver el mundo inclinado. Parece fijar la atención en un punto mucho más lejano que el hombre. A pesar del peinado Franz Liszt y la cabeza ladeada, no es la mirada ensimismada del romanticismo. No hay abandono de sí ni un cobijarse en el pecho del amado. Por supuesto, ni rastro del ennui del XIX. Su sonrisa es la de quien recuerda sin nostalgia. Un huir antes que una añorar.

Las miradas de las niñas, debajo, se abren en casi perfecta simetría. Una tiene los ojos castaños; la otra, azules. La de la izquierda parece mirar con compasión los infructuosos intentos de alguien que trata de arrancarle una sonrisa. Mira en horizontal. Quizá es un asistente en cuclillas que le dice “luiiiis”. Su mirada es la de quien al inspeccionar a un subordinado inútil, se le congela la sonrisa. Es sorprendente en una criatura tan joven. Recuerda a la mayestática mirada de las hijas del zar Nicolás II. Contrariamente, la mirada de la niña de la derecha sí parece interesarse en algo que llama su atención desde un punto más elevado. Si se tratara de una familia real y no Real, pensaríamos en su abuelo haciendo glu-glu-glu o agitando las llaves del Renault. Quizá mira a una dama de compañía o a una gobernanta.

La fotografía es buena. Pero no pertenece a su tiempo. Paradójicamente, es por eso que explica más cosas. Los reyes modernos, que en rigor pertenecen al periodo moderno, fijado más o menos, entre 1453 y 1800 (después tendríamos que llamarles “reyes contemporáneos”, si es que esto tiene algún sentido), los reyes modernos, decía, como los de la fotografía, se retrataban con los códigos morales del retrato burgués. Cuando lo hacían con la reina y los hijos, se disponían como una familia, aunque no lo fueran. En el Antiguo Régimen aquello que para un burgués constituía una familia, para un príncipe constituía una Casa. La familia Gómez versus la Casa de Alba; la familia Ortiz versus la Casa de Feria. No está de más recordar que antiguamente, familia designaba el “conjunto de criados y esclavos de una casa” (familia deriva de famŭlus que significa criado). Se entiende entonces que un mundo de amos y esclavos, los criados formaran una familia al servicio de la Casa que los explotaba.

La fotografía del rey, como un retrato del siglo XVII, representa la casa de Borbón como si fuera la familia Borbón. Así, lo que es una institución intemporal se actualiza a través de una representación concreta que alude a la humanidad de un rostro. Los bancos, las farmacéuticas y las compañías de seguros también recurren a esta treta cuando construyen su branding.

En tanto que el artista, en términos del Antiguo Régimen, siempre está por debajo del rey, es comprensible que el retrato de aparato sea la colisión entre una casa aristocrática expuesta a la mirada de un ojo burgués, que sólo puede comprenderlos como familia; esto es compartiendo la misma cama (como los criados); un sólo hogar (como los criados) y con unos lazo familiares fortalecidos también por el afecto y el sexo. En la fotografía apenas vemos carne, la necesaria, no más. Podrían haberse retratado como dioses olímpicos. Disponemos de antecedentes. De hecho, aunque la mujer no nos remita a Diana Cazadora (caracterización habitual en los retratos de corte), las chaquetas de las niñas sí podrían servir para una montería.

La fotografía explica aquello que sólo puede explicar: No miramos una familia, miramos una Casa. Una Casa, por otro lado, fuera del tiempo. A fin de cuentas, el modelo familiar que tratan de simular está en extinción. Lo que antes se llamaba “protección” (el padre) ara sólo lo comprenderíamos como confinamiento (las manos del hombre delimitan un contorno que ninguna de las tres puede traspasar). El rey mira una de sus posesiones, el fotógrafo que dispara la foto. La reina, que sí ha pertenecido a una familia y que, por tanto, no se significa por su pasado, sino por su futuro, mira hacia la lejanía.

I la lejanía, claro, la ve inclinada. Ladea la cabeza. La construcción de su futuro pasa por un pasado que le es ajeno. El rey es moderno porque a diferencia de ti y de mí, no puede ser contemporáneo. Los reyes contemporáneos o bien han renunciado a la corona o bien han renunciado a su cabeza.

les filles del Tsar Nicolau II

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