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Septiembre y el capital

Escrit el 06/09/2014 per Lucia Lijtmaer a la categoria Una más y nos vamos.
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“Agosto, fines de agosto
cede ya
a una imprecisa delicia nocturna
qué baja? De qué cielo?
Hacia el gran río
hacia el gran río perdido”.

Juan L. Ortiz

 

Hemos llegado sin comer. Contemplamos los tejados grises de un lugar hermoso y tenemos hambre. Tenemos tanta hambre, entiéndanme, que hasta nuestras uñas rugen. Disfrutamos de la vista, bajamos al parque y empezamos el mismo juego, aquel que ocupa todas las vacaciones. Ni siquiera hay que mentarlo, simplemente basta con dejarse llevar y estar. Es aquel en que juegas a vivir en otro espacio, oh, si pudiera, si no tuviéramos que volver a casa, con esas rutinas y regar las plantas, comprar el pan, pagar las facturas.

Hay una versión más conocida de este juego, a medida que avanza el verano: el cálculo de cuanto costaría vivir de un chiringuito en una costa barata al compararlo con el día a día metropolitano. Suele ir acompañado de expresiones del tipo: “aquí la gente se ocupa de lo verdaderamente importante”, o “nos hemos olvidado de la calidad de vida”. Esto hoy aquí es imposible.

En esta ocasión miramos los techos de esa ciudad tan bella, bajamos a por un bocadillo y fingimos ser de ese lugar para olvidar que a veces hablamos de hacienda, de seguros, de continuidad y de hacer deporte para evitar la resaca.

En ese trayecto hasta el parque, bocadillo en mano, veo a un japonés haciendo fotos a un monumento y llega un recuerdo como una bofetada.

 

Solíamos bromear sobre salir en las fotos de los demás. En aquella ciudad enorme, cada vez que quedábamos era en la plaza más concurrida por los turistas y todo lleno de olor a cebolla frita. Nos sentábamos por ahí cerca, en el entresuelo de un edificio de ochenta plantas dónde tomábamos un mejunje muy azucarado que hacía que dijéramos muchas tonterías y planeáramos viajes larguísimos. Ahí empezamos a bromear: ¿en cuantas fotos de otros estaremos? Sí, vivíamos en una ciudad turística, tan turística como Barcelona, y cuando yo te esperaba en la plaza llena de gente siempre había algún japonés que nos pillaba, a ti o a mí, y yo sabía que cuando llegara a casa tu barbilla, o mi pelo, o una manga estarían en una esquina, cortados, en esa foto de un señor japonés para siempre, jojojo.

(He estado en París. París es hermoso, y sin embargo, no me dice nada)

 

Las vacaciones se han convertido en uno de los pocos espacios en los que nos está permitido soñar, acotadamente, con lo que quisimos ser y lo que nos hubiera gustado tener. Es el espacio de juego legal, circunscrito a un consumo que se nos permite y fomenta: nos lo merecemos, lo necesitamos, nos lo hemos ganado. Irse de vacaciones es normal, ¿quién va a negártelo? Pero hay algo con lo que no se cuenta, y está: ese material, ese espacio, aquello inalcanzable con lo que uno sueña.

A veces viajamos hasta ahí. Y en el rumor de un tejado a veces nos acordamos de algo. 

Llego tarde para encontrarme contigo en la estación y abro los ojos y ahí estás, con tu aliento a clorofila y en ese tiempo aún no hemos oído hablar de Instagram. Me pregunto qué pensarás ahora de la gente que se hace fotos en las redes, cuantos codos y barbillas hay por todas partes, replicados, y nosotros no tenemos nada, no había internet creo, nosotros, que aprendimos lo que era una petaca, un análisis de sangre, dormir en sacos en carretera, el precio de una botella barata de vino, un vuelo low cost, una vida a destiempo. Peret morirá la semana que viene y no lo sabrás, caracangrejo, caracangrejo, y otra garganta cercenada, otra más, pero eso no importa, está fuera de aquí.

(París es, objetivamente, una ciudad preciosa y sin embargo).

Después a mí se me cae el bocadillo en la hierba.

-¿Te pasa algo?

-No.


Una resposta

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  1. Antonio Esquivias says

    yo también he hecho cálculos de cuanto me gustaría trasladarme y vivir en donde he pasado el verano, solo que yo lo he pasado en Marruecos, que suena a muy lejos y a mucho cambio. Es una ensoñación a la que me he dejado llevar, con mi pareja… la vida que vivimos en la ciudad, mi caso Madrid, no nos gusta, no nos llena, … o quizá siempre seremos insatisfechos permanentes y si me voy a Marruecos también acabaré soñando de nuevo con cambiar de vida, ir a otro sitio… Yo este año me he tomado en serio lo de cambiar al chiringuito y me vuelve y me vuelve… con el efecto de que soy yo quien no vuelve a la ciudad, que se me cae encima especialmente, yo ya se que si no piensas las cosas, si no las sueñas no las vive… estará cambiando algo?



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  • enric: Grácies Ramon. Ho descrius amb molta profunfitat i bellesa.
  • Bani: He sentido a menudo las mismas cosas pero jamás hubiera sido capaz de expresarlas tan bien… Una abraçada
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  • Fausti: No ho descriguis tan bé, coi!

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