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La innovación social es de clase media

Escrit el 12/10/2014 per Rubén Martínez a la categoria Lotería de palabras.
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Hemos escuchado con insistencia absurda que la crisis es una oportunidad. Si uno se para a contar las veces que ha oído eso es posible que sean tantas como el típico “¿qué tal va todo?” o incluso el “buenos días”. También es cierto que depende del numero de conferencias TEDx que hayas visto en directo o en youtube, en ese caso, el número se dispara a lo loco.

El sustento de esta afirmación a veces se decora con una argumentación bastante bizarra: “crisis, en japonés, también significa oportunidad”. He escuchado varias veces esa frase acompañada con un tono entre turbio y pedante. Algo tipo “no habías pensado en el japonés mientras ves cómo desahucian a la gente, verdad chaval?”. Creo que todos tenemos ese tipo de manías que, por su nivel de tontería, son inconfesables. Una de las mías es que no soporto cuando se acude a la etimología de otros idiomas para argumentar un proceso político de escala macro o cuando se empieza un texto con una definición de la RAE. Como si hubieran instituciones neutras que contienen dosis de verdad atemporales de las que puedes echar mano para explicar el carácter de una crisis sistémica. Es una tontería. Seguro que no todo el mundo que acude al japonés para analizar cualquier cosa es una mala persona. Manías.

El caso es que hace unos días me saludaba de nuevo esta frase. Fue durante una conversación con una de las personas que coordina el Hub Madrid, un espacio de trabajo compartido ubicado en el Barrio de las Letras. En esta ocasión, la frase salía para ser desmentida. La coordinadora de comunicación del Hub Madrid me decía: «que la crisis es una oportunidad muchas veces sirve para disfrazar los niveles de precariedad que padecemos quienes intentamos encontrar una forma de autoempleo digna. La crisis es lo que es, pero hacemos lo que podemos para poder vivir en todo tipo de condiciones». Hice tres pliegues con mi prejuicios, los apreté fuerte con las dos manos, me los tragué y seguí escuchando. Pensé que en este espacio de co-working de emprendedores sociales situado en un barrio céntrico encontraría el típico discurso insulso, de pensamiento feliz, acomodado y cargado de optimismo emprendedor. Y no fue así.

Muchas veces se nos pasa por alto que no todos y todas somos iguales y que es un poco tramposo pensar que realmente podemos colaborar entre pares

Pero tampoco pude dejar de pensar en quien me lo decía. Tenía delante a una persona cualificada, con estudios universitarios avanzados, que había realizado tareas de comunicación para diversas empresas e instituciones. Una persona parecida a mi. Pensé que esa capacidad crítica sobre un discurso que intenta desplazar las condiciones reales bajo las que alguien se lanza a emprender no ha sido accesible para todo el mundo. Que, de hecho, hay gente que ni tan solo puede plantearse la posibilidad de emprender y que eso de la crisis es una oportunidad puede operar de muchas maneras. Es lógico que alguien que ha sido desposeído, no ya de su posibilidad de movilidad social, sino de aquellos recursos básicos que sustentaban su vida, no le quede otra que pensar que la crisis tiene que ser una oportunidad. Muchas veces olvidamos que creímos ser clase media y que eso sigue afectando en cómo miramos nuestro entorno. Muchas veces se nos pasa por alto que no todos y todas somos iguales y que es un poco tramposo pensar que realmente podemos colaborar entre pares.

En un momento de crisis en el que se incrementan las desigualdades sociales, las instituciones públicas suelen apelar al fomento de los procesos de emprendeduría social y de innovación social como vía para paliar los efectos de la crisis. A quienes tenemos una mínima posibilidad de ser “emprendedores” ya que, por lo menos, podemos explotar nuestro capital social y cultural acumulado, este discurso nos puede sonar ambivalente, confuso, pero también seductor. No se trata de abrazar las dinámicas de oferta y demanda del mercado como si fueran mecanismos neutros y democráticos, pero tampoco de contemplarlas de manera distante como el que mira una fogata. Si ni mercado ni Estado han sido capaces de resolver necesidades sociales básicas, si ni una ni otra esfera han conseguido garantizar derechos universales o mecanismos de redistribución sino más bien erosionarlos, la solución tal vez pase por formar parte de prácticas con un fuerte compromiso social. Sumarse a ese grupo agroecológico, defender el uso de la bici para ir de casa a la oficina, formar parte de esa cooperativa de energía renovable o tener una cuenta en la banca ética. Hay otras formas posibles de institucionalidad social en este tipo de prácticas, unas que prometen ser más sostenibles y que lograrán paliar los efectos sociales y ecológicos del antiguo paradigma. Pero ¿realmente pueden estos procesos de innovación social afrontar los impactos de la crisis? ¿de qué impactos hablamos exactamente? ¿todos tenemos las mismas necesidades básicas?

La gente más rica no tiene necesidad de innovar socialmente y la gente más pobre no tiene recursos para responder de manera autónoma a sus necesidades

Preguntas parecidas son las que han guiado una investigación en la que he tenido oportunidad de colaborar. Una investigación titulada Barris i Crisi, centrada en analizar las dinámicas de la crisis en Cataluña. El objetivo de esta investigación es doble. Por un lado, analizar los diferentes impactos que ha podido tener la crisis en diferentes barrios del territorio catalán. Por otro lado, analizar las prácticas sociales que han querido dar respuesta a esos impactos. Algunos de los resultados son un poco estremecedores y están íntimamente relacionados con aquellas demandas sociales que la antigua clase media tenemos capacidad para resolver y aquellas que no.

Uno de los elementos que incide en los procesos de segregación social en el territorio urbano es el acceso a renta. La capacidad de cada individuo o unidad de convivencia para elegir en qué lugar de la ciudad queremos vivir está en gran parte determinada en función de nuestra renta económica. En ese sentido, la renta urbana actúa como factor de segregación social, dotando de mayor libertad de elección en el uso del espacio urbano a ciertos grupos sociales pudientes a la vez que actúa como dispositivo de control respecto a la movilidad residencial de las comunidades más desfavorecidas. Esta investigación nos ha permitido analizar de manera bastante clara la desigual distribución territorial de los impactos sociales de la crisis. A partir de esta investigación, se resalta el carácter estructural y metropolitano de la segregación urbana –la distribución no homogénea de diferentes grupos sociales en el territorio– y cómo el efecto de la burbuja inmobiliaria no ha hecho más que incrementar esta distribución territorial desigual. Esto significa que la crisis no solo afecta más a unas personas que a otras, sino que se ha incrementando la distancia entre los barrios donde viven grupos sociales con más recursos y los barrios más desfavorecidos. No es de extrañar que esto ocurra en regímenes urbanos capitalistas que favorecen los procesos de segregación social en el territorio, pero parecía necesario destacar esas evidencias con datos empíricos.

La capacidad de acción de emprendedores sociales y de los procesos de innovación social tienen un techo muy claro, sobre todo cuando hablamos de garantizar las condiciones de vida de toda la ciudadanía

Una vez teníamos esos datos, comparamos este análisis de la segregación urbana en contextos como el área metropolitana de Barcelona con un mapeo de prácticas de innovación social situadas en el territorio, es decir, bancos de tiempo, huertos urbanos, grupos locales de energía renovable, grupos de consumo, espacios autogestionados, etc. Al comparar esa distribución de diferentes perfiles socioeconómicos en el territorio barcelonés con los lugares donde se localizan ese tipo de prácticas de innovación social, aparece una conclusión reveladora. Los lugares donde se concentran estas prácticas socialmente innovadoras no son los lugares donde reside la gente más rica o la gente más pobre. La gente más rica no tiene necesidad de innovar socialmente y la gente más pobre no tiene recursos para responder de manera autónoma a sus necesidades. A esta explicación le acompaña una conclusión paralela que hemos visto en la investigación: esos procesos de innovación social son una cosa de la clase media. O, dicho de otra manera, la (antigua) clase media tenemos capacidad para organizarnos y resolver algunas demandas sociales, pero no los problemas más perseverantes que actúan de manera estructural.

La capacidad de acción de emprendedores sociales y de los procesos de innovación social tienen un techo muy claro, sobre todo cuando hablamos de garantizar las condiciones de vida de toda la ciudadanía o cuando nos enfrentamos a los efectos que han producido la falta de mecanismos de redistribución que aseguren unas condiciones iguales para todos y todas. Creo que más que grandes conclusiones, esto hace más complejo nuestra tendencia a pensar que “la crisis agudiza el ingenio”, que “la crisis es una oportunidad” o que “la inteligencia colectiva puede responder demandas que ni mercado ni Estado son capaces de resolver”.  Muchas veces olvidamos que venimos de ser (o de creer ser y pensar como) clase media y que sin instituciones públicas que garanticen derechos universales y mecanismos de redistribución, solo podremos solucionar demandas parciales o diseñar algunos parches de alcance limitado. Es ridículo negar la sociabilidad que puede producirse en un huerto urbano, pero no imagino una innovación social con mayor capacidad de transformación que la puesta en marcha de verdaderos mecanismos de redistribución.


19 Respostes

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  1. Asier Gallastegi Fullaondo says

    Muchas gracias Ruben. Creo que aportas claves certeras. Los datos apoyan las intuiciones. Me cuidaré mucho de comenzar una explicación con filosofia oriental aunque cada vez encuentre más respuestas en esa manera de vivir la vida. Rastros de alguién que se creyó clase media. Abraz

    • Rubén Martínez says

      Gracias Asier :) Conste que mi problema es con los aforismos típicos del management empresarial, que me parecen poco menos que un levantamiento de camisa. Abrazos!

  2. pedro jiménez says

    Pues muy de acuerdo en el fondo y en la necesidad de no sustituir a lo público. Aún así necesito hacer un matiz, quizás para de una manía personal al centralismo y a la ciudad grande como único paradigma; tu análisis me suena a que es un problema sobre todo de la metrópolis. Intento explicarme ¿cuántas prácticas como las que nombras del mapeo son autonombradas así? ¿cuántos procomunes invisibles hay por encontrar? Me refiero que a un rasgo importante de los que somos clase media es que nos gusta, porque tenemos acceso y capital simbólico suficiente, comunicar y contar lo que hacemos. Ahora mismo pienso en las cooperativas de Marinaleda, en los huertos de Granada que organizan las asociaciones de parados, en los de Sevilla que son muy anteriores a que se pusieran de moda, a las miguitas o la economía del trueque en labores (“yo te hago una manta de crochet y tú me haces una rebequita de punto pa mi nieta”)… yo percibo, no me dedico a investigarlas jeje, que hay muchas formas de autoorganización y sobre todo de paliar la situación de crisis que también se dan fuera de la clase media y que probablemente no necesiten autonombrarse así. O que a veces nos olvidamos de ellan porque no necesitan comunicar más allá de su incidencia.

    Besos desde el matiz

    • Rubén Martínez says

      Hola Pedro, pues muy buenos matices.

      Respecto a si algunas prácticas se auto-identifican como “innovación social” o no, creo que no es tanto la clave. El tema de fondo es qué tipo de relaciones Estado-mercado-sociedad civil emergen de una práctica u otra. También, el uso instrumental que se puede hacer de esas prácticas –aunque sea discursivamente– por parte de instituciones públicas o por parte de entidades privadas que las perciben como espacios potenciales de nuevos mercados. No creo que sea bueno tipificar señalando qué es o qué no es “innovación social” (personalmente, el término me da una pereza extrema) sino porqué se acude a esa narrativa.

      Por otro lado, la cuestión de quién y cómo se producen espacios de autosustento o de sociabilidad comunitaria, estoy contigo que es muy complicado generalizar –o, más bien sirve de poco– si uno quiere entender la complejidad de cada circuito local. En cualquier caso, la pregunta es cómo podrían funcionar las cooperativas de Marinaleda o los huertos de granada sin una relación institucional. Sea tensa, notablemente problemática o de acuerdo mutuo. Siempre va a haber dependencias de “lo público”, sea por la ley de cooperativas, por el tipo de cesión de uso que se hace de los vacíos urbanos o por normativas urbanas varias. El cambio institucional, sin duda, puede venir empujado por esas iniciativas locales y en red, pero no ha habido históricamente un cambio institucional con capacidad de cambiar las relaciones de poder, de redistribuir recursos de manera equitativa, de producir nueva norma, son antes tener capacidad para producir nueva institucionalidad. Incluso el feminismo, al que a veces se acude para hablar de “cambios sin tomar el poder”, ha situado de manera hábil y políticamente inteligente en ámbitos como la academia, instituciones municipales o en la planificación pública de la economía. Nos hacemos un flaco favor si pensamos que el feminismo (o los feminismos) han tenido capacidad de cambio institucional por las manifestaciones en la calle. Todo eso es lo que prefigura “lo público”, que es a lo que voy, y no tanto una simple demanda de “más Estado”, que por sí misma no asegura absolutamente nada.

      Por último, y perdona si suena feo, creo que las percepciones de cada uno están mediadas por lo que sabemos que sabemos pero también por lo que no sabemos que sabemos. Confiar en la intución es maravilloso, pero poder analizar detenidamente cómo operan ciertas prácticas para entenderla mejor, muchas veces te sitúa en lugares que, intuitivamente, no podías ni imaginar. Se suele creer que investigar le resta a uno imaginación y capacidad creativa. Creo que es justo al revés, la investigación es un ejercicio creativo sin parangón.

      Abrazos

  3. pedro jiménez says

    No me suena feo, si lo que digo es que hablo desde la no investigación porque no tengo datos empíricos. Para todo lo demás sabes que estoy completamente de acuerdo. :)

  4. Jordi Oliveras says

    A mi esto me inspira estas preguntas:

    Puesto que interpreto que el final, donde hay una referencia a “los verdaderos mecanismos de redistribución”, se refiere a las administraciones públicas, y siguiendo el argumento del texto, me pregunto si tomar las instituciones del estado no será también de clase media (aúnque sea de esta clase media que no existe).

    Me pregunto también si, por ejemplo, la creación de una banca ética no es un modo de intentar tomar el poder económico, que en el ámbito político está determinando las decisiones, con intención de redistribuir la riqueza, y con similares oportunidades de éxito a otros caminos. Lo mismo podría decir de Som Energia en relación al poder de las grandes empresas de energía, y de otras iniciativas sociales.

    • Rubén Martínez says

      Buenas Jordi,

      En nuestra ciudad, hay una cosa clara: ni los planes generales metropolitanos (desde el primero hasta las versiones posteriores) o la llei de barris no han conseguido producir una ciudad igualitaria. Parece que una de las capas donde la democracia municipal no actúa (el suelo, la propiedad) es un eslabón invisible en las políticas de ciudad pero es justo la capa que mayores desigualdades provoca. Si preguntas a la Gerencia de Vivenda, dirán que no tiene competencias para asegurar vivienda para todos y que las cooperativas de vivienda molan. Si preguntas a Urbanismo, dirán que todavía hay maneras de producir ventaja competitiva sobre el territorio (como las “reformas” en el Port Vell o el proyecto Smart City). Pero ni unos ni otros tiene idea de cómo asegurar el derecho a la vivienda o evitar la recalificación urbana que produce segregación social, gentrificación, etc. Parece que la única solución efectiva para evitar ese desgobierno sobre el suelo es su remunicipalización. Eso, para unos, es un atentado contra la libertad. Eso, para otros –me incluyo– es una intervención pública para garantizar derechos. Mientras se piensa en la propiedad como garantía de la libertad individual, hay distritos (como Nou Barris) que acumulan las peores cifras en renta familiar, paro, niveles de cualificación, etc. Revisar estas cifras en el Idescat le da a uno una idea de qué ciudad hablamos y, también, con una tristeza absoluta. Mientras, el capital financiero campa a sus anchas aprovechando ciclos de valorización del suelo y ciclos de desvalorización.

      En ese y no en otro estado de cosas o hay instituciones que tengan capacidad de actuar a una escala metropolitana y, con delegación y control social, pueden hacer políticas efectivas o me parece que hablar de redistribución es pura mística. Eso ni va en contra ni tiene porqué ahogar a instituciones sociales que actúan a nivel de barrios o que tienen cierta capacidad (que habría que medir bien) para servir a todas las capas sociales.

      Desde mi punto de vista, la pregunta es cómo producir instituciones públicas con delegación y control de mandato, con mecanismos de participación ejectivos y con capacidad para intervenir en espacios mercantilizados. Lo que el Estado tenía de Bienestar respondía a conquistas sociales (que no eran muy de clase media, la verdad), y no a un dispositivo abstracto y ahistórico. Eso ya no funciona ni se le espera, por lo que parece necesario una combinación compleja y situada de instituciones públicas, instituciones públicas-comunes y de instituciones autónomas. Con tensiones entre ellas, pero con garantía de derechos. Probablemente es falta de imaginación política, pero la realidad existente es desigual y los problemas estructurales son perseverantes.

      • Jordi Oliveras says

        Gracias Rubén por el comentario y la información, pero no he sabido ver que entres mucho en las dudas que planteaba. Por un lado no necesitaba convencerme de que algunas cuestiones necesitan soluciones y planteamientos globales, ya lo pensaba así hace unos pocos años, cuando la tendencia era hablar de lo contrario, lo sigo pensando, y esta duda no forma parte de los dos pequeños apuntes que dejé.

        Sigue pendiente el saber por qué la banca ética o las cooperativas de consumo energético son cosa de gente con tiempo y estudios, y el ocuparse de los “verdaderos mecanismos de redistribución” no, que creo que es uno de los principales argumentos de tu texto. Me dirás que hablas de clase media como estado mental, y yo te diré que prefiero fijarme en las condiciones materiales de quien toma iniciativas, sean en una dirección o en otra. A mi me parece que en el fondo lo que planteas es un cambio de táctica para el mismo grupo social que habla o hablaba de innovación social, y que el problema de quién tiene recursos para ocuparse de ello y quién no los tiene va a seguir siendo el mismo.

        Por otro lado, he de confesar que me cuesta participar con calma en este debate. En el pasado hemos oido mil veces el argumento “dejad vuestros pequeños intereses particulares, que yo os contaré cuales son las cosas importantes de verdad para el bienestar de las clases populares” y ha sido al servicio de la toma del poder por parte de unos pocos. Seguro que tu también podrías poner ejemplos de ello. También hemos oido hablar con condescendencia de las pequeñas iniciativas (brr, seguro que no es tu intención, pero la de veces que he oido “es muy bonito esto que hacéis en los barrios mientras nosotros nos ocupamos de las cosas importantes”) por parte de los que supuestamente se ocupaban de tener una buena perspectiva general. También tenemos experiencias en el pasado (esto ya parece el discurso del replicante de Blade Runner) de como se definían las instituciones autónomas en función de su supuesta función de contra-poder, lo cual en el fondo es instrumentalizarlas, imponerles una agenda, y anularlas en su autonomia.

        Seguro que no pretendes repetir estas historias, pero yo no puedo evitar que mis anti-cuerpos reaccionen ante esta música. ¿No te parece que corremos el riesgo de armar otra vez un concepto vertical de la política con trajes nuevos o apenas nuevos? Yo es lo que temo.

        Postdata: No hace falta decir que no estamos discutiendo sobre las trampas del discurso “la crisis es una oportunidad”. Sobre esto estamos muy de acuerdo. La cosa se lía cuando metemos en el saco de la innovación social todo tipo de iniciativas y empezamos a subordinar las iniciativas sociales a una visión supuestamente omnisciente de lo importante.

  5. Edu says

    Guay. Aprendo. Gracias.

  6. Ricardo_AMASTE says

    ‘La Charla final’ una canción de El Pardo que puede funcionar como banda sonora para este post http://elpardo.bandcamp.com/track/la-charla-final-2
    Sobre cierta conciencia de clase, pienso en reconocer lo que somos y contagiarnos, afectarnos, comprometernos desde ese lugar para ser capaces de ir hacia otros lugares con otras.
    Y en el inicio te he visto muy de buen rollito para lo que tu has sido ;)

  7. Rubén Martínez says

    Buenas de nuevo Jordi, gracias por las aclaraciones, solo comentar 4 cosas con intención de afinar.

    1. No opino que “la banca ética o las cooperativas de consumo energético son cosa de gente con tiempo y estudios” he acudido a un estudio de análisis comparado entre prácticas de innovación social y segregación urbana en la región metropolitana de Barcelona. No es una opinión al aire, es una conclusión extraída de un análisis empírico que, por supuesto, se puede poner en cuestión con otros datos. A partir de ese estudio se extraen conclusiones. En breve se publicará con todo detalle, pero aquí hay bastante info: http://barrisicrisi.wordpress.com/ Ahora bien, y aquí está parte de la médula de este asunto concreto del estudio Barris i Crisi: quedaría ver quien hace uso de la banca ética más allá de dónde están los proyectos que se financian con sus fondos (que es lo que mira ese estudio, lo que aparece georeferenciado en el mapa de innovación social en Catalunya). Eso sí es algo que merecería la pena investigar pero no dar por hecho sin ningún dato.

    2. No he dicho que ocuparse de los “verdaderos mecanismos de redistribución” sea cosa de la clase media. Más bien, todo lo contrario: los mecanismos de control, participación, fiscalización, producción de nueva norma vinculante a través de procesos democráticos, etc. lo que precisa es que tener más o menos poder de decisión no dependa de las rentas que uno acumule mensualmente (o históricamente). Creo que el tema interesante aquí, el tema verdaderamente rasposo es otro: la participación directa es más horizontal pero también genera más desigualdad por recursos e interés. ¿Qué mecanismo de redistribución de renta y de acceso a capital cultural se pone en marcha para que exista una verdadera elección a la hora de participar? Es decir, un elección de participar no determinada por falta de conocimiento, dinero o tiempo. Esto sí abre otro debate interesante que lo tenemos a la vuelta de la esquina. Unos dicen renta básica universal y eso nos lleva a –una ves más– la necesidad de no evitar pensar qué tipo de instituciones ponen en marcha esos mecanismos.

    3. Siento no poder entrar en lo que comentas sobre qué es importante, que no lo es, y si esto o aquello debe desaparecer, etc. Como tampoco he dicho que “hay que tomar el Estado”. En fin, no he dicho nada de eso. En el artículo, solo señalo la necesidad de “verdaderos mecanismos de redistribución”. Ese es el argumento básico del texto. Ahí está el debate político que quería poner sobre la mesa. En el fondo, es lo mismo que comentaba en este otro artículo cuando hablaba de “diseñar y defender instituciones de lo común” http://www.nativa.cat/2013/12/los-derechos-sociales-como-nicho-de-mercado/ Ese artículo es anterior al furor muncipalista, que creo es lo que está de fondo en tu comentario anterior. Y esto me lleva al último punto.

    4. Mi pregunta es ¿por qué y en base a qué mecanismos podríamos decir que la banca ética “redistribuye”?. Es una noción de “redistribución” que no entiendo. Redistribuir en términos de interés público y general supone que efectivamente repartes equitativamente bienes del conjunto de la población. Del conjunto de la población, repito. ¿Eso lo puede hacer la banca ética?. La verdad que no sabía que, por ejemplo, la banca ética pudiera grabar a las rentas urbanas más altas o a los flujos finacieros que actúan en espacios desregulados. No entiendo una redistribución que no pase por ahí. Una vez más, será por falta de imaginación polítiica…

    abrazos
    Rubén

  8. Jordi Oliveras says

    Ok. el debate tiene un montón de hilos que creo que ya no podemos abarcar aquí, pero, para recoger algo y tratar de ser más claro en alguna cosa, digo esto:

    1.- Como bien recoges en el punto 2, parece que el problema de que la iniciativa sea tomada por gente con tiempo y formación tanto afecta a las iniciativas de esto que llamáis innovación social como al de la articulación de los “verdaderos mecanismos de redistribución”.

    2.- Me parece que una de las demandas sociales que estan vivas, simplificando, la de “democracia real”, no sólo pasa por la capacidad para decidir sinó también por la capacidad para hacer, para organizar la vida en común bajo leyes distintas a las del mercado y el poder centralizado. Para mi la renta básica también debería servir para esto, para ganar tiempo para hacer.

    3.- Trato de alertar sobre como el argumento de que los “verdaderos mecanismos” son de una escala superior a la, digamos, humana-cotidiana, ya ha sido empleado en el pasado reciente -pienso en la transi- para la centralización del poder en manos de pocos. Con ello no niego que algunos problemas pidan este nivel de articulación, pero sí que pongo en cuestión que haya que focalizarse en esto negando lo otro.

    Creo que son debates viejos pero que no por ello estan muertos o solucionados. Más abrazos, Rubén.

  9. Fernando Fuster-Fabra says

    El origen de la palabra es griego κρίσις (crisi que significa decisión o jucio) y del latín crisis (cambio) por lo que no se relaciona con oportunidad directamente y dudo que “kirai” en japonés (significa peligro) tenga que ver con oportunidad.

    Lo sí es cierto es que del griego (decisión) y del latín (cambio) se intuye que “pueda requerirse una decisión hacia el cambio” que es sinónimo a una oportunidad de mejora aunque no lo garantiza al ser dicho cambio inestable.

    Seamos un poco menos ligeros al tratar la lingüística, por favor.

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