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Todos estamos en el mismo fango

Escrit el 28/10/2014 per Natxo Medina a la categoria Ho deixo anar.
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Leo el nuevo libro de Victor Lenore recién salido del horno. Se titula “Indies, Hipsters y Gafapastas. Crónica de una Dominación Cultural” (Capitán Swing, 2014) y en él se habla, sobre todo, de cómo el fenómeno hipster se ha convertido en el sistema hegemónico de significados y prácticas en el terreno de lo que hoy se llaman industrias creativas. Lenore disecciona la apropiación de toda la vida, pero adaptada a la España post 15-M.

Aunque mientras recorro sus páginas el texto me huele más a opinión visceral y a colección de experiencias que a argumentario razonado, ya me está bien. En estos tiempos de imposición y consenso forzoso, que alguien esté lo suficientemente molesto con algo como para cuestionarlo a capa y espada me parece un gesto válido. Incluso sabiendo que está cayendo en contradicciones constantes, y que su texto tiene lagunas del tamaño de una piscina olímpica. En según qué contextos, molestar es bien.

La idea fundamental de su particular intifada es que detrás de nociones como “autenticidad”, “genio”, u otras que mueven la conciencia moderna, muchas veces se agazapa una moral elitista, rancia y refractaria al cambio. Sus párrafos comentan muchas situaciones con las que se ha ido encontrando a lo largo de los años como crítico cultural. Sin embargo dejan bastante de lado un aspecto fundamental: la importancia de la organización económica de la industria musical en la configuración de este imaginario.

La misma industria que se marcó un truco de manos espectacular para hacernos creer en su momento que palabras como las mencionadas (y otras como “alternativo”, “independiente”, o cualquiera de las que suelen usarse en los medios de forma indiscriminada), no se apoyaban ni se apoyan en una estructura empresarial concreta, muy parecida a la que se utiliza para vender un coche o una lavadora.

Que Bob Dylan él solito citando a Walt Whitman ya lo tenía todo para convertirse en un icono. Que junto a él en su periodo de consolidación como figura mediática (época de pelos locos, pitillo colgante y gafas all day long) no había una manada de agentes, groupies, artistas, chóferes, abogados y RRPP que le acompañaban hasta al lavabo. Y quien dice Dylan dice cualquiera de los grandes iconos de la época dorada de las discográficas. El cánon del pop-rock mundial.

En el libro, Lenore se quita de encima demasiado pronto el asunto del llamado “consumo responsable”. El autor cuestiona la costumbre que tienen los llamados “hipsters” de trasladar cualquier activismo posible u oposición política real al terreno del consumo. En vez de apuntarse a una asamblea de barrio, come orgánico y de proximidad. En vez de manifestarse en la plaza, compra café de comercio justo. En vez de montar una cooperativa, se compra una bicicleta plegable. Y así hasta el infinito.

Lenore infiere de esto que, aunque aparentemente el “hipster” parece tener conciencia social, en realidad sólo está perpetuando el ciclo de la individuación, que en su caso viene siempre determinado por la compra. Por el consumo privado en todo caso. Lenore parece equiparar repetidas veces lo “político” con lo “colectivo” así como con lo “alejado del intercambio económico”. En su fetichismo consumista, el “hipster” no haría política, o en todo caso, sería una política reaccionaria.

Aunque en parte válido, el argumento me resulta conflictivo por dos razones. Una, porque pienso que lo que consumimos sí que importa. Seguramente no tanto a la hora de comprarnos una camiseta. Pero sí, por ejemplo, de elegir con qué empresa domiciliamos la luz de casa. O si decidimos comprar en un negocio cercano, del que conocemos a sus trabajadores y las condiciones en las que trabajan, o en una franquicia anónima.

En ese caso no veo tanto una cuestión de individuación del consumidor como de refuerzo de una red, de una manera de hacer, de un nodo de resistencia contra otras formas de mercadeo. No será una resistencia de barricada y molotov, pero en nuestras vidas cotidianas dedicar tiempo a pensar en nuestra relación con el dinero acaba teniendo un peso que muchas veces menospreciamos, o valoramos mal.

La segunda razón está relacionada con la primera y es una cuestión de pedagogía social. Si aspiramos a compartir ciertos valores éticos, y a apuntalar una vida que nos sea amable a muchos, nuestras ideas tienen que fluir y mutar. Tenemos que renegociar una y otra vez nuestras relaciones con el dinero como repensamos nuestras relaciones con la política, la cultura o el género. Y cuantos más seamos haciéndolo, mejor. En ese sentido, veo más eficaz explicarle a mi madre las ventajas sociales de ir a la frutería de la esquina en vez de al Mercadona, que hacerle estudiar textos de Marcuse y Zizek. La guerrilla ideológica también se hace en la cocina.

Pienso además, que esta visibilización de las maquinarias económicas es importantísima en el terreno cultural, ya que sirve para dar relevancia a procesos industriales que han sido sistemáticamente obviados pero que son los que realmente han ido generando el magma de creadores, conceptos, medios, empresas y público en el que nos movemos hoy, y por tanto muchos de los escollos con los que nos encontramos hoy día a la hora de generar un caldo cultural vivo y desafiante, con futuro.

Así, en el extremo opuesto a Dylan, encontramos que el verdadero valor de un movimiento como el Straight Edge y de referentes como Ian McKaye, Fugazi y el sello Dischord, no está (sólo) en asuntos como el no beber, o no drogarse, comer vegano o defender la causa animalista. McKaye siempre ha sido muy explícito en la importancia de que los mecanismos económicos de sus actividades fueran lo más limpios y transparentes posibles. Vigilar el precio de los discos y las camisetas, las condiciones de entrada de sus shows, el posible merchandising. Mantenerlo simple y que todos los implicados en el proceso reciban un trato justo. Es ahí donde reside la verdadera independencia y el valor político de sus actos.

Y por supuesto luego está la construcción de comunidad y de códigos éticos y estéticos compartidos. Están las canciones, el talento y la poesía. Las emociones y los significados y todo lo que hace de la música algo tan poderoso. Pero por debajo, existe un andamio que sustenta el decorado. Uno que presupone fuerzas de trabajo, relaciones de poder, etc. Y es ahí donde los trabajadores de la cultura nos jugamos la supervivencia, y donde se fragua la construcción sólida de mundos referenciales comunes.

En comparación con esta filosofía, y como señala también el autor, gran parte de nuestro indie lo ha sido sólo en lo musical o estético. Al menos hasta hoy.

Para poder romper con esa inercia, tenemos que entender primero el valor de dar bien de comer a quien viene de lejos a tocar en tu bar, como suelen hacer en el Heliogábal. Para poder compartir, primero debemos establecernos como currelas con dolor de espalda, y no como genios. Como personas corrientes antes que como creadores. Como obreros precarios antes que como almas sensibles. Entendernos como seres de carne y hueso enfrentados a los problemas de lo cotidiano.

Y ser conscientes de que vendemos nuestra fuerza de trabajo como lo hace un fontanero o una conductora de autobuses, y como ellos ponemos el cuerpo, las ganas, la resistencia y la ilusión, para poder construir un entorno mejor en el que poder vivir. Una vez alcanzada esa conciencia (que algunos llamarían conciencia de clase), lo que pase con la autenticidad y los elogios… Francamente querida, a estas alturas ya me importa un bledo.


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