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¿Es posible una economía feminista de la cultura?

Escrit el 09/11/2014 per Javier Rodrigo a la categoria Decreixement i cultura, Gestió cultural comunitària, Ho deixo anar.
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En más de una ocasión me he planteado esta pregunta a tenor de diversos encuentros y discusiones con personas o colectivos que operan y viven dentro de eso que podemos denominar el campo de la cultura. Si nos acercamos a la próxima convocatoria de la I Feria de Economía Feminista en Barcelona, que tendrá lugar los próximos días 14 y 15 en Can Batlló, en la web se nombra que habrán iniciativas sobre culturas feministas.

La definición de la economía feminista, corta pero precisa que elaboran desde La Feria es la siguiente: “[se] concibe la economía en sentido amplio, como todas aquellas relaciones que establecemos entre nosotras y con el medio para alcanzar una vida digna que merece la pena ser vivida. Formas de producción, distribución y consumo que parten de las necesidades y deseos; relaciones de trabajo que huyen de la desigualdad y las relaciones de poder, que se basan en la reciprocidad, la solidaridad y el apoyo mutuo”.

Creo que es hora de replantearnos entre todxs qué podría ser una economía feminista de la cultura. Así este texto no quiere responder esta pregunta como un manual o puntos de un decálogo, sino tentativas de aspectos concretos que tenemos que experimentar cuando hablamos de este campo que llamamos cultura, y puede que estas líneas lancen más preguntas que soluciones.

En primer lugar, me cuestiono por qué no hay más prácticas y debates sobre los cruces entre los feminismos, las economías sociales y la cultura. Ya se ha discutido en estas páginas, en un texto de Aída Sánchez, sobre el colectivo Sindihogar, como una posibilidad concreta de composición política de lxs trabajadores culturales; también se ha discutido mucho de cómo existe una economía sumergida de los afectos en cultura, por ejemplo a través de capitales intangibles como se investiga en Copylove.

Otro punto clave sería repensar las divisiones de poder, perfiles y sueldos dentro del campo de la cultura. Es decir abordar la ya conocida feminización del trabajo no sólo en casa, en la empresa, o en las relaciones de la vida, sino también en las instituciones culturales. Existe una marcada distancia y una economía patriarcal de capital social y simbólico en el campo cultural (mucho de esto se basa en la hiper-visibización y la sobreexplotación del “sujeto-marca”. Cabe matizar aquí que no sólo me estoy refiero a que debería haber más mujeres directoras o artistas representadas en un museo y reducir la mirada de género a una problemática de ratio de mujeres que hay que re-equilibrar también (y que es necesaria en las instituciones públicas, ojo!). No obstante, no me parece muy transformador que al final haya mujeres directoras, o comisarixs “queer” que acaparen el mismo perfil y posición masculinos, perpetuando los modos de hacer institucionales. De hecho estas propuestas me parecen otro modo post-desarrollista de incluir cierta vanguardia radical. Quiero decir con ello, que la ratio de género puede ser simplemente una ratio más, si no se consigue con ello transformar las condiciones y estructuras reales de las prácticas y, por el contrario, se siguen perpetuando las divisiones del trabajo y la distribución de la riqueza. Por ejemplo, no creo que los museos e instituciones culturales en el Estado español lleguen a más del 10 % de su presupuesto en temas de educación, públicos y mediación, pese a ser muchas veces un tema central o mantener un cierto interés hacia lo “pedagógico”.

Aquí abrimos un punto crítico: la habitual perpetuación de una estructura de trabajo, desarrollista, productivista y obsoleta en cultura. Y esta perpetuación afecta a la consecuente redistribución de la riqueza, que es la que cabe subvertir en la economía política de las instituciones de arte y de las políticas culturales. Sería necesario desbordar estas economías para ir más allá de los consabidos discursos desarrollistas y un tanto globalizadores, presentes, por ejemplo, en la Agenda 21, en las políticas de proximidad (con su discurso regeneracionista del tejido urbano), o en el incipiente discurso de las fábricas de creación y las industrias culturales con la panacea del modelo mixto de financiación público-privado (panacea del mercado neoliberal).

Otro hilo de discusión nos lleva a repensar por qué tiene que haber una figura de director/a, como persona única para dirigir o coordinar una institución cultural o un programa, y no un grupo de personas mixtos, una asamblea ciudadana u otro tipo de experimentos políticos que subviertan una economía patriarcal. Vivimos sumisos a una economía globalizada de la cultura que se ve necesitada de grandes nombres y estrellas. El código de buenas prácticas en cultura señala la figura de una persona de dirección con autonomía de gestión y elegida por tribunales de “expertos”; pero nada dice de un equipo mixto o de otros modelos. Son conocidos algunos experimentos que trabajan en esta dirección: el Ateneu Popular de 9 Barris, Astra Guernica (como centro social y fábrica cultural cooperativa) o el experimento de presupuesto participativo que destinó la Diputación Foral de Álava gestionado por una asamblea ciudadana denominada Amarika durante casi 3 años.

Otra grieta donde usar las madejas feministas emerge en la gestión de sueldos y retribuciones, tanto de capital económico concreto como simbólico, algo que es un componente de extracción constante en la cultura. Ahora que en Barcelona hemos tenido unas jornadas sobre código ético en política me pregunto hasta qué punto las propuestas y problemas que se tratan deberían atravesar cualquier política cultural e institución del mismo modo. Seria interesante replantearnos las horquillas de sueldos en las instituciones culturales, entre lxs directorxs, las personas que guardan salas, que atienden un grupo escolar o que friegan los lavabos. ¿Cuáles son? ¿Las podemos nombrar? ¿Las podemos transformar?. Un director/a de un museo de arte de una ciudad importante puede cobrar casi 100 mil euros al año, mientras que las personas que reparten tickets, cuidan salas o hacen visitas no llegan a 5 ó 6 euros la hora, están subcontratadas por ETTS bajo un perfil de precariedad absoluto y falta de derechos (con discusiones y paradojas muy sonadas como la de ctrl-i y el MACBA). En muchas ocasiones son falsas autónomas, algunas con perfiles laborales relacionados con tareas de educación. Como es un campo que he trabajado bastante a nivel profesional, cito aquí algunos ejemplos de luchas concretas: la de las educadoras en la 53 bienal de Venecia en coalición con la plataforma de Pirate Bay y SALE docks, un centro social de Venecia, que realizaron una huelga de mediación y una investigación militante sobre las condiciones de trabajo precarizadas de las practicantes que desarrollaban esta labor; el trabajo de las carrot workers forzando a que haya prácticas remuneradas en la Tate Britain, desmontando la economía del deseo del trabajo voluntario en cultura; o en el contexto estatal los casos de juicios ganados en instituciones como el MUSAC o Artium Vitoria por equipos de educadoras. En este último caso, en los tribunales no se pudo escurrir el bulto, pero la resolución no supuso una mejora de las condiciones, sino finiquitos y censuras laborales.

Si una economía feminista pone la vida en el centro y el derecho a una vida digna, ¿dónde están la tareas domésticas y no glamoruosas de las instituciones culturales? ¿Cómo se retribuyen? ¿Por qué no entran ni en los discursos transformativos, instituyentes o materialistas sobre la cultura? ¿Tan abyectas y rechazadas están estas profesiones que ni siquiera se puede hablar de ellas?¿ni siquiera en los círculos “más radicales”? ¿Por qué no vemos a grupos de madres que puedan dar lactancia en un museo? ¿Dónde están los espacios de crianza compartida y las políticas de conciliación en estos centros? En pocos debates en el contexto estatal he visto plantear profundamente, como un eje a discutir y poner sobre el tapete las tareas de acogida de grupos en la institución cultural, o el trabajo doméstico o afectivo con otras personas, pese al gran boom de Silvia Federicci.

Tampoco encontramos preguntas y debates sobre cómo colectivizar y horizontalizar estas “sucias” tareas… y las preguntas continúan: ¿cómo generar espacios de cooperación y condiciones laborales paritarias que también crucen estos ámbitos? ¿por qué producir una exposición en tiempos de crisis puede costar hasta 300 mil euros, mientras no se paga ni el 10% del proyecto a generar procesos educativos, redes de trabajo locales? ¿Dónde quedan lo reproductivo y doméstico en las instituciones culturales?

Al hilo de lo anterior, una economía feminista se cocina también pensando en la cultura como una economía basada en el decrecimiento cultural, algo que intentamos esbozar en otro texto). Si una economía social cruza y atraviesa las prácticas culturales, una de las primeras transformaciones concretas debería intentar evitar el extractivismo y el monopolio de ciertas empresas de servicios en los museos, instituciones y prácticas culturales. ¿Por qué prácticamente hay un monocultivo de empresas como Focus, Ciutart o Magma? ¿Quién decide que estos servicios son realmente eficientes? ¿Quiénes son los gestores y técnicos que escriben la condiciones de las licitaciones? Ejemplos de este estilo los consideramos prácticas de “cultura transgénica”, ya que operan como la soja de Monsanto. Destrozan el cultivo local, extraen recursos, y dejan sin trabajo y posibilidad de sobrevivir de otro modo a muchas semillas y trabajadores locales. Auténticas maquilladoras culturales que últimamente se profesan sin ningún tipo de tapujos como auténticos depredadores de los recursos comunes (la noticia de Eulen sobre su expansión en los servicios culturales nos ha dejado atónitos, a parte de su hegemonía en servicios de mediación).

¿Podríamos ser capaces de generar sellos verdes como las cooperativas y productoras agro-ecológicas? ¿Dispositivos que garanticen políticas laborales paritativas y horquillas justas en cultura? ¿Podemos generar marcos de convenios y licitaciones ciudadanas basados en principios y políticas de economía social y local? ¿Cómo se desarrollarían estos en centros cívicos, proyectos culturales o eventos como un festival de cine o un macro festival de música? ¿Podemos pasar de las economías de la producción a economías “slow”, de escucha activa con modos de generar políticas de decrecimiento cultural?

Si la economía feminista busca el buen vivir, éste también conlleva el buen compartir. Este aspecto colectivo es un elemento que sustenta la dignidad de este compartir como algo central, ¿Cómo abordamos esta cuestión en los espacios culturales y políticos? ¿Por qué tenemos que hacer copago, es decir pagar entradas en muchos museos o apoquinar precios tan elevados por consumir ciertos productos culturales? ¿Por qué no generamos las condiciones para que los materiales producidos por subvenciones públicas siempre sean bajo licencias de libre circulación y modelos de cultura libre? ¿Por qué no reivindicamos otros mercados de la cultura y otras circulaciones, con experimentos de bancos de tiempo, monedas sociales y cooperativas de consumo y producción cultural, al igual que las cooperativas agro-ecológicas?

Dejo este texto abierto. Soy consciente de que muchas preguntas y reflexiones las he vertido en la institución museo/centro de arte, ya que es el ámbito que más conozco dentro del campo cultural, pero creo que también nos podemos plantear estas preguntas en otros campos. En el fondo, vuelvo a la pregunta inicial, ¿es posible una economía feminista de la cultura?, yo creo que sí… ¿la queremos realmente? ¿cómo la hacemos juntxs?


14 Respostes

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  1. X says

    PLAS, PLAS, PLAS.

    Se me agolpan las ideas, puedo corporeizar este texto de tantas maneras, lo puedo enraizar con tantas experiencias que prácticamente me colapso. Dejaré ir un par de ideas rápidas, aún sin digerir el texto.
    1- Llegados a cierto punto de la cadena de mando la cultura nos encontramos un montón de pollasviejas blancas. SIEMPRE. Además, se adueñan de ciertos discursos izquierdosos inertes incapaces de afrontar debates reales como este (estos). Si caminas la cadena de mando en sentido contrario encontraremos mayormente a mujeres, jóvenes, mayores, etc.. No es casualidad.
    2- El ecocapitalismo o el capitalismo verde hace tiempo que lo explota la cultura. Esto no es novedad. El Rototom, ese festi del rollo, en el que hablan de fronteras (guai) que va Diagonal (guai), etc.. Pues laboralmente es peor que un desastre esclavista… Y cuantas otras iniciativas que non hace falta nombrar.

    Los códigos éticos, la transparencia, la credibilidad de las trabajadoras… Tantas cosas necesarias ya, y tan lejos a la vez…

  2. Javier Rodrigo says

    Bueno lo de las viejas pollas de machos alfa es un tópico en todas las cadenas jerarquicas de las instituciones culturales, y atraviesa incluso debates con podemos sobre militancia y otras subjetividades. Un amigo, padre y trabajador cultural de sevilla lo ha abordado en relacion a PaBLo Iglesias y su famosa militancia vs macho alfa: http://www.eldiario.es/interferencias/Militancia-masculinidad_6_322377771.html

    Sobre la idea del ecocapitalismo el analisis es muy acertado: , la idea es repensar estas cosas desde realmente la dsitribución de riquezas, las horquillas y su impacto desde el decrecimiento y no sólo los contenidos ecos, o multicultis/ progres que parezcan…
    un abrazo

  3. ana says

    No se si coneixes l’experiencia de Petits!Grans!Llibres! , es un Festival cultural de la infancia i sense voler, som totes dones a l’equip. Es cooperatiu i es basa en sinergies amb molt poc de subvenció publica. no crec en economia feminista pero si en la mirada femenina de l’economia, que no implica que siguin dones, clar! http://www.institutdelainfancia.org

  4. Ricardo_AMASTE says

    Muchas preguntas certeras.
    Nos atraviesan. Cada vez más centrales.
    Dificultad para contestarlas y para practicarlas.
    Pero probablemente ese es el más importante trabajo por hacer.
    Afrontarlo desde las micropolíticas, pero asaltar también las macro.
    Este texto plantea una buena hoja de ruta.
    ESKERRIK ASKO!!

  5. Javier Rodrigo says

    Ana, no conicía la experiencia, gracias, de totes que sea feminista es una cuestió de gestió i possar la vida al centro, es clar ; )

  6. belén says

    muy interesante y muchas preguntas compartidas.. Gracias

  7. Manuela Z. says

    Hola, un encanto leer esas reflecciones… muchas gracias! Tantas cosas por pensar y discutir y poner en marcha… buenisimo gesto de tomar las cuestiones de la economia feminista para aplicarlas a esferas laborales como la de cultura. Aporta! Hay una session en particular donde se quiere hablar esto en la Fira? Para no perderlo. Me gustaria traducir esto al ingles y/o aleman para algunas revistas de cultura/politica, tal vez podriamos hablarlo.

    • Javier Rodrigo says

      Hola Manuela, perdona por tardar en darte una respuesta.. nos parece genial que quieras traducir el artículo, es realmente genial, muchísimas gracias !!! la diea seria poder publcarlo tb bajo las mismas licencias y siempre referirse al link orginial de Nativa.
      Por otro lado no podremos asistir desgraciadamente a las jornadas de la Fira, que son una de las fuentes de inspiración para escribir este texto. Desgraciadamente por cuestiones laborales y familiares estaré fuera este fibn de semana.
      Un abrazo y si necistas otra cosa seguimos conversando.

  8. Pedro Jiménez says

    Gracias Javier. Abrir estas preguntas es muy importante.

  9. Manuela Z. says

    Gracias Javier! Voy a postear la traduccion aqui cuando se publica. Un abrazo

    • javier rodrigo says

      Genial, gracias a tí de nuevo !! si tienes algún problema en algún término para la traducción inglesa, háznoslo saber, estaremos encantados de poder ayudarte ; ) . Abrazos

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