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Sobre nueva política y nueva economía

Escrit el 07/11/2014 per Marina Garcés a la categoria ARTICLES.
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Traducción de Sobre nova política i nova economia

Nueva economía, nueva política *

(una interpelación, una alerta, una inquietud y un reto)

* Intervención en la mesa inaugural de la Fira d’Economia Social de Catalunya, junto a Ada Colau y David Fernández, el 24 de octubre de 2014.

Toda palabra está dirigida a alguien. No creo en las sentencias generales dirigidas a un interlocutor abstracto. Incluso en los argumentos más universales, siempre hay esbozado un nosotros, quizás hipotético, tal vez por construir, que sostiene la palabra compartida. Por eso tomo como punto de partida de mi reflexión sobre el tema propuesto (nueva economía, nueva política) el contexto mismo de donde sale la propuesta: es decir, la FESC y las personas que nos reunimos estos días aquí.

A partir de la interpelación que nos lanza la Fira, me propongo compartir convicciones y reflexiones, también aquellas que no tienen conclusiones claras, sino que abren dudas, inquietudes y retos para pensar juntos.

La FESC, una interpelación ética y política

Lo primero que quisiera decir es que la Fira d’Economia Social de Catalunya no es la feria de un sector económico y productivo, como cualquier otra feria, sino una interpelación ética y política que se dirige al conjunto de la sociedad. Tampoco es una feria de muestras, sino un encuentro de actividades y propuestas que nos lanzan a todos una exigencia y una interrogación: ¿cómo queremos vivir? La pregunta no es retórica ni está hecha al aire. Se presenta de manera concreta y material: cómo queremos vivir, es decir, cómo queremos comer, trabajar, consumir, invertir, construir, habitar… Hay muchas posibilidades, diferentes a las que el sistema nos ofrece, pero políticamente hay básicamente dos opciones: ¿queremos seguir viviendo en un régimen de explotación generalizada o apostamos por reapropiarnos de nuestras vidas, cuerpos, relaciones sociales y decisiones políticas?

En un mundo común, en cambio, la libertad se pone en práctica conquistando, sosteniendo y cuidando juntos de nuestra interdependencia y aprendiendo, de manera concreta, a decir nosotros

Desde estas preguntas, los proyectos que se presentan en la FESC no son una opción entre otras, sino que en su conjunto son la expresión inequívoca del compromiso con un mundo común, contra el sistema de explotación del mundo global, el mundo del capitalismo global. Si el mundo global somete, el mundo común compromete. Si el mundo global compite, el mundo común coopera. En el mundo del capitalismo global la libertad es sinónimo de disponibilidad servil de individuos, sociedades y Estados, ante las exigencias del mercado. En un mundo común, en cambio, la libertad se pone en práctica conquistando, sosteniendo y cuidando juntos de nuestra interdependencia y aprendiendo, de manera concreta, a decir nosotros.

El mundo común no está fuera del mundo global. Ni en un más allá ni en un futuro lejano. No es un ideal ni una utopía. Es la toma de posición resistente, insumisa y creativa del anticapitalismo en sus diferentes formas históricas, políticas y culturales. Cuando digo anticapitalismo no me refiero sólo a movimientos claramente identificables y organizados en su lucha para la transformación radical de la sociedad capitalista. Me refiero también a cada gesto y a cada forma de vida concreta que sabotea y sustrae su valor de la lógica del beneficio. Desde las prácticas de éxodo y de rechazo del trabajo hasta la generosidad afectiva y material con el que se ha sostenido la vida en las vecindades, redes sociales y familiares, y en la creación desinteresada de culturas y de lenguajes irreductibles, el anticapitalismo ha roto la realidad creando y secretando otras formas de vida desde los inicios mismos de la Modernidad. En este sentido, para mí, los proyectos que se dan encuentro en la FESC son la expresión concreta, situada y vivible del anticapitalismo actual y el anuncio tangible de formas de vida postcapitalistas.

La novedad de la situación

En los años 80 el capitalismo creó una ficción temporal: la de su triunfo definitivo. A través de una victoria histórica sobre el comunismo, y a través de una promesa seductora que pasaba por la ideología del progreso, del desarrollo y por tanto de la promesa de una vida mejor para todos, el capitalismo se confundió con la realidad.

Actualmente, esta ficción, como las otras burbujas que produce el capitalismo, ha pinchado. La promesa seductora ha mostrado sus límites, cuando constatamos que el crecimiento ilimitado toca techo y que, por tanto, la desigualdad no es lo que el desarrollo capitalista había de dejar atrás, sino que es hoy la consecuencia directa de su funcionamiento, también en los países más ricos. Por otra parte, la victoria del capitalismo sobre el comunismo, después de la guerra fría, no ha traído la paz. La victoria del capitalismo es la de una guerra permanente. La crisis, por tanto, no es un accidente sino una condición del capitalismo y de su funcionamiento, que ya sólo puede seguir manteniéndose desde su imposición, cada vez más descaradamente brutal y autoritaria, como demuestra en este momento la contraofensiva del TTIP (Tratado Transatlántico para el Comercio y la Inversión).

¿Como se sitúa un fenómeno como la FESC, con toda su fragilidad y precariedad, en un escenario global como éste? Su importancia es que el cooperativismo en sus diferentes formas plantea hoy dos cuestiones clave y las sitúa en el corazón de nuestras vidas cotidianas.

La pregunta no es como recoger y representar todo eso, sino como articularlo, teniendo en cuenta que la política institucional sólo puede ser de los momentos y funciones de esta articulación viva

La primera es que en la situación actual tenemos que pasar de la pugna por la riqueza a la redefinición del sentido de la riqueza. Esto quiere decir que la cuestión ya no es producir más riqueza y decidir, políticamente, sobre los modelos de su redistribución (liberal, socialdemócrata, socialista, comunista, etc) sino que lo que está en juego es desvincular riqueza y crecimiento. Hace tiempo que se defienden estas ideas desde las posiciones éticas y económicas del decrecimiento. Pero incluso hay que ir más allá de este término. Más que crecer en positivo o en negativo, lo que todavía nos deja atrapados en la disyuntiva entre la riqueza y la pobreza, hay que dar el salto a la desvinculación de riqueza y crecimiento, desde una apuesta clara por la riqueza como valor a defender y compartir. ¿Qué sentido tiene la riqueza si el valor no se mide por el crecimiento? Y ¿cómo entender, desde aquí, su redistribución, de tal manera que la autonomía y la autogestión no sean sólo cuestiones formales sino palancas de desmantelamiento y de transformación real del actual sistema económico y productivo?

Junto a estos retos económicos, planteados desde el problema real y concreto de la producción, el consumo y la inversión a pequeña o mediana escala, la economía social abre también una segunda dimensión de la problemática actual, que es que todo esto sólo se puede hacer desde un espectro de formas de politización diversificadas y al mismo tiempo articuladas, capaces de vincular autoorganización económica y reapropiación de la decisión política a diferentes niveles y escalas de la vida social. La cuestión, hoy, ya no es la de la relación dual y binaria entre los movimientos sociales y las instituciones o entre la sociedad civil y la política. Si hoy hablamos seriamente de desbordamiento institucional y de crisis de representación es que esta dualidad ya no nos sitúa ni nos orienta. El dentro y fuera de la política han saltado.

Los retos que nos plantea la novedad de la situación actual nos exigen pensar y poner en práctica una politización que atraviesa la vida en sus diferentes ámbitos y niveles de articulación. La política, en singular, ya no es lo que tiene lugar en los parlamentos o en determinadas formas de organización como los partidos o los sindicatos. La política es lo que expresa el conjunto de la vida colectiva, en sus diferentes formas de organizarse, de manifestarse, de decidir, de protestar, de reivindicar y de crear. La pregunta no es como recoger y representar todo eso, sino como articularlo, teniendo en cuenta que la política institucional sólo puede ser de los momentos y funciones de esta articulación viva.

Si algún sentido tiene para mí hablar hoy de nueva economía y de nueva política tiene que ver con este doble reto: redefinir el sentido de la riqueza y articular formas de politización diversificadas y autónomas, capaces de superar hoy la clausura institucional de la política y el determinismo de la dictadura económica.

Una alerta, o sobre la insistencia en la novedad

No debemos confundir, sin embargo, la novedad de la situación con la novedad del producto. Desbordar las instituciones políticas desde una politización de la sociedad distribuida y diversificada no es un ideario nuevo y hay muchas experiencias antiguas en el tiempo que son la base de las propuestas actuales. Lo mismo ocurre con las prácticas de la economía cooperativa, social y solidaria: retoman viejas experiencias y aprendizajes para tiempos y realidades nuevas. La resistencia al capitalismo no es nueva, pero necesita inventar y concretar respuestas para coyunturas que cambian en cada lugar y para cada tiempo histórico.

Curiosamente, sin embargo, tanto el pensamiento revolucionario como el capitalismo, que son igualmente hijos de la Modernidad, comparten el culto a la novedad y a la juventud. La revolución busca hacer un mundo y una humanidad nuevos. El capitalismo, que es su cara perversa, destruye la sociedad antigua para producir y vender más y más novedad, en forma de mercancías y de experiencias. Lo que la modernidad convierte en un valor político, estético y mercantil, es la novedad para sí misma. Y es que ella misma, la Modernidad, se define como un tiempo nuevo.

Al final, la novedad, revolucionaria o capitalista, siempre resulta ser un producto de temporada

La novedad, sin embargo, es un valor temporal por definición: la novedad caduca cuando envejece o cuando entra en el terreno de lo conocido. Al final, la novedad, revolucionaria o capitalista, siempre resulta ser un producto de temporada. No nos podemos presentar, por tanto, como novedad, sin condenarnos, necesariamente, a caducar o decepcionar. ¿Qué pasará cuando los jóvenes de ahora sean viejos, cuando las caras nuevas de ahora sean conocidas y cuando lo que parecen propuestas nuevas muestren que no nos han llevado ni a un mundo ni a un país tan nuevos como prometían?

“Nuevo” es un adjetivo vacío, que vacía de otros valores lo que queremos vivir, compartir o proponer. Tenemos muchos otros adjetivos, heredados y para inventar, con los que llenar de ideas, de indicios y de referencias la economía y la política que queremos: social y solidaria, decimos cuando hablamos de una economía que se sustrae al dictado del beneficio particular. Podemos añadir: y justa, y digna, y decente, y honesta, y libre, y cooperativa, y común, y autónoma y… y… y…

Los adjetivos comprometen, pero es un compromiso que no podemos eludir. Actualmente tendemos a esquivar los que la historia del último siglo nos ha legado más marcados: comunista, socialista, anarquista… Pesan, porque van ligados a experiencias históricas y relaciones de poder que, en muchos de sus aspectos no queremos repetir y que los sus -ismos predeterminan lo que podemos hacer, vivir y proponer. Tergiversemos y llenemos estos adjetivos de nuevos sentidos y experiencias, si se puede, y busquemos otros, todos los que nos hagan falta para desarrollar propuestas colectivas y organizativas abiertas a lo que aún no sabemos y a los retos concretos de nuestro tiempo. Pero no caigamos en el vacío y en la trampa de la novedad como valor. Nos durará dos días y cuando el tiempo pase inexorablemente nos caerá, implacable, su lógica: nos habremos hecho viejos, nosotros y nuestra política.

Una inquietud, o sobre los tiempos de la política y sus oportunidades históricas

Nos sentimos, de repente, en una situación de emergencia. La crisis económica que desde 2008 marca el paso de las políticas económicas de las sociedades más ricas, ha introducido en nuestras casas y en nuestras vidas lo que la ficción de la promesa capitalista de una vida mejor para todos nos permitía ignorar: los límites humanos, sociales y ambientales del actual régimen de explotación del mundo global. Estos límites ya no llegan en forma de denuncia o de discurso abstracto, sino en forma de precariedad, nuestra precariedad. Pero la desigualdad, la guerra por los recursos y la violencia económica sobre poblaciones enteras no habían desaparecido nunca del planeta. La habíamos borrado nosotros de nuestro horizonte y de nuestras confortables alfombras.

Más que a un gran momento, nos es necesario prestar atención a la multiplicidad de tiempos de vida que juntos podemos sustraer al dominio político y la explotación capitalista

Percibirnos en situación de emergencia nos hace, sin embargo, confundir, la urgencia con la prisa y la necesidad de reaccionar con la oportunidad histórica. Es una confusión que se cruza con la coyuntura de nuestro país, donde la emergencia global se cruza con un fin de ciclo histórico y generacional local. Así, tendemos a interpretar el impasse actual, hecho de una mezcla extraña de amenazas y de posibilidades, como una oportunidad histórica única en la que sólo se puede perder o ganar. ¿La sabremos aprovechar o no? Es un escenario excitante y movilizador, porque enfoca todas las energías en una jugada, aquí y ahora, ahora o nunca. Pero yo no creo en el ahora o nunca. Si las novedades caducan, las oportunidades pasan. ¿Y después qué? Después, o la victoria total, que ya sabemos que no existe, o la frustración y el fracaso. Las narraciones lineales, como las películas, sólo tienen dos opciones: acabar bien o mal. En la lucha por defender y construir una vida digna para todos, no hay final ni después. Hay un ejemplo insistente, persistente y paciente que hace de cada día un reto y una exigencia.

Más que oportunidades históricas, necesitamos aprender a ver y valorar la potencia de cada situación desde una visión histórica. Más que a un gran momento, nos es necesario prestar atención a la multiplicidad de tiempos de vida que juntos podemos sustraer al dominio político y la explotación capitalista. Y más que una victoria, necesitamos paciencia, insistencia y persistencia, que son las virtudes con que realmente nos podemos reapropiar de los tiempos de la política, sin ser víctimas de una cruel e implacable política de los tiempos. Una de las cosas más importantes que aprendí en los centros sociales okupados de los años 90 en Barcelona fue que la mejor manera de abrir espacios de vida y de intervenir desde ellos en los conflictos reales de nuestra ciudad era generar calendarios y agendas propias. Esto no quería decir ir “a nuestra bola”. Esto era entender que el tiempo de la historia, cuando es único, siempre lo dirigen ellos.

Un reto, o sobre la relación con el poder

Con ello entramos en el esbozo de una última reflexión inacabada, la que plantea el que para mí es ahora el elemento clave que define la novedad de nuestra situación política actual: la relación con el poder. Eso sí que es nuevo, para nosotros. Y para nosotros significa para una generación muy concreta, nacida y crecida durante la Transición española, lejos de cualquier relación directa con el poder, ya sea económico o político.

En estos 30 años de victoria material y simbólica del capitalismo, en sus diferentes versiones, neoliberal o socialdemócrata, no es que no se haya combatido el poder, como a veces se quiere hacer creer. Hemos luchado, hemos resistido y hemos creado formas de vida alternativas. Pero estas formas de vida, de lucha y de resistencia han crecido en los márgenes. Márgenes incómodos, en muchos casos, porque ha habido mucha represión, destrucción y marginación. Y márgenes también cómodos, porque también ha habido muchas formas de tolerancia, de integración y de folklorización de las alternativas y las diferencias. En todo caso, esta marginalidad nos ha permitido desentendernos del problema del poder. Del poder institucional, como tal. Pero también del hecho de lo que significa tener poder sobre o desde la vida colectiva y ejercerlo.

Reapropiarnos de nuestras vidas colectivamente exige, pues, plantear la cuestión: ¿cómo tomar el poder (el poder de hacer y de decidir), sin ser tomados por el poder? El dicho dice que el poder corrompe. Demasiado fácil: parece un hecho natural. Yo lo diría de otra manera: el poder seduce y destruye. O una cosa o la otra, o las dos a la vez. Salir de los márgenes de la vida social para ocupar el centro, como hemos ocupado las plazas, pide mucha honestidad sobre nuestros límites y mucha inteligencia colectiva para aprender a relacionarnos juntos con este poder del poder: su poder de seducción y su poder de destrucción.

Pero no queremos ni salvadores, ni tecnócratas de la realidad: necesitamos compañeros capaces de compartir sus tiempos, saberes, afectos y lenguajes para articular estas formas de vida rica, autónoma y recíproca que queremos construir

En este sentido, un elemento de preocupación y una dosis de confianza: la preocupación viene del hecho de percibir un nuevo deseo de autoritarismo entre nosotros y en amplias capas de la sociedad. La situación de emergencia se traduce a menudo en un deseo de salvación y, por tanto, de figuras salvadoras. Muchas veces, el autoritarismo lo es porque es solicitado por quienes creen que necesitan ser salvados. Pero cuando la salvación entra en el lenguaje de la política, la política muere y entran otros fenómenos que también organizan la vida colectiva, como la religión, los movimientos de masas o los discursos redentores del tipo que sean. Y esto ocurre a derecha e izquierda. El autoritarismo, hoy, se disfraza de realismo y el nuevo dios, implacable, es la realidad: funciona así y no puede ser de otra manera. Palabra de Dios. Pero no queremos ni salvadores, ni tecnócratas de la realidad: necesitamos compañeros capaces de compartir sus tiempos, saberes, afectos y lenguajes para articular estas formas de vida rica, autónoma y recíproca que queremos construir.

Desde aquí, una dosis de confianza: aunque la bestia humana es antropológicamente incorregible y aunque la historia tiende a repetirse, hay cosas que hemos aprendido porque las hemos vivido hace muy poco. En este país, por suerte o por desgracia, la historia siempre es muy reciente. Y actualmente, todavía tenemos dirigiendo la política, la economía y los medios de comunicación muchos de aquellos que un día fueron caras nuevas que querían hacer un mundo nuevo. No hay que hacer arqueología. Podríamos hacer un pesebre viviente con estas figuras.

Respecto a ellos hay un corte, eso sí lo creo: un corte cultural y generacional, que es también un corte económico y político. El corte es lo que el mismo sistema, mostrando sus límites, ha impuesto: quienes venimos detrás, como generación, ya no nos podremos colocar. Somos los hijos de la crisis, aquellos que dicen que ya no viviremos nunca mejor que nuestros padres. Pero también somos los hijos de la red, y del deseo de transparencia y de una educación poco disciplinaria y relativamente igualitaria que nos ha permitido aprender a vivir desde nuestros vínculos e interdependencias. Esto nos pone en otra situación: o nos lanzamos cínicamente a la competitividad más desaforada o desarrollamos las diferentes caras de la cooperación necesaria. O el poder de unos contra otros, o la apuesta para descubrir lo que juntas podemos. No hay un término medio. Estamos en una bifurcación donde el deseo de poder económico y político se desnuda y muestra sus cartas. Son cartas feas, pero a veces la fealdad, cara a cara, es lo que puede inspirar más confianza. Nos enseña descarnadamente el rostro de lo que nunca querremos llegar a ser.


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