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Hacer la croqueta en un jardín japonés

Escrit el 22/02/2015 per Elena Fraj a la categoria Educació, Lo repartido luce más.
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Es pensar en la docencia universitaria y darme ganas de hacer la croqueta en un jardín japonés

Es el primer día de clase. Lxs estudiantes llegan poco a poco, ahora entra unx, luego otrx y así hasta que se llena el aula. Lo de la puntualidad en esta facultad es un concepto difuso. Enciendo el ordenador, el proyector y el aire caliente. Algunxs sacan el cuaderno, otrxs miran el móvil y otrxs esperan a que yo empiece.

Es solo un pequeño espacio de tiempo, quizás pasan unos segundos, un minuto, antes de que me lance a hablar. Dudo. Enfrente de mi una caras jovencicas (son de segundo curso) me miran. Les miro. Tengo que hacer algo, yo, hacer. Tengo que poner en marcha algo, el qué? Ay, ay. Es una sensación que dura muy poco pero que es intensa, como cuando vas al teatro y ese momento justo antes de empezar la función están todxs lxs espectadores calladxs esperando, y se una nota tensión porque hay una emoción contenida. Algo va a pasar. Estamos frente a un acontecimiento.

O eso me creo yo, porque empiezo a hablar y… no pasa nada. Es decir, no pasa nada relevante, nada espectacular. Nada que digas, guau.

O eso me creo yo, porque empiezo a hablar y… no pasa nada. Es decir, no pasa nada relevante, nada espectacular. Nada que digas, guau. Lo que parecía una representación teatral y mi intervención una gran actuación ha quedado en poca cosa. Les meto un rollo lo menos pesado que puedo para explicarles de qué va la asignatura. Mientras hablo no dejo de observar unos rostros que me miran desde enfrente. A ver qué cara ponen?, digo. Pero nada, noto como si estuvieran lejos, al otro lado. Dónde estáis? Quiénes sois? No soy capaz de decodificar esos rostros así que les pregunto directamente. Si antes parecían misteriosos ahora parecen temerosos: les cuesta hablar, tienen terror a decir tonterías en el espacio del saber. Me lo vais a decir a mí que soy la profesora y me toca hacer como que sé. Menos mal que ya empiezan a hablar. Hola, estáis aquí, estamos juntxs, qué bien. Respiro. Ahora sí que ha empezado la clase.

Cuánto más hablan más difusa se hace la frontera que nos separa, esa especie de cuarta pared, como la del teatro. Más me quitan el rol de experta si es que en algún momento me lo habían otorgado. Trato de hacer la clase participativa, me invento dinámicas, lo que sea menos dar la clase yo, como me dice alguien a veces. Les explico que vamos intentar crear un espacio donde currar y aprender porque nos apetezca. No sé nada de pedagogía, lo que hago es experimentar fórmulas combinando las cosas que me interesan con la escucha del alumnado. Intento encontrar algo, unas veces con más suerte que otras, en esa relación interactiva, algo que no sé exactamente cómo definirlo. Es como una cosa que pasa en directo y que depende del día y la sensibilidad lo pillo o no lo pillo, sale o no sale. Una referencia que tomo para dar clase es que si me aburro yo, el asunto no está funcionando.

Tres mil euros, mil quinientos los de normal. Se me ocurre que la universidad es un mero intermediario y me pregunto si nos hace falta

También hay que decir que mucho margen para experimentar otras pedagogías no hay. Nos movemos como podemos dentro de lo dispuesto y, lo dispuesto, por su propia naturaleza, se deja alterar poquillo. Una de las cosas dispuestas que trato de alterar es mi rol de vigilante: no paso lista, les explico que hago desobediencia (de bajo perfil, tampoco soy tan guays) porque desde Bolonia la asistencia cuenta para nota pero yo no la cuento y esto no lo debería estar diciendo en este artículo. O sí. Que pasar lista les infantiliza, que aquí vienen porque quieren y que si no son felices que se monten un huerto en el campo que, por otra parte, seguro que es mejor plan.

Les explico todas estas intenciones que tengo para modificar lo dispuesto pero, sí, sí, que al final os tengo que evaluar yo, sabéis?. Que tenéis notas porque es la manera de medir vuestra producción. Así que eso de borrar fronteras entre profesorxs y estudiantes, pues más o menos, que al final la profe soy yo y si quiero os cateo y chis pun. Y lo de suspender lo tenéis duro, pues si habéis de repetir la asignatura tenéis que pagar una recarga. Las matrículas salen muy caras pero eso no quiere decir, querdixs alumnxs, que tengamos una relación clientelar. Una alumna me cuenta que este curso de grado le ha costado tres mil euros por rollos de convalidaciones y asignaturas repetidas. Y que le falta un 30% de pagar pero que la universidad la ha sacado de las listas por morosa y no aparece en mi base de datos. Aunque la tengo delante en primera fila, que la veo bien, porque supongo que no quiere despistarse para no repetir, es invisible. Tres mil euros, mil quinientos los de normal. Se me ocurre que la universidad es un mero intermediario y me pregunto si nos hace falta.

Debería ser un gustazo pero no, domina el temor a hacerlo mal, a no saber, de nuevo.

Después de clase tengo tutorías con los alumnxs de Trabajo de final de grado. Ya saben de qué va esto, estudiantes experimentadxs, me digo. Pero mira, hay una que tiene miedo al tribunal y está muy nerviosa y otro que me pregunta que qué tiene que hacer. Lxs estudiantes tienen miedo en un espacio que es para aprender y aprender significa, entre otras cosas, equivocarse. Además, triunfar todo el rato es muy aburrido, según me han contado. Deberían de estar alegres, felices de empezar un proyecto, un proyecto artístico, que esto es Bellas Artes. Debería ser un gustazo pero no, domina el temor a hacerlo mal, a no saber, de nuevo. Sin embargo a los defensores de la universidad de la excelencia y de la privatización no les da miedo decir tonterías, unas tonterías que se convierten en decisiones y planes de nuestro modelo universitario que no es que den miedo, es que dan terror. Un sistema docente que nos mide y nos evalúa, que no nos permite el error y que hace del saber algo que hace sentir ignorante a quien cree no poseerlo. Por otro lado el saber no está al alcance de todos con el precio que llevan últimamente las matrículas.

plantaEntonces pienso, y si nos saltamos la institución del saber y a todos sus expertos? (He dicho bien, saltar, no asaltar.) Y si nos vamos y hacemos un éxodo masivo? Aida Sànchez de Serdio dijo bien alto (min. 6.15.) que lo mejor que podíamos hacer era marchar como el mayor gesto de afecto hacia la universidad y por auto respeto. Sabemos que hay otros modelos de aprendizaje por ahí fuera, por citar algunos que visito recientemente, proyecticos peques pero que son buenas referencias como es el Campus Relatoras, una comunidad internacional de aprendizaje para mujeres. O el Master Clandestino donde no hay expertos sino que la gente se junta para enseñarse entre ellxs (me lo descubrió @josianito la semana pasada). Y me acuerdo de la universidad alternativa que se quería montar en Can Batlló que no llegué a ir a las reuniones y que no sé qué ha sido de ella…

Con todas estas cosas rondando en la cabeza termino las clases y me voy al despacho. Una pequeña sorpresa: una planta! Algo de vida en esta facultad, me acerco y digo calla, que es de plástico. Me siento, el agua circula por los radiadores haciendo mucho ruido porque son viejos. Ese sonido me calma y me pongo a trabajar en la tesis infinita. Un jardín japonés, lo bautizo, con su planta de plástico y su chorrito de agua que corre por las tuberías. Aunque el espacio está bien, es grande y agradable, apenas algún ordenador funciona. En un gesto totalmente improvisado me levanto de la silla, me tiro al suelo y hago la croqueta. Mi compañero Ricardo que está al lado, flipa. Decimos, ¿repetimos y lo grabamos? Va. Y aquí me tenéis en el despacho de la universidad haciendo, por fin, mi gran actuación: la croqueta.


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  1. R says

    Como la uni misma…Muy bueno Elena!



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