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Leer o la orden de desear

Escrit el 22/03/2015 per Lucia Lijtmaer a la categoria Una más y nos vamos.
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“qué bueno he sido pa ti, y qué mal te estás portando”

Los Chichos

(para Neve)

Armo y desarmo cajas de libros mientras puteo. Quién me manda guardar tantos libros, pienso. A mi alrededor, Barcelona tiene el color de la tierra y el cielo está lleno de vapor condensado. Hay zonas que huelen a salmuera y perejil picado, otras no huelen a nada. A veces pienso en eso y me acuerdo de la comodidad de la sábana usada, de comer sin hambre, de beber sin sed.

A medida que desempolvo libros, en mi cabeza avanzo entre campos de coles y niebla, y recuerdo las faldas por debajo de la rodilla de una primavera lejana y cómo sostenía las aceitunas que arrancaba del árbol entre los dedos, pero no me podía contener y al final las apretaba hasta que notaba como el jugo verde resbalaba entre los dedos y lo teñía todo, dedos, uñas, el olor del fruto sin madurar, la ropa recién planchada, el mandato de ser ama de casa a tiempo parcial. Apretar las aceitunas e impedir que crezcan y caigan del árbol forma parte de un tipo de persona sobre las que Neve y yo bromeamos a veces, las proclives al síndrome de la escritora que metió la cabeza en el horno. El mandato del ama de casa a tiempo parcial, el gesto de restregar los nudillos contra la pared, mirar los cuchillos con lujuria, acordarse de la señorita Sanz.

¿Cómo olvidar a la señorita Sanz? En El Pasado, de Alan Pauls, la profesora, la señorita Sanz, es el objeto de lujuria de un protagonista niño que la contempla todas las mañanas mientras ella da clase. Con sus labios rojos, su piel blanca a ratos moteada de lunares, la señorita Sanz tomaba la lección a la clase siempre distraída, aún en la nube de somníferos que ingería por las noches para no pensar en aquello que no podía olvidar. La señorita Sanz tomaba la lección mientras el protagonista descubría que por debajo de la falda ella llevaba aún el camisón. La pobre señorita Sanz, inconsciente de ser el desencadenante de tragedias. La pobre señorita Sanz, implorante. Alan Pauls, maldito sádico, le hace decir a la señorita Sanz: “hace tiempo que me acostumbré a estar muerta”.

Logro reírme un poco de ese y otros personajes mortificados que marcaron mis lecturas. Louisa, de Gordon, se deja caer en el diván para que su amante Gordon le de una buena somanta de palos, a veces usando un martillo. La protagonista anónima de Abans de morir, de Mercè Rodoreda, se larga con un par de tubos de Nembutal y una sonora carcajada antes de que su marido -que en realidad nunca la amó- regrese y vea que ella se ha llevado todas las cartas que él conservaba de su amante casada, una tal Elisa que vestía kimonos y usaba perfumes embriagadores. Cómo olvidar también a Ana María de La amortajada, de María Luisa Bombal, que yace muerta y sin embargo lo ve todo:

Y luego que hubo anochecido, se le entrabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida a través de sus largas pestañas.

A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía.

Porque Ella veía, sentía”.

Mi fascinación por lo que alguien ha denominado “las ahogadas, retornadas y no-muertas” alcanzó su paroxismo con Zenia, el personaje de La novia ladrona de Margaret Atwood, que vuelve de entre los muertos para ejercer, una vez más, su venganza contra todas sus ex-amigas. No contenta con haberles robado el marido a cada una en una primera ocasión, Zenia retorna para hacerlo de nuevo. Ahí cumple, además, la peor de las pesadillas posibles: no debes invocar al mal en vano, pues este no tiene mucho sentido del humor y se cagará en tu puta madre si le ofreces la ocasión propicia.

Hace unos meses nos invitaron a participar en unas jornadas sobre fomento de la lectura en El Prat del Llobregat. Frente a trescientos bibliotecarios y bibliotecarias íbamos a sentarnos a hablar de hábitos de lectura, de qué hacer para que los jóvenes lean y demás. Pero de todas las (espléndidas) intervenciones, fueron las de Daniel López Valle y Laura Fernández las que me hicieron darme cuenta de algo. Laura contó cómo descubrió Carrie de Stephen King y empezó a ir todos los días a su biblioteca en Terrassa a por todo lo que se le pareciera. Dani recordó su barrio en Elche y cómo, de adolescente, había comprendido que si él no entendía Hamlet, la culpa no era de Shakespeare porque ese tío era sin duda mucho más listo que él, sino que la culpa era suya, así que lo que tenía que hacer era adentrarse con todas las herramientas que pudiera tener a su alcance para comprenderlo. Y ahí lo entendí: la lectura es una bomba de deseo. Para aspirar a salir de tu casa, de tu vida. Quien ponga en las manos de la gente un artefacto de deseo, que se atenga a las consecuencias.

Más tarde cierro las cajas, las cargo y siento cierta inquietud. Leer: un acto aspiracional. No leer: comer sin hambre, beber sin sed. Sé que hay quien lo ve de otro modo. Yo no puedo.

 

 

 

 


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