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¿Economía cooperativa en cultura? Prácticas y tentativas de la cultura de lo común (2)

Escrit el 14/04/2015 per Javier Rodrigo a la categoria ARTICLES, Cultura i democràcia, Gestió cultural comunitària.
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Podeu llegir la primera part aquí

Hasta este momento, en este relato más o menos hemos dibujado dimensiones cooperativas de la cultura, que bien no tienen por que conllevar una cooperativa, en el sentido estricto de una propiedad colectiva. Se tratan de prácticas que dibujan fuerzas sociales de cooperación; siempre con un objetivo de transformación social, de cambio de las estructuras dadas, de una cultura como conflicto y proceso colectivo, y de una relación política de proximidad. Esto es, un reconocimiento de diversos saberes y modos de producir y circular cultura locales.

Sin embargo esta dimensión de economía cooperativa de la cultura no sólo debería cruzar cierto tipo de prácticas experimentales, o circunscribirse a iniciativas micro y de pequeña escala. El reto es que este tipo de procesos políticos impregnen y también transformen las instituciones culturales (tanto los equipamientos de proximidad como las grandes instituciones de la ciudad). Como planteábamos en los documentos de partida, es necesario revisar los modos en que se están produciendo políticas culturales bajo los estándares de una economía social. De este modo es urgente un código ético ciudadano para gestionar las instituciones culturales, parecido a los que se están planteando desde las nuevas nuevas organizaciones políticas. Las instituciones culturales, no son una excepción, ni tampoco un campo fuera de las tensiones y regulaciones urbanas, laborales y de construcción de ciudad-marca. Por ello es necesario plantearse cuales son las horquillas de salarios de las personas que trabajan y se implican en estos espacios. ¿Cuánto cobra un director de museo en comparación con una persona que atiende en las taquillas, o que lava los baños?. Por qué ciertas maneras de producción cultural no son reguladas y también controladas? En este sentido nos preguntamos ¿Sería posible una redistribución de la riqueza cultural y material que generan instituciones culturales en la ciudad, como por ejemplo el MACBA, Arts Santa Mónica u otros macro equipamientos?. Repensar las instituciones y equipamientos culturales es reconocer las prácticas de cuidados, las políticas feministas y lo doméstico, como elementos primordiales de nuestras políticas culturales. Aspectos todos que una dimensión de economía social no debe olvidar cuando hablamos del retorno al común y los contextos implicados.

Uno de los retos de una política cooperativa es plantearnos de qué modos administramos y trabajamos de forma común la cultura, no como un elemento de excepción social o alejado de nuestras vidas, sino como un repertorio de prácticas, saberes, experiencias, infraestructuras y modos de generar comunes entre todas. En este sentido tomo como ejemplo la institución cultural Fundación Cerezales Antonio y Cinia, en el pequeño pueblo de León de Cerezales del Condado. Entre las tareas y responsabilidades colectivas del equipo, está la de participar de la hacendera, es decir del cuidado y trabajo de mantenimiento de los bienes comunes del pueblo. De este modo, con regularidad, cuando el Concejo –uno de los primeros sistemas de democracia directa y organización del territorio– o el presidente de la Junta Vecinal lo determinan, el equipo se implica en labores de cuidados de tierras, del canal de agua que pasa al lado u otras tareas de lo común que son simultáneamente de todas y de ninguna, pero que ayudan a construir un común. Desde esta perspectiva proponen entornos comunes de aprendizaje como Hacendera Abierta: saberes, medio rural y tecnología. Aparte de este ejemplo, mediante el proyecto Territorio Archivo han reactivado las prácticas de filandones para generar una archivo digital de la historia visual y oral de varios pueblos del condado, e incluso lo han mezclado con bertzolaris y otros modos de memoria oral, como los trovos de La Alpujarra. Para las personas no expertas en materia leonesa, como yo, los filandones son prácticas feministas en origen, donde las mujeres, mientras tejen, narran e intercambian experiencias propias de la cultura popular y la vida rural de las comarcas del Norte de León, en la actualidad cada vez más inclusivas en aspectos de género.”

Otro aspecto que abría que abordar en una economía cooperativista y social de la cultura, es su posibilidad de impregnación en las relaciones entre instituciones y contextos en diversas escalas. Es decir, el trabajo sobre los comunes, no es sólo un ámbito reducido de gestión o gobernanza interna de las instituciones, o un gesto micro-político a pequeña escala, sino que también debe conllevar una redistribución real de las riquezas y capitales culturales de las diversas instituciones implicadas a varios niveles: tanto a nivel interno, en los equipos y salarios; como de proximidad, de cara al territorio y sus contextos situados, como en el global de la ciudad, en cuanto a repensar el retorno social al contexto metropolitano, es decir saber distinguir como retornan socialmente las instituciones a múltiples escalas y de forma intersectorial o transversal. En este sentido la gobernanza de equipamientos e infraestructuras culturales podría ser experimentada y regulada por auditorías ciudadanas, grupos diversos de ciudadanos y grupos, no a modo de consejos de las artes, sino como juntas de buen gobierno, con diversas representaciones, relaciones, hibridaciones y regulaciones comunitarias. Todas estas relaciones bajo estándares de la economía social y solidaria. Así apuntan experimentos consolidados como el ya citado Ateneu 9 barris, la Farinera de Clot, Astra Guernika o el proyecto Amarika. Todos ellos experimentos ciudadanos y culturales, donde la experimentación ciudadana han desbordado y construido nuevas instituciones culturales híbridas, o instituciones de lo común.

Si planteamos la cultura como un bien común, como un conjunto de recursos, elementos, tangibles e intangibles que debemos regular colectivamente, es necesario inventar y pensar otras maneras de construir la regulación de estos bienes comunes. Esta transformación democrática radical tendría que plantease en los mismos términos del mismo modo que reivindicamos la salud, la educación, el agua u otros recursos como bienes comunes. Entender la política cultural no como modos de representar o controlar narraciones o imaginarios, de presentar una ciudad-escaparate o de diseño internacional, de administrar quién produce cultura y quién no. Más bien aproximarnos a la cultura como un ecosistema complejo. Como un cultivo de comunes, podríamos decir un Pachamama cultural. Este es un término del quechua o aimara que designa la Madre Tierra como un universo u organismo complejo, rico y con derechos e identidad propia, igual que las personas. Este Pachamama cultural, este amplio repertorio de comunes culturales, precisa de ser cuidado, cultivado y redistribuido mediante formas cooperativas de justicia social y cultural. Estas relaciones no reducen la cultura a términos de propiedad, de sector o de productores o sencillamente creadores. Más bien hablemos de trabajadoras culturales, de jornaleras, de hacenderas, de comuneras y cuidadoras de este Pachamama. Tampoco pretende salvaguardar un derecho dado de antemano en la democracia y heredado de nuestra transición, si no retomar otras historias y tradiciones políticas de la cultura. Repensemos la cultura como un monte, un bosque donde los comunes culturales, se regulen y distribuyan con otros comunes, de forma colectiva, cooperativa, pero con el objetivo de sostener la vida en Barcelona, esta ciudad que también es la de la escuela modernista, la de los ateneos populares y la de los barrios cooperativistas.


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