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Universidad muerta

Escrit el 27/04/2015 per Aida Sánchez de Serdio a la categoria Educació, En grau de temptativa.
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Traducción de Universitat morta

Estos últimos meses he recibido noticias tristes de la universidad. No se trata de nuevas reformas privatizadoras, recortes, o degradaciones del ambiente académico e intelectual, aunque son un efecto directo de las mismas. Son historias personales que hablan del estado de toda una institución, de todo todo un sistema moribundo que mata las personas que lo habitan.

Una antigua compañera de departamento, profesora titular, dejó la universidad porque el clima de presión y de falta de perspectivas le resultaba insoportable. Dos otros amigos, profesores asociados y doctores ambos, personas excelentes que tuve la suerte de conocer durante las movilizaciones de 2011 a 2013, me comentan que quieren abandonar la universidad por motivos similares, a los que se añade la eterna precariedad que a veces roza directamente la pobreza económica. Otro compañero de lucha y responsable sindical es objeto de vigilancia y de denuncia por parte de su propia universidad.

Estas “bajas” me han hecho revivir intensamente los últimos años en la universidad y actualizar el balance que ya hice entonces, pero que ahora puedo formular con más serenidad gracias al tiempo transcurrido. Es una reflexión que se refiere en este caso al profesorado y a lo que hace o deja de hacer en circunstancias extraordinarias (que parece que han acaban convirtiéndose en ordinarias a base de reiterarse y presentarse como inevitables).

Reclamar que habíamos hecho los deberes no era sólo otra forma de decir que merecíamos un privilegio?

Para empezar por el colectivo al que yo misma pertenecía, recuerdo perfectamente como el profesorado que veía cerrársele en la cara las puertas de la consolidación laboral repetía y reclamaba una y otra vez que había “hecho los deberes”. Sí, teníamos todas las acreditaciones, todas las estancias en el extranjero, todas las publicaciones, todas las investigaciones. Habíamos hecho las deberes y ahora no nos daban el premio. Cada vez que les oía hablar así se me rompía el corazón y me desesperaba: qué importaba haber hecho los deberes o no? Reclamar que habíamos hecho los deberes no era sólo otra forma de decir que merecíamos un privilegio? Cómo habíamos llegado a este grado de docilidad, de dependencia, de falta de solidaridad? Por qué no éramos capaces de pensar más allá del interés corporativo y darnos cuenta de que compartíamos precariedad con el profesorado no acreditado, temporal, a tiempo parcial …? Y cuando las arbitrarias e insuficientes plazas se repartieron no quedó ni siquiera el vínculo corporativo: todo el mundo corrió a recoger lo que cayera. Me fui de la universidad viendo la desbandada general con una tristeza difícil de expresar con palabras.

Éramos producto de un proceso de disciplinación que tiene como finalidad producir un sujeto académico obediente.

Comprendí que éramos producto de un larguísimo proceso de disciplinación que tiene como finalidad justamente producir un sujeto académico obediente: nos habían acostumbrado a aprobar exámenes, rellenar formularios, preparar currículums estandarizados, concursar infinitamente, superar evaluaciones, redactar proyectos de investigación ajustados a las convocatorias, diseñar planes docentes según los apartados obligatorios, someter a otros a las mismas disciplinas a las que habíamos sido sometidos nosotros (esto último, fundamental para convertirnos en un engranaje más de la reproducción) … Fallar en alguna de estas pruebas constantes puede suponer perder los exiguos privilegios que el sistema nos hace creer que son nuestro premio. Así somos moldeados cuidadosamente en una cultura del miedo y del individualismo. ¿Qué clase de voluntad o qué experiencia iluminadora es necesaria para mantener el espíritu crítico y la dignidad en estas condiciones?

Ni siquiera haber pasado por la misma situación garantiza la solidaridad. Recuerdo que una vez hice una presentación en unas jornadas en la que me refería a la situación de degradación deliberada de la universidad pública y la precarización del profesorado que ello conllevaba. Un catedrático, ya a las puertas de la jubilación, y supuestamente “colega” de mi área de conocimiento, me respondió al final de su propia intervención diciendo que él había sido “penene” y que también había pasado momentos difíciles, naturalizando la explotación como una fase que todos tuviéramos que pasar. ¿Por qué su experiencia le hacía ver nuestra lucha como irrelevante en lugar de hacerlo solidarizarse con la generación más joven?

Por qué los docentes consolidados, con contratos permanentes y casi intocables, no se organizan ni se movilizan?

Sí, me pregunto, ¿por qué -salvo excepciones que nunca agradeceremos lo suficiente- los docentes consolidados, con contratos permanentes y casi intocables, no se organizan ni se movilizan para detener las reformas que sufre la universidad (Plan Bolonia, recortes, ahora la reducción de los grados…)? Y por qué, en ese momento, no mostraron ninguna señal de apoyo con los compañeros con los que trabajaban todos los días y que estaban a punto de irse a la calle? ¿Por qué recibimos compasión en el mejor de los casos, en lugar de solidaridad? ¿Por qué los responsables académicos no se negaron a aplicar los despidos de sus compañeros dimitiendo de sus cargos, por ejemplo? Y, aún más doloroso, por qué -de nuevo, salvo excepciones-, cuando nos fuimos, la mayoría de nuestros supuestos compañeros, con los que habíamos trabajado desde hacía tanto tiempo, no nos demostró que eso les importaba, ni se ha puesto después en contacto para saber qué ha sido de nosotros?

Es esta degradación de la conciencia, de la solidaridad y de la humanidad lo que me hace temer que estamos en una universidad muerta.

Más allá de las políticas que destruyen de manera muy consciente la universidad pública, es esta degradación de la conciencia, de la solidaridad y de la más mínima humanidad lo que me hace temer que estamos en una universidad muerta. La estructura académica autoritaria tradicional, actualizada y refinada a través de las reformas neoliberales, está logrando su objetivo como tecnología de producción de sujetos dóciles. Qué lejos queda aquella idea de la universidad como núcleo de revuelta, crítica e imaginación de un futuro diferente.

Ahora bien, nadie está libre de peligro, así que sólo espero que si alguna vez me convierto en una docente acomodada incapaz de mirar a la cara a la violencia institucional, de levantar la voz ante la injusticia, o de mostrar solidaridad, alguien me escriba un artículo como éste, o peor, para hacerme saber en qué me he convertido.


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