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Grey Filastine: “Innovación es una palabra manchada. Como revolución”

Escrit el 02/07/2015 per Marc Balfagon a la categoria ENTREVISTES, Entrevistes a músics.
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Grey es un músico norteamericano especialista en combinar sonidos tradicionales de todo el mundo y música electrónica con fuerte presencia del bajo. Desde hace años vive en el Raval, pero se pasa la mayor parte del tiempo de gira con su proyecto Filastine, donde muy a menudo actúa en sitios un tanto atípicos para los ojos occidentales.

En la siguiente entrevista nos cuenta, en su castellano salpicado de anglicismos, su visión sobre la ‘Barcelona creativa’ en la que reside y sus intuiciones sobre cómo podríamos disfrutar de una música menos condicionada por los rigores de la indústria musical.

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Acabas de volver de una gira. ¿Qué te ha llamado la atención?

Estoy intentando escribir sobre los últimos meses. Rápido, antes de que se me vaya y no me acuerde. Hoy estaba escribiendo sobre un día en concreto: el último día de 2014. Hay días que la agenda se aprieta y haces muchas cosas en 24 horas. Esta gira de la que hace unas semanas he vuelto, era por una zona muy específica: el sureste de Asía, Australia y Nueva Zelanda. Estuvimos en Borneo, era mi segunda vez allí. Tocas para muy poco público porque es una zona muy despoblada y casi todos los que viven ahí son inmigrantes de Java. Normalmente trabajan en la extracción de petróleo o carbón. Fuimos allí porque queríamos grabar una escena para un nuevo videoclip. Nos contaron que allí hay muchas minas de carbón fuera de la ley. Las gestionan mafiosos que están aliados con las multinacionales que compran lo que de allí se extrae. Hay mucho conflicto social en el campo por esto.

Los inputs de la música son la música en sí. Como lo de “eres lo que comes”. Lo mismo con el sonido.

A través de una ONG de allí que se dedica a estas cosas, contactamos con unos granjeros muy militantes. El último día del año nos levantamos sobre las cuatro y fuimos al campo más profundo. Allí hicimos una entrevista con unos granjeros que están intentando defender su zona. Desayunamos con ellos y después nos escoltaron hasta una mina. Ellos estaban muy contentos de que fuéramos allí para grabar y difundir este problema. En el videoclip ponemos en escena un trabajador que curra en la mina. Deja sus herramientas y se pone a bailar. Es un rechazo a la vida laboral de los que se dedican a la extracción. Entonces, con esa escolta, que eran dos hombres armados con machetes, nos adentramos más en la selva, a una mina enorme llena de buldozers muy grandes, con todo destruido… Ahí caí en unas arenas movedizas. Quedé todo lleno de barro y con los pantalones rotos. Al final hicimos todo el clip, pero claro teníamos un bolo la misma noche. Con una manguera nos quitamos el barro. Una gente, a la que le gusta la música underground, había montado una fiesta de fin de año en la selva, coincidiendo con nuestra visita. Tenían una casa dayak, que es como se llaman los indígenas de esa zona. Era una estructura con techo pero sin paredes y había un concierto y unos DJ’s super buenos. Nosotros tocamos a medianoche y llegó una tormenta. Todas las pantallas volaron. Seguimos pero el generador se cortó. Llovía mucho pero todo el mundo se quedó bailando. Conectamos otra vez la electricidad, acabamos el bolo. Fue espectacular.

Cuando te preguntan qué música haces ¿normalmente qué respondes? ¿Usas alguna idea que defina tu forma de aproximarte a la música?

Los inputs de la música son la música en sí. Como lo de “eres lo que comes”. Lo mismo con el sonido. Lo que sale de un músico depende también de su oído, de todo el contexto de su vida y de toda la música que ha escuchado. Quizás en mi caso, tengo otros inputs. Y esos inputs son tanto sonidos como experiencias muy Do It Yourself (DIY) relacionadas con la música. Pero muchos de estos inputs vienen de tener el oído siempre atento a la música contemporánea, sobre todo la música electrónica, aunque empecé con el hip hop. Me interesa la bass music que es más abierta que el techno o otras músicas que tienen un formato muy cerrado. Y muchos inputs son de buscar otros estilos de interpretar el sonido, como por ejemplo los de Indonesia. También he estado mucho tiempo en Marruecos o en Brasil. O en Turquía, Egipto, España… Para la gente de fuera de aquí, España es otro sitio de world music. Pero la world music no es world music en el sitio en el que nace. Ese es uno de los motivos por los que no me gusta esa etiqueta.

Plants 155¿De todos estos viajes y experiencias has sacado alguna conclusión?

Hay muchos estilos que merecen ser mezclados con otras músicas. Y que tienen que ser más reconocidos. Estamos en la misma trampa que con la celebrity culture. Estamos interesados en algunos estilos, pero solo conocemos a dos artistas. Es como lo contrario del socialismo: es muy “de famosos”. Solo ganan un par de estilos musicales. Y de esos estilos, solo un par de artistas. No compartimos nuestro amor por la música. Tendría que ser todo mucho más horizontal.

¿Hay mucha diferencia entre cómo se vive en occidente la música de cómo se vive en otros sitios?

No quiero explicarlo todo a partir del capitalismo, pero el capitalismo hace que casi todo sea un producto. Convierte los intangibles en productos. De semillas a todo lo que es cultura. Esto suena mal, pero tiene algunas ventajas: a los que les toca la lotería pueden vivir de ello. Por otro lado, en los sitios en los que esto no ha pasado la música tiene un significado más profundo. Está mucho más integrado en la vida cotidiana.

¿Me pones algún ejemplo de esos lugares?

De hecho, no hace falta ir tan lejos. Se puede ver también en los coros de la Barceloneta, las batucadas de los correfocs, el flamenco, y también en las micro-escenas de música ruidosa, metal, avant-garde, experimental. En estos sitios hay cierta inmunidad al mercantilismo. Claro, también hay miles de ejemplos más exóticos…

¿Cómo podemos posicionarnos nosotros ante esa rueda de consumo en la que muchas veces estamos inmersos?

Cojamos un ejemplo en concreto: el dubstep. Es un ejemplo perfecto del rise and fall de un género musical. Empieza con gente innovadora que hacen su propia música dentro de una escena. Y todo eso no tiene ni nombre. Hasta que llega un momento en que tiene que comercializarse, salir de la escena. Y alguien le pone una etiqueta y empieza a venderlo y a promocionarlo en el mundo. Esto está muy bien para esa gente innovadora que lo han creado porque, de golpe, son los reyes de ese estilo.

Se puede ver también en los coros de la Barceloneta, las batucadas de los correfocs, el flamenco, y también en las micro-escenas de música ruidosa, metal, avant-garde, experimental. En estos sitios hay cierta inmunidad al mercantilismo.

Entonces, teníamos una música englobada en lo que llamamos bass music, que existía en Inglaterra, se le pone un nombre y se exporta como un producto. En el resto del mundo se empiezan a hacer fiestas que, en vez de tener una visión más abierta, empiezan a usar lemas, por ejemplo en Barcelona, como 100% pure dubstep. Y sin ninguna ironía. Este fue el nombre de unas fiestas que se hacían aquí. Y pensaba: joder, hace 2 años que yo apreciaba mucho esta música. Esta misma música me encantó, pensé es algo nuevo. Una innovación en la música electrónica más allá del 4 por 4 del techno.Y de repente BUM, etiquetas, nombre, fronteras…Y si ponemos fronteras tenemos que definir quién está dentro y quién está fuera. Quién son los recién llegados, quién los inmigrantes y quién los terratenientes de esta zona efímera que es el género. Es como hacer un país.

¿Crees que eso se puede evitar?

Una innovación puede nunca llegar a ser un producto. Surgen en un momento y después desaparecen. O entran en un río de información cultural que va cambiando. Pero es una cosa que tiene que ver también con la supervivencia de los artistas. Nos podemos quejar de que algunos se han forrado con esto de poner una etiqueta y poner una valla. Cuando, en verdad, cada persona tiene que buscarse la vida. Para poder vivir de esto: hay que adaptarse al mercado, o venir de familia rica o ser un caso excepcional que es mi caso. Trabajé de taxista durante 10 años y ahorré un dinero. Cuando empecé Filastine podía vivir del taxi y hacer la música que me daba la gana y así no adaptarme al mercado.

¿Explica un poco como era tu vida en EE.UU ? ¿Cuál era tu propósito cuando abandonaste el taxi?

welcome to the new Filastine tour bus

welcome to the new Filastine tour bus

Durante diez años conduje un taxi en Seattle, el típico taxi amarillo de toda la vida. Los turnos eran de 12 horas, así podía trabajar tres noches seguidas, dejando el resto de la semana libre para dedicarme a mi arte. Estas tres noches eran una especie de pesadilla ambulante: una lucha contra el sueño, la oscuridad y la lluvia de Seattle. Una monotonía interrumpida por puntuales momentos de violencia o momentos de belleza extraña. Los taxistas en EEUU suelen ser inmigrantes recién llegados, resultó que yo era uno de los pocos angloparlantes en la industria. Al poco tiempo estuve ya implicado en el activismo laboral, edité la revista mensual del sindicato y estuve organizando varias huelgas. No tenía previsto abandonar el taxi, pero estaba muy harto de estar establecido en EEUU. Push & pull. Eran los años de Bush, mucha guerra externa y represión interna. Por cierto se vive mejor aquí.

Ahora que hablábamos de innovación. Es casi objetivo que hay innovaciones o estilos que hacen avanzar la música, pero también hay un relato muy subjetivo sobre la innovación que conecta con la idea de empresa, competitividad, esto de las smart cities

Sí, es una palabra manchada. Como revolution. Porque conlleva este segundo sentido. De hecho, gran parte de la marca actual de Barcelona se refiere a creatividad, a innovación… Pues bien, yo no conozco una ciudad más hostil a la creatividad. Es insostenible vivir aquí y sobrevivir de tus propias ideas. Solo puedo vivir aquí porque trabajo fuera.

Pues Barcelona tiene fama de sitio muy creativo, con mucha música ¿no?

Sí. Vaya donde vaya siempre me dicen “Barcelona ¡qué guay! Muy buena música allí”. Estoy de acuerdo, aunque ellos se refieren a un mundo paralelo de macro-festivales. Allí músicos mayoritariamente anglo tocan para un publico mayoritariamente guiri, en un una fortaleza vallada, empapelada con publicidad, donde solo se ofrece cerveza-pipí y comida malísima en un feo entorno asfaltado. ¿Buena música? ¿Perdona?

¿Y qué piensas de esto de los viveros de la cultura, los labs…?

Para mi, la creatividad acostumbra a venir de clases bajas, pero no tan bajas que estén al borde del desastre total. Sino que tienen todavía un mínimo para sobrevivir. Pero sobre todo, de condiciones de lo que yo llamo “la vida barata”: alquileres económicos, espacios vacíos, sitios para probar nuevos experimentos sin gastar mucha pasta… Pero esto solo nace naturalmente.

Me encanta el Raval donde vivo, con su frágil paz entre pakistanís y magrebís, latinos y catalanes, abuelos y queers, hipsters y prostitutas.

Escribí una cosa sobre esto, sobre Hong Kong. Cuando fui a Hong Kong había una peña que me acogieron porque iba a tocar en su club, que era un sitio medio clandestino pero muy consolidado, con página web y conciertos abiertos para todo el mundo. Por otro lado, el lugar era medio secreto: hay que entrar por un ascensor industrial, en una zona de almacenes, muy poco cool, en los márgenes de la ciudad. Solo por esto de que allí les dejan en paz, en ese barrio está creciendo una escena musical. Solo por el hecho de que es más barato que en otras zonas. Pero ahora ya están entrando los bulldozers para hacer lofts de lujo… Lo de siempre. Pues el tío del club me llevó a ver una ópera china en un sitio con una estructura hecha con bambú. Y allí había una ópera al estilo antiguo, lleno de gente de todas las edades, todos disfrutando de este arte tan antiguo. Y había un cartel en la entrada que decía lo que iba a pasar con ese edificio de bambú: iban a hacer algo parecido al Macba. Seguro que en el nuevo sitio harán conciertos, eventos y tal, pero es destruir una cosa natural, una cultura que nació naturalmente para imponer otro modelo. Esto nunca se puede hacer con éxito.

Me comentabas que la mayoría de tus amigos músicos o artistas se habían ido de Barcelona porque era lo contrario de esa “ciudad creativa” que dicen. ¿Por qué aún estás establecido aquí?

Pienso que todavía queda una buena comunidad con pensamiento critico, de activismo, de okupas, de videojockeys y videoarte. Me encanta el Raval donde vivo, con su frágil paz entre pakistanís y magrebís, latinos y catalanes, abuelos y queers, hipsters y prostitutas.

¿Cómo ves el tema de los hipsters?

Desde mi punto de visto es mejor no estar todo el día quejándose de que “Oh, todos llevan barba y gafas de pasta, comen brunch… ¡y van en fixie!”. Son modas, las modas cambian. No tenemos que fijarnos mucho en esto. A mi cuando me llega a molestar es cuando hay fetichismo. Por ejemplo, cuando ponen una fixie en un escaparate de discos. Piensas: ¿Qué significa esta fixie ahí?. Es como una manera de decir “Aquí somos los guays”. Una fixie es una bicicleta, libérala. Mejor si alguien la roba y la usa para llegar a su trabajo. Es una bicicleta, no un objeto fetiche.

Alguna vez te has planteado, supongo que en USA eso es mucho más marcado, ¿qué hacer ante esa sensación de frustración constante de ver lo pequeño que sigue siendo el activismo político y lo difícil que es generar grandes cambios en la sociedad?

Nunca ha sido cosa de muchos. Varios estudios dicen que las revueltas populares históricas en realidad no eran tan populares, que la mayoría de la población estaba desinformada o geográficamente aislada de la lucha. Me refiero a las revoluciones estadounidense, rusa etc.. No es motivo para ser pesimista, sino el contrario: un pequeño porcentaje de gente puede hacer un gran cambio.

Nosotros investigamos sobre modelos de gestión. Has pensado alguna vez qué papel tendría que tener el estado con respecto a la música (conciertos, locales de ensayo, espacios…). Porque ya sabemos que dejarlo todo al mercado es malísimo, pero muchos sistemas de subvenciones han salido también fatal.

Un buen papel del estado puede ser tanto el pasivo como el activo. Unos ejemplos personales y cercanos: Berlin toma la actitud pasiva. Desde la permisividad florece una escena artística. Hace un par de años tocamos en Berlin, había carteles grandes pegados por todo el centro con los datos del evento, también publicado en las revistas de ocio, o sea, un promoción típica de una sala grande y legitima. Resulta que la sala era un nave industrial en ruinas sin ningún permiso legal. Mientras no haya disasters la poli no se mete.

Un buen papel del estado puede ser tanto el pasivo como el activo

Francia es el mejor ejemplo del papel activo. Allí las pequeñas discográficas y salas pueden sacar una subvención para pagar los sueldos. He tocado en docenas de pequeños pueblos con salas bien equipadas, donde asiste un publico informado que sorprendentemente ya conocía mi música.

Para finalizar, cómo ves el momento político ahora mismo en Catalunya y en España? Siempre es bueno saber una opinión que venga (un poco) de fuera.

Muy dinámico, espero ver grandes cambios durante los próximos años. Y sino, pues me marcharé para un lugar menos facha.

¿Y el proceso independentista en Catalunya?

El orgullo nacional no me encanta, las fronteras todavía menos. A pesar de esto voté, y votaría, a favor de independencia para respetar las ilusiones de muchos autóctonos. Aunque no me puedo olvidar que la palabra illusion en ingles significa espejismo.

Quizás los que están más animados con este tema deberían pasar sus próximas vacaciones en Eslovenia, Bangladesh, o Timor Oriental. Todos países que se independizaron por motivos lingüísticos o culturales, pero en los que había intereses económicos ocultos y una élite que se aprovechó y manipuló un movimiento popular para salir como líderes del nuevo país. Aquí, estas élites no están ni ocultas. Si vamos a dibujar otra cicatriz en la tierra, espero que valga la pena, que no acabemos controlados por la misma casta.

 

Un muntatge amb les intervencions de Filastine i Nova al passat Fòrum Indigestió


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