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Deletreando “bicicleta” desde finales de…

Escrit el 01/11/2015 per Lucia Lijtmaer a la categoria Una más y nos vamos.
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“Perdut i sense nau,
mirall de coses belles,
em dius que el nostre amor
s’acaba a les estrelles”

Toti Soler – Liebeslied 8 – Em Dius Que El Nostre Amor (1972)

 

Me dejé una bicicleta atada en una esquina de la calle Pallars. A veces pienso en ella pero en seguida paso a otra cosa, me da apuro la irresponsabilidad que cometí. Ahí estará, bonita, antigua, pesada y bien atada, con su candado. Intento no pensar en ella, pero tampoco lo oculto del todo. Se trató de un acto voluntario: la dejé ahí en plenas facultades, sabiendo que no volvería a por ella.

La imagino, entre los estudiantes y los hubs de diseño, y pienso en una hiedra verde trepando y encaramándose a su rueda y la luz colándose por la tarde en Poble Nou sin nostalgia alguna.

No tengo nostalgia.

Tampoco tengo relación alguna con bicicletas o con mis antiguas casas. Me pasa siempre lo mismo: una vez abandonadas, intento no pasar por delante para verlas. No encuentro placer alguno en el acto nostálgico, me molestan sus rituales.

No tengo relación con bicicletas, pienso, y entonces recuerdo un recuerdo que no es mío: mis padres decidieron su exilio a partir de una razón muy concreta. Mi madre quiso venir a Barcelona, y no a otra parte, porque pensaba que así podría pasear en bicicleta junto al mar. Creo que había escuchado “Mediterráneo” de Serrat. Vete a saber. De eso hace 37 años, nunca ha tenido bicicleta y vive relativamente lejos de la costa, por Hospital Clínic. Aún así, la decisión. Nos entra la risa cuando lo comentamos. Mejor la risa que el vértigo.

Casi nunca discuto el exilio de mis padres en profundidad con nadie. No es mío, y sin embargo ha perfilado lo que soy. En épocas de esencialismos patriotas y preelectorales de toda calaña, soy fiel a nuestra identidad apátrida. Fui educada en el rechazo al romanticismo alemán, nunca se suspira por lo que ya no está, como mucho se le puede acusar a mi padre de darme una excelente educación tanguera.

Lo cual no quiere decir que no tenga, digamos, ciertos tics. Sonrío ante los chistes fáciles -jajajaja, menudo apellido. Jajajaja, entonces ¿tu familia será de dentistas?- y pienso en mi amigo Andrés que empezó una tesis sobre los hijos de exiliados. No la continuó. En mi casa y en la suya el humor de estereotipos se contrasta con mejor humor. La risa se entiende como un síntoma de vitalidad, una manera de avanzar contra la muerte.

Nuestro mundo común está plagado de anécdotas que luchan contra la ignorancia. La primera es de cuando mis padres no entendían aún el catalán:

-Vagin amb compte que a la filla li picarà un escurçó.

-Sí, sí, nos vamos de excursión.

Así con todo. La risa, también, contra el equívoco. La risa como excentricidad liberadora.

Una sola vez perdí los estribos y aún no los he recuperado. En una cena amable con conocidos, la chica sentada a mi lado, sin hacer preguntas, dejó a entender que mi familia, ¿como otras, quiso decir?, lo había tenido muy fácil. No tuve que deletrear mi apellido, ella sola sacó sus propias conclusiones esencialistas. Casi le escupo. Entendí que para obtener su aprobación, la historia de mi familia debía contener humillaciones y sufrimiento. Me negué a tal pornografía. No relaté.

Desde que no vivo en Barcelona entiendo todo mejor. Camino sin nostalgias y de repente, una esquina de la Glorieta de Bilbao es exactamente igual a la Vía Laietana con Urquinaona. Me crié en una ciudad cuyo aire está hecho de salitre y humedad y ahora lo distingo con toda su fuerza, me sorprendo ante la belleza magrebí de sus calles, recuerdo canciones olvidadas de la adolescencia y las canto ahora que estoy lejos.

Entiendo que irse puede ser fácil o puede no serlo, y mi partida ha sido fácil, vital y alegre. Y entonces sonrío porque pienso que a lo mejor le dejé esa bicicleta a mi madre como ofrenda. A mi madre y a mi padre, que hicieron un viaje hacia la libertad y hacia la vida y que optaron por hacerlo de manera valiente y tranquila. Con la dignidad que para mí eso les otorga


Una resposta

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  1. Mario says

    Ya, si tan poco apego sientes la podrías haber dejado sin atar, ganas de complicarle la vida a la gente.



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