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La lluvia

Escrit el 11/11/2015 per Marta Vallejo a la categoria Postals de Yakaar.
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Aquest text també ha estat traduït a l’àrab

And it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard, it’s a hard
It’s a hard rain’s a-gonna fall

Bob Dylan (basado en hechos reales)

 

Es esa hora en que se van licuando las certezas y se evapora progresivamente la lumbalgia sobre el colchón. En la cama un libro despanzurrado, el teléfono dormido y el ordenador hibernando. En la cama yo misma hecha un charco de duermevela, en transición de lo sólido a lo gaseoso. Y al otro lado de la ventana patitas de araña hilando hielo, pasos de pájaro sobre la escarcha, uñas de gato contra el parqué, tacones de aguja sobre el asfalto, pies de plomo bailando claqué. Una tormenta contra el cristal que suena a sinfonía de plástico de burbujas y palomitas en la sartén.

Por la mañana un regusto de cartón mojado que combina raro con el olor a café tirándote de los párpados. Alargar los músculos adormecidos hacia las esquinas de la cama, hacer la croqueta de este a oeste. Buscar el norte que se perdió en la noche, buscar la estrella polar por la ventana. Pero es de día, las nubes circulan rápido entre las rendijas de la persiana y las gotas de lluvia se dejan caer por la superficie del cristal.

Con la fuerza de todos los gigantes de la mitología, destaparse como quien se despelleja, descolgar las piernas y con los ojos cerrados saltar el acantilado que separa el sueño de la vigilia. Plantar los pies en la jornada y notar el frío en las plantas. Agua en la habitación. En el pasillo, en la cocina, en el comedor, en el baño. Agua cayendo en vertical por la ventana y agua estancada en el piso del piso.

En la esquina de la carretera del desierto, una lancha de pescadores cubre el trayecto hasta el centro y los ciudadanos esperan su turno encaramados en el techo de la parada del tranvía.

En la cocina D está preparando el desayuno, le da la vuelta a las tostadas, sirve el café, con o sin leche te pregunta con el pantalón del pijama arremangado hasta la rodilla. Con leche. Y un yogur con miel y mirar por la ventana. Agua circulando por encima del nivel del mar y por debajo del umbral de la pobreza. A vista de pájaro, los ciudadanos honrados como hormiguitas se dirigen al trabajo saltando sobre los capós de los coches y la policía dirige el tráfico de gentes por encima de los vehículos. Hasta aquí, todo bien.

A pie de calle, con agua hasta las rodillas, buscar el camino al curro en función de las corrientes de este mar expandido mezcla de mediterráneo, nilo y mierda. En la esquina de la carretera del desierto, una lancha de pescadores cubre el trayecto hasta el centro y los ciudadanos esperan su turno encaramados en el techo de la parada del tranvía. Como si nada todo sigue como si nada.

Como si nada el viento se desboca por las rendijas de las ventanas y por los chaflanes de esta venecia accidental. Los cables bailan un swing acrobático de poste en poste, izquierda derecha tirabuzón salto y caída. Desparrame de electricidad en las calles como ríos, viandantes electrocutados como cadáveres de piscifactoría. Túneles desbordantes, rascacielos de arena. Te rindes y remontas el camino de vuelta a casa, salmón urbano.

Te rindes y remontas el camino de vuelta a casa, salmón urbano

El ejército ha tomado cartas en el asunto y patrullan en barco por las avenidas principales. Los sacos de arena apilados en la puerta de los edificios estratégicos se han convertido en islas para náufragos sin palmera. Soldaditos de secano montando guardia en la punta del iceberg. El presidente en su despacho de madera noble y cortina tupida espera que le pasen la llamada. Se mostrará firme, cuando el teléfono deje de comunicar. Le he dicho que me ponga con el responsable de todo esto. Por responsable no me viene, excelencia. Pues comuníqueme con alguien. De un golpe de timón cambiará el rumbo de la catástrofe.

Primera medida: destituir al gobernador, que recoge su taza de la universidad americana dónde se graduó y saca las gafas de buceo del fondo del cajón. El derrotado lobo de las finanzas le cede el bastón de mando al almirante lobo de mar, en adelante jefe de este archipiélago de agua sucia. Segunda medida: declarar el estado de emergencia. Excelencia, su antecesor lo dejó declarado hace tres años. Declarar el estado de urgencia. Lo rubricó su excelencia antes de las elecciones. Declarar el estado de sitio. Presidente, lo extendió usted al conjunto del territorio para proteger las fronteras. Declarar la sequía. Tercera medida: con efecto inmediato.

La falta de resultados y el salitre hacen mella en la autoridad competente y antes de que se oxide la mano de hierro empiezan las detenciones

Las vías terrestres han sido tomadas por afluentes efímeros que fluyen en cascada desde los balcones de todas las casas. El nuevo gobernador militar ejecuta las órdenes con mano de hierro. Se cubren las avenidas con la orden presidencial impresa sobre lona kilométrica, las calles y callejuelas se tapan con tela de bandera. Las goteras se solventan con las banderolas electorales que sobraron de los últimos comicios. Y la lluvia persiste en su llover sobre una ciudad inundada y plastificada.

La falta de resultados y el salitre hacen mella en la autoridad competente y antes de que se oxide la mano de hierro empiezan las detenciones. Declarada la sequía, reza el decreto presidencial, toda muestra de apoyo al enemigo líquido será perseguida y castigada. Quedan prohibidos los paraguas, chubasqueros, bañadores, flotadores y demás armas que contribuyan a expandir la alarma social. Las órdenes son ejecutadas con la acostumbrada diligencia y se llenan de detenidos las comisarías, las cárceles, los cuarteles, las salas de espera.

Pero ahí fuera sigue diluviando y ante la inutilidad de ser impermeables, nos vamos poco a poco licuando. Disolviendo en la lluvia hechos gota. Hechos charco. Hechos playa. Hasta alzarnos en el océano y empezar a hundirnos.


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