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Sobre la violencia

Escrit el 14/02/2016 per Ramon Faura a la categoria Comentaris al marge.
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Traducción del original Sobre la violència

Una historia que nunca he contado y que en su momento fue traumática. Cuando Nic, mi hijo, debía tener tres años, un viernes que nos íbamos de fin de semana, salíamos juntos de casa, con dos maletas y la puta sillita reglamentaria que las autoridades te obligan a instalar en el coche para la seguridad del niño. Las dos maletas pesaban mucho. El ambiente en el barrio era opresivo debido al exceso de turistas, que caminan como zombis, que bloquean la puerta de casa para escuchar al guía.

Aquella tarde Nic no quería caminar. Como tantas veces les pasa a los niños, lo cual derivó en rabieta. Una rabieta salvaje. Los dos, subiendo por la calle del Call, yo sudando como una ternera con dos maletas y la puta sillita reglamentaria, y Nic, retorciéndose por el suelo con unos gritos, chillidos y llantos, que llegaban a la Generalidad. Nervios. Bronca. El coche nos esperaba en la plaza Sant Jaume. Me faltaban manos. Una señora me ofreció ayuda. Se lo agradecí. Continuamos “subiendo”. El tiraba de mi brazo. Imposible. Llegando casi a la plaza, la cos se volvió insostenible. Me puse muy nervioso. Tiré las maletas y la silla. Me colgué las maletas en la espalda. Senté a Nic en la puta sillita reglamentaria y me la puse sobre la cabeza, como si fuera un sherpa o un portador de Tintin en el Congo. Ahora Nic chillaba a saco. Todo el mundo miraba. Crucé la multitud de la plaza con Nic allá arriba gritando como una bestia. Yo también gritaba como una bestia, supongo que le regañaba o qué sé yo. Las asas de las maletas se me clavaban en el hombro. Me dolían. Para no perder tiempo, me abría paso empujando turistas. Parecía una mani de turistas.

Cálmese, dijo él, sólo le digo que así no se trata a un hijo

Llegamos al coche. Descargué la silla en el suelo muy bruscamente. Por cabreo y porque mi espalda ya no podía más. Nic lloraba mucho y yo lo regañaba fuera de mí. Empecé a instalar la puta sillita reglamentaria en el asiento trasero. Nic seguía llorando fuera. De pronto me picaron en el hombro. Era el guardia urbano de la Generalitat, me sonaba de vista. Un hombre mayor con bigote y silueta sedentaria. Evidentemente, me sacaba una cabeza. Ya está, pensé. Ahora una multa por estar aparcados en medio de Plaça Sant Jaume. Traté de contener el ataque de nervios. Ahora nos vamos, le dije, es que vivimos aquí y es imposible hacerlo de otra manera, pero ya nos vamos. El guardia: ¿Usted se ha visto? Yo sí. Yo lo he visto todo. Al principio no entendí por dónde iba. ¿Cómo? Perdone, dije. Usted no puede tratar a su hijo así, me dijo. Empecé a alucinar: ¿qué?. Él siguió: Ha dado el espectáculo. Todo el mundo lo miraba. Ha estorbado el espacio público. La violencia contra los niños está castigada. Fundido en negro. Túnel mental extraño. Una pantalla de plasma negra entre mi hijo y yo, un intruso poniendo en duda mi amor incondicional por Nic. Dudas interiores: quizás estoy loco y he hecho una animalada, como los psicópatas que asesinan y luego no lo recuerdan. Repasé muy rápidamente los hechos. Además de los gritos, además del show contra los turistas, además de dejar la silla en el suelo con mucha mala leche, no había habido ningún golpe, ninguna bofetada, nada… No lo entendía. Me sentí violado. Totalmente vulnerable.

¿Pero qué dice?, le dije gritando. El cabreo con Nic se transformaba ahora en otra cosa y yo estaba fuera de mí. Me acababa de agredir moralmente, en la médula espinal, un extraño. Continué a gritos: ¿Usted lo ha visto todo, dice? ¿Me ha visto cruzar la plaza con Nic en la espalda berreando sobre la puta silla reglamentaria, y en lugar de ofrecer ayuda, esperó a ver cómo se me rompía la espalda o como abofeteaba a mi hijo, cosa que por cierto, no he hecho?

Cálmese, dijo él, sólo le digo que así no se trata a un hijo.

Hostia puta, pensé. Qué fuerte! El cabrón me hace sentir un maltratador. Ahora Nic, no lloraba, miraba asustado al policía.

Sí, lo reconozco, había perdido la cabeza, pero es que aquello era un linchamiento

Pero… ¿cómo se atreve a hablarme de violencia? (empecé a desvariar), ¿tú me hablas de violencia, con una pipa en el cinturón y una gorra con cuadritos? De pronto empezó a venir gente, mucha. Rodeaban el coche. Un alemán del barrio, que lo conozco de vista, desde detrás del poli me dijo Eres un fascista. Un chaval con capucha y anilla en el oído me dijo no me gustaría tener un padre como tú. Flipando. Flipando mucho. La gente empezó a decir cosas y yo empecé a insultar a la gente. Especialmente al alemán. ¿De qué coño hablás puto Wim Wenders de saldo? si siempre estás puesto delante de mí casa. Sí, lo reconozco, había perdido la cabeza, pero es que aquello era un linchamiento. La cosa subía. Ahora sólo el guardia urbano me protegía del tumulto. Nic lloraba dentro del coche. Le dije al poli que si no había denuncia yo me iba. Su tono autoritario, seguro, altivo, por encima del bien y el mal, arrogante, su violencia implícita, me hacía sentir fatal, un delincuente, una mierda, pero como estaba fuera de mí, yo continuaba a gritos. Empecé a sopesar seriamente la posibilidad de darle un puñetazo al alemán… la cosa subía y el guardia no hacía nada…

De pronto apareció una anciana vestida de negro. Una de las viejitas del barrio. Pequeña y delgada. Se metió delante de mi encarada a la turba: A ver ¿Cuantas madres hay aquí? Hostia, es verdad!, pensé, todo son tios. La anciana siguió: ¿Cuantos de vosotros habeis subida a un niño? vagos que sois unos vagos, que no sabeis lo que es querer a alguien. Joder! Tenía razón. Ella se dio la vuelta. Me tocó la cara con afecto. Sube al coche, majo, anda vete, que éstos no saben lo que es limpiarle el culo a un hijo. El poli desapareció. La gente empezó a dispersarse. Sólo el alemán (todavía me lo encuentro por el barrio) seguía insultando. Me fui. Aun con el auxilio de la vieja (se lo agradeceré eternamente) me quedó durante mucho tiempo una sensación muy desagradable. Mi relación con Nic se alteró. Había momentos, cuando él rabiaba, que no me sentía legitimado para imponer la autoridad. Dudaba de mí como padre. A pesar de la vieja, que tenía razón o al menos nadie replicó, ninguna mujer, ningún padre, sólo ociosos, a pesar de la vieja, todo se había revuelto. Un policía, en lugar de ayudar, de ofrecer una solución, de calmarme para evitar que la cosa fuera a más, en lugar de todo esto, se había interpuesto entre mi hijo y yo, me había juzgado públicamente sin saber nada, nada del día que nació Nic, nada de las paradas de Reyes, nada de los baños en la playa de Pals, nada de las broncas las noches cuando no se duerme.

¿Cuantos de vosotros habeis subido a un niño? vagos que sois unos vagos, que no sabeis lo que es querer a alguien

He recordado esta historia porque recientemente me la ha hecho pensar el encarcelamiento de los titiriteros. Quizás no tiene nada que ver, no lo sé, pero sí hay ciertos ingredientes en común. El tabú de la violencia; la violencia que ejercen, paradójicamente, los que censuran la violencia en nombre de la democracia; la hipocresía con que blindamos los niños ante la realidad, como si fueran tontos; y también la injerencia asfixiante del estado en nuestra moralidad más intima, una injerencia que a menudo viene gestionada desde la incompetencia, la estrechez de miras y una evidente falta de preparación de determinados sectores vinculados a la administración.

El caso de los titiriteros, mucho más grave, es tan arbitrario y estúpido que cuesta decir nada fuera de los lugares comunes más elementales. Me temo que los responsables de su encarcelamiento lo saben. No se puede ser tan inepto. Dicen que Raúl García y Alfonso Lázaro han hecho apología del terror y de la violencia. No hay por donde cogerlo. No es ni rebatible. Al menos no debería serlo en una sociedad saludable. Pero claro, vivimos en un país donde los homicidas en serie que han actuado desde los fondos financieros continúan paseándose por la calle como los dueños del mundo; una sociedad donde Arnaldo Otegui continúa encarcelado desde 2013 (una vergüenza que convierte nuestra democracia en un chiste siniestro); una sociedad que no ha sabido encarcelar a un Angel Acebes por haber injuriado y manipulado los cientos de muertos del 11-M, y el sufrimiento de sus familiares, mintiendo deliberadamente una y otra vez; una sociedad donde alguien con una pistola de reglamento en la cintura puede violar tu intimidad familiar, impunemente y dando lecciones de pacifismo.

En realidad, lo que no soportan es la visibilidad pública de otras morales

No es demagogia, es estadística: muchos de los que dicen defender los derechos de los niños ante obras de títeres como las de Raúl García y Alfonso Lázaro, son los que callan con escándalos como los de los Maristas de las Cortes. En realidad, lo que no soportan es la visibilidad pública de otras morales. Si se hace en secreto, escondido en una sacristía, en un vestuario policial, donde sea, entonces nada los perturba. Después de todo, piensan ellos, saltarse la ley a escondidas no implica cuestionarla. De hecho, hace siglos que ejercen una violencia invisible que condena todo tipo de alteridad a la invisibilidad y la vergüenza.

Es esta violencia la que vivimos cada día y desde arriba. Las putas sillas reglamentarias, por ejemplo. Piensad en ello, además de un negocio, no es ninguna broma. Es habitual, casi un chiste: aquellos que acostumbran a condenar la violencia son los que la ejercen con más impunidad. Fue así cuando Richelieu prohibió los duelos (6 de febrero de 1626) y pasa ahora con un ministro de interior que en su labor invoca lo intangible, como los brujos.

No es legítimo hacer daño a nadie; sí lo es preguntarse en voz alta, delante de adultos y delante de niños, sobre el sentido, la necesidad y los límites de la violencia. Queramos o no, está ahí.

 


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