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Conversaciones con un mimo

Escrit el 22/09/2016 per Nando Cruz a la categoria Activistes, Cultura i democràcia, Música i societat.
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Cada vez más voces denuncian que la Ordenanza de Civismo de 2005 fue una herramienta diseñada para privatizar las calles de Barcelona. El payaso Joaquín Ortega empezó a trabajar en las Ramblas en 1988 y ha visto cómo, año tras año, poco a poco, se iba arrebatando el espacio público a la ciudadanía. La historia de la transformación de Barcelona en ‘la botiga més gran del món’ es también la historia del creciente acoso a los artistas de la calle.

En marzo de 2016 se celebraron en la Fabra i Coats las jornadas ‘Cultura viva’. Allí se habló de gestión comunitaria, de fab labs, reapropiación de las infraestructuras municipales, descentralización, cuidados… En un turno de preguntas, un espectador planteó un tema más concreto: el decomiso de instrumentos a los músicos callejeros. “Los artistas no necesitamos más cuidado, sino recuperar el resabio de un modelo de ciudad que se perdió. Y para resolver eso no hace falta dinero”, dijo.

Quien pronunció esas palabras era un artista de calle, el argentino Joaquín Ortega. Y la salva de aplausos que agradeció su intervención contrastó mucho con la reacción de una de las responsables del encuentro. Le pidió que se ciñese al tema de la charla y, en caso de tener alguna queja, que la formulase por escrito en la web del ayuntamiento. Al parecer, o por lo menos en aquel contexto, los artistas de la calle no eran cultura viva.

Joaquín nació en Rosario en 1960, llegó a Barcelona en 1988 para pasar un verano y aquí se quedó. Siempre ha trabajado en la calle. Es mimo y a pie de calle ha vivido, con sus ojos y en sus carnes, la transformación del espacio público de Barcelona en coto privado. A lo largo de 28 años ha compuesto minucioso y reflexivo relato del mayor atraco jamás perpetrado en ‘la botiga més gran del món’: el robo de la calle a sus ciudadanos.

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¿En qué zonas de Barcelona empezaste a trabajar?

Siempre en el Gótico y el Casco Antiguo, alrededor de las Ramblas, porque para poder actuar se tienen que crear las circunstancias. Y la Rambla no es casualidad. La Rambla es una riera que va a dar al mar, que pasa al lado de una muralla de una ciudad que es capital de la región. Y así sigue siendo, como en el año 1000. La Rambla tiene el puerto, el turismo, el gobierno… Hay gente que quiere reformarla, pero las Ramblas no se pueden cambiar.

¿Había mimos trabajando en la calle en 1988?

Alguno. Lo que yo hago es una técnica, un palo. No se llama de ninguna manera, pero se trata de buscar un momento de comedia con la gente que pasa. La persona no se tiene que detener, no hay escenografía y se trabaja al ritmo de la calle. Esto te lo encuentras, con lo cual hay una impunidad para el cómico. Él lo intenta y si no te hace gracia puedes seguir andando. Estás en la calle y no te ha cobrado. No quiere nada contigo. Él mantiene una distancia. Siempre hay un respeto. Todo eso hace que esto sea un palo específico del humor. No tienes dignidad de artista. Estás en la calle.

¿Pides dinero?

Nunca. La gente da dinero, pero no porque yo lo pida. La gente no tiene preparado el dinero. Ahora estamos en un bar, un espacio público. Si yo te vendo droga, aquí nadie va a sacar la droga ni poner dinero sobre la mesa. La gente elegante no habla de dinero. Ese es un aspecto que va incorporado en el mundo del mimo. Yo acabo de terminar mi espectáculo y tú ya me has visto. Si tú me quieres dar, me das. Si no me quieres dar, se terminó.

¿De quién era la calle cuando llegaste a Barcelona en 1988?

De la gente, pero ya estaban anunciadas las olimpiadas. En el 88 ya empezó la toma del espacio público. La prohibición actual, que empezó en 2005, responde a un modelo que nace con las olimpiadas. Pero el anuncio de las olimpiadas genera una euforia económica que hace que yo no haya sentido la prohibición en aquel momento porque entonces todo iba para adelante. La gente se metía en letras para un sofá nuevo, para un coche, para comprar electrodomésticos… Había otra dinámica totalmente distinta.

¿Cuál era tu día a día en aquella primera época?

Compartía casas con otra gente. Yo tenía una habitación y pagaba gastos comunes. Podía comprarme ropa y viajar a Argentina cada dos años. Podía conocer gente y tener una vida normal. Y todo esto, trabajando dos o tres días por semana en invierno y cinco o seis en verano.

Trabajar un día, ¿cuántas horas significa?

Cuatro horas durante las cuales hago tres pases. Pueden durar 15 minutos, 20, media hora… Acabo, me tomo algo y lo vuelvo a hacer después de 20 minutos. En verano igual lo haces más veces porque hay más horas de luz.

¿Entre 1988 y 2005 no tuviste ningún encontronazo con la policía?

Ninguno. Ni pararse delante de mí, ni interrumpir el espectáculo. Desde el 88 hasta el 2005 yo no molestaba.

¿Ha variado la reacción del público tras el 2006? ¿No es más esquiva debido a la criminalización que sufren ahora los artistas de calle?

No. Eso no cambia tan rápido. La gente agradece tu cansancio, la ropa que te has preparado, los botones de colores y tu martillo de plástico, que hayas cogido tu autobús y que te pongas a correr por la calle. Eso la gente lo va a seguir agradeciendo. Está todo más controlado, pero no está tan controlado. ¡No es tan fácil amiguito! Los mecanismos de control crecen, pero lo que pasa ahora es que el tema de la seguridad está en el aire desde 2001.

¿Por qué desde 2001?

A partir del atentado de las Torres Gemelas la seguridad pública pasó a ser tema de conversación. Antes de 2001 una persona montaba un pollo porque no quería pagar y el follón se resolvía con dos hombres de otra mesa que se levantaban y le decían: ‘Vamos para fuera, que te estás pasando’. Después de 2001 esa persona se convirtió en símbolo de algo más. El follón adquirió otro sentido. Ahora hay que llamar a la policía: ‘A ver si lo toco, tiene algo y se me pega’. Se perdió la mediación de conflictos entre iguales. Quieren que ante cualquier duda vayas al organismo. El miedo es lo que cambió.

fullsizerender-1¿Y tú marcas ese cambio a partir del atentado a las Torres Gemelas?

Sí, porque la normativa de 2005 (la ordenanza Ordenança de mesures per fomentar i garantir la convivència ciutadana a l’espai públic de Barcelona’, más conocida como ‘Ordenança de Civisme’) la prepararon en el 98. La de 2005 refuerza, fagocita aquella normativa del 98 y la refunde con otra de medio ambiente del 99. Pero en la del 98 (la ‘Ordenança sobre l’ús de les vies i els espais públics de Barcelona’) ya pone que el uso intensivo del espacio público que dificulta el uso y disfrute por parte de otros usuarios debe ser prohibido, denunciado y penado. Ahora, qué es y qué no es uso intensivo de la vía pública no lo pone en ningún sitio. La redactaron para tenerla. En 2003 hubo el atentado en Casablanca. Y en 2004 hubo el de Madrid. Hasta 2004 y entonces empezaron a decir que no se puede hacer más teatro en la calle porque eso es un uso intensivo de la vía pública.

Si la primera normativa es del 98, fue con un ayuntamiento socialista.

Sí. Y cuando se empezó a aplicar, también. Primero fue Clos y después fue Hereu. El modelo al que responde esta ley dice que tenemos que ofrecer seguridad para que el turismo siga viniendo. Todos los tipos de turismos, incluido el de esos diez tipos que se dejan diez y doce mil euros por noche y esos otros 300 tipos que se dejan 300 euros por noche. Todo eso tiene que estar blindado y la manera de conseguirlo es esta ley que incumple derechos humanos y la Constitución Española. Y si quieres, sigo por ahí.

Por supuesto.

La Guardia Urbana es un cuerpo ejecutivo y el Consell de Cent es el cuerpo legislativo. El Consell de Cent legisla el uso de la calle, pero delega en la Guardia Urbana el juicio acerca de qué es uso intensivo y qué no. En ese momento, el Consell de Cent hace dejación de sus funciones. El guardia urbano que me echa actúa en función de las órdenes que recibe. Yo tengo razón con lo que digo, pero el urbano también tiene razón porque le dijeron que yo no puedo estar en la calle. Pero la redacción de la ley y la interpretación que se deja hacer a la Guardia Urbana son inconstitucionales. Tú y yo tenemos derecho de reunión por el artículo 20 de la Constitución.

¿Cómo notaste que había entrado en vigor la Ordenança de Civisme?

A finales de 2005 pasaban a interrumpir la actuación diciéndome que si me vuelven a ver ahí me van a tener que multar. La primera vez el agente te avisaba, la segunda vino con una normativa, la tercera vez nos dijeron que la próxima vez nos iban a multar y la cuarta vez empezaron a multar. En marzo de 2006 empiezan las denuncias. Ah, y en enero de 2007, cuando ya llevaban casi un año multando, empezaron a repartir el díptico. (Se refiere al díptico ‘Ordenació dels artistes de la Rambla’). Eso no es una normativa ni fue votado en un consejo municipal. Es una orden administrativa.

¿Cómo reaccionaste la primera vez que la urbana te llamó la atención?

Lo primero que pensé fue: a lo mejor están robando mientras yo curro. Porque yo no puedo impedir que me usen. Y pensé: voy a hacer una alegación. ¡Pensando que me llamarían a declarar, yo les llevaría todos los papeles y lo arreglaríamos hablando! Y no.

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¿Cómo reaccionaste la primera vez que la urbana te llamó la atención?

Lo primero que pensé fue: a lo mejor están robando mientras yo curro. Porque yo no puedo impedir que me usen. Y pensé: voy a hacer una alegación. ¡Pensando que me llamarían a declarar, yo les llevaría todos los papeles y lo arreglaríamos hablando! Y no.

¿Qué papeles pensabas llevar?

Mis documentos y mi currículum. Yo fantaseaba, y todavía fantaseo, con que un día me manden una certificada que diga: ‘Ortega, el día 12 por la mañana venga al distrito que lo espero yo, la concejala’. Porque todo lo que tengo aquí (señala una carpeta de siete centímetros de grosor) son diez años de multas, trámites, alegaciones y fotocopias. Hasta ahora sólo hay silencio administrativo y persecución física. La calle no cambia y el ayuntamiento no contesta. Y como el ayuntamiento no contesta y la gente de la Guardia Urbana sigue parando, multando y persiguiendo, esto está prohibido porque está prohibido. Pero no porque esté prohibido en esa ley, sino ‘por mis huevos’; una expresión muy bonita que tienen aquí. El urbano tiene una leve sonrisa de satisfacción porque sabe que le tienes miedo y que tú no puedes hacer nada porque el ayuntamiento no contesta. Perversa situación.

¿Qué hiciste después de la primera advertencia, a finales de 2005?

Sigo trabajando. No quiero ponerme muy filosófico, pero hay una cosa que tiene que ver con una especie de principios. El bufón se define básicamente contra la autoridad. Los payasos muertos desde sus tumbas no consagradas, porque están todos excomulgados, me miran y me dicen que esto tiene que seguir. La Guardia Urbana me puso en este lugar histórico y de privilegio. Y ese lugar es estar contra la autoridad. Si los veo venir y puedo, me escapo. Pero yo no dejo de ir a trabajar. Porque si dejo de ir, ganaron.

¿Cómo fue tu segundo encontronazo?

La segunda vez me dijeron: vete, que te hemos visto, sabemos quién eres, ya te hemos dicho que esto lo tienes que dejar y que de aquí a poco vamos a empezar a multar’. En ese momento, mucha gente dejó de trabajar, pero otra gente con la que estuve más o menos en contacto dijimos: no, no, no.

¿Y cuándo recibes la primera multa?

En marzo de 2006. Todos estos cambios necesitan algo que los dispare. Y el hecho que disparó este fue que dos estatuas se dieron de hostias.

¿Por qué?

Por un sitio. Por una moneda. Porque son mendigos. Ahí hay un problema de necesidad. Porque los trajes se alquilan y se pagan con la recaudación. Porque aquí nadie tiene un duro. Entonces (el ayuntamiento) decide marcar dónde puede haber estatuas. Y eso nunca fue así. Si yo te doy un permiso, todos los demás quedan fuera de la ley porque yo te he dado un permiso. En cambio, si nadie tiene permiso, nadie tiene permiso. Al pintar una zona de azul y no de verde, tú, que no eres estatua, ya no puedes existir. Y solo puede haber estatuas donde antes hubo malabaristas, violinistas, titiriteros…

Descríbeme la primera multa que recibiste.

Era por una actividad que comporta “un uso intensivo del espacio público”. Ese es el artículo 63. Pero el artículo 9 de la misma normativa del 98 dice que ejercer “activitats per remuneració a la via pública és considerat ús comú general i no resta sotmès a llicència sempre que per la seva naturalesa no comporti un ús intensiu de l’espai públic i no afecti els altres usos”. La ley remarca lo de “si no comporta un uso intensivo”, pero el poli dice que sí comporta uso intensivo. El punto 2 del mismo artículo 9 dice: “L’Alcaldia emetrà una relació de les activitats per remuneració considerades ús comú general”. Es una relación en la que siempre pido ser incluido, pero la alcaldía no ha emés la relació. Ni en el 98 ni en 2005. Ni la emitirá ni cuando inauguren el monumento a Rajoy. No van a hacer ninguna relación.

¿De qué importe fue aquella primera multa?

De 120 euros. Pagué las dos primeras multas, pero ya no pagué más. Tengo otra de 2006 por “hacer uso impropio del espacio público dificultando otros usos”, pero esa cita otro artículo que es “bañarse en la fuente, acampar en los parques y vender sin permiso”. Esta fue 125 euros.

¿En ningún caso intentaste enfrentarte a la Guardia Urbana?

Un poco, sí. En otra multa, el artículo que se me aplica es el número 17, que habla de “comportamientos discriminatorios, racistas y machistas”. Se me acusa de esto porque la gente protestó, el tipo me pidió el documento y me dijo que fuera al coche con él a redactar la multa y yo le respondí: ‘No, tú tienes mi documento. Ves al coche, hazme la multa y me la traes, que yo me voy a tomar un té. Yo no tengo que ir contigo. Ya estoy identificado’. Me senté en la terraza y cinco minutos después me entregó el documento. No firmé nada, pero días después me llegó a casa esta multa, que es muy grave. Esta ya es de 1.575 euros. Me multan por diferentes artículos y esto quiere decir que no está prohibido lo que yo hago. Porque si lo estuviera, me multarían por un solo artículo, pero han ido cambiando con el tiempo.

fullsizerender¿Cómo ha evolucionado tu actitud frente a las multas?

Entre la primera multa y la segunda pasó solo un mes. La tercera multa decido no pagarla. Más o menos un año después empecé a decir: me voy a rebotar menos porque no gano nada. Pero se me siguió multando y empecé a rebotarme otra vez. Y fue cuando empezaron las cosas más chungas. En 2008 ese rebote me convirtió en un personaje medio público. Ya iban a por mí. Y cuando dejé de pagar las multas se dieron cuenta que embargar por este tipo de multas es imposible. ¡Están mal hechas! Esta interpretación de la ley está mal así que suben la multa arriba, desestiman tu recurso, la dejan en silencio administrativo y no la embargan. Y cuando tienen claro que no pueden cobrar la multa, empiezan a retirar el material. Y como lo que yo uso lo compro en el chino por veinte duros, me empiezan a retirar el dinero.

¿Del plato o la gorra que pones en el suelo?

No, yo lo llevo en la mano. Pero aunque estuviera en el suelo no lo pueden tocar. Retirar el dinero de una persona es delito. Lo hacen para que yo deje de ir de una puta vez. Dentro de diez o quince años le van a dar la razón a mi hija de las tres multas que tengo donde me retiraron dinero y le van a tener que devolver ese dinero. Lo que pasa es que yo me voy a morir antes.

En la multa del 9 de noviembre de 2011 te requisaron 20,21 euros.

Otra vez fueron 49 euros y algo, otra vez 34 y algo y otra vez pusieron ‘una cantidad indeterminada de dinero’. Y eso ya es delito con agravante. Le dije: ‘Contá el dinero para ver cuánto me quitas’. Y me dejó hablando solo.

¿Qué objetos te han retirado?

Un martillo de plástico, un plumero, un peine, una banana con un cable de teléfono… Aquí tengo el acta. ‘Objectes varis d’animació: martell de joguina, telèfon de joguina, escobilla…’.

¿Una escobilla?

¡Es un plumero! ¡La escobilla es la del váter! Ese tipo en su vida limpió el polvo de su casa. ¡En su puta vida cogió un plumero el súper poli infernal!

¿Cuál fue tu primera visita a comisaría?

En la segunda multa. Mientras recogía el dinero en las terrazas me llamaron desde lejos. La policía no te puede llamar; se tiene que presentar y llevarte. Les dije que esperasen y cuando terminé de recoger el dinero me acerqué. Me podía haber escapado, pero me acerqué. Y me llevaron al cuartelillo de las Ramblas. Dentro, uno sin número, con la camisa celeste y en un cuarto muy pequeño, me dijo: ‘Cuando mis hombres te llaman, tú pierdes el culo para ver qué quieren. Porque esto no es una broma y yo a los trileros si les tengo que dar una hostia se la doy’. Y luego me dijo: ‘Ya te puedes ir’.

Con multa.

Con multa.

Me contabas que en función de cosas que pasasen en las Ramblas (más robos, una noticia en el periódico…) la actitud de la Urbana cambiaba.

Sí. El último conflicto con los vendedores de las mantas se tradujo en una tranquilidad con nosotros. Ya no venían porque todas estas multas tienen el mismo carácter: van a donde se habla para que se vea que hacen algo. Pero lo que no se ve es lo verdaderamente cruel. Cuando se empezó a saber que yo no pagaba las multas y que alegaba, empezaron a quitarme el dinero. Quieren que me vaya porque quieren que me vaya. Y por eso no me voy.

Tu trabajo es no irte.

Le dieron un sentido a mi vida: ¡ponérselo más difícil! Ninguna palabra es inocente. ‘Es lo que hay’, dicen. ¡Y una mierda! Eso es lo que tú dices que hay. Por eso te nombré las Torres Gemelas. Las Torres Gemelas no tienen nada que ver conmigo, pero el problema de seguridad de 2001 y en 2004 en Madrid va en esa línea del miedo que ya venían instaurando.

¿Vinculas el atentado del 11-M de 2004 en la estación de Atocha de Madrid con la aplicación de la Ordenança de Civisme en Barcelona?

Sí, en el sentido que la policía comenzó a ser cada vez más impune. La gente normal que tiene que trabajar cada día no puede preocuparse de qué es violación, qué es discriminatorio y qué no. La policía debe encargarse de eso. Y los políticos. El problema con la seguridad es que la policía empezó a considerar peligrosas cosas que antes no lo eran. Y que la gente aceptó.

¿Crees que en estos últimos diez años ha crecido la impunidad policial?

Sí. Y también por otra cuestión. En esos años empiezan los okupas. Los okupas sacaban la música al balcón y se bebían la birra allí porque estaban arreglando la casa. Eso también perturba el uso del espacio público. El okupa asusta y la gente acepta la impunidad policial para que puedan darle una hostia y sacarlo de allí. Pero la acepta porque necesita aceptarla. No hay una confrontación. Hay una cuestión de miedo. La gente tiene miedo porque tiene hijos. Yo los puedo aceptar por mi visión alternativa de la vida, pero es muy probable que le diga a mi hija: no vayas a esa protesta porque te van a cagar a palos. La gente piensa eso. Y es muy cruel, muy delictivo y muy jodido usar el miedo de la gente como se está usando.

Para criminalizar a colectivos enteros.

Es un tema mucho más complicado. Porque paralelamente al crecimiento de la impunidad policial, crece también la delincuencia. Por dos razones: porque la policía dedica sus escasos recursos a perseguir a la gente que no es delincuente y porque el delincuente que ve esa impunidad se vuelve más cruel. Al final de la dictadura en Argentina, un ladrón amigo mío, un señor mayor, me decía: se fue todo a tomar por culo porque yo nunca le pegué a nadie, pero ahora te roban entre tres y te cagan a palos. Se ha perdido el robo con un poquito de trabajo. Porque la violencia genera violencia.

fullsizerender-3Y, claro, si cuando se produce un robo con violencia, los agentes están ocupados multando a un mimo o requisando un violonchelo…

Claro. Y todo eso desplaza al ciudadano de a pie. La imposibilidad de la interlocución lo desplaza hacia la marginalidad. El ciudadano piensa: mejor me callo. Bárcenas defrauda 30.000 millones de euros. Y tú defraudas 500 porque te ofrecieron pagarte un escrito en b. A ti esto te desplaza junto con Bárcenas. Porque tú dices: ¿para qué tanto protestar si a veces yo también compro en negro? ¡Pero es que no tiene nada que ver, tío! Te están usando para justificar miles de millones de euros. El discurso no debería ser ese.

¿Conoces otros casos como el tuyo?

Sí, claro. El caso del contrabajista. Se le llevaban el contrabajo y tenía una multa de 120 euros para retirarlo. La gente que se compra la guitarra por 40 euros, si se la llevan, se compra otra. Pero el contrabajo vale 1.500 euros. Y a este tipo le secuestran un instrumento de madera noble que le llevó horas, llanto y dolor de espalda hasta que empezó a sonar. ¡Es su vida, tío! Y ahí está, en una estantería. Los negros que venden están detrás del quiosco de periódicos. Y del otro lado están los dos pasmas. Todos saben dónde están todos. Pero los dos pasmas bajan caminado y no se asoman. Así que los negros van dando la vuelta al quiosco y cuando los pasmas ya están a 70 metros, se ponen a vender otra vez. Entonces, los pasmas se dan la vuelta. Ni siquiera se ponen a caminar. Pero cuando el pasma se da la vuelta, los negros recogen todo y se vuelven a esconder. Y todo el día así. ¿Por qué pasa eso? El poder cree que acaba con algo prohibiéndolo. El poder cree que lo que está prohibido no existe. Pero sí existe; aunque esté prohibido.

Tú llegaste a España en 1988. Por lo tanto, aún pudiste conocer aquella ciudad provinciana que era Barcelona, años antes de convertirse en lo que es hoy. Habrás notado que en ‘la botiga més gran del món’ sobras.

En el 88, los españoles con los que yo trababa amistad se quejaban: ‘Esto se está volviendo muy europeo, tío’. Entonces a las siete de la mañana tú te tomabas una birra donde quisieras porque estaba todo abierto. A eso me refería cuando hablo del modelo; un modelo que se implanta más o menos con las olimpiadas, pero que igual se tendría que enganchar con la llegada de la democracia y la entrada en Europa. Y el culmen de todo es el Fórum. El Fórum de les Cultures 2004 fue lo más alto que pudieron llegar: para tapar una deixalleria pusieron una extensión de cemento y un salón donde van las grandes inteligencias del mundo. Yo no puedo ir a currar al Fórum porque allí no se junta gente. Yo caigo en la Rambla, porque esa es la riera del Tibidabo que viene a dar al mar y tiene una cala grande y fértil, tiene montaña a su alrededor y está de cara al sur. ¡Ahí es donde aparcaron la primera lancha! Barcelona se genera por geografía. ¡Y nadie se va a ir de este lugar! La Rambla es el lugar donde siempre habrá una pelea porque siempre va a llegar un nuevo grupo de poder a querer imponer su visión.

Casualidad o no, el Institut de Cultura de Barcelona está en la Rambla.

Sí. Y el ICUB nunca habló con los artistas que trabajan en la Rambla. A los artistas de la Rambla los lleva movilidad, el mismo departamento donde está la grúa. ¡Yo no soy movilidad! ¡Yo estoy quince putos minutos ahí! Movilidad es un coche que se queda todo el día parado. La estatua puede que sea movilidad, porque está todo el día allí. ¡Agravio comparativo! La estatua puede estar todo el día y yo no puedo estar quince minutos.

Pero la estatua sí está regulada.

Sí, paga unos cien euros por año al ayuntamiento. Pero yo dije que pagaba, eh! En el Covent Garden de Londres te cobran 32 libras por día más un seguro de responsabilidad civil. Los demás payasos te llevan a ver a un tipo en un despachito que te hace el seguro baratito. Llamas al ayuntamiento de Londres, te preguntan qué días quieres estar, le dices que sábado, domingo y lunes y te cobra 96 euros. Y ya está. Hay veinte tipos trabajando. Cada cual tiene su sitio y el que no paga, lamentablemente, no trabaja. ¿Ves por qué digo que el problema no es la plata? Yo digo que pago y me dicen: no.

Vamos al meollo: ¿por qué molesta un payaso en la calle?

Este payaso molesta porque te enfrenta a tu limitada condición, te enfrenta a tu finitud y a tu angustia de morir. Este payaso molesta porque se busca la vida, porque ya tiene 56 años y sigue dando por culo. Y la gente se ríe.

¿No crees que molestas también porque generas dinero en un espacio que el ayuntamiento considera suyo y por el que tú deberías pagar?

No te equivoques. Yo estoy dispuesto a pagar desde siempre. La acción de la Guardia Urbana no se dirige a que pagues, sino a desplazarte hacia una marginalidad donde te puedan tener controlado y con su sola presencia tú te vayas. Se está produciendo un desplazamiento del discurso hacia el ‘yo te dejo’. ¡Tú no me dejas! ¡O me cobras o no me cobras! ¡En el 89 yo estaba aquí y tú estabas en 1º de Secundaria! Todo ese trabajo (vuelve a señalar su carpeta de multas y recursos) es para que cuando vuelva a pasar lo mismo alguien diga: ‘¡Mirá, esto ya pasó en el siglo XXI! ¡Están los papeles de este tipo!’. Porque van a dejar de multar, pero estos diez años en los que me dejé los riñones atrás de su ideología de mierda no me los pagará nadie.

Si borras la fecha de muchos de estos documentos, parecen del año…

… ¡Parece la ley de vagos y maleantes del 64! Ese es el objetivo. La idea es esa. Por eso te hablaba de un modelo. Un modelo que Ada quiere cambiar. Yo la voté, pero cuesta. El jefe de la Guardia Urbana le dice a Ada Colau: ‘Ahora no estamos multando’. Pero en la calle te siguen echando. Hay gente a la que la están echando de sus casas, hay gente que sufre pobreza energética… No voy a ir yo a cagarme en Ada Colau porque a mí me sigan multando. Ya se lo diré. Tampoco me va de quince días. Ni de un año más.

¿Tienes alguna teoría sobre por qué el payaso molesta y la estatua no?

No lo sé. Porque mis corros son más grandes. Porque mi número funciona. ¿Molesto más porque me reboto? Puede ser. Yo llegué a la conclusión de que al final al de la estatua le dan permiso porque se queda quieto. En cambio, yo me pongo donde quiero, me cambio, me voy, vuelvo… A una estatua le das dinero porque no se mueve. Tú pagas por la negación del movimiento. Mi espectáculo es afirmativo. Y una cosa afirmativa molesta.


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  1. Marta says

    Fantàstica entrevista, moltes gràcies!



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