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La amistad en el desastre

Escrit el 12/02/2017 per Daniel Sedcontra a la categoria Ho deixo anar.
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El pensamiento de la amistad. Quizá algo que actualmente apenas puede tener cabida en este marasmo de individualismo feroz que ni siquiera se nos ha dado a escoger. Pero quizá también, aquello que está fuera de lugar y constituye excepción es lo que precisamente puede presentarse como una epifanía en el desierto de las relaciones humanas.

La atención, la infinita consideración que se le debe al otro, brilla por su ausencia, literalmente resplandece, en la noche de una sociedad de mónadas sin puertas ni ventanas. Hasta tal punto que se ha degradado la idea de amistad a mera camaradería o coleguismo. Pero tampoco cuando se la invoca con intención se llega a recuperar aquella vieja altura que tenía el término en la antigüedad grecorromana y que la máxima de Epicuro resume con profunda sencillez: “De todos los bienes que la sabiduría procura para que la vida sea por completo feliz, el mejor con mucho es la adquisición de la amistad”. ¿Amistad? “Amar antes de ser amado”, decía Aristóteles. Ya sabemos que etimológicamente ‘amistad’ (‘amicitia’) tiene la misma raíz que ‘amor’. Parece que el moderno pundonor social ha exigido extirpar de la relación amistosa aquel antiguo elemento del amor. En realidad, las buenas formas del mundo moderno prescriben inhibir cualquier forma de demostración afectiva real y sustituirlas por sus trasuntos, a lo sumo, por pequeñas muestras de cariño que poco comprometen y que, según un balance final, resultan insignificantes: aparente profusión de besos y abrazos que no son sino convenciones sociales y nada más. El amor, por supuesto, reservado para la pareja o la familia, queda a buen recaudo como algo sólo disfrutable a puerta cerrada, en la privacidad burguesa del entorno doméstico, como si fuera algo vergonzoso. Si se sale uno de lo preestablecido, si se le escapa a uno una muestra de afecto con alguien que no pertenezca a esa estrecha esfera de “los suyos”, entonces, inmediatamente, será percibido como sospechoso, alguien con segundas intenciones, en especial cuando se trata de personas de distinto sexo. Triste condición humana a la que nos hemos autorrelegado.

¿Qué forma de relación, sin traicionar a nuestra irrenunciable humanidad, puede responder a estas circunstancias difíciles, incluso dramáticas? En este punto, acude el pensamiento de la amistad tal y como lo formularon, o mejor dicho, lo sugirieron, algunos pensadores franceses del siglo pasado. Es este pensamiento el que llevó a Bataille a escribir unas palabras enigmáticas en las que, sin nombrarlo, se alude (y se elude) a Maurice Blanchot en tanto que excelencia de la amistad: “Amigo hasta ese estado de amistad profunda en que un hombre abandonado, abandonado por todos sus amigos, encuentra en la vida al que, él mismo sin vida, le acompañará más allá de la vida, capaz de la amistad libre, desapegada de todo lazo”[1]. Es en la extremidad, situado uno al borde de sí mismo, donde aparece la verdad de la amistad en su acepción más pura e inflexible, no codificable según las relaciones humanas habituales. Y es esa acepción la que hay que reclamar más que nunca cuando todo, absolutamente todo, está en contra de ello, y cuando un consenso universal ha reducido la amistad a un intercambio económico de pequeñas emociones entre yoes bien territorializados que en realidad se importan mutuamente bastante poco y que no están dispuestos a entregar ni a arriesgar nada. Por eso, la piedra de toque de la amistad, el estado en que ésta se decide realmente, se sitúa en la zona de riesgo de lo que llamamos desgracia. Pero no una desgracia cualquiera sino la desgracia absoluta, aquello que Blanchot llama “el desastre”. “El desastre sin el cual no hay amistad, el desastre en el corazón mismo de la amistad”[2]. En esa situación limítrofe, donde uno se encuentra de verdad solo, se manifiesta la sorda presencia del amigo como un fantasma persistente e inútil, no para ayudarnos o consolarnos, pero sí teniendo cabida en ese espacio de desolación que no nos acoge ni siquiera a nosotros mismos y sí a él como testigo mudo de nuestro infortunio. Y esa testificación silenciosa del amigo, hecha pura consideración y atención, fidelidad indefectible, cercanía en la distancia, es el don mismo de la amistad, regalo infinito de la vida, no decidido por nadie. En el espacio que antes ocupaba mi yo y que ha quedado vacante por el inmenso dolor que lo ha hecho trizas, se presenta de manera intempestiva el amigo o la amiga, para acompañarme sin hacerme compañía hasta allí donde yo no puedo alcanzarme. Favor innombrable de los cielos, de los cuales se ha ausentado Dios definitivamente.

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Dionys Mascolo, en carta a Blanchot, conmovedor testimonio del enorme privilegio que fue para él tenerle como amigo, sitúa su relación amistosa con él en esa dimensión de la calamidad: “Cuántas veces me ha embargado el sentimiento de la suerte extraordinaria que es ser amigo suyo, y de cómo, sólo por eso, ya no le estaba permitido a uno quejarse; decir que usted nos ha ayudado constantemente a vivir, no sería suficiente: lo maravilloso es que nunca nos ha ayudado dándonos seguridad, todo lo contrario (…). Compartir con usted la angustia es una alegría. Dirigirse hacia el fracaso, si es con usted, ya no es fracasar. A veces he pensado que, contando con su acuerdo, no debería ser difícil morir”[3].

Cuando la amistad se constituye en autoridad y representa la exigencia máxima en las relaciones humanas, los restos del naufragio relacional con los que habitualmente nos conformamos, medidos por aquélla, se convierten en algo irrisorio. Y si la realidad social no está a altura y no responde a sus expectativas, tanto peor para ella. Antes la soledad que condescender y transigir con una compañía espuria y farsante, con todo ese enorme teatro de sociabilidad levantado en torno de nuestra no asumida soledad. Esa misma exigencia pone como condición que el desastre afecte a la propia amistad como aquello que la amenaza permanentemente: amistad siempre al borde del desastre, amistad desastrosa. Única manera de mantener la tensión de la exigencia y de no permitir que la amistad decaiga en costumbre y en familiaridad. Único medio de preservar la extrañeza del amigo, aquella parte incognoscible que es precisamente la que nos hace tender hacia él indefinidamente, como hacia aquello a lo que nunca se llegará. “Debemos renunciar a conocer a aquéllos a quienes algo esencial nos une”, advierte Blanchot, “la amistad pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles”[4]. En contra de lo que dice el sentido común, la amistad no tiene nada que ver con cercanía, seguridad, compañía, frecuentación, intimidad, comunión o unión. Todo lo contrario: ella impugna todas aquellas formas de relación complacientes que reducen al otro a las figuras de lo familiar y de lo conocido. Ella es equilibrio frágil, siempre en peligro de disolución, proximidad distante, presencia de la ausencia, acompañamiento que circunda y deja intacta nuestra soledad. Relación ajena a la lógica cambista, a toda forma de contrato tácito, desinteresada incluso de sí misma y por eso especialmente libre y gratuita. Y si no es así, entonces no es amistad. Y quien no haya sabido introducir ese elemento de amistad – de extrañamiento – en el seno de sus relaciones conyugales, entonces éstas están destinadas a esclerotizarse sin remedio, a devenir ese “egoísmo a dos”, mencionado por Robert Musil[5] en referencia a esa suerte de egoísmo dual inherente casi estructuralmente a la pareja. Aunque en la sociedad adversa y mórbida de nuestro presente se haga especialmente difícil el que las personas estén a la altura de las circunstancias, sobre ese fondo de decepción reiterada – desfile de amistades fracasadas que se han quedado por el camino –, como sobre una fatalidad inevitable, puede surgir, contadas veces en la vida, la excepcionalidad del amigo. Y si no surge, de todos modos, esa exigencia funciona como horizonte de sentido de la existencia, quizá el único. Como una forma de fe profana: fe, a pesar de todo, en la posibilidad de humanidad del ser humano. Porque el fondo de la amistad es una verdad escatológica, algo que se dice siempre en futuro, algo todavía y siempre por venir, a la espera de que el amigo llegue a colmar la medida excesiva de la amistad.

 

[1] Citado por Maurice Blanchot como epígrafe a La risa de los dioses, Taurus, 1976, p. 259. (Edición francesa: L’Amitié, Gallimard, 1971).

[2] Jacques Derrida, Politiques de l’amitié, Galilée, 1994, p.27.

[3] Carta de Dionys Mascolo a Maurice Blanchot, noviembre o diciembre de 1969. Citada por Christophe Bident en Blanchot. Partenaire invisible, Champ Vallon, 1998, p. 422.

[4] Maurice Blanchot, La risa de los dioses, Taurus, 1976, p. 259. (Edición francesa: L’Amitié, Gallimard, 1971).

[5] Robert Musil, El hombre sin atributos (vol. I), Seix Barral, 2008, p. 57.

 


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