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Lo sensible

Escrit el 03/03/2017 per Marta Vallejo a la categoria Ho deixo anar.
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Las artes no prestan nunca a las empresas de la dominación o de la emancipación más que lo que pueden prestar, es decir, simplemente, lo que tiene en común con aquellas: las posiciones y los movimientos de los cuerpos, las funciones de la palabra, las reparticiones de lo visible y de lo invisible.

Jacques Rancière. El reparto de lo sensible, estética y política

 

¿dicen? olvidan. ¿no dicen? dijeron. [1]

Volem acolllir. Casa nostra és casa vostra. Durante los últimos meses lo hemos dicho y lo hemos oído decir por todos los rincones del espacio público catalán, repetido tantas veces que se ha convertido en el mantra que invocamos al tratar el sensible tema de “los refugiados”. Una crisis, una emergencia, una tragedia, una barbaridad, una vergüenza, una avalancha. El campo semántico de lo acuático y de lo urgente se han dado la mano para sazonar las píldoras de información digerible sobre las fronteras del vivir juntas y estoy a punto de añadir mi gota de agua a este océano de metáforas escurridizas. He empezado esto con versos de Pessoa porque las palabras de los mayores ayudan a encaminar algo que me cuesta escribir. Y me cuesta probablemente porque cada frase es un arañazo en el espejo, cada duda la he redactado sobre mi misma antes de que sean letras en los rostros de quiénes aquí se vean reflejados.

A los refugiados les queremos, les esperamos, les ayudamos. Y en el ayudar empieza a erizarse el rizo puesto que la existencia de refugiados y de fronteras es algo más recurrente que emergente y existe ya mucha reflexión acerca de cómo pensar y hacer la ayuda. El informe Time to listen, dedicado a recoger y analizar las opiniones de personas que viven en sociedades receptoras de ayuda humanitaria, constata que parte del trabajo de los profesionales de lo humanitario consiste en definir una terminología adecuada y respetuosa para nombrar a la segunda parte implicada en el dar y el recibir.

Foto: Marc Almodóvar

Foto: Marc Almodóvar

La necesidad de nombrar bien, según este estudio, parte en gran medida del tabú de la desigualdad que late en la intimidad de los profesionales humanitarios. De la duda acerca de si la posición que uno ocupa al dar ayuda puede determinar una relación en la que la parte contratante de la segunda parte se pueda sentir disminuida. Al ser preguntados, los beneficiarios de asistencia humanitaria desactivan el dilema puesto que “consideran que el impulso de ayudar a aquellos que lo necesitan es un impulso natural”.

Sin embargo, la conversación es larga y las opiniones de los ayudados son contundentes y afiladas: “lo que empieza como un acto de generosidad afirmativa deviene un sistema externo de distribución de cosas y servicios a personas que, a lo largo del tiempo, se fragilizan no solamente por la crisis que experimentan, sino también por la asistencia que reciben. Lo que muchos perciben como la representación de una relación de equidad humana se convierte en un fortalecimiento sistemático de la desigualdad como resultado de las políticas y las prácticas de los actores de la asistencia humanitaria”.

El querer ayudar crispa el nervio de la posibilidad de ser todos ciudadanos: tanto los agradecidos como los emocionados. Gentes con con capacidad de agencia política que pueden arremangarse para rellenar de contenido el aire aún vacío en el hueco de los brazos abiertos.

¿hacen? fatal. ¿no hacen? igual.

El espectáculo Sous la plage abre con las palabras de uno de los intérpretes diciendo “Aquí se habla mucho de la crisis de los refugiados. En Siria, la crisis no son los refugiados. Y los refugiados sirios no tienen ninguna crisis de los refugiados. La crisis de los refugiados es una crisis de los europeos”. Quien lo dice es Mohammad Bitari, poeta, sirio, periodista y refugiado y estas son algunas de las facetas relevantes de su identidad, dispuestas ante el público para activar la combinatoria de espejos que mejor le defina. Aunque desde que es refugiado, a nuestros ojos ha dejado de ser cualquier otra cosa.

Dice Bitari que si es de crisis de lo que estamos hablando, esta crisis es política y nos pertenece. Y nosotros le respondemos que queremos acoger. Una afirmación positiva y cerrada que aspira a hacer mella en lo político pero que sin embargo, al desplegar una superficie tan roma desactiva el debate. Puesto que para ayudar bien a aquellos otros que sufren, ponemos en el centro de la discusión la asunción de un nosotros uniforme. Cuando tomamos la palabra en nombre de quienes creemos privados de voz, esto ya no va de los sirios o de los bosnios o de los guineanos, esto va de nosotros que debemos decidir si seguimos el impulso natural de ayudar a quién lo necesita. No hablamos por los demás, ni siquiera hablamos con los demás, nos hablamos a nosotros mismos cuando nos organizamos para sensibilizarnos.

Sensibilizarnos en verbo reflexivo orientado al ombligo de nuestro universo, en el cual la palabra refugiado significa una mujer con pañuelo en la cabeza que arrastra los pies y recita a Pere Quart en el paso del Perthus. Para activar la eficacia política del enunciado Volem Acollir tenemos que pasar por lo nuestro y emocionarnos como si ellos, en lugar de ser muchos sujetos con muchas vidas, fueran nuestros antepasados. Necesitamos emocionarnos para defender unos derechos que en principio son básicos y compartidos. Llevamos el espectáculo de blackface al paroxismo y para saber por qué queremos ayudar, nos disfrazamos de retrato torpe de la figura del ayudado. Sobre-actuando a los demás para que se parezcan a nuestra imagen de ellos mismos, porque puede que lo que busquemos al sensibilizarnos no sea tanto información como adrenalina.

El poeta bosnio Marko Tomaš escribía hace suficientes años como para evocar la penúltima emergencia humanitaria europea: desde que te fuiste hacia al norte / dónde la gente es más feliz / prefieren oírte hablar de la desgracia / porque creen que tú puedes responder / a todas sus preguntas sobre la muerte / y hacerles descubrir la verdadera alegría de vivir / y tú, tú puedes a penas discernir tus propios contornos / te buscas en el guía telefónica / en las páginas negras de los periódicos / en las cartas del cajón oscuro / en los billetes de tren que has guardado / y no hay nadie, de verdad nadie / para confirmarte que eres visible, que existes / tanto como una alma pueda existir.

En las palabras de Tomaš hay una parte de experiencia que probablemente nos resulte ajena puesto que en general no somos bosnios, ni hemos vivido en guerra y casi ninguno somos poetas. Sin embargo a menudo a mi también me cuesta hallar mi alma en las guías telefónicas y es altamente probable que también a ti te pase a veces. Algo que recuerda a lo que contaba la trapecista Griselda Juncà respecto al proceso creativo del espectáculo Invisibles: “Al principio se nos planteó que habláramos de los refugiados, pero el tema me iba grande. Si algo no lo vives en carne propia, por mucho que opines sigues sin tener ni idea. Pero la vida es huida y es cambio y nos pareció que una manera de acercarnos con sinceridad al tema era buscar de qué huimos cada uno de nosotros”. Compartir eso es establecer las bases de algo que puede ser el principio de una bonita amistad y si no hay amigos no es mi revolución.

¿por qué esperar? todo es soñar

A estos otros a quienes damos la bienvenida a nuestra casa les pedimos que nos justifiquen la excepción a la regla puesto que lo cierto es que si les queremos en casa es porque ha habido un cortocircuito en el sistema, porque ellos no tenían que haber sufrido tanto. No queremos que se parezcan al nosotros quebradizo de estar vivos, les queremos rotos para recomponerles a nuestra imagen mejorada. En el casting emocionante de los relatos que ilustran lo que para nosotros es ser refugiado, nos hemos olvidado de la intemperie compartida del buscar refugio en la vida.

Emad Ahmad, traductor, poeta y sirio escribía hace unos meses: el refugiado no quiere cosas reales / busca algo que un día perdió / los voluntarios europeos nos preguntan inquietos / por qué los refugiados os lleváis más de lo que necesitáis / por qué cargáis tres pastillas de jabón en lugar de una / tres comidas / tres cepillos de dientes / y tres / y tres / y luego nos cuentan los gloriosas acciones de los franceses durante el asedio de París / el poderío de los londinenses cuando las bombas nazis destruían sus hogares / hablándonos de altruismo / resignación / ejemplaridad moral / y nosotros les hablamos en voz baja de la bondad de Siria / así que se muerden las uñas / y el reparto de ropa prosigue con entusiasmo.

Dudo si enumerar rápidamente el trayecto de Emad desde que le conocí hace cuatro años bailando salsa con su esposa en Alejandría, hasta hoy que acaba de estrenar su situación de refugiado legalmente acogido en Malta. Pero paso. Porque nuestra vida no debería reducirse a justificar o desmontar perfiles estadísticos. Porque si invito a Ahmad a prestarme palabras junto a Pessoa y Tomaš es porque le da la vuelta al espejo del baño y nos ayuda a ver la versión ampliada de nuestros poros abiertos. Esto va de un nosotros vivo, con arrugas y puntos negros.

Rancière habla de “los actos estéticos como configuraciones de la experiencia, que dan lugar a nuevos modos de sentir e inducen nuevas formas de subjetividad política” [2]. Así las cosas, compartir un mundo sensible no puede ser cantar el Mediterráneo a mil voces o simular rescates de alta mar en la Barceloneta, ya que entonces los papeles políticos están repartidos para hacer playback. Si lo mejor que sabemos hacer con lo sensible, con esta precaria libertad de expresión, es celebrar nuestras ganas de ser buenas personas nos perdemos la posibilidad de rehacernos en conjunto.

Al abrir las puertas de casa, sepamos como Rancière que “el extranjero persiste en la curiosidad de su mirada, desplaza su ángulo, vuelve a trabajar el montaje inicial de las palabras y las imágenes y, deshaciendo las certidumbres del lugar, despierta el poder presente en cada cual de volverse extranjero al mapa de los lugares y trayectos generalmente conocido con el nombre de realidad.” [3]


[1] Los versos que organizan las partes de este texto son de un poema de Fernando Pessoa. El despiece es cosa mía, él no tiene la culpa.

[2] Jacques Rancière. El reparto de lo sensible, estética y política.

[3] Jacques Rancière. Breves viajes al país del pueblo.

 


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