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Peñas flamencas: entre el fósil y la resistencia

En Andalucía muchas peñas flamencas aún son alegales y otras resisten entre lo familiar y lo profesional. En Madrid o Catalunya han aparecido centros que renuncian al modelo tradicional y al nombre para marcar distancia con sus predecesoras. La periodista experta en flamenco Silvia Cruz Lapeña nos introduce en esta particular red de asociaciones culturales que se mueve entre la autogestión, el politiqueo, el voluntariado y, cómo no, un profundo amor al arte.

De aquellos años, recuerdo el sabor del flamenquín, el frescor del local y las voces del Niño de Olivares o Carmen de la Jara. A esos días les debo también mi primer temblor al escuchar una guitarra: la de Manolo Silveria. Es probable que no te suenen los nombres, el gusto, ni el escalofrío, y si te suenan, es porque eres o has sido peñista en Andalucía. Yo lo fui por filiación: mi padre pagaba la cuota de la Peña Flamenca Baenense, donde me aficioné a los tientos tangos e incluso aprendí algunos pasos por bulerías.

En ese Sur donde viví de los 8 a los 18 años, se ubican más de 400 de las 550 peñas que tiene contabilizadas la Junta de Andalucía. Las cifras, sin embargo, son endebles. Tanto, que ni siquiera el presidente de la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas puede decir si todas funcionan: “Federadas hay 350, pero cuesta decir cuántas tienen actividad porque muchas están en un proceso de normalización administrativa”, me explica Paco Viedma. Sobre la gestión de unas asociaciones que en su mayoría nacieron entre los años 60 y 80, se puede decir que hay tantas variantes como entidades. Lo único que las iguala es que aún hoy son alegales.

Las Tablas. Círculo Flamenco. Foto: Rufo

A finales de 2016, la Junta abrió el proceso para discutir una Proposición no de Ley que debe sacar del limbo a unas entidades que tienen el mismo estatus legal que un karaoke. “Pedimos que se nos incluya en el nomenclátor, pues no existimos ni en el listado de asociaciones culturales. Y, en resumen, que se cumpla con el Artículo 68 del Estatuto de Andalucía”, dice Viedma. Ese epígrafe da las competencias de conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco a la Junta, que en 2011 otorgó la Medalla de Andalucía a las peñas por su labor. Es un galardón que, según Viedma, no se corresponde con el trato que reciben. “Este año han destinado 65.000 euros de ayudas. No es nada para 350 peñas que trabajan por el flamenco sin ánimo de lucro”. 

Divulgación y patrimonio

Muchas peñas se decoran con motivos toreros y mantones y, en la que yo frecuentaba, también había en las paredes algunas de las mujeres morenas que pintó Julio Romero de Torres. No son tópicos, son contexto. El boom de las peñas empezó tras la aprobación de la Ley de Asociaciones no Políticas de 1964 con la que entidades como casinos, asociaciones o tertulias cambiaron su estatus para convertirse en peñas. Pero fue en 1981, tras la aprobación del Estatuto de Autonomía, cuando se generó una “euforia autonomista que recogía la fascinación por lo andaluz como prueba de conciencia identitaria”. Habla Cristina Cruces Roldán, catedrática de Antropología Social en la Universidad de Sevilla, para quien el hito legislativo empujó el nacimiento de nuevas peñas.

Parte de esa identidad es el flamenco, al que las peñas auparon para convertirlo en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010. A ese logro y a su tarea de divulgación recurren hoy para hacerse valer. “Tenemos una escuela de cante y estamos apunto de abrir la de baile”, dice Toni Rivera, presidente de la Peña Frasquito El Rubio, de Alcalá del Valle (Cádiz). La suya, como muchas otras, organiza también charlas, conferencias y tertulias, un género muy extendido en el mundo jondo. 

Entre la economía monetaria y la sumergida

La peña que dirige Rivera se creó hace veinte años y hoy tiene veinte socios, aunque antes de la crisis eran 160. “Nuestra cuota es de 6 euros, pero ni eso podían pagar muchos peñistas. Los últimos años han sido malísimos, pero hemos conseguido mantener una actuación al mes”. Cruces Roldán explica que eso es posible porque las peñas operan a medio camino entre lo familiar y lo profesional y que palabras como “tradición”, “estatus”, “deber”, “solidaridad”, “parentesco” o “amistad” ayudan a entender una gestión que no se explica sólo con los criterios de la economía monetaria.

Una visita a la Peña Luis de la Pica en Jerez de la Frontera vuelve carne la teoría. Allí ayuda hasta Manuela, la hija de 11 años del presidente, Juan Castro. La anfitriona es su mujer, Rocío Jiménez, que explica que el objetivo principal es “echar un buen rato”. Los socios, que hace 11 años eran 100 y ahora son poco más de 40, pagan 5 euros al mes. “De sobra”, contesta Rocío cuando le pregunto si con eso se mantienen. Una de las razones es que no pagan nada por el espacio, parte de un antiguo colegio del barrio de Santiago que les cedió el ayuntamiento. Ella, que es cocinera, también ofrece comidas en el bar, otra fuente de ingresos en la que, cuando hay jaleo, ayudan los socios.

Consecuencias: precariedad para los artistas

Una peña no existe sin los artistas. Camarón de la Isla o Enrique Morente empezaron en ellas y cantaron durante años en sitios como estos. Hoy, Antonio Reyes o Rocío Márquez, estrellas consagradas, siguen haciéndolo, pues el caché no es un problema. En el caso de la entidad que dirigen Castro y Jiménez, la razón está en la sangre: él es familia de los Sordera, una de las sagas del cante jerezano, y Rocío es “de la gente de La Paquera”, así que cuando necesitan un cantaor o tocaor que actúe por lo servido, no suelen tener problema en encontrarlo.

Toni Rivera reconoce que no es difícil obtener actuaciones a buen precio. “Los artistas tienen cachés distintos para festivales y para peñas porque saben que nuestros presupuestos son pequeños”, explica. Y añade que en momentos complicados, algunos bajan mucho sus tarifas. Pero lo que para los peñistas es una ventaja, otros lo ven como un abuso. “Las peñas son las grandes beneficiadas de la falta de profesionalidad que hay en el flamenco”, dice un productor musical que prefiere no dar su nombre y para quien esta forma de funcionar precariza el trabajo de todos.

Rivera, que también dirige la empresa Flamenco Nau, con la que organiza eventos y representa a artistas, prefiere verlo como una simbiosis. “En invierno apenas hay bolos y las peñas representan el 90% del trabajo. Es un hoy por ti mañana por mí”.

Una gestión conservadora

Sobre el origen y proliferación de las peñas, Cruces explica que fue el neojondismo lo que propició su auge. El neojondismo hace referencia a una corriente que arranca con el libro Mundo y Formas del Cante flamenco, del cantaor Antonio Mairena, en el que describió estilos y palos y donde dijo, resumiendo, que el flamenco es una creación gitana y sólo los calés lo cantan como se debe. Se conoce como “tesis gitanista”.

Sus detractores acusan a Mairena y a los mairenistas de haber inventado una tradición que determina qué flamenco es puro y por tanto, auténtico, y cuál es de temporá, pero la idea caló con fuerza y explica por qué algunas peñas se parecen más a una nevera que a un centro artístico. Y ese conservadurismo se observa en la gestión y la organización. En un estudio de 2013 sobre los festivales flamencos, el experto en gestión cultural Juan Simón Lozano decía: “Las peñas son los organismos que más conocimientos de flamenco tienen, pero quizás no sea suficiente solo con saber de flamenco para programar un festival”.

Fijarse en los festivales tiene sentido, pues las peñas son, sólo por detrás de los ayuntamientos, las que más eventos flamencos organizan en España. La que frecuentaba yo con mis padres, por ejemplo, organiza cada año desde hace 40 el Salmorejo Flamenco de Baena, un evento que ha contado con lo más granado del cante jondo.

En estos festivales se hacen públicos los modos de operar de las peñas de puertas para adentro: programan a su gusto, no dan a conocer todo el abanico de estilos o novedades y no disponen de perfiles concretos para desarrollar tareas como las administrativas o las de diseño. Algunos salen adelante de forma milagrosa, pero en muchos, las carencias de personal o la resistencia a renovar los equipos y las formas de hacer, echa para atrás al público más joven, afecta a los artistas y a la imagen del flamenco. Sobre todo, porque suelen repetirse año tras año. A veces, década tras década.

Maldito parné

En El negocio del flamenco, Silvia Calado ponía negro sobre flamenco lo que todo el mundo sabe: que durante muchos años, la mayoría de cachés flamencos se han pagado en metálico y en negro. Sigue ocurriendo y nadie lo niega; tampoco los artistas, aunque muchos empiezan darse cuenta de las ventajas de cotizar y las peñas se prestan cada vez menos a engordar la economía sumergida. “Por suerte, los artistas lo entienden cada vez mejor”, asegura Rivera.

La financiación es otro tema pendiente. En muchas peñas existe un coro rociero o un grupo que actúa para recaudar fondos. En la charla con Rivera salen a relucir rifas y loterías, pero según el estudio de Lozano, el 55% desconoce la existencia de fórmulas como el crowdfunding. “En nuestra peña tenemos ahora dos proyectos para abrir un Verkami… ¡pero porque yo soy informático!”, dice riendo Rivera y cuenta que otras entidades llaman uno por uno a los peñistas, hacen carteles caseros y envían cartas por correo convencional para anunciarles el próximo concierto.

Foto: Silvia Cruz Lapeña

Clase de cante en la Peña Frasquito El Rubio.

Las peñas más jóvenes usan las redes sociales, pero no necesariamente de una forma óptima, pues lo que prima es el “cada uno hace lo que puede”. Lo que sí está claro en todas es quién manda. “Una peña se estructura de forma piramidal a través de su Presidencia y Junta Directiva, y en Andalucía se asocian en Federaciones Provinciales aglutinadas en la Confederación de Peñas Flamencas”, cuenta Cruces. Según la antropóloga, aún son rígidas porque en su origen reprodujeron “el carácter masculinizado de la reunión de cabales, admitiendo sólo a socios varones o dificultando el acceso de los más jóvenes, lo que provocó la reacción de algunos miembros”.

Reacciones con pocos cambios

Esas reacciones provocaron y siguen provocando la apertura de nuevas peñas, pero no necesariamente nuevos modos de organización o gestión. Un ejemplo es la Peña Luis de la Pica, fundada en 2006. Según Rocío se creó por un grupo de veinteañeros que quería hacer las cosas a su manera y al margen “de los mayores”, pero su funcionamiento difiere poco de las peñas más antiguas.

Otra reacción vino de las mujeres. La Peña Femenina de Huelva abrió sus puertas en 1983 porque estaban hartas de hacer las cosas a gusto de los señores. “Se vendió como que empoderaba a la mujer, pero lo cierto es que en la toma decisiones importantes, programación y gestión seguían estando los hombres”, explica Cruces Roldán. De dicha entidad es conocida la siguiente escena: una de sus fundadoras, la guitarrista María José Matos, no pudo tocar en ella porque sus compañeras creían que una mujer no podía pulsar como un varón.

Esa situación ha mejorado en esa y en otras peñas. Hoy, Consuelo Millán preside la Federación Provincial de Almería (la única con una mujer al frente) y en otras emblemáticas ya hay féminas presidiendo o en las juntas directivas. El flamenco no es distinto a la sociedad en la que se enclava: cambia, pero con reticencias y a paso lento, aunque es cierto que en lo jondo hay quienes aún confunden la labor de preservar con la de fosilizar y no la aplican sólo a los palos, sino también a formas de hacer ya sin sentido.

No quieren llamarse peñas

La mayoría de las peñas está en Andalucía. Muchas se crearon por la importancia de un estilo de cante, como la Peña la Soleá de Alcalá, o en homenaje a un artista. Pero como la identidad también se hereda, hay peñas en el extranjero.

Según el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco, las peñas internacionales no llegan a una décima parte del total de las registradas y un tercio está en Francia. Las demás, en Bélgica, Alemania o Estados Unidos, calcaron el modelo autóctono. En Japón hay algunas, como la Peña Flamenca de Tokio, a imagen y semejanza de las más clásicas, y la Peña Flamenca Casa Gloria de Osaka, con gente más joven al frente y otras expectativas. Pero allí, lo andaluz se imita más que se hereda y por eso tienen más prédica los tablaos.

En otras comunidades españolas, donde la inmigración andaluza y extremeña es abundante, se han replicado objetivos y formas de las peñas madre, aunque es en lugares como Cataluña, País Vasco o Madrid donde algunos aficionados intentan alejarse del modelo de peña típica. Es el caso del Círculo Flamenco de Madrid: “No queríamos denominarnos ‘peña’ porque nuestra programación y objetivos son distintos”, dice Carlos Martín Ballester, presidente de la entidad.

Del Círculo Flamenco a los Grammy Latinos

Martín Ballester conoce el peñismo porque ha sido socio de algunas desde que era niño. Su perfil de investigador musical y autor de un libro-disco sobre la obra de Antonio Chacón da cuenta de por dónde van los tiros de su entidad. Quieren elegir, no recurrir a lo que tienen mano y dejar, dentro de sus posibilidades, un legado. Así se las gastan: Alfredo Lagos o La Macanita están entre sus últimas actuaciones y el disco en directo de Antonio Reyes y Diego del Morao* que se coló en los últimos Grammy Latinos con una nominación al mejor álbum de música flamenca es obra de ellos. “No somos empresarios. Nuestro afán es disfrutar del flamenco y darlo a conocer no sólo con conciertos, sino también creando un archivo que pueda consultar cualquier experto”.

Abrieron en 2013, hoy tienen 70 socios. Los mayores de 35 pagan 40 euros, los menores 30. Esa cuota les da derecho a acudir a todos los actos que organizan y a una copia del vídeo que hacen de todos los conciertos con calidad profesional. No tienen local, pues sus actividades las celebran en el tablao madrileño Las Tablas, ni ayudas públicas, lo que les obliga a hacer “encaje de bolillos” para mantener la calidad y la variedad de las actuaciones. “Para nosotros no tiene sentido ofrecer un concierto cada semana de cualquier manera”.

Un oasis llamado El Dorado

Otro modelo está en Barcelona. Es El Dorado Sociedad Flamenca Barcelonesa, que funciona desde 2007 y que, en lugar de local propio, tiene un espacio en el Centre Cívic del Parc Sandaru, muy cerca de Arc de Triomf. “Exigimos al ayuntamiento que el emplazamiento fuera céntrico porque otro cliché es que el flamenco sólo pueda estar en La Mina o en el extrarradio”, comentó recientemente en el portal musical Flamenca y Más su presidente, Pedro Barragán, que junto a sus socios siempre quiso huir de la denominación “peña”.

Barragán siempre deja claros sus gustos, pero su programación es variada y no ejerce de nevera: en El Dorado se celebran conferencias de Maria Pagés, una improvisación de Rocío Molina o un recital de Curro Piñana. Ese es el nivel y la diversidad por los que sus socios pagan una cuota anual de 80 euros que les da acceso a todas las actividades. Allí, como en todas las peñas, los asociados tienen prioridad, pero son lugares abiertos al público. En El Dorado, por ejemplo, las entradas valen diez euros; una bendición para la afición barcelonesa, que a excepción de algunos conciertos puntuales, apenas tiene una oferta que no haya sido pensada para el turista.

Un cambio necesario

Cristina Cruces Roldán resume algunos problemas de las peñas con esta palabra: “postureo”. Para ella, “son entidades dirigidas por una generación de mayores que entiende este arte en un contexto tradicional de sociabilidad masculina donde el flamenco no es más importante que el bar o el fútbol”. La gente más joven, dice, pone en marcha otras peñas para huir de eso, pero el ciclo de vida siempre es el mismo: “Grandes expectativas, periodo de auge, meseta en actividades, decaimiento de fuerzas, concentración de las tareas en un reducido grupo y, en muchos casos, luchas intestinas por el poder de la miseria”.

Para la experta, las peñas son agentes indiscutidos del mundo jondo pero tienen que arreglar aspectos como el “envejecimiento de su cuerpo social, la incoherencia entre funciones manifiestas y latentes, débil capitalización, dependencia del voluntariado, estacionalidad, vacíos organizativos y conflictos internos”.

Rivera, que vive el día a día de una peña reconoce que otra de sus carencias es la cooperación. También lo dice Lozano en su informe, donde queda claro que a veces asumen gastos que podrían ser más livianos si unos festivales se aliaran con otros. “Nosotros lo intentamos con cosas como ‘Cantamos porque nos gusta’, un circuito de cantaores no profesionales que actúan por una red de peñas. Con las de la Federación de Málaga también intercambiamos artistas”.

Dos lacras: partidismo y turismo

Para Cruces, es una desgracia que algo que empezó como una iniciativa social haya caído en manos de los poderes públicos. Y es que la dependencia de las subvenciones ha convertido a las peñas en carnaza para los partidos. “Hay que tener en cuenta que muchas eran asimilables a asociaciones de vecinos y siguen siéndolo”, explica la antropóloga, que añade que, hasta finales de los años 80, las peñas fueron instrumentalizadas por los partidos de izquierda. “Era un modo de conquistar electorado y los alcaldes sabían dónde poner el dedo. Pero cuando vinieron a menos, dejaron de aparecer por ellas”.

Paco Viedma, presidente de la Confederación Andaluza de Peñas Flamencas se queja hoy de algo parecido. “Nosotros llevamos años reuniéndonos con todos los partidos, pero como fue el PP el que presentó la propuesta de ley para legalizar nuestra situación los demás juegan a estirar y aflojar porque se lo toman como algo partidista, no como algo que tiene que mejorar el flamenco, patrimonio de todos”.

Esa instrumentalización de la cultura es habitual en España, pero sucede de una forma sangrante con el flamenco por su enorme atractivo como reclamo vacacional. Se habla mucho, sobre todo entre los más puristas, de que la profesionalización del género y las fusiones con otras músicas han diluido lo jondo, pero poco o nada de hasta qué punto lo ha banalizado el turismo. Y eso que para ver sus efectos ni siquiera hay que ir a Andalucía: basta con darse una vuelta por Barcelona.

 

* “Directo en el Círculo Flamenco de Madrid”, de Antonio Reyes y Diego Morao (2016).

 


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