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La expropiación del espacio público

Escrit el 16/05/2017 per Nando Cruz a la categoria ARTICLES, Articles "Idees per la música".
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Publiquem otro extracto de “Cultura en tensión”, en este caso del texto de Nando Cruz “Romper el marco”.

Versió 2

El texto de Nando Cruz en “Cultura en tensión” revisa el papel del periodismo en la difusión de la música, y, de paso, de forma consecuente, también pone en cuestión el marco de referencia bajo el cual es pensada y explicada la música.

Podríamos ver la cultura en tensión, en este caso, bajo dos prismas. Por un lado, la tensión entre el compromiso del periodista con la realidad objeto de su trabajo informativo y las demandas del sector que procesa parte de esta realidad musical en forma de productos comercializables. Por otro, la tensión entre un marco mental que reduce la música a esta actividad de consumo y una visión ensanchada de la música que la contempla como forma de relación entre las personas y su medio. La reapropiación propuesta pasa, evidentemente, por esta apertura del marco. Jordi Oliveras


La reapropiación de la cultura también tiene que ver con la reapropiación del espacio público, un contexto históricamente esencial para la música en vivo. Hoy vemos el espacio público como un entorno que desprestigia la música. Otro triunfo para aquellos que quieren la música cerrada y acotada para poder ponerle precio. Hoy la música se crea en la habitación o en el local de ensayo; espacios privados o de pago. Casi ya no existe música concebida en la calle. Y a los que aún se atreven a hacerla o escuchar a la calle se les considera incivilizados.

Ya lo advertía Richard Sennett en El declive del hombre público: el espacio público, un dominio del pueblo donde se producían encuentros entre personas, ha pasado a ser un espacio impropio, desconocido, donde se fomentan la desigualdad y los conflictos, donde se pierde el espíritu democrático. Sennett llega a decir que buscamos en el terreno íntimo lo que se nos ha robado en el espacio común. Suena triste, ¿verdad?

Las instituciones nos han expropiado el espacio público hasta casi esterilizar su práctica musical, arrinconando la música en cada vez menos esquinas y trasladándola a recintos cerrados; burbujas legales donde la música deja de ser una actividad habitual en nuestras vidas y toma forma de hecho excepcional. Pero música y vida no pueden existir tan separadas como nos quieren hacer creer.

Hace unos años vi un concierto de Joan Garriga en la Bodega Saltó del Poble Sec. La gente entraba, se sentaba, se levantaba a pedir una cerveza, bailaba, charlaba, salía a fumar… Nadie pedía silencio. Había gente que llegaba con las bolsas del súper, miraban un rato, se tomaban un refresco y se iban a casa. Y todo ello, mientras él y Madjid Fahem, un guitarrista que también toca con Manu Chao, improvisaban canciones como verdaderos músicos de taberna. Antes de terminar, pasaron la gorra y la gente dejó unas monedas; pocas, según confesaron después. Incluso en este último detalle, es innegable que fue un concierto lleno de vida. Era la vida real.

De hecho, cualquier manifestación musical espontánea y no regulada es considerada menos valiosa. Parece una contradicción si tenemos en cuenta que la improvisación, sea oral o instrumental, es la esencia de la música popular. Justamente Manu Chao tiene esto bastante claro: ha defendido siempre la música en la calle ante las restricciones impuestas por el Ayuntamiento y frecuenta bares y plazas donde se pone a tocar con quien lo quiera acompañar. Son actuaciones imperfectas, interminables, imprevisibles, repetitivas, interrumpidas…

Esto que hace Manu es la antítesis del concierto programado y perfecto. En un contexto comercial y profesional donde se valora la calidad del sonido, la comodidad de la escucha, el refinamiento del espacio y el provecho económico, no tienen ningún valor. Pero si pensamos en la vivencia colectiva, en la experiencia de los que acaban tocando la guitarra con él aquel día que sólo salieron a tomar una cerveza en el bar, en la cantidad de normas que desafía el concierto improvisado, en el puñado de barreras entre público y artista que rompen y en el montón de intermediarios que quedan fuera de juego, nuestra valoración debería ser muy diferente.

Contribuir a liberar la cultura desde los medios de comunicación es también dar cabida a otras formas de generar cultura. Es revalorizar los centros cívicos, con sus dinámicas y virtudes. Es anteponer los espacios de fraternidad e igualdad. Es visibilizar las prácticas en otros barrios, ciudades y pueblos, porque la cultura de un país con siete millones de habitantes no puede estar representada sólo por cuatro locales y, a menudo, los medios fomentamos una visión centralista que perpetúa estructuras de poder y refuerza los desequilibrios. Es reivindicar prácticas culturales más allá del circuito comercial y oficial que protegen unos contextos más justos, menos distorsionados y condicionados, donde la música recupera su verdadero sentido. Es, incluso, estimular la reapropiación del espacio público para poder exponer una cultura más libre. Romper todo este marco significa, en definitiva, dinamitar el actual orden cultural para recuperar el viejo desorden. Es precisamente apostar por un clasicismo punk.

 

Podéis comprar Cultura en tensión en botiga.nativa.cat.


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