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Una habitación

Escrit el 14/07/2017 per Marta Vallejo a la categoria Una habitación libre.
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La persiana, no del tot tancada, com
un esglai que es reté de caure a terra,

no ens separa de l’aire.

En uno de esos sant jordis del instituto en qué bajábamos a Barcelona, mi madre me regaló una edición perqueñita de un libro de la Virgina Woolf. Por entonces yo ya tenía fantasías secretas de escritora, de tener el pelo rizado y viajar y decir que el mar al amanecer se parece a una sábana arrugada. Joder, una sábana arrugada, qué bien visto.

Y Virgina, que solía orquestar sinfonías complejísimas para acompañar los pensamientos de sus personajes, que les dejaba abierto el grifo para que hablaran con sus voces estridentes y caprichosas, ese sant jordi me dijo sin rodeos: chavala, para escribir necesitas una habitación propia.

Una puerta que al cerrarla te contenga, un rato largo para materializar tu voz. Dinero con qué pagarla, vida con qué alimentarla. De lo que no hablaba era de la necesidad de un cuarto de baño si no ya propio, por lo menos con cerrojo, para mirarse en el espejo durante el rato suficiente para conocerse la cara y ensayarse el peinado. Para familiarizarse poco a poco con la persona que veremos en los ojos de los demás cuando nos miren.

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Mira, s’obren
trenta-set horitzons rectes i prims,

però el cor els oblida

El 31 de diciembre de 2016 estuve en casa de mis padres. Casi no comí, casi no hablé, casi no nada. Hacía tres meses que había vuelto a Barcelona después de seis años por el mundo. Desde mi llegada había vivido en tres casas distintas, de tres amigos distintos y me estaba acostumbrando a la ciudad desde barrios que no eran el de mis recuerdos. Mis padres me despertaron un rato antes de medianoche. Creía que haríamos como si nada, pero sacaron unas uvas muy discretas y nos las comimos y fue 2017 e inauguramos en silencio la realidad de mi depresión.

Antes de irme a dormir a la cama individual de mi antigua habitación, busqué algo para leer. Conozco bien el paisaje de los libros aparcados en doble y triple fila en las estanterías de mis padres, así que supongo que no fue casualidad que escogiera L’hora violeta. En esa noche tan larga, la Roig me fue presentando a personajes que se parecían mucho a todos los mundos dónde vivía mi niebla.

Días después me mudé a mi casa. Deshice del todo todas las maletas y volví a llenar el armario con mi ropa. Coloqué los cubiertos en el cajón siguiendo mi orden. Distribuí fragmentos de mis hogares precedentes por los rincones, para acordarme de que no viajaba en el tiempo sino en el espacio. Los pronombres posesivos me fueron anclando a la ciudad y para fabricar sueño, caminaba mucho. Un día, pegado en la pared de una salida de metro vi un cartel que anunciaba “Alquilo una habitación bonita”. Ni amplia, ni luminosa, ni céntrica, ni silenciosa, ni amueblada. Bonita.

Digues, te’n recordaràs
d’aquesta cambra?

Llevo meses acostumbrándome a estar aquí y he pasado mucho tiempo en mi cuarto propio, llenándolo poco a poco de las cosas que lo hacen bonito. Cuando abro la ventana una vecina se pelea con su suegro. En el balcón del piso de enfrente cada semana desayunan personas distintas que tienden pareos y bañadores. La hija de mis vecinos que ya es adolescente escucha en bucle la canción del verano. Y en la calle un camello hace guardia y unos guardias le vigilan.

En mi casa de ahora, entre mi cuarto y el de mi compañera de piso, hay una habitación libre. Es pequeña y su función oficial es la de servir de estudio para sentarse a hacer cosas serias como escribir mails o artículos. Pero entre líneas es el lugar donde duermen los amigos cuando están de paso por esta Barcelona a precio de mercado. Un cuarto donde hacen noche los miembros de la internacional precaria de los que hacen cosas como si no fuera todo tan difícil. Que nunca tienen vacaciones pero disfrutan de los jueves, que trabajan por medio mundo durmiendo en sofàs de colegas y sonriendo a cámara.

Uno de los personajes de la Montserrat Roig decía que cuando se abre la hora abierta del recomponerse hay que batallar “per a convertir en un de sol l’amor col·lectiu i l’amor individual”. Yo añado que en esta lucha ayuda mucho tener sábanas limpias y una habitación libre.

 

(*) Todos los versos son mordiscos del poema Cambra de tardor de Gabriel Ferrater


Una resposta

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  1. Consuelo says

    Unas sábanas limpias donde recostarte después de la novena caída y el décimo levantamiento. Una habitación en cualquier lugar del mundo que te permita tomar aire y salir al 🌍 a danzar y a descubrir las cosas bellas que hay en él.
    Es reconfortante saber que tú tienes una de esas habitaciones en tu casa.
    En realidad, no podía ser de otra manera.



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