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¿Cómo sería un festival fértil?

En 2015 varios activistas culturales de Pamplona se sacaron de la manga el festival Iruñea NOLA? En cada una de sus tres ediciones, se ha celebrado en un barrio distinto de la ciudad adaptando usu formato a las circunstancias. Lo único que no ha variado son las fechas, a finales de mayo, ni su intención de utilizar la música como una herramienta para incidir en el territorio.

La familia del NOLA aglutina, entre otros, a gente de la librería-restaurante Katakrak, del estudio de grabación y discográfica Sustraian y de la Broken Brothers Brass Band. Todos son novatos en este mundillo. Precisamente por ello, carecen de los vicios que tan rápido se adquieren en el gremio festivalero y exploran vías que les eviten caer en las inercias de siempre.

El cocinero Luis Soldevila y la diseñadora Ana Enguita nos explican cómo nació y cómo ha ido forjando su identidad el NOLA, un festival que tiene muy presente el territorio en el que se ubica y que entiende la cultura como un fertilizante social. No en vano, una de sus principales fuentes de inspiración han sido las orquestas callejeras de Nueva Orleáns.

Entierro-ficción de la exalcaldesa de Pamplona durante la primera edición del festival Iruñea NOLA?

Habladme de la vida cultural de Pamplona.

Luis Soldevila: Es una ciudad muy plana en lo cultural. Es difícil encontrar conciertos entre semana, pero surgen pequeños milagros, como setas. El Garazi programa jazz todos los martes y allí van a hacer jam sessions los estudiantes del departamento de jazz del Conservatorio Superior de Música de Pamplona. Y el bar Nebula es lo mejor que le ha pasado a la ciudad en los últimos 15 años. Han traído a gente increíble. ¡Ha venido Tav Falco!

Ana Enguita: Para la escala que tiene, a mí me sorprende la actividad que hay. Y no solo musical. Siempre se respira vida. La Escuela Navarra de Teatro organiza actuaciones cada fin de semana. Probablemente la gente de aquí digan que no hay nada, pero yo no tengo esa sensación. Yo soy de Alicante y aquello aún es más desierto.

L.S.: Pamplona ve pasar de largo los grandes conciertos camino de Bilbao, San Sebastián y Zaragoza, ciudades a menos de dos horas en coche. No consigue captar esa programación cultural de alto standing, pero sí genera espacios de resistencia y producción propia. Podemos hablar también de La Nabe. Está en un polígono a las afueras de Barañain y hace las fiestas Rocksteady Revenge.

A.E.: El Jazar sería otra de estas setas. Es la antigua escuela Jaso, un espacio autogestionado montado en una ikastola abandonada. El local seguía siendo de la cooperativa de padres y lo pusieron en alquiler. Ahora lo gestionan entre 84 socios que son, principalmente, artistas y promotores culturales.

L.S.: En general, es una red muy poco coordinada y económicamente muy débil porque son iniciativas sin capacidad de retribución a los músicos, pero muy fiel. Es un underground que en diez años ha vivido un claro ascenso. Un panorama bastante peculiar y estimulante, pero sin echar las campanas al vuelo. Y luego está el Zentral, la gran sala de conciertos que han construido en el Mercado Central de Abastos. Lo lleva Last Tour International. Es una criatura extraña: cobran las entradas caras, la bebida es más cara, hay seguratas en la puerta… Ha tenido sus llenazos, pero allí lo mismo meten una rueda de prensa de Bildu que un concierto de Taburete. Esa situación se ha dado.

¿Cómo empezáis a dar vueltas a la idea de montar el Iruñea NOLA?

L.S.: Siempre cuento la misma historia y de tanto contarla ya no sé si es verdad o me la he inventado. Ion Celestino, trompeta, líder de la Broken Brothers Brass Band y persona muy importante en esta historia, montó un programa de cuatro conciertos de free jazz en la cafetería de Katakrak. Un día le pillé por banda y le dije: ‘Esto está muy bien, pero, ¡vamos a hacer algo para la gente!’. Y me dijo: ‘¡Claro! Siempre lo he pensado y como vosotros hacéis ese gumbo en la cocina de Katakrak, igual podríamos montar un pícnic en plan Nueva Orleans para toda la familia. ¡Ya está bien de fiestas solo para los jóvenes!’.

Se nos ocurrió la coña del paralelismo entre Nueva Orleans after Katrina e Iruña after Barcina, Pamplona tras la Presidenta de la Comunidad de Navarra Yolanda Barcina, que entonces acababa de anunciar que no se presentaba a la reelección. Había sido alcaldesa de Pamplona muchos años y fue un desastre para la vida social y cultural. NOLA es el acrónimo de Nueva Orleans-Luisiana, pero, en euskera, nola significa cómo. Sería “Iruñea, cómo?”. Y así, entre varias personas empezamos a organizar un festival súper sencillo para el último fin de semana de mayo.

Entonces, el festival nace con una identidad política muy marcada.

L.S.: Sí. Fue explícito desde el principio. En todas las comunicaciones y pegatas ponía Iruña after Barcina. El domingo hicimos un desfile, una especie de funeral jazz. Llevamos un ataúd con el nombre de Yolanda Barcina. Seríamos 200 o 300 personas. Después hicimos el pícnic y lo que había nacido como una broma nos dejó tan buen sabor de boca que dijimos: ¡el año que viene lo repetimos!

¿Quiénes empezasteis a planear el festival?

L.S.: Ana estuvo en la primera reunión en el Café Iruña. También, Ion Celestino, el trompeta de la Broken; Reimy (Xabier Apestegui Murchante), que lleva el diseño gráfico del festival; Iosu Marti, de Sustraian Records; Xabi Triski (Xavier Maeztu), mi compañero de cocina; y Maitane (Unzu), otra compañera de la cocina. Enseguida se incorporaron Moisés Mosto, de los raperos de Emaús, y Adela (Del Cos), que es de Almería. Y al año se sumó Ada, el rapero de Benation. Es un senegalés que hace la tira de años que está por aquí.

Todo es gente con una pata en el mundo de la música y otra en el de los colectivos de la ciudad. El músico más profesional sería Ion Celestino, aunque estuvo muy metido en el gaztetxe Euskal Jai, el mayor centro social que ha tenido Pamplona. Los perfiles menos musicales serían los de Xabi y el mío, que somos cocineros. Bueno, Xabi está aprendiendo a tocar el trombón. Yo, ni eso.

Intervención urbana en el bajo puente del barrio de San Jorge de Pamplona.

En 2016, el festival ya no se hizo en el centro de Pamplona. ¿Por qué?

L.S.: Como había entrado este gobierno nuevo tripartito en Navarra, no tenía mucho sentido seguir en el centro de la ciudad con ese rollo de oposición y parodia. Lo hicimos en el centro comunitario del barrio de Arrosadia a iniciativa de Sergio Salinas. Sergio, el chamán en aquel entierro, es de allí y en una reunión dijo: ‘Este NOLA se ha hecho en espacios colectivos y ha sido el típico belén de movimientos sociales. ¡Hay que conectar con la ciudad real, la de los barrios!’. El resto dijimos: ‘Bueno, vale: ¿qué hacemos?’. Y propuso bajar a una reunión vecinal de la plataforma Arrosadia Bizirik, la típica coordinadora que une a asociación de vecinos, peñas y otros grupos de la vida comunitaria del barrio.

Podríais haber seguido en esos espacios afines de la militancia social, pero decidís salir de esa zona de confort a las primeras de cambio.

L.S.: Sí, algo que caracteriza al NOLA es estar cómodo en una piscina al final de un año y lanzarse rápidamente a otra el año siguiente.

A.E.: Luis utiliza mucho la metáfora de la alucinación de Carl Sagan.

L.S.: Carl Sagan decía que la cultura es una alucinación colectiva.

A.E.: Y aquí cada uno tiene su pedrada, su alucinación, la lleva al NOLA, el NOLA la absorbe y la realiza. Eso es lo que pasó con la idea Sergio.

L.S.: Sí, el NOLA es una centrifugadora de pedradas.

¿Qué complicaciones tiene salir de ese entorno políticamente afín?

L.S.: Todas, pero muy equilibradas con las facilidades y las alegrías que te da. De entrada, el tiempo que hace falta para que una plataforma vecinal que no ha oído nunca nada de ti, te escuche, te entienda, confíe y te crea. Eso es un mes de reuniones para que no te vean como un paracaidista que llega allí a montar su movida cultural con el barrio como escenario, sino como alguien que quiere enganchar de verdad y trabajar conjuntamente.

¿Pedisteis cita antes de ir a esa reunión de la plataforma vecinal?

L.S.: Sabiendo el día que tenía reunión, los miércoles a las siete, pedimos antes si nos podían dejar media horita para presentar nuestra idea.

¿Cómo reaccionaron?

L.S.: Al principio hubo caras de sorpresa y cierto recelo. A decir verdad, lo interpretamos como desconfianza. Veíamos un ‘estos quieren venir y montar su festival en un barrio multiculti para quedar guai’, pero en realidad no era eso. Había mucha sorpresa porque nadie les ha ido con este tipo de propuestas en los últimos años. Eran caras de ‘¿y por qué nos ha caído esto?’. Hicimos una exposición de 15 minutos: queremos hacer esto, esto, el año pasado hicimos esto, esto, esto otro… Se hizo un silencio sepulcral. La gente empezó a mirarse unos a otros. Entonces preguntaron: ‘Y este año, lo que nos pedís, ¿qué es?’.

¿Y qué les pedíais?

L.S.: Hacer dos reuniones más, que se lo pensaran y nos ayudaran a poner una fecha. No les íbamos a pedir dinero ni que se lo curraran a muerte. Pedíamos establecer una serie de tareas para que les pesara lo menos posible, pero que fuera una movida de todos: de la gente de la plataforma y la del NOLA.

¿Cómo salisteis vosotros de aquella primera reunión?

No con ganas de echarnos para atrás, pero sí con la sensación de que para la próxima reunión tendríamos que llevarlo mejor preparado o ser más claros.

Relatadme un poco el proceso que se inició a partir de ahí.

L.S.: Aquel primer contacto fue como una reunión de extraterrestres, pero en la segunda ya se lo habían pensado, querían hacerlo, habían pensado en fechas… A partir de la tercera reunión, la gente ya se fue separando: quienes están más lejanos ya no venían a las reuniones y quien se enganchó, se enganchó bien.

Formamos un grupo de trabajo para no invadir más esas reuniones y en cuestión de un mes, empezaron a salir ideas, cundió el entusiasmo y acabamos montando un barco de vapor de tres metros de altura para el desfile. Lo construyó Jesús, un manitas del barrio. Los de Médicos del Mundo del barrio, que trabajan mucho con la asociación Flor de África, organizaron una comitiva de mujeres africanas con sus trajes tradicionales. También vino una asociación de bolivianos del barrio con su coche, su bandera y plumas de colores… Parte de los colectivos que están dentro de la plataforma vecinal se implicaron, pero de una forma muy libre. Nosotros no coordinamos prácticamente nada. Dimos una línea general de lo que se iba a hacer y a partir de ahí fuimos recibiendo los ofrecimientos de cada uno de los colectivos. La programación se montó por negociación de las distintas propuestas que íbamos encajando en la agenda. Y al final fue un programa similar al del NOLA de 2015, de jueves a domingo.

Pasacalles de la Iruñea NOLA? Brass Band.

¿Qué otras complicaciones os encontrásteis?

L.S.: El proceso tiene dificultades y resultados que a veces no molan mucho. Hubo una especie de karaoke de cumbias y boleros que llevó la asociación de colombianos y no vino mucha gente. Tuvo un ambiente como decadentillo.

A.E.: Y el mensaje era súper machista: en las canciones, en las dedicatorias…

L.S.: Ahí se produjo un contacto incómodo, pero creo que fértil, entre un tejido políticamente organizado y significado en la ciudad con el barrio. Y eso genera fricciones. Durante la fiesta, entraron por las ventanas de atrás unos chavales y se llevaron bolsos y ordenadores de la sala. Nosotros en los gaztetxes estamos acostumbrados a dejar las cosas tiradas en cualquier lugar, pero en el centro social todo era ‘en el cuarto y bajo llave, que nunca se sabe’. Del NOLA no desapareció nada, pero robaron cosas de las currantes del centro comunitario.

El viernes se hizo una fiesta al aire libre con el sound system de Sustraian Records y hubo un concierto de Titanians, una banda de reggae buenísima de Pamplona, con JG Musicnómano, un grupo de reggaeton que traían ellos. Eran dos colombianos que acudieron con cuatro bailarinas y lanzaban frases en plan: ‘¡que bailen las morenas!’. Los Titanians son unos chavales que vienen de centros okupados y nos decían: ‘¡Nosotros con estos no tocamos!’. Hubo que convencerles. Era el grupo que proponía la asociación de bolivianos y los programamos.

A.E.: Que ese grupo conectase con los Titanians también era interesante.

L.S.: La imagen ideal es esa: pensar que van a conectar, van a tocar juntos, van a colaborar y van a surgir nuevos monstruos musicales. Pero la realidad es mucho más difícil y, por ejemplo, se crean situaciones conflictivas en torno al dinero. Ninguno de los grupos que ha tocado en las dos primeras ediciones del NOLA ha cobrado nada. Algunos han cobrado un almuerzo pantagruélico y otros un bocata, pero ninguno de los grupos que ofrecía la plataforma vecinal estaba dispuesto a tocar sin cobrar un mínimo. Nosotros estamos habituados a seguir la tradición de los espacios sociales: si hay dinero se da y si no, pues no. Pero tuvimos que llegar a un acuerdo con ellos y decir a los Titanians que ellos no cobrarían. Lo entendieron y dijeron que sí, pero fue muy raro y muy desigual.

Entonces, ¿los reggaetoneros colombianos cobraron?

L. S.: Sí, 80 euros entre todos. De la barra salieron 200 euros. Son eventos muy pequeños y la cerveza se cobra muy barata. Apenas hay beneficios. Estamos acostumbrados al ‘suma cero’ y todo pasa más por el significado social.

Habláis de hacerlo ‘por el significado social’ cuando, muy a menudo, en contextos en los que nunca se genera dinero, se habla más de hacerlo ‘por la diversión’. Seguro que vosotros os divertís, pero no solo es eso.

L.S.: El ‘qué hacemos’ se explica mucho porque lo pasamos bien, pero el ‘cómo lo hacemos’ está profundamente atravesado por qué significa lo que hacemos en nuestro tejido cultural y social y dónde decidimos hacerlo.

A.E.: Casi todos los que están metidos en el NOLA conectan la afición musical con la realidad social.

L.S.: En el NOLA hemos hecho fiestas para pagar las multas que recibió la gente que hizo unas pintadas oponiéndose al tren de alta velocidad. Aquí es muy habitual esta relación entre música, fiesta y política. Hay un análisis compartido por la gente del NOLA de que la escena que, simplificando mucho, llamamos de las guitarras está muy pacificada políticamente. Hay fiestas en los pueblos que, en su versión más cutre, traen bandas de versiones de grupos del rock radical vasco: de La Polla, de Eskorbuto… Eso es ya la confirmación de la defunción clínica del asunto. Con suma reverencia al origen de los tiempos, ese campo cultural ya no produce anda. Existe un consenso muy fuerte en torno a esa escena de guitarras como una tradición consolidada, lo cual la desactiva automáticamente como música de provocación y de cultura fértil.

¿Cómo decidís pasar en 2017 del barrio de Arrosadia al de San Jorge?

L.S.: Mediante un proceso natural y muy poco democrático. A varios eventos del NOLA de Arrosadia se pasaron las chicas de Umetxea, la asociación de atención infantil y juvenil de San Jorge, que tienen mucho contacto con las de Yoar, la asociación del barrio de Arrosadia. En un momento de cerveceo, en el desfile del domingo, una dijo: ‘¡El año que viene tenéis que montar todo esto en San Jorge!’. Y los que estábamos allí decidimos por unanimidad: ‘¡Sí, el NOLA a San Jorge!’. Y este año al ir de la mano de las chicas de Umaetxea la entrada en la coordinadora cultural de Sanduzelai, la plataforma vecinal de San Jorge, ya fue más fácil porque llegamos con alguien que nos presentó.

A.E.: Este año en San Jorge, la coordinadora tenía tantas actividades propias que pensaban: ‘¡Madre mía, ahora otra movida!’. Hay un punto de ‘¡no nos déis más trabajo!’. Y entonces quieren calcular que les va a suponer en su día a día.

L.S.: Claro, quieren ver si meterse en este festival les va a quitar tiempo para otras cosas que consideran más importantes. Acordamos que ellos llevarían la barra y se quedarían la pasta y nosotros llevaríamos la programación. Pero, por ejemplo, en la intervención urbana se han metido a saco. Durante el proceso vas generando tus alianzas personales, de gente que te cree. Eso no lo puedes diseñar. La gente más cercana lo es porque conoce el NOLA de antes o por cuestión generacional. Y a otra te la ganas después de mucho tiempo. No es algo que puedas echar en cara. Es gente que las ha visto de todos los colores.

A.E.: Este año la intervención urbana ha sido muy importante para enganchar con el barrio. En Arrosadia hubo otro tipo de construcciones como el barco de vapor, que a lo mejor no dejaron tanta huella. Pero este año, el hecho de que vaya a quedar un residuo material en el barrio ya es distinto.

Antes de empezar a planear la tercera edición, sucedió algo imprevisto: el ayuntamiento mostró interés en apoyar económicamente al NOLA.

Desfile durante la edición de 2016 del festival Iruñea NOLA?

L.S.: Sí. En una situación informal se nos dijo que preparásemos una propuesta e hicimos una carta a los reyes imposible de cumplir. Era un órdago: o nos creéis del todo o no nos creéis. Queríamos traer una banda de Nueva Orleans y un montón de cosas. Hicimos un presupuesto-ficción de 80.000 euros. Cuál fue nuestra sorpresa cuando dijeron: ‘Esto no, pero la mitad sí’. Decidimos tirar para adelante poniendo condiciones. Una, que no queríamos recibir el dinero ni hacer un trabajo de empresa de gestión cultural: queríamos asumir la dirección artística y que el ayuntamiento cargara con las gestiones, contratos y papeleo. Otra fue mantener el NOLA como un festival autofinanciado y autogestionado y, con lo que nos ofrecía el ayuntamiento, generar otra semana de programación.

A.E.: Eso será Ibaiertzean. (Se celebró una semana antes del Iruñea NOLA?).

L.S.: E insistimos en que sería programación del ayuntamiento. Lo organizan ellos y nosotros solo hacemos la dirección artística en colaboración e igualdad de condiciones con la coordinadora de San Jorge. Aceptaron y así se inició un proceso que ha sido improvisado en muchos aspectos. Tanto el ayuntamiento como nosotros nos hemos encontrado muchas veces fuera de nuestros límites.

Sobre todo, el ayuntamiento, ¿no?

L.S.: Claro. Ellos están muy acostumbrados a soltar la pasta a una empresa y que se lo monte como quiera. Nosotros les dijimos que no porque sabíamos que no teníamos capacidad de hacerlo. No tenemos una estructura profesional, no tenemos gente liberada, no estamos acostumbrados a cerrar contratos…

¡No tenéis ni cuenta bancaria!

L.S.: No. Nos hemos constituido en asociación a raíz del Ibaiertzean y tenemos CIF desde hace dos días. Cobramos dos mil eurillos por la dirección artística.

¿El ayuntamiento sabía que este año el festival se haría en San Jorge?

L.S.: Sí. De hecho, era parte del atractivo de la propuesta para ellos. Íbamos con ideas que pensábamos que generarían chispa y luego, nada. ‘¡Queremos hacerlo en un barrio!’. Y ellos: ‘Muy bien, hay que invertir en los barrios’. ‘¡Ah, y no vais a pintar nada en la programación!’. Y ellos: ‘Ah, muy bien’. ‘¡Y vamos a hacer una intervención urbana y gastaremos el doble de lo que nos costaría alquilar una carpa, pero así quedará en el barrio!’. Y ellos: ‘¡Muy buena idea!’.

A.E.: Bueno, lo de la carpa se nos ha ido un poco de las manos. Alquilar la carpa costaba cinco mil euros y la intervención ha pasado de los diez mil.

¡Eso ya es una quinta parte del presupuesto total!

L.S.: La contratación de grupos se ha quedado en unos 27.000 euros. Eso incluye los cachés, alojamientos y viajes de la gente que viene a tocar. La intervención urbana se va a unos 12.000 y 8.000 más se han ido en formación y documentación: los talleres, el diseño, las master class, las charlas…

Los festivales suelen llegar a un lugar, montan escenarios y vallado, abren puertas, el público paga-entra-baila-bebe, luego se desmonta todo y a la semana parece que allí no haya pasado nada. Ibaiertzean es lo contrario. ¿Cómo surge esta propuesta de la intervención urbana?

A.E.: Es un modo de materializar esa idea de dejar alguna huella en el barrio. Si venimos aquí a hacer algo entre todas, está bien dejar algo material en el tejido.

L.S.: La referencia más directa es el festival Asalto de Zaragoza, que consiste en ir a distintos espacios urbanos normalmente en desuso y darle un remozado de arte urbano. Los primeros Asalto eran iniciativas autogestionadas bastante macarras. Los okupas del barrio de la Magdalena se metían en algún colegio o espacio en desuso, mandaban una nota al ayuntamiento diciendo que iban a hacer un acto y que a los cuatro días se pirarían. Ahora el festival tiene página web, vídeos chulísimos, fama internacional, patrocinio de la marca Burn de refrescos energéticos y de la cerveza Ámbar y trae a artistas de Argentina, de Chile y de medio mundo. Nosotros usamos uno de esos vídeos para convencer a la coordinadora cultural de que hacer algo en el barrio era mejor que la carpa.

A.E.: Otra referencia ha sido el colectivo Boa Mistura, que trabaja en Madrid y hacen intervención urbana de murales. Hemos copiado exactamente lo que ellos hacen porque lo que queda plasmado en el mural sale de los talleres de diseño y producción creativa con la gente del barrio. Identifican qué significa el barrio y a partir de ahí se piensa un diseño y se pinta entre todos.

¿Quién eligió el espacio de la intervención urbana?

A.E.: Las chicas de Umetxea. Les dijimos que buscasen un espacio a mejorar y nos hablaron de ese bajopuente porque hay una alcantarilla que huele mal, está mal iluminado de noche… Les hubiera gustado también una intervención lumínica, pero ha sido imposible gestionar eso con el ayuntamiento. Nos salíamos del departamento de cultura y nos metíamos en el de urbanismo.

L.S.: Y a lo de pinchar la luz, nos dijeron que nada.

A.E.: La idea era trabajar iluminación y decoración, pero conforme se nos fue cayendo el plan de la iluminación, nos centramos en el mural y en el mobiliario.

L.S.: Otra clave que nos dio la coordinadora cultural era que querían trabajar la imagen del barrio. La imagen que tiene el barrio según las encuestas es que los mayores problemas son la droga, los robos, la inseguridad en las calles. Y eso es falso. Si pillas los informes de la policía, las denuncias más frecuentes son los atropellos porque es un barrio sobresaturado de circulación y atravesado por las dos grandes vías que cruzan Pamplona. Las familias de otros barrios no dejan que sus hijos bajen a fiestas de San Jorge y para ellas era importante hacer algo que cambiara la imagen del barrio. Querían que esa intervención bajo el puente fuese un hito que ayudase a generar ese cambio de actitud.

A.E.: Una vez elegido el lugar, planteamos qué íbamos a dibujar y cómo iba a ser el diseño creativo. Hicimos dos talleres con la gente del barrio. Primero con la gente jovencilla y luego con los jubilados. Con los chavales fue más creación loca. Éramos 14 y se trataba de dibujar lo que pensaban que era el barrio.

Sacamos mucho material de garabatos en folios y al día siguiente hicimos el mismo proceso, más reflexivo, con la gente más mayor. Hablamos del cruce de avenidas, de la alegría del barrio, de lo que representa la mujer… En todo este proceso también es importante el trabajo con Deltadec, unos grafiteros de toda la vida que se han profesionalizado y han hecho intervenciones urbanas con chavales en Alemania. Javi (Landa) de Deltadek, Ana (Bejarano) de Umetxea y yo formamos el tridente y con la mezcla de los conceptos de los jubilados y los garabatos de los jóvenes le pasamos el material en bruto a Javi y él sacó su diseño. Hablamos también de que tenía que ser algo sencillo porque la intervención sería un taller participativo y la gente no tenía que ir con pincel. Tenía que ser más de rodillo.

Actuación del grupo beninés Gangbé Brass Band bajo el puente del barrio de San Jorge durante el festival Ibaiertzean.

Porque luego había que pintar el puente.

A.E.: Sí. Y participaron tanto los chavales como las mujeres jubiladas del taller.

L.S.: Fueron más 60 personas. Vino gente del centro comunitario de Arrosadia con sus chavales, que en su mayoría son gitanos rumanos del barrio.

A.E.: También vino a pintar una señora de unos 80 años o más con un mono de plástico transparente de arriba a abajo. Le hicimos una pértiga para que no se tuviera que agachar. Y ver como todo el mundo pasaba, miraba, preguntaba…

L.S.: Desde que se dio la primera capa ha pasado mucha gente preguntando qué pasaba allí. Ha sido el mejor material de difusión del festival en el barrio.

Y posiblemente habrá sido la actuación más potente de todo el festival.

A.E.: Yo no diría más potente o menos porque forma parte de un todo. Pero, para mí, este ha sido el gancho con el barrio. Sin esta intervención urbana no lo hubiéramos conseguido. De haber montado una carpa, no hubiese sido igual.

L.S.: En todo lo que hacemos, hay un componente de disfrute y otro de cálculo estratégico y esta es la experiencia que ha sido más importante que saliera bien. Había que hacer una intervención urbana con sentido para enganchar con este tipo de formato. Hacemos el NOLA para pasarlo bien y que salga bien, pero también para generar un modelo replicable. Y este año todo ha cobrado otra dimensión al convertirse en una experiencia de extracción de recursos, por decirlo mal y pronto, que se ha puesto a disposición del tejido comunitario.

Aunque esa extracción no haya sido directa. No ha ido de la institución al tejido comunitario, sino que les llega a ellos a través vuestro.

L.S.: Sí, pero la institución se desprende de sus protocolos y burocracias. Aquí la institución es capaz de generar modelos innovadores de democratización de los recursos públicos. Es una inversión no dirigida desde arriba, desde planes urbanísticos, sino por procesos de base. Esto tendrá sentido si el NOLA lo hace una vez, pero será insuficiente si se convierte en el típico lavado de cara. Eso no generaría transformaciones profundas, pero lo que puede generarlas es que el modelo se replique y se generen otras iniciativas similares en otros barrios capaces de reclamar recursos para llevar a cabo sus planes. Se trata de que los barrios reclamen que la institución confíe en ellos y que se generen circuitos responsables que, de manera supervisada, si me apuras, sean capaces de pasar por encima de los circuitos clásicos de subcontratación, externalización y dirección burocrática para generar unos espacios autónomos, autosuficientes y autofinanciados y con esa capacidad de inversión y transformación que te da lo público. El NOLA y el Ibaiertzean sólo me dejarán contento si generan modelos replicables y exportables a otros contextos que a lo mejor no son ni culturales.

El plan, entonces, no es que el NOLA se instale cada año en un barrio de Pamplona. El objetivo final sería que en algún momento ese dinero fuese directamente del ayuntamiento a los espacios comunitarios.

L.S.: La gente nos dice: ‘El año que viene el ayuntamiento confiará en vosotros y os dará pasta de verdad. ¡El doble! ¡El triple!’. Si eso significa que tenemos que convertirnos en promotora cultural especializada en gestión de eventos, con la acumulación de intereses y puestos de trabajo que hay que sostener y que acaba condicionando tu capacidad de acción, yo no lo quiero. Y tampoco quiero contribuir a ese proceso de vaciado del ayuntamiento que nos hemos encontrado. Son cuatro gatos en cultura y en el área de participación. Cualquier pueblo tiene un jardinero y un electricista. Aquí, no. Todos son subcontratas.

A.E.: ¡Todo hay que contratarlo! ¿Un generador? No hay. Las alargaderas de la manguera las tenían, pero solo eso. ¡No tienen un proyector! Pamplona no tiene ni un escenario municipal. Lo alquilan cada vez que necesitan uno.

L.S.: Ahora querían comprar un escenario y no pueden porque lo sacan a concurso y las mismas empresas que les alquilan el escenario saben que no les conviene venderles uno. Les conviene más alquilárselo cada dos por tres.

A.E.: Intentamos, y casi logramos, que el ayuntamiento de Pamplona hablase con el de Barañain, que tiene escenario, y nos lo prestara. Se iba a hacer, pero entonces teníamos que montarlo nosotros y necesitábamos un seguro y un certificado homologado. Para eso necesitas una firma y ahí la cosa se complica. Intentas salirte de esa externalización, pero al final hemos tenido que alquilarlo.

¿Quién lleva la cartera de cultura en el ayuntamiento de Pamplona?

L.S.: La concejal de cultura es Maider Beloki, de EH Bildu. El proceso de colaboración ha sido magnífico, pero no está siendo especialmente innovadora. Eso se debe, en parte, a que no tenían modelo de transformación en políticas culturales. El festival Tres Sesenta es uno de los más conocidos de por aquí. Es un festival indie que ya se hacía en tiempos de UPN. El año pasado organizó su primera edición con el nuevo gobierno y consistió en traer a la mitad de grupos indies y a la otra, de grupos vascos. En muchos casos eran lo mismo: estética indie, sonido indie, pero cantando en euskera. Me llamó la atención que en la rueda de prensa se decía que el festival era muy importante porque atraía flujos turísticos a la ciudad, mejoraba la marca de Pamplona… ¡La concejalía de Bildu tenía el modelo de industrias culturales de UPyN! Ese modelo de la cultura que genera riqueza, que si la ocupación hostelera, que si colocar la ciudad en el mapa… El mismo discurso de mierda, básicamente británico, de que la cultura genera riqueza a través de los emprendedores y los servicios de hostelería.

Con Ibaiertzean se han encontrado con algo que, por lo menos, promete otra cosa. Es un desastre organizativo en varios aspectos, está desengrasado si lo comparas con darle la pasta a una promotora, está desprofesionalizado y da muchos más quebraderos de cabeza, pero apunta hacia otras direcciones: a redistribución de recursos, a transfusión de la institución hacia el tejido comunitario, a democratización de la riqueza de la ciudad. Estamos contentos porque parece un modelo que puede funcionar. Pero, a partir de ahí, hay que rediseñarlo. Tiene automatismos y salidas fáciles que son muy peligrosas.

A.E.: Para mí, la clave es que esto no es un modelo.

Tal vez lo mejor que ha hecho el ayuntamiento haya sido no daros esos 80.000 euros. Así, el festival no podía acomodarse en ese modelo típico del director artístico que contrata a los grupos que le encantaría ver y que considera que su ciudad debería conocer. Con menos dinero, habéis tenido que agudizar el ingenio y trabajar en otras direcciones.

L.S.: Yo también pienso que no necesitábamos 80.000 euros para nada. Fue un vacile total. Muchas veces el dinero que tienes no está relacionado con lo que vas a producir. Estoy convencido de que los talleres y las charlas generan un material y un poso muy útil comparado con otras actividades más caras.

Pero nuestro festival es más barato que mucha fiesta de pueblo grande, eh. José Luis Mosquera es el técnico de contrataciones del ayuntamiento. Tuve una reunión con él y me dijo: ‘¡Soy muy duro regateando! ¡Cuidado con lo que me presentas!’. Le presenté un grupo, otro, otro… hasta 16. Y me dijo: ‘¡Muy bien! Pues ya voy llamándolos y gestionando la contratación’. ‘¡Pero no me has regateado!’, le dije. Y me suelta: ‘¿Cómo voy a regatear, si miro esta cifra total de 27.000 euros y es lo que me gasto en un concierto de Semana Santa?’. Eso nos está llevando a cuestionarnos cómo se reparten los recursos en cultura.

Durante esta conversación habéis empleado varias veces la expresión fértil para calificar experimentos, escenas e iniciativas culturales.

L.S.: Fértil y estéril es una pareja de palabras que he encontrado en un libro maravilloso de Raquel Gutiérrez que acaba de publicar Traficantes de Sueños. Se llama ‘Horizontes comunitario-populares y repasa los últimos años de experiencias políticas en Bolivia y en el contexto latinoamericano de socialismo del siglo XXI. El libro recoge varias declaraciones de protagonistas de distintas asambleas y me llamó mucho la atención que para calificar tanto ideas como experiencias organizativas utilizan la pareja fértil o estéril, en lugar de la pareja bueno o malo, mucho más tradicional aquí. Dicen: ‘esto fue muy fértil como idea porque nos permitió seguir este proceso’ o ‘aquella reunión fue estéril porque acabó con un bloqueo por parte de tal sección’. Estoy dando muchas vueltas a este concepto para aplicarlo a lo que pueda generar el Ibaiertzean o el NOLA.

Nosotros no hacemos las cosas solo por criterios de calidad. Queremos traer a los grupos estéticamente más dignos y con propuestas más acabadas, pero también pensamos en clave de qué van a producir. Y siempre ponemos delante cuántas y qué tipo de consecuencias va a tener en el territorio en el que programamos. Intentamos pensar así, en términos de qué van a producir, en vez preguntarnos, según los términos clásicos del experto de turno ‘qué grupo está en boga’, o, según los términos de mercado, ‘cuál producirá más dinero en la barra’ o ‘cuál va a traer más gente’. Cuando trabajas con dinero público, como es nuestro caso, tienes la responsabilidad de pensar en otros términos y usar el dinero para producir en unas claves que no siempre son las de la acumulación capitalista.

Representants d’Iruñea NOLA? i la Broken Brothers Brass Band seran presents al BAM Cultura Viva, els propers 22 i 23 de Setembre.


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Nativa és una publicació musical editada per Indigestió (abans en paper, ara només a internet), dedicada a la cultura musical de la ciutat de Barcelona. Parlem de música des de la proximitat, des del coneixement immediat dels músics i les seves produccions, del públic i les seves reaccions, i no tant des de la cultura mediàtica global.

Què és Indigestió?

Indigestió és una organització professional, i no-lucrativa, creada el 1995, que treballa, des de Barcelona, per promoure la cultura musical, des de la perspectiva del ciutadà. El nostre eix principal no és la promoció dels artistes o el negoci musical, sinó l’aprofundiment en les relacions entre la societat i els artistes. Ah, i també tenim una medalla del FAD!

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