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¿De qué hablamos cuando hablamos de un baile ‘demasiado sexual’?

Escrit el 29/10/2017 per Maria Cabral a la categoria ARTICLES.
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El passat 14 de setembre, en una taula rodona sobre experimentació artística i pedagogies experimentals programada a l’Arts Santa Mònica dins el cicle ‘Vibracions i sonoritats’ vinculat a l’exposició ‘Lightforms/Soundforms’ de Brian Eno, la sexòloga gaditana María Cabral i la sociòloga i ballarina nordamericana Kim Jordan van presentar el projecte ‘Viaje al centro del placer’. Es tracta d’un taller que combina la investigació sobre la sexualitat femenina i la dansa i que té en el twerking i el perreo unes eines fonamentals. Cabral y Jordan també organitzen al Koitton Club de Sants les festes de twerk feminista Booty Riots on es balla reggaeton i dembow.

La intervenció de Cabral va ser la lectura d’aquest text que reflexiona sobre la visió occidental de la sexualitat i el ball.

¿Qué hace una sexóloga como yo en un lugar como este?

Generalmente, si oímos la palabra sexo, pensamos en el coito heterosexual practicado por personas en edad reproductiva y sin diversidad funcional. Entendemos sexo como aquello que se hace con los genitales para conseguir orgasmos y/o para procrear. Siguiendo esta lógica, para la mayoría de las personas la sexología sería la ciencia que estudia y conoce las mejores técnicas para alcanzar dicho fin. Algo así como expertos y expertas en orgasmos y “fontanería genital”.

La sexología estudia el sexo que se hace o ars amandi (gestos, fantasías y deseos), pero también estudiamos el sexo que se es (las identidades) y el sexo que se tiene (los atributos). Ahora bien, ninguna ciencia tiene todo el saber, ni toda la verdad, precisamente porque el sexo da cuenta de aquello que de singular tenemos todas y todos. Y es así porque no hay nada en nuestra biología que paute cómo debe ser un hombre o como debe ser una mujer. Si la sexología pretende otorgarse un saber sobre el sexo, la práctica profesional me ha enseñado que el sexo es aquello de lo que no queremos saber nada y de ese no querer saber, surge el inconsciente de la sexualidad.

¿Por qué el baile?

Descubrí el baile en mi propia familia, andaluza, gaditana y una parte de ella de origen gitano. Podemos decir que la búsqueda de lo común, de la alegría y de la celebración a través del baile estuvo muy presente en mi infancia. Digamos que esta experiencia temprana de entender el baile como una manifestación del cuerpo en la comunidad y de su estrecha relación con el mundo de Eros, entendido como fuerza primordial de vinculación y cohesión, me causó un fuerte impacto que no pude asimilar en ese momento (eso que decía al principio de no querer saber nada de la sexualidad) y también algunos conflictos característicos de una identidad conformada en la herida.

Todos somos seres traumados porque el simple hecho de pasar por el lenguaje y la cultura ya implica un trauma (eso decía el psicoanalista Jacques Lacan). Y menos mal, porque sin herida no hay deseo. Podemos decir que de aquella primera experiencia, en cierto modo traumática, se deriva el haber mantenido con el baile una relación ambivalente. Por un lado, no puedo prescindir de él porque me aporta mucha alegría, placer etc. Por otro, he probado con varias danzas como la danza del vientre, el flamenco y el twerk, pero mi práctica nunca ha sido constante. Y eso es así porque algunas danzas encierran, desde mi punto de vista, una ocasión única de expresión de lo femenino y, mira, no puedo evitar sentir una suerte de fascinación por algo que se me revela tan complejo.

¿Qué es femenino? ¿Qué es ser mujer? Explorar esos límites a través del cuerpo es maravilloso. Lo único que tengo claro es que la respuesta nunca es un universal. No es lo mismo ser mujer paya que gitana, ni ser andaluza gitana o catalana, por ejemplo. Y luego está la forma en que cada mujer ha trenzado lo que acontece en su vida. Y de ello se deriva una forma única y singular de hacer con su cuerpo y su deseo.

Hace años tenía un taller de sexualidad para mujeres donde ya utilizaba el baile como forma de expresión de nuestra sexualidad. Utilizaba el reggaeton y la danza del vientre para introducir un debate que me interesa mucho: cómo el feminismo es utilizado para esconder posturas clasistas e incluso racistas. Mover determinadas partes del cuerpo consideradas impúdicas, en la Europa blanca del privilegio y la razón, de pelvis estática y culo rígido, nos parece vulgar y vejatorio. Para mí, bailar es una forma de conectar con nuestros cuerpos. Moverse para gozarse activando el centro del placer en nuestros cuerpos. Hay quienes dicen que es un baile patriarcal y yo digo que patriarcal es autocensurarse por el qué dirán y vivir atrapadas en la mirada ajena.

Digamos, de forma general, que en Europa se entiende que todos los bailes que implican un movimiento de pelvis tienen que ver con lo primitivo, lo africano, lo salvaje y lo sexual. En definitiva, eso que Europa ha necesitado domeñar, rechazar y colonizar para constituirse. Y lo detesta, además, porque choca con una moral puritana que ha querido reducir el sexo a lo que contamina, oprime o reprime.

¿De qué va nuestro experimento?

‘Viaje al centro del placer’ es un proyecto que diseñé y desarrollo junto a Kim Jordan, socióloga experta en culturas y racismo, bailarina y profesora de twerk o booty dance. Es un experimento que combina la investigación sobre la sexualidad femenina y la danza y que tiene dos formatos: un workshop de un día y un espacio de creación reciente al que llamamos Lab(oratorio), que dura 3 meses, con un espacio de trabajo semanal. En ambos formatos hablamos de feminismos, del hecho sexual humano, de amor y relaciones, de encuentros y desencuentros entre hombres y mujeres, de orgasmos, de eyaculación femenina, de autoerotismo y erótica compartida, de deseos y fantasías, dando recursos para que cada una pueda seguir investigando por su cuenta.

Doy mucho valor a la palabra porque últimamente está muy denostada y porque, como dicen los lacanianos y también yo, me siento tocada en cierta medida por la expresión: la palabra toca el cuerpo. Diría, además, que la palabra hace al cuerpo; no somos organismos instintivos, sino sujetos pulsionales.

También practicamos y enseñamos ejercicios para reconocer tensiones en el suelo pélvico, moviendo y fortaleciendo la musculatura pélvica y los glúteos a través del twerk. Nuestro taller es una invitación a autorizarse y hacer las paces con esa que sacrificamos para ser tenidas en cuenta de forma seria, léase una buena mujer, y poder sobrevivir en un mundo gobernado por hombres. Es una celebración de la diferencia sexual, alejada de esencialismos y de visiones homogeneizadoras de lo femenino.

¿Qué pasa con este tipo de baile?

Sobre este baile, igual que pasa con otros como el reggaeton, pesa una mirada etnocéntrica y perversa. Por un lado, no hay manera de bailar libremente en el espacio de lo público sin que eso se entienda como una invitación a que otro invada tu espacio y tu cuerpo. Otra respuesta clásica, aunque esta vez del lado progre: ¡es un baile que cosifica a las mujeres!, ¡las letras son muy machistas! A esto último, yo pregunto: ¿alguien puede decirnos qué género musical está exento de machismo en sus letras? Es increíble ver la reacción que nos provoca ver a personas moviendo partes de su cuerpo que en nuestra cultura están consideradas como impúdicas o incluso vulgares.

Mucha gente rechaza el twerk y el perreo porque lo consideran sexista o, he oído incluso por ahí, porque es muy sexual. Esta afirmación da cuenta de la idea de sexo con la que nos manejamos. Creo que tenemos un problema si entendemos que la expresión de la sexualidad de las mujeres es sexista per se. Nos cuesta ver a la mujer como un sujeto sexual y deseante; sobre todo a las mujeres blancas, porque aquí hay un doble rasero, no sucede lo mismo con las mujeres racializadas. Nos cuesta, incluso, desde ciertos discursos feministas en los que para denunciar la cosificación del cuerpo de las mujeres se acaba restando agencia a las propias mujeres, a quienes se considera objetos sexuales al servicio del deseo masculino por bailar o vestir de una determinada manera. ¿Por qué censuramos la sexualidad de las mujeres? ¿Por qué borrar lo subjetivo, lo de cada una, cuando hablamos de sexualidad? Pareciera que seguimos obcecadas en el intento de homogeneizar el discurso y de universalizarlo, aun a costa de negar lo más íntimo, propio y singular de cada mujer.

¿Qué pasa con las chicas jóvenes?

Muchos padres piensan: que lo bailen las mujeres racializadas es una cosa ya que, al fin y al cabo, en ellas es natural, pero que lo baile mi hija, blanca y de clase media, es otra cosa. Esta idea se sostiene bajo la creencia de que las mujeres son las responsables del deseo masculino y eso es algo que aprendemos de pequeñas. Y también se sustenta sobre la idea de que Europa es blanca, que hay un aquí y un allá, un nosotros y un ellos que tiene mucho de ficticio. Quizás nos vendría bien mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de que nuestros barrios ya no son blancos.

Cuando no sabemos aún nombrar el deseo en primera persona, se nos enseña a recoger el cuerpo para no generar el deseo masculino. Esto tiene consecuencias en la vivencia de nuestros cuerpos y nuestra sexualidad: nosotras interiorizamos la vergüenza y también la misoginia. Hay que enseñar a nuestras hijas que efectivamente, vivimos en un mundo lleno de peligros y que la seguridad total es imposible, hay que estar atentas. Pero el mundo no es una habitación, protegida siempre por los padres, o el estado. No podemos transmitir a las niñas, que las mujeres somos seres eternamente necesitados de protección y tutela. Por eso, es importante enseñarlas a defenderse y darles las herramientas para saber protegerse, no decirles que renuncien a su libertad en aras de su seguridad.

Luchar por la libertad, no es lo mismo que exigir seguridad. Es injusto para nosotras y está demostrado que el precio que pagamos por ser considerados seres necesitados de eterna protección y tutela es muy alto. Pero es así, nuestra sexualidad se halla inmersa entre el placer y el peligro. Eduquemos a nuestros hijos para que se responsabilicen de su sexualidad y expliquémosles que la sexualidad humana tiene más que ver con la cultura que con lo biológico y animal. No somos organismos instintivos, sino sujetos pulsionales con capacidad para tomar decisiones sobre nuestra sexualidad. Las mujeres no sólo tenemos que consentir y decir no es no, tenemos que tener la posibilidad, la responsabilidad y el derecho a expresarnos como sujetos deseantes.

Esos mismos padres que no entienden a sus hijas, en muchos casos llevan media vida tragándose letras de rock and roll o pop que dicen lindezas de las mujeres y también ligaban en fiestas y conciertos. Dejemos de pensar que la juventud es idiota. Incluso diría que dejemos de exigirles que hagan todo lo que nosotras a su edad no pudimos o no supimos hacer.

Cambiar la mirada. La palabra toca el cuerpo.

Creo que en un feminismo que conecte con las chicas de barrio y con esas que igual no han leído ni a Federici, ni a Monique Waitting, ni a Butler pero también tienen sus propias estrategias de resistencia en un mundo machista. Además, ya lo decía Carol Vance, feminista prosex de los años 80: “El feminismo debe aumentar el placer y la alegría de las mujeres y no sólo disminuir su desgracia”. Y no sólo eso, diría que el feminismo tiene que ponerse más del lado de Eros. Mayoritariamente oímos hablar de sexo para referirse de los peligros del porno, para condenar el trabajo sexual, para denunciar agresiones y para señalar los peligros. Sin una apropiación de nuestra sexualidad, sin una aceptación de la diferencia que supere el esencialismo biologicista, sin atender a lo singular y sin articular una ética de lo común, lo tenemos crudo.

Chocolate Remix, una artista de reggaeton feminista, decía claramente en esta entrevista que hay una separación entre quienes sostienen un discurso feminista que califica a las chicas que gozan perreando o vistiéndose de una determinada manera, a la propia percepción de sí mismas y de sus cuerpos que tienen estas mujeres. Es decir, allí donde unas ven opresión, otras vemos a unas mujeres con mucho poder y mucha seguridad en sus cuerpos. Quizás debamos aprender que saber jugar con el semblante de la feminidad no significa que seas sumisa. Aquí hay una brecha de clase clara entre un feminismo blanco de clase media alta y los feminismos periféricos. Y es que no se puede hablar por boca de todas porque, como decía más arriba, ser mujer no es un universal.

Lo que sí sabemos es que el agenciamiento de nuestra sexualidad se torna indispensable y, además, tiene forma de resistencia. Una resistencia que se aleja de la idea de la guerra, de la fuerza y la potencia, algo de lo que este mundo va sobrado, y que se apoya más en Eros y es una apuesta clara por el placer, la voluptuosidad y el reconocimiento de lo que nos es común: la vulnerabilidad.


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