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No tenemos un plan. El saber no precede a la acción.

Escrit el 05/11/2018 per Andrea Soto a la categoria Pura superficie.
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Pues solo el deseo vive de no tener meta

 

En la incipiente primavera de marzo del 2014 llegaba a mis manos una invitación en forma de libro. Las amigas de Artefakte habían traducido y editado Tesis sobre el concepto de Huelga del Institut de Démobilisation, trozos de textos que no hablan de la huelga. La contratapa daba contexto a esta paradójica sentencia: el 29 de septiembre del 2010, una convocatoria de huelga general que venía acompañada de una pregunta inesperada: “¿cuál es tu huelga?”. Multitudes de subjetividades que parecen no encajar en lo que se entiende por “huelga”. Una Ola de movilizaciones que reactivaba y transformaba la huelga como repertorio antagonista.

El libro, sin hablar de la huelga, no hace otra cosa que hablar de ella.

Algunas partes de este texto a veces se me aparecen hasta en sueños, vez tras vez, casi como las formas recursivas de su escritura. Tal vez porque leerse en voz alta entre amigos y amantes así como invitarse a tomar desayuno es una experiencia que ha marcado mi política del contacto, comparto este gesto inusual, una suerte de lectura en voz alta: algunos trozos, fragmentos y retazos, a veces versionados de una de sus tesis [1]. Leves derivas de un proceso compuesto de tiempos en que he ido internalizando este lenguaje ensoñado en que hagamos resistencia a la gestión de la vida.

La torsión que hace mi lectura pasa por entender estas reflexiones no sólo en la gramática de la “huelga”, sino preguntarnos de modo más amplio: ¿Cómo liberar el pensamiento político de la política entendida como gestión? ¿Cómo devolverle su eficacia al tiempo?

Lo político como forma de distribución de lo sensible, el posicionamiento político de nuestras formas culturales.

Ante la pregunta policial del “Pero ¿qué proponéis? o ¿cuál es vuestro plan?” es necesario tener el valor, aprender el valor, de contestar: “Nada”.

Esta pregunta, para toda acción política que comienza, es la trampa más grande. No tenemos ningún plan, solo propondremos en la medida que vayamos haciendo.

El que exige que digamos primero, para legitimarnos, qué es lo que haremos, cree que actuar consiste en ejecutar las etapas sucesivas o previsibles de un plan. Inevitable no oír el eco de fondo de la enseñanza bíblica, “Porque, ¿quién de vosotros, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla?”, Lucas 14, 28.

Se figura que el tiempo no existe, que el tiempo no puede producir nada. Lo que Bergson dijo de la vida: hay aquí algo más y mejor que un plan que se realiza. Un plan es un término ya asignado a un trabajo: clausura el porvenir cuya forma dibuja.

¿Y si el tiempo no es una especie de fuerza porque la duración de la vida determina tanto los estados de creación?

El tiempo, lo que el tiempo crea.

Quien pide un plan entiende que el cambio es una cosa puesta en lugar de otra, pero el cambio es más que un arreglo, es más que cambiar un plan por otro, es abrir las puertas al porvenir, a la latitud de la creación.

La pregunta “¿qué proponéis en lugar de esto?” es ilegítima ya que ignora de lo que es capaz la duración.

Es muy difícil deshacerse de la pregunta “¿qué proponéis en lugar de esto?” porque parece ser de sentido común. ¿Acaso no es legítimo preguntarse, antes de cambiar cualquier cosa, si el sistema será mejor después de haber sido cambiado que antes?

En el pensamiento del ingeniero, se traza una raya en mitad de una hoja: a la derecha la ciudad presente, a la izquierda la ciudad propuesta en su lugar. Y se compara… se compara el presente y el futuro, se examinan diferencias, y, al fin convencidos, se zanja la cuestión. Se decide, con toda razón, racionalmente, con el mejor “buen sentido”.

El tema es que las decisiones no se toman así, si acaso las decisiones más superficiales, pero para las cosas más profundas ¿cómo se miden los pros y los contras? El futuro nunca está dado: cómo podría medirse, cómo se le pone del lado del presente.

Tener el coraje de acoger la profundidad, la oscuridad de la duración, la decisión verdadera tiene que ver con el coraje para avanzar hacia lo inesperado.

El juego tranquilizador del pro y el contra siempre terminará en: “ante la duda, no cambiemos nada”. Preguntarle a alguien que quiere cambiar su vida: “¿Qué otra vida quieres en lugar de esta?” es impedirle cambiar su vida.

Del mismo modo, cualquier acción, si antes de lanzarse pretendiera definir lo que quiere en su lugar, pesar el pro y el contra, no empezaría nunca. Cualquiera que haya tomado un día una decisión que debía cambiar su vida lo sabe: no tomamos la decisión desde el afuera, es ella la que se instala en nosotros. Mientras uno compare y machaque los pros y los contras, jamás cambiará su vida.

 

El que exige un plan se figura que actuar consiste en fabricar.

Pensar la organización contra la fabricación.

 

Si queremos inventar formas nuevas no será a través de la fabricación sino de la organización, y la organización no tiene que ver con la planificación sino con la duración, con la textura del tiempo que compartimos.

La vida política es más una sucesión de obstáculos superados, no tanto una afirmación como una tensión que se mueve en el cuidado de esas zonas conflictuales.

La vida no se deja fabricar según las modalidades del plan (concepción, realización, seguimiento), solo sabe organizar. Jamás el ojo se ha figurado en un plan antes de ser solamente ojo. Esta angustia frente al arte, frente a la vida que no es otra que la angustia a lo imprevisible, sentirla también en nuestras organizaciones colectivas.

 

Ante los planes oponer operaciones balbuceantes.

 

Se engañan quienes piensan que no tener un plan significa caer en el relativismo. La realidad impide ser relativista, impone por ella misma su campo de fuerzas. La cuestión es cómo no acomodarse en los pliegues de su superficie.

En vez de insistir en planificar, arreglárnoslas con lo que tenemos a la mano, a la vista. Que nuestra actividad sea un rodeo, un obstáculo superado. El que planifica no tiene en cuenta ni el terreno, ni los materiales disponibles: el terreno lo aplana; los materiales los hace traer. Nuestros recursos en cambio son limitados pero ocupándonos de los residuos y restos, de la profundidad de nuestros mitos emergieran formas nuevas.

 

Volver a creer en lo que el tiempo crea.

 

***Variaciones y fragmentos del libro Tesis sobre el concepto de huelga, Institut de Démobilisation, trad. Soledad Mira, Diego Luis Sanroán, Gaëlle Suñer, Barcelona: Artefakte, 2014, en particular, de la tesis 3: La huelga no propone nada a cambio. La huelga no tiene un plan, pp.37-51.***

http://artefaktes.net/

 

[1] Para quien quiera distinguir el original de las variaciones, veáse la tesis 3.


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